Julio #10
—No. Le supliqué que aprendiese durante años, pero nunca quiso.
Conque no sé cómo pretendía salvarme... —Hizo una pausa en la que le brotaron unas lágrimas—.
Se hundió como una piedra. Conseguí sacarlo a flote, pero entonces la corriente nos arrastró aguas abajo.
Me esforcé hasta la extenuación para llegar a la orilla.
Creo que me desmayé. Al recobrar la consciencia, me encontraba en la destilería.
—¿Y cómo diablos llegó allí?
—Ross me encontró en la orilla. Me llevó a casa de MacTavish y salió en busca de Hamish. Volvió a eso de las cuatro de la madrugada y me dijo que no lo había encontrado.
—Y nadie la vio regresar a la casa porque MacTavish la envió por el túnel que conecta el desván con su habitación.
La doncella asintió hecha un mar de lágrimas.
El ama de llaves recordó las palabras del destilador: «Bastante ha pasado ya la pobre, déjela pasar el duelo en paz». Desde luego que había sido un revés, así que la dejó llorar tranquila.
—Lo siento, Alice —dijo Maxwell tratando de contener las lágrimas y respirar hondo—.
Sé que debería haber dicho algo, pero es que ¿cómo podía explicar mi presencia en la presa?
Fuimos muy cautelosos para que lo nuestro no saliera a la luz, y todo ello en vano —concluyó antes de romper a sollozar sin cortapisas.
La señora MacBain le pasó el brazo por la espalda y la acarició con dulzura. A pesar de que todo apuntaba a lo contrario, al final resultó que sí había sido un accidente.
En su habitación y ya en bata, la señora MacBain descansaba frente a la chimenea. El día había sido largo y, aunque estaba exhausta, le bullía la cabeza. Roddy Jarvis llevaba razón: había sido un accidente, aunque él ignoraba por completo lo que había ocurrido en realidad. Al contrario que ella.
Se trenzaba el pelo despacio mientras rememoraba todo lo que había descubierto.
Por un lado, las réplicas que el señor conde había pintado a lo largo de varias décadas, que ya era un cotilleo lo bastante jugoso como para que no se hablase de otra cosa en toda Escocia durante décadas.
Pero es que por el otro estaba lo de lady Inverkillen y Garvey, y Maxwell y lord Inverkillen.
Todo eso aparte de Iris. Estaba claro que quien dijera que en los pueblos pequeños no se puede guardar ningún secreto no había ido a Loch Down.
Sacudió la cabeza y soltó un profundo suspiro.
Volvió a pensar en la historia de Maxwell.
Había sido un accidente, de eso no le cabía la menor duda, pero ¿debía contarle la verdad a Jarvis?
Eso ya no lo tenía tan claro. Las conclusiones oficiales se ajustaban a la verdad de los hechos, pero era muy probable que el policía malinterpretase lo ocurrido y detuviese a la señorita Maxwell por asesinato.
¿Y qué pruebas podía aportar para demostrar que era inocente?
Nada más que rumores e indicios circunstanciales.
Además, pensó que no deseaba implicar más a los Inverkillen.
No sabían que Maxwell estuvo en el río, y solo Elspeth había oído los gritos.
Y, aparte, por mucho que le pesase, una simple mentirijilla podía servir para mantener el orden.
Al margen de lo que ocurriese, había sido un accidente y Hamish había muerto.
Explicarles los detalles solo sembraría la discordia, y Maxwell aún necesitaba una carta de recomendación para su nuevo puesto.
Si se decidía por buscarlo, pues la señora MacBain no estaba segura de ello.
El fuego se fue consumiendo y al ama de llaves le dio un escalofrío. Con la noche entrada, la casa se sumía en el silencio. El día siguiente también sería ajetreado. ¿Iba a reunir las fuerzas para mantener esa conversación con Jarvis?
Se metió en la cama y, una vez arrebujada en la manta bordada de su madre, apagó la lámpara. «No es asunto mío», había dicho MacTavish aquella noche. Pues a lo mejor tampoco era asunto de ella.
Esa noche se despertó varias veces y, al amanecer, lo vio todo con otros ojos: no había ninguna razón para desvelar la historia. Se guardaría la verdad para sí.
El día siguiente era martes, es decir, día de reunión con lady Georgina. Una vez despachados los temas habituales, cuando la condesa viuda ya ordenaba sus papeles y se disponía a tomar la pluma para escribir, el ama de llaves se aclaró la garganta con suavidad.
—¿Desea tratar algún otro asunto, señora MacBain?
Trató de mantener la calma.
—Considerando los problemas de ayer, señora, me preguntaba si no sería preferible trasladar a los niños durante el día a otra estancia, a alguna de las principales.
—¿Trasladarlos? —La sorpresa inicial de la condesa viuda se mudó de inmediato en suspicacia—. ¿Y a qué se refiere exactamente cuando habla de «estancias principales»?
—Pues pensaba en la biblioteca.
—¡La biblioteca! ¿Durante todo el día?
—Pues sí. Sería mucho más sencillo si los señores ayudasen a Iris a vigilarlos mientras leen o hacen...
, en fin, lo que hagan —dudó el ama de llaves, pues, tras quince años al servicio de los Inverkillen, seguía sin comprender en qué se ocupaban todo el día, si bien tampoco era el momento adecuado para preguntarlo—.
Cuatro o seis ojos ven más que dos. Iris es un encanto, pero los niños se le resisten.
—Sí, en eso lleva razón. No tendríamos que haberle pedido que se ocupara de ellos —convino la condesa viuda e hizo una breve pausa—. Pero ¿tienen que ir a la biblioteca? —preguntó en tono quejumbroso—. ¿No puede ser otra sala?
—Las únicas lo bastante amplias son la biblioteca y la sala de los mapas, y me parece que la segunda contiene objetos demasiado valiosos. Piense en los planos, los globos terráqueos, la colección de sextantes... Seguro que los usarían para sus travesuras.
—Cierto, pero no pretenderá que me quede yo allí todo el santo día. He de ocuparme de dirigir dos casas.
—Con todo el respeto, señora condesa, usted ya crio a sus hijos. De estos niños deberían encargarse sus padres.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada mordaz.
—De acuerdo. Que se queden en la biblioteca durante el día —suspiró lady Georgina—, pero imagino que seguirán comiendo en sus habitaciones, ¿no?
La señora MacBain meditó al respecto unos instantes.
—Teniendo en cuenta que allí hay un acceso a los túneles, me parece que sería preferible que lo hiciesen con los adultos —dijo conteniendo la respiración. Era mucho pedir y ambas eran conscientes de ello, pero lo que para una representaba una idea práctica para la otra suponía toda una audacia.
—Pero es que compartir mesa con los niños... —Lady Georgina estaba horripilada—. Es de lo más inadecuado. ¿Y si se corriera la voz?
Quien se extrañaba de la propuesta era nada más y nada menos que una mujer famosa por haber sentado a su querido lebrel escocés a la misma mesa en la que tenía como invitados a los duques de Ardenloch.
Treinta comensales: ellos de frac, ellas engalanadas con tiaras cuajadas de diamantes y el perro con un precioso collar de perlas.
—Mientras no localicemos todas las entradas, se nos seguirán escapando.
—Sí, supongo que lleva razón —convino a su pesar la condesa viuda—.
Pero con diecinueve personas en seis salas...
Será como si viviésemos en un piso de un edificio victoriano —reflexionó mientras se dirigía a las cristaleras.
Observó el exterior, chascó la lengua y negó con un gesto—.
Y todos estos quebraderos de cabeza vienen a raíz de la muerte de Nanny, fíjese cómo son las cosas.
La señora MacBain interpretó la respuesta como una afirmación y se marchó de la manera más discreta que le fue posible.
Se dispusieron unas sillas para los niños a un extremo de la mesa.
La ubicación había sido el tema de disputa durante toda la mañana.
Hugh y Fergus querían poner a la mitad en cada punta de la mesa y Bella y Constance argüían que era mejor colocarlos a todos en un lado, opción que lady Georgina juzgó inadecuada por completo.
También conversaron un buen rato sobre el menú, porque lady Georgina opinaba que no debían modificarlo.
—Con tan poca antelación, la cocinera no tendrá tiempo de prepararles nada especial.
—Si comen con los adultos, que coman cosas de adultos —convino Bella. Aunque Angus estaba de acuerdo con su hermana, ella le frunció el ceño—. No sé quién te ha dado vela en este entierro, considerando que no tienes hijos.
Constance se quedó mirando a su cuñada y Elspeth intervino para poner paz.
—Vamos a almorzar y a ver cómo se comportan los niños, ¿qué os parece?
La comida acabó entre llantos, pero al menos comprendieron a qué problemas se enfrentaban.
A los hijos de Elspeth, que eran mayores, no les gustó el salmón al vapor con espinacas, pero se lo comieron.
Mejor dicho, picotearon un poco y apartaron las sobras en el borde del plato.
Los de Bella, en cambio, armaron un motín.
Querían sándwiches de patatas fritas. Era martes y era la comida que siempre tomaban ese día, eso y melocotones.
Uno de ellos se metió debajo de la mesa y se puso a gritar con una vocecilla estridente:
—¡Me gustan los melocotones! ¡Hoy tocaban melocotones! ¿Por qué no hay?
Otros dos también se metieron debajo del mantel para tratar de consolar al pobre.
Una patatita pasó volando ante las narices de lady Georgina.
Resguardados en fortalezas de salmón, los pequeños usaban las cucharas de sorbete para catapultar comida a la otra punta de la mesa.
Hudson, horrorizado, se tropezó con unas espinacas y casi vertió un decantador de vino encima del señor Kettering.
Gracias a Dios que no habían puesto los manteles buenos.
Después del almuerzo, Iris se llevó a los niños a dar un paseo largo y agotador mientras los señores se reunían en la biblioteca con el ama de llaves para barajar sus opciones.
—Bueno —arrancó Elspeth—, lo que está claro es que no deseamos que se repita el sufrimiento de hoy.
Aún algo conmocionados, todos los presentes asintieron.