Julio #13
La conversación versaba sobre la cena de esa noche. Lady Georgina había decidido que la tomarían juntos una última vez. Le preguntó a Hudson si era posible, pues había visto a un hombre dirigirse a su coche con uno de los jarrones de la biblioteca en las manos.
—¿Tienen que llevárselo todo ahora mismo? ¿No podrían al menos esperar a mañana? —protestó Bella al tiempo que se dejaba caer a las bravas en una butaca junto a la chimenea y reprimía las ganas de llorar.
Como nadie abría la boca, les llegaba la voz del subastador desde la armería.
Elspeth rompió el silencio.
—Fergus, ¿qué haréis respecto a la boda?
Con tanto trajín, casi se les había olvidado el enlace, incluido al propio Fergus, quien se avergonzó al caer en la cuenta. Miró a Eva mientras pensaba en lo mucho que se había equivocado al elegirlo como marido. Tendría que esforzarse para compensarla.
—Supongo que la celebraremos en Londres, con mucho menos boato, como es lógico —dijo por fin—. ¿Qué te parece, querida?
Eva dejó de mirar al exterior para observar a su prometido, pero guardó silencio. Parecía inquieta.
—¿Y cómo van a casagse?
Todos los presentes, confundidos, se giraron a ver quién hablaba. Era Auguste.
—¿Acaso no es..., cómo se dise en inglés...? ¿ Bigamie ? ¿No es ilegal la bigamie ?
—¿Bigamia? —se extrañó Elspeth, que se preguntaba si su hijo no se habría confundido de palabra—. ¿De qué hablas, tesoro?
—Lady Eva ya tiene maguidó —repuso el adolescente.
Siguió con su partida de ajedrez, ajeno por completo a los demás, incluyendo a su padre, que lo observaba sin entender nada.
—Eva, ¿por qué cree Auguste que estás casada? —preguntó Fergus, quien a duras penas podía reprimir el pánico que se apoderaba de su ser.
Eva parecía aterrorizada y le rehuía la mirada.
—No lo sé. Los niños..., ya se sabe... Se inventan cosas —dijo con voz muy aguda.
Auguste se dirigió a ella con el ceño fruncido.
—Pegó si yo lo he visto. Usted y el tío Cecil se han casado la semana pasada en la capillá. Yo estaba en el cogo dibujando las..., ¿cómo se dise...?, ¿las gargouilles ? ¡Ja! ¡Jaque mate! —exclamó triunfante al ganarle la partida a su padre.
Fergus miraba a Cecil y a Eva sin entender nada. Los demás observaban a Eva y a Fergus, sin comprender. Eva dirigía la vista a Fergus y Cecil, con pleno conocimiento de lo que pasaba.
—¿Es cierto, Eva? —preguntó Fergus en una voz que era poco más que un suspiro—. ¿Tío Cecil?
El comandante parecía algo afligido, pero no dijo nada.
—Las cosas claras, y el chocolate, espeso —intervino lady Georgina, con voz pausada pero un punto estridente—: no contento con casarte con una mujer a la que casi le doblas la edad, lo has hecho en secreto y en medio de una crisis familiar que es probable que nos deje en la calle y sin un mal penique, y para rematar le has robado la prometida a tu sobrino. ¿Es esta la situación, Cecil?
—Pues... Yo... —balbució Cecil. Lady Georgina parecía una tigresa herida a punto de atacar. Cecil retrocedió despacio sin quitarle ojo a su madre.
A Fergus le temblaba todo el cuerpo. Por lo que Iris veía, a duras penas era capaz de controlarse.
—Fuera —dijo Fergus en voz tan baja que casi no se oyó.
A continuación, se levantó, con los puños apretados y esforzándose al máximo en calmarse.
—He dicho que os vayáis. Los dos. Abandonad la casa de inmediato y no volváis jamás. Aunque, un momento, nadie va a volver ¡porque esta casa ya no es nuestra! ¡Ahora le pertenece a alguno de los de ahí fuera!
Se había puesto morado y temblaba con violencia. Nadie lo había visto nunca tan furioso. Con discreción, Angus apartó el atizador fuera de su alcance.
—Mira, ya me imaginaba que te enfadarías, pero como andabas flirteando con la secretaria, confiaba en que no te importara —repuso Cecil, con la esperanza de que el tono campechano lo ayudase, puesto que lo había salvado de más de un trance complicado.
Ahora bien, el comandante se había pasado de la raya al violar los últimos límites del decoro que pervivían en la familia.
Fergus se abalanzó sobre él y lo derribó.
Al tratar de intervenir y sujetar a Fergus, Angus y Hugh derribaron una mesa y un jarrón lleno de flores.
Philippe y Auguste agarraron a Cecil y lo llevaron al otro extremo de la sala, pero se zafó y tiró una butaca y una lámpara de mesa.
Las señoras no se comportaron de forma mucho más civilizada.
Bella se arrojó sobre Eva sin dejar de insultarla y Constance intentaba arrancarle la alianza de compromiso mientras gritaba algo sobre las joyas familiares.
Lady Georgina le asestaba cojinazos a Eva en la cabeza.
Varios muebles saltaron por los aires y una paloma de bronce fue a parar a los pies de Constance, que aulló de dolor.
La zaragata solo cesó cuando Hudson tocó el gong.
A Iris le daba la impresión de presenciar una farsa. Y la guinda del pastel: todos los asistentes a la subasta habían acudido y se asomaban boquiabiertos por el umbral de la puerta.
—Por los santísimos clavos de Cristo crucificado, ¡¿qué pasa aquí?! —clamó la señora MacBain, horrorizada. Como nunca la habían oído gritar, se hizo el silencio de inmediato—. Siéntense todos. ¡Ahora mismo!
Entró seguida por Lawlis, Imogen y el señor Kettering y disolvió los varios grupúsculos litigantes enviándolos a extremos opuestos de la sala. Le quitó el cojín a lady Georgina y lo devolvió al sofá.
Achantados, los Inverkillen le hicieron caso. Iris se levantó con discreción de la silla junto a la ventana donde se había apartado y observó los destrozos: abundaban las plumas y los cristales rotos.
Imogen expulsó de la sala al subastador y al público, y cerró la puerta sin hacer ruido. Se giró hacia la señora MacBain, le hizo un gesto de asentimiento y, entonces, esta dedicó una mirada glacial a cada miembro de la familia.
—No sé ni por dónde empezar —dijo mientras recorría la sala en busca de un rostro cuerdo y calmado—. Iris, ¿qué ha sucedido?
Se arrancaron varias voces quejumbrosas, pero el ama de llaves alzó la mano y cesaron al instante.
—Le he preguntado a Iris.
—Pues bien... Cecil acaba de decirnos que la semana pasada se casó con Eva.
El ama de llaves miró a Cecil, ojiplática.
—¿Cómo? —exclamó. Era lo último que se habría imaginado.
—Y la noticia no ha caído en gracia, como puede ver —añadió Iris mientras se sentaba, sin saber bien qué más decir.
La señora MacBain observó la estancia; a continuación, a Cecil, Eva y Fergus; y luego vuelta a empezar.
—No. No me lo creo —dijo mientras meneaba la cabeza.
—Pues créaselo —repuso Eva poniéndose en pie y tratando de mantener la dignidad en medio del desastre, aún con plumas del cojín entreveradas en el cabello—. El vicario nos casó la semana pasada. Ahora soy la marquesa de Drysdale —anunció con retintín y en tono triunfante.
Se hizo un silencio sepulcral que rompió Hugh con una carcajada.
—¡Ja! —se rio Angus—. Ahora viene lo mejor.
—Ay, por Dios... —suspiró Bella, negando con la cabeza.
—No es posible —dijo el señor Kettering, con aire confundido... o quizá preocupado; Iris no lo tenía claro.
A Eva se le borró la sonrisa victoriosa. Se estaba perdiendo algo, pero ¿qué?
—Claro que es posible. Cecil es el marqués de Drysdale y ahora que estamos casados...
—Ay, querida —intervino Elspeth, negando con la cabeza y mirando a la muchacha con aire compasivo—, los títulos no se transmiten así.
Eva la miró con semblante atónito.
—¿Qué?
Observó a Cecil, que parecía más afligido todavía.
—Mi difunta esposa era la titular del marquesado —se limitó a decir, y Eva lo observó con mirada vacía—. Tras la muerte de una mujer que ostenta un título, este nunca se transmite al marido. Pero ya lo sabías, ¿no?
—¿No eres marqués? —le preguntó Eva, cuyo rostro empalidecía por momentos.
—Pues no. Por desgracia, el marqués es un comerciantucho andrajoso de Londres.
—No puede ser —titubeó ella, ya lívida por completo. Hugh acudió a su lado por si se desmayaba—. Por favor, dime que es un error.
—Creía de veras que eras consciente —dijo Cecil con toda la delicadeza que le fue posible.
—Ay, Dios, ¿qué he hecho?
Eva se dejó caer en el banco junto a la ventana tan de repente que Iris tuvo el tiempo justo para apartarse.
—¿Te casaste con él por el título? —gritó con amargura Fergus, que miraba a Eva como si no la conociera—. ¿Solo por eso? Si hubiese sido por amor, podría perdonarte, pero ¿por un título? Ay, Señor. ¡De la que me he librado! Necesito tomar el aire.
Salió a toda prisa de la habitación dejando la puerta abierta. La multitud se apartó un poco para dejarlo cruzar la armería.
—No soy ningún comerciantucho andrajoso —le reprochó a Cecil el señor Kettering, que no podía estar más ofendido.
—¿Eh? No, desde luego que no. Perdone, señor Kettering —empezó a disculparse Cecil sin saber muy bien por qué—. Resulta obvio que no me refería usted...
—Usted es un profesional liberal, señor Kettering, lo cual es muy distinto... —trató de mediar Elspeth.
—No se trata de eso —contestó Kettering—.
El caso es que soy yo el marqués de Drysdale...
¡y no soy ningún comerciantucho andrajoso!
—anunció, y se hizo un silencio sepulcral.
Iris se estaba mareando—. Heredé el título hace unos meses, totalmente de improviso.
Aún no me he acabado de hacer a la idea —añadió mientras miraba a Iris con aire casi de pedir perdón.
—¡Es usted! —clamó Cecil, cuyo rostro se había vuelto de repente de un feísimo morado. Avanzó unos pasos hacia Kettering haciendo restallar los cascos de cristal al pisarlos—. Se ha hecho con mi fortuna y con mis casas; ¿qué más quiere quitarme?
Auguste y Philippe acudieron a proteger a Kettering, quien se mantuvo firme, con aire receloso. Eva lo miraba confundida y boquiabierta. Angus y Hugh rompieron a carcajadas, y al poco se les unió Bella.