Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Julio #14
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Julio #14

—Querida, en nuestro mundo lo crucial es saber qué familia posee cada título —le dijo lady Georgina a Eva.

Luego se puso en pie y se dirigió a su hijo—.

Tu esposa y tú pasaréis la noche en Drummond House, pero partiréis mañana en el primer tren.

Y ten en cuenta, Cecil, que tengo controladas todas las cuberterías —añadió la condesa viuda justo antes de salir de la sala sin mirar atrás.

Elspeth se levantó y también se fue, lo que hizo que los demás la siguieran, entre un mar de murmullos: «Un error de principiante, querida, pero qué estilazo...

». «¿Y si les regalamos un ejemplar del directorio nobiliario Burke’s Peerage por la boda?

». «Ya te dije que era una cazafortunas...

». «Sí, pero tendría que haber espabilado e investigar un poco antes...

». «Lo pienso usar para mi próxima novela; es material de primera... ». «Mala suerte, ma chérie ...».

Como salió la última, la señora MacBain cerró la puerta y dejó a solas a Eva y Cecil para que tuvieran su primera disputa matrimonial.

Lawlis e Imogen regresaron a última hora de la mañana del día siguiente para exponerles a los Inverkillen el resultado de la subasta.

Puesto que ignoraban con quién iban a reunirse, se presentaron en la puerta principal y preguntaron por Hudson.

Para su sorpresa, este les anunció que Fergus estaba en la biblioteca con lord Drysdale.

—¿Lord Drysdale? Ah, se refiere a Kettering.

Lawlis se quedó desconcertado un momento por la rapidez con la que Hudson se había acostumbrado al nuevo tratamiento, aunque suponía que la impavidez era la principal cualidad exigible a un mayordomo. Sobre todo, al servicio de aquella familia.

Al acceder a la sala, el abogado observó que también estaban presentes Iris y lady Georgina, pero no Angus. ¿A qué se dedicaba ese chico todo el día?

—Buenos días, aunque me temo que no soy portador de buenas noticias.

—¿Por qué será que cuando entra un profesional en esta casa nunca es para traernos buenas noticias? —preguntó la condesa viuda.

Lawlis le dedicó una mirada sombría y prosiguió.

—Creo que convendrán conmigo en que lo de ayer fue un auténtico desastre.

Por culpa de la enfermedad, no asistieron muchas personas y las que lo hicieron no pujaron gran cosa.

Gran parte de ellas eran gente del pueblo que solo tenía ganas de cotillear.

Y luego, claro está, la zaragata tampoco ayudó.

Fergus parecía achantado. Lady Georgina hizo como que se quitaba un hilo de la falda.

—Como es obvio, ni siquiera pudimos celebrar la parte de la subasta correspondiente al inmueble. Nos quedan solo tres semanas y las perspectivas no son halagüeñas.

—No comprendo por qué acudió tan poca gente —se lamentó Kettering, quien al parecer se lo tomó como una derrota personal—.

Su colección es espectacular, aun considerando que en gran parte se trata de réplicas.

Sin embargo, no vinieron agentes en representación de las grandes casas de la zona.

Ni tampoco de Edimburgo, ni de Londres, y eso que hice correr la voz entre mis colegas.

—¿Y si ha cundido el rumor de las falsificaciones y ello ha disuadido a los compradores? Quizá deberíamos tomar medidas para minimizar las pérdidas —sugirió Imogen.

Lady Georgina alzó la cabeza de inmediato.

—No puede haberse enterado nadie. Ni siquiera se sabía dentro de la familia.

Y les recuerdo que todas y cada una de las casas nobiliarias han actuado del mismo modo —protestó y, acto seguido, se dirigió al mayordomo—.

Hudson, ¿ha habido comentarios en el pueblo?

Sé que el servicio va por ahí hablando de nosotros y, si se han ido de la lengua, el rumor habrá corrido como un reguero de pólvora.

—Es poco probable que nadie haya cometido una indiscreción, señora. Con tan pocos miembros del personal sanos, nadie ha tenido tiempo de ir al pueblo y, aunque lo hubieran hecho, todo está cerrado. No habrían encontrado con quién hablar.

A Imogen le pareció que la máscara de Hudson ocultaba un semblante levemente hostil, pero no estaba segura. Entendería que así fuese, pues la acusación era insultante.

—Sea como fuere, alguien pudo contarlo por carta —dijo lady Georgina—. Por eso precisamente mi madre leía la correspondencia del servicio todas las semanas sin falta. Le aconsejé a Hamish que mantuviera esa costumbre cuando heredó el título, pero no me hizo caso.

—Abuela, las cartas ajenas no se leen —la conminó Fergus, espantado—. ¡Es una violación de la intimidad!

La condesa viuda respiró hondo. Las nuevas generaciones eran tan pejigueras...

—¿No puedo leer las cartas que salen de mi propia casa? ¿Qué va a ser lo próximo? ¿No poder registrar sus habitaciones?

Hudson y Ollie intercambiaron una mirada de terror. La idea de que lady Georgina leyera sus cartas era perturbadora, pero que revolviera entre sus pertenencias pasaba de castaño oscuro.

—Por favor, centrémonos en lo que nos ocupa —los interrumpió Lawlis tratando de cortar en seco lo que temía que pudiera desembocar en otra lucha campal—. Poco importan los motivos; la cuestión es que en la subasta no recaudamos fondos suficientes y la casa sigue sin venderse.

—Necesitamos otro plan —dijo Fergus—, y rápido. Tres semanas pasan volando. Ya hemos perdido dos ofertas por culpa de la enfermedad, y dudo que los de Cleaverings quieran celebrar otra subasta. Lawlis, ¿no hay otros posibles interesados en una venta privada con quienes pueda hablar?

—A menos que me permitan considerar a los norteamericanos... —Miró a lady Georgina, que fruncía los labios—. Me temo que he agotado mis contactos. Solo necesitamos una oferta decente.

—¿Y si volvemos a contactar con los compradores de la destilería? —propuso Fergus—. A lo mejor han cambiado de idea.

—Es una opción, desde luego, pero el mostrar interés nosotros y no al revés nos deja en una situación débil para negociar.

Además, me da la impresión de que abordaron la compra como una inversión a largo plazo que no les diese mucho trabajo.

Pero vaya, todo es posible. Los llamaré por la mañana si lo desean.

Fergus y lady Georgina asintieron.

—Bien, eso era todo por hoy. Señor Kettering..., quiero decir, lord Drysdale, ¿todo listo para su partida? —dijo Lawlis al tiempo que se levantaba para irse.

—Sí. He reservado un billete en el tren de la tarde. —Miró de forma fugaz a Iris y luego, de nuevo a Lawlis—. Le dejaré mi informe antes de irme; ¿le va bien?

Lawlis asintió y salió con Imogen. Iris sonrió al reparar en que Fergus observaba a la secretaria.

—Bien, lord Drysdale —dijo Fergus, que volvía a la realidad—, ha pasado tanto tiempo con nosotros que ya es casi como de la familia, aunque, considerando a la familia, quizá eso no sea un gran cumplido. Muchas gracias por su ayuda.

—No hay de qué —contestó Kettering, un poco ruborizado por las atenciones—. Les deseo muy buena suerte a todos ustedes.

Lady Georgina se puso en pie despacio.

—Que tenga un buen viaje y muchas gracias por sus consejos profesionales.

La condesa viuda le ofreció la mano con timidez, como si nunca le hubiera estrechado la mano a un hombre. El señor Kettering se levantó e hizo una reverencia, lo cual la tranquilizó profundamente.

—Es posible que haga honor al título de marqués, después de todo —reconoció ella en un intento de hacer un cumplido. Dicho lo cual, abandonó la sala.

El señor Kettering le pidió a Iris que lo acompañara a dar un paseíto antes de marcharse, pues quería hablarle de un tema.

La joven aceptó, nerviosa, y salieron por los terrenos.

Mientras se alejaban de la casa, la grava del sendero crujía bajo sus pies.

Iris pensó que sentaba bien poner tierra de por medio con aquel ambiente demencial.

A lo mejor eso explicaba por qué Elspeth salía a caminar por las tardes.

Decidió incorporar ella también el paseo a su rutina diaria, aunque tampoco le quedase mucho tiempo de vivir allí, ya que se había postulado a varios puestos de institutriz.

Lo cierto era que a esas alturas ya no tenía claro qué le apetecía.