Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Julio #12
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Julio #12

Una mañana de la semana siguiente, a las ocho, el personal de Cleaverings interrumpió el desayuno.

A Constance le molestó que nadie la hubiera avisado ni consultado.

Angus torció el morro hasta el momento en que le aseguraron que no se acercarían al pabellón de tenis.

Lady Georgina bajó a su hora habitual y echó a varios mozos de la sala de música. No empezaron con muy buen pie.

Se decidió que Iris y el señor Kettering ayudarían con el proceso.

Ella orientaba a los trabajadores de la casa de subastas por las distintas salas, casi como una guía montañista.

Él, por su parte, se encargaba de los lienzos y las demás piezas, y los ayudaba a distinguir las auténticas de las réplicas.

Por más discreto que trató de ser al respecto, el tema no escapó a la atención de los expertos de Cleaverings, a quienes les había insistido en que no reaccionasen de forma notoria en presencia de los Inverkillen.

«No tiene sentido causarles mayores incomodidades —les dijo—.

Limítense a separar las obras auténticas de las que no lo son».

En la planta del servicio, lo que quedaba del personal de la señora MacBain trabajaba con ahínco.

Hudson era el único que se encargaba directamente de los señores, pues Ollie, Mackay y Maxwell ayudaban a clasificar las mantelerías, cuberterías y cristalerías para que todo lo que tuviera algún valor quedase a disposición del personal de la casa de subastas.

Aunque le doliese reconocerlo, la señora MacBain estaba muy satisfecha con la limpieza.

En circunstancias normales, no habría podido mantener la casa así de pulcra y ordenada.

Y vaciar los armarios y aparadores, siempre atestados, le producía un placer casi indecente.

«¿Para qué necesitan tantos trastos?», se preguntaba mientras tiraba a la basura el fieltro de una mesa remendado en varias ocasiones.

La casa podría funcionar con la mitad de las cosas que los señores habían acumulado a lo largo de los siglos.

En la planta de la familia, Cecil tardó muy poco tiempo en tener hartos a todos los empleados de Cleaverings. Los seguía por la casa e insistía en contarles la historia de todos y cada uno de los objetos. «Pobres diablos», se compadecía Eva, que había sufrido la misma visita guiada que ellos.

—Ese bol de plata que tiene en las manos, joven, no es una pieza cualquiera.

Es el que blandió la octava condesa para expulsar a las fuerzas inglesas cuando intentaron hacerse con la casa antes de la batalla de Flodden Field.

Esta abolladura se la hizo con la frente del comandante.

Fue una mujer extraordinaria... Esos libros los recibió el undécimo conde de manos del mismísimo Carlos I, después de una tarde de caza.

El primero lleva una inscripción y las armas de la casa real.

Ambos eran unos apasionados de la ornitología...

Por supuesto, esta pieza es un regalo de...

Continuó su relato sin tregua hasta que el jefe de Cleaverings se vio obligado a intervenir.

—Señor, aunque le agradezco su ayuda, debo decirle que, en primer lugar, no nos está ayudando y, en segundo lugar, por más valor que artefactos como este bol puedan tener para ustedes, a no ser que los acompañe una carta de disculpa del comandante, no son más que boles abollados —dijo el experto, quien fue lo bastante hábil para proseguir de inmediato y de ese modo impedir toda réplica de Cecil, que bufaba—.

Eso sí, es digno de admirar el buen ojo de la octava condesa al comprar plata de Sheffield varios siglos antes de que empezaran a producirla. Ahora, si nos disculpa...

Acompañaron a Cecil fuera de la sala con la boca entreabierta.

Aquella noche, Constance bajó tarde a cenar. Cuando entró en la biblioteca, Bella dejó escapar un gritito.

—¿Qué demonios te has puesto? Pareces una lámpara de araña.

Tanto horror inspiraron las palabras de Bella que todos los presentes se giraron a mirar a Constance, quien, en efecto, iba enjoyada de la cabeza a los pies.

Se quedaron ojipláticos. Había conseguido prenderse tres broches y llevaba una gargantilla de perlas con un colgante de zafiro del tamaño de una nuez, además de unos pendientes tan largos que le llegaban a los hombros.

La tiara pesaba más de lo que creía y la obligaba a caminar despacio y con cautela para mantenerla en su sitio.

Aunque no lo habría admitido, lo cierto era que lamentaba la elección de las alhajas, pues ya le estaban causando dolor de cuello y hombros.

—Siempre se han llevado joyas para cenar —respondió con petulancia.

—Así es —repuso lady Georgina, atónita—, pero no todas a la vez.

Constance se agarró al respaldo de una silla y buscó el modo de sentarse sin mirar al suelo. Trató de hacerlo, despacio, pero la tiara se le resbaló peligrosamente hacia atrás y se apresuró a colocársela, con un gran estruendo metálico.

—Ay, pero ve a quitarte unas cuantas —la conminó la condesa viuda—. Estás ridícula y, si dañas esa tiara, no te lo perdonaré jamás. Nos la dejó en salvaguarda la familia imperial rusa.

Constance cejó en su intento de sentarse cuando Hudson llegó para anunciar la cena. El mayordomo se la quedó mirando, claramente perturbado por el despliegue de joyas. Con gran esfuerzo, centró su atención en el resto de la familia y observó que lady Georgina esbozaba una divertida sonrisa.

—La cena está servida, señora —indicó con una reverencia, mientras volvía a mirar a Constance.

—Gracias, Hudson. Pasemos al comedor.

Los Inverkillen salieron, excepto Constance, y el mayordomo la esperó hasta que por fin lo hizo, muy despacio, tanto que resultaba interminable.

—¿Desea que le lleve la tiara al comedor, señora?

Se quedó mirando a Hudson unos segundos y, en voz baja, le contestó:

—Sí, por favor.

No pensaba que ostentar el título de condesa fuese a resultar tan duro.

Ya quedaba poco para la subasta y la familia se esforzaba en hacer la vista gorda, pero, cuando llegó el día, tuvieron que afrontar la realidad y se congregaron en la armería.

Se habían instalado sillas y el personal de Cleaverings había transformado en podio el desembarco de la escalera de invitados.

La gente, folletos en ristre, se había paseado por la casa a lo largo de la mañana.

Unos completos extraños habían charlado sobre lo mucho que deseaban tal o cual posesión.

Lady Georgina se sentó en una silla junto a las puertas de la biblioteca, se puso a leer el folleto e hizo notar, con desprecio, que Cleaverings había tasado todos y cada uno de los artículos por debajo de su valor.

Constance entró en la sala murmurando en tono audible: «Son una parvada de buitres».

Cecil no estaba de acuerdo con los datos del folleto; dijo que se había esforzado en corregirlos, pero que no le habían hecho caso.

Cuanto más leían, más disconformes quedaban, pero lo que más les molestó fue el número de aseos que la casa de subastas había incluido en el repertorio.

Después de tratar el tema durante unos minutos, Cecil anunció que iba a comunicarle el error al subastador.

—Te aseguro —exclamó Fergus de repente— que los contamos con precisión.

Por supuesto, nadie lo creyó y prosiguieron con la letanía:

El de encima de la escalera verde... El del fondo del pasillo de piedra...

El de la entrada, debajo de la escalera...

El de las pistas de tenis... No, detrás de las puertas de la terraza no, sino de las que dan a la rosaleda...

El de la vidriera de la segunda planta...

Pero ¿ese cuenta? Si solo hay un inodoro y un lavamanos...

Fuera de la galería de retratos... El del invernadero...

No os olvidéis del del guardarropa... ¡Ah!

Y los dos del salón de baile... ¿En el salón de banquetes hay aseo?

No me acuerdo... ¿Cuántos van? ¿Y en el estudio de esgrima no había otro?

Prosiguieron así un buen rato, todos cargados de razón y ajenos por completo al hecho de que la subasta estaba a punto de comenzar allí mismo.

Cuando un acomodador trató de hacerlos callar, Bella lo fulminó con la mirada.

El señor Kettering les propuso que esperasen en la biblioteca, pero Constance rechazó la sugerencia con un gesto como quien espanta una mosca.

Se oyó a varias personas aclararse la voz.

Se les pidió con educación que guardaran silencio, pero o bien no se dieron cuenta, o bien lo ignoraron.

Cada cual se empeñaba en que el número correcto de aseos era el suyo y cada vez alzaban más la voz para imponerse sobre los demás.

El subastador acabó por perder la paciencia y golpeó el mazo contra el atril con todas sus fuerzas.

Cuando captó la atención de los Inverkillen (que no fue de inmediato), los echó de la sala.

Hudson acudió para acompañarlos.

—Vengan conmigo; he servido té en la salita de día —dijo en voz baja.

Muda de indignación, lady Georgina se levantó y siguió a Ollie, el lacayo.

El resto de la familia marchó despacio, refunfuñando y mirando mal a los asistentes a la subasta.

Iris estuvo tentada de quedarse, ya que nunca había asistido a un acto de ese tipo, pero Hudson carraspeó con discreción y le indicó la puerta con un gesto.

La joven suspiró y se puso en pie.

—De acuerdo —rezongó—, pero le pido por favor que no me deje a solas con ellos.

En la salita de día, una criada servía el té.

Philippe y Auguste jugaban al ajedrez en el mirador.

Angus y Hugh sacaban cigarros de una pitillera de plata que había en la repisa.

Las damas estaban sentadas al amor de la lumbre.

Iris tomó una taza de té y se instaló en su sitio habitual, lo más apartada posible.