Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Julio #11
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Julio #11

—Ya os dije que sentarlos juntos era mala idea. La unión hace la fuerza —dijo lady Georgina con una mueca—. Si queremos vencerlos, hay que dividirlos.

Así, acordaron que a la hora de cenar los sentarían entre los adultos.

—¿Me permiten un apunte? —intervino la señora MacBain, que asentía a la propuesta de la condesa viuda—.

No creo que los niños aguanten sentados y en silencio toda una cena de dos horas y cinco platos, y menos cada noche.

Seguro que hoy se portan bien, pero me temo que mañana resulte más difícil y pesado, poco menos que imposible.

—¿Y qué sugiere que hagamos exactamente, señora MacBain?

—preguntó Constance, a quien se le agotaba la paciencia.

Como señora de la casa, le habría correspondido decidir los menús, pero lady Georgina se negaba a ceder el control.

Todo era de lo más frustrante; para nada se había imaginado así su mandato como condesa de Inverkillen.

—Pues, señora, quizá podríamos limitar la cena a tres platos...

Todos saltaron escandalizados y el ama de llaves tuvo que esperar un poco hasta que la dejaron proseguir.

—Tres platos de lo que comen los niños...

De nuevo cundió la indignación.

—¡No voy a tomar comida para niños en frac! —exclamó Angus.

—¡Yo no pienso hacerlo ni en frac ni en froc! —tronó Cecil.

La señora MacBain emitió un profundo suspiro y prosiguió:

—Si a los niños les damos su comida, a ustedes podremos servirles los platos habituales, pero solo tres; así se acortará la cena y creo que los pequeños se tranquilizarán.

—¿Primero tuvimos que cambiar nuestro modo de vida por la comodidad de los sirvientes y ahora igual, pero para complacer a los niños?

¿Qué es todo esto? —bramó Bella. Enfadada, tiró su pañuelo al sofá y se levantó para servirse un té.

Estaba tan furiosa que a Hudson le preocupaba que rompiese la tetera.

La señora MacBain deseaba echarse un rato, pues se le estaba despertando una jaqueca.

Fergus le salió al quite.

—La señora MacBain lleva razón. Puede que les colemos el consomé, pero la trucha fileteada con huevas y berros no lo creo. Si les damos los platos a los que están acostumbrados, es posible que tengamos la velada en paz.

—Pues yo insisto en que no deberíamos abordar así este tema. Si quieren ser adultos, que se alimenten como tales —repuso Constance.

—Pero es que no quieren ser adultos, Constance, sino piratas que exploran pasadizos secretos y roban dulces —contestó Fergus, desesperado, dejando su taza de té en la bandeja de plata mientras miraba a Hudson con la esperanza de que alguien lo comprendiera—.

Somos nosotros los que pretendemos que se comporten como mayores.

Les estamos pidiendo a niños de seis años que se vistan de gala y coman con pala de pescado. No tiene ningún sentido.

—Si contratásemos otra niñera, ¡no tendríamos este problema!

—Bella, eso ya lo hemos hablado...

Se pasaron tres cuartos de hora así y, al final, la señora MacBain se encontró con que no habían decidido nada sobre el menú. Intercambió una mirada con Fergus, se señaló el reloj y salió de la sala. Les tocaba decidir a ellos.

Esa tarde, a las ocho en punto, Iris condujo al comedor a los niños, vestidos con sus mejores trajes, y los hizo sentarse a la mesa intercalados con los adultos.

Los pequeños estaban emocionados por la experiencia; los adultos, de lo más nerviosos.

Lady Georgina ocupaba el puesto central, el que solía corresponder a lady Inverkillen, y dedicó una severa mirada a cada niño antes de indicar al mayordomo con un gesto que empezaran a servir la cena.

Los adultos se saltaron el consomé y empezaron por el pescado.

Luego, dieron cuenta de la carne de caza y, por último, tomaron un tercer plato que condensaba todos los que hasta entonces se habían servido por separado.

Los niños comenzaron por algo que parecían canapés con forma estrellada y de corazón.

—¿Qué están comiendo, Hudson? —preguntó Constance, que miraba cautivada al niño que tenía al lado como si hiciera trampas a las cartas.

—Creo que sándwiches de queso, señora.

—¿Sándwiches de queso?

—Pan blanco con queso fundido —le explicó el mayordomo. Como parecía desconcertada, prosiguió—: Algo así como los picatostes de la sopa de cebolla francesa, señora.

—Ah, ya entiendo. Me encantan el queso y los picatostes de la sopa de cebolla. Podríamos pedirle a la cocinera que mañana nos prepare estos sándwiches a todos —propuso al tiempo que miró a los otros comensales en busca de apoyos, pero en sus rostros solo se dibujaba la incredulidad.

Cuando sirvieron el siguiente plato, Elspeth no le quitaba ojo a la comida de su hija.

—¿Y ahora qué comen, Hudson?

—Pastel de pescado, señora.

— Maman, c’est vraiment bien. Mangez un peu —le ofreció la pequeña. Le proporcionó un tenedor a Elspeth para que probara su comida, que goteaba sobre el mantel de lino.

Algo nerviosa, Elspeth aceptó el bocado.

—¡Ah! Oui, chérie. Merci —le agradeció y comió un poco más—. Hummm... Pues la verdad es que está muy rico.

Los pequeños cenaron encantados, canturreando como hacen los niños cuando están contentos.

Los adultos se sirvieron de las bandejas que les presentaban los sirvientes.

No obstante, cuando los chicos ya casi habían acabado y los mayores ni siquiera habían empezado a comer, Fergus se preguntó cuánto tenían que esperar para que acabasen de servirse.

Consciente de ello, Iris condujo a los niños a un rincón y les dio papel y pinturas para que se entretuvieran «mientras los papás y las mamás cenan». Prometió darles postre si se portaban bien.

—¿Cómo sabía que acabarían antes que nosotros? —le preguntó el señor Kettering, impresionado por enésima vez.

Iris se ruborizó.

—No lo sabía. Traje el papel y las pinturas solo por si acaso. Más vale ir siempre preparada. La verdad es que no me había planteado si cogerlos, se me ocurrió así sin más.

La cena transcurrió en paz. Los niños estaban encantados con el postre y el queso, y no decían ni mu, aunque fue el único rato que pasaron en silencio. Cuando acabaron, Iris se los llevó a acostar y los adultos pasaron al salón; todo el mundo estuvo de acuerdo en que al final no había ido tan mal.

En la cocina, la señora MacBain y la señora Burnside brindaron con una merecida taza de té.

A la mañana siguiente, Fergus bajó a desayunar algo más tarde de lo habitual. Los niños ya habían pasado por allí, pues no quedaban salchichas. Mientras untaba la tostada de mantequilla, Angus soltó una estentórea y maliciosa carcajada.

—¡Ja! ¡Lord Eltenbrae por fin ha estirado la pata! A la abuela le encantará saberlo. Ni siquiera tiene heredero, ¿no? Heredero legítimo, digo. Ahora mismo no caigo —dijo lanzando el periódico a la mesa—. ¿Jugamos al tenis, Hugh?

Fergus se abalanzó sobre el periódico. En la portada del Scotsman , el titular: muere lord eltenbrae.

Se dejó caer pesadamente en la silla. Por lo que tenía entendido, la oferta para comprar Loch Down Abbey seguía en pie, pero no habían conseguido convencer a lady Georgina.

¿Qué le había pasado a ese hombre? Se puso a leer la noticia y, al cabo de unos minutos, se enteró: lord Eltenbrae, su hijo y dos doncellas habían pasado unos días con fiebre y solo estas últimas habían sobrevivido.

La muerte se atribuía a la viruelilla perniciosa difficile .

Lo oyeron gemir. «Esta dichosa enfermedad —se dijo— nos ha arrebatado nuestra última oportunidad». Empezaba a pensar que les habían echado una maldición.

No transcurrió mucho tiempo hasta que Lawlis e Imogen acudieron a la casa aquella mañana. Hudson los acompañó a la sala de los mapas, donde lady Georgina y Fergus los esperaban. Él lucía un aire derrotado, y ella de euforia.

—¿Y ahora qué demonios hacemos? —preguntó Fergus en cuanto hubieron cerrado la puerta.

—No me lo creía cuando lo leí —dijo Lawlis sacudiendo la cabeza—, pero lo cierto es que, aunque hubiésemos aceptado la oferta de Eltenbrae, no habríamos tenido tiempo de formalizar el trato, de modo que tampoco nos fustiguemos.

—Y entonces, ¿qué hacemos, Andrew? —preguntó lady Georgina con la vista puesta en los zapatos de Imogen, que desentonaban a todas luces en aquel ambiente, de modo que la secretaria escondió los pies bajo la silla.

—Pasamos a la subasta. Es la única opción que queda. He hablado con el señor Kettering sobre el valor de la colección artística y de los demás objetos, y ya casi tenemos definido el precio de reserva de la propiedad.

—¿Y qué haremos si la puja más alta no llega al precio de reserva? —preguntó Fergus con semblante decaído.

—No vale la pena abordar ese supuesto por ahora —contestó Lawlis, en tono asimismo abatido—.

No sé si están ustedes preparados para lo que se avecina.

Si no, les aconsejo que se hagan a la idea.

El personal de Cleaverings vendrá la semana que viene para ir etiquetando las piezas y acondicionar los espacios donde se celebrará la subasta.

Imogen le explicó a lady Georgina a qué se refería su jefe:

—Moverán muebles y agruparán los objetos. Interferirán bastante en su rutina y por lo general resulta incómodo. Sería preferible que se trasladasen a Drummond House.

Fergus negó con la cabeza.

—De ningún modo. Me temo que no es posible. Allí aún quedan sirvientes que se están recuperando.

—Pues entonces deberían informar a su familia de lo que va a ocurrir —dijo Lawlis mientras se ponía en pie—. Le pediré al personal de Cleaverings que se coordine con la señora MacBain para minimizar las molestias, pero no será plato de gusto para ustedes.

Una vez que Lawlis e Imogen se hubieron marchado, Fergus se dirigió a su abuela:

—Pues nada, vamos a través del espejo, Alice.

Sarcástica, lady Georgina frunció el ceño.

—¿De verdad? A mí más que en una novela de Lewis Carroll me parece que estemos en «La caída de la casa Usher» de Poe.