Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Julio #9
80%

Julio #9

Casi..., pero no. ¿Cómo se abría la trampilla? A Fergus cada vez le pesaba más el hecho de que los pequeños comprendiesen su mecanismo, pero ellos no fuesen capaces entre seis adultos.

Se pasaron un buen rato engatusándolos, suplicándoles y ofreciéndoles sobornos, pero no hubo manera.

—Déjenme a mí —saltó por atrás una voz que los pilló desprevenidos. Era la señora Burnside, que justo se iba en ese momento, pero volvió de inmediato con una bandeja de hojaldres de salchicha recién horneados. Se plantó delante de la trampilla y dijo en voz alta:

—¡Ay, Señor! Con los hojaldres tan ricos que acabo de sacar del horno y ahora no encuentro a los niños por ninguna parte.

A ver qué hago con ellos... —anunció guiñándoles un ojo a los adultos.

Del otro lado llegaron unos susurros enfurecidos—.

Huuummm... Como ellos no están, yo creo que deberíamos comérnoslos nosotros.

Al cabo de unos segundos de tenso silencio, la trampilla bajó despacio. Era como un puentecillo levadizo, claro. Aparecieron varios rostros infantiles que le sonreían a Fergus, quien sacudió la cabeza e intentó no sonreír él también.

—¡Estamos aquí! ¡Sí que queremos los hojaldres!

Montando barullo, salieron disparados a la cocina detrás de la señora Burnside.

Fergus se asomó a examinar el escondrijo.

Era una sala secreta de un tamaño considerable amueblada con dos catres, una librería, dos sillas muy sencillas y un escritorio.

Incluso había una lamparita de techo. Fergus rompió en carcajadas al ver el escritorio, que apenas se tenía por el peso del botín que almacenaba: postres, tarros de mermeladas, scones y un queso chédar entero.

«Madre mía —se dijo—; desde luego que son de traca».

Fergus fue a informar a lady Georgina de que habían encontrado a los niños; de inmediato, la condesa viuda hizo sonar el gong y les pidió a Hudson y Ollie que sirviesen brandy en la biblioteca.

Todos charlaban con entusiasmo sobre los muchos pasadizos que habían descubierto. Angus y Constance llegaron los últimos.

—¡Por fin! Los hemos encontrado en el sótano —le explicó Fergus a su hermano al tiempo que le ofrecía una copa de brandy.

—¿No habéis oído el gong? Hace una eternidad que os esperamos —los amonestó lady Georgina en tono molesto, motivado sobre todo por el hambre.

—Pues no, no lo hemos oído porque no estábamos en la casa —dijo Angus. Le dio otro trago al brandy—. Fuimos a parar a la destilería.

—¿A la destilería? —exclamaron todos al unísono.

—Sí. Hay un pasaje que sale de los desvanes y, después de bajar un montón de escaleras, desemboca en un túnel que da a la chimenea de MacTavish —explicó Angus.

Dejó la copa y tomó la pitillera—. Como no éramos capaces de volver a abrir la dichosa puerta, hemos tenido que regresar por el bosque.

Y, entre eso y los zapatos de esta, nos hemos retrasado.

—Zapatos que han quedado hechos unos zorros, por cierto —apuntó Constance, quien tomó una copa y se dejó caer en el sofá.

A la señora MacBain se le erizó el vello de la nuca.

—¿De qué desvanes sale ese pasadizo, señor?

—¿Eh? —Angus se encendió el cigarrillo y se dirigió al ama de llaves—.

Ah, de los del ala este. Hay un montón de cosas almacenadas y, justo al final, una pared de fábrica que se abre si empujas un ladrillo concreto.

Ah, Bella, ¿sabes lo que había allí? Nuestro caballito.

Deberíamos hacer que lo lleven a las habitaciones de los niños.

La señora MacBain depositó la bandeja y le dijo a lady Georgina:

—Iré a ver si la cena está lista.

Sin embargo, el ama de llaves no se dirigió a la cocina.

Tan deprisa como las faldas se lo permitían, subió a la buhardilla del ala este.

Bajo las luces parpadeantes, se dirigió al final del espacio.

Vio el caballito y la pared de ladrillo, tal y como Angus había explicado.

La entrada del pasadizo seguía abierta. Y, justo al lado, la habitación de Maxwell.

La señora MacBain respiró hondo y se quedó inmóvil.

Al cabo de unos segundos, cerró la puerta secreta y emprendió el descenso por las escaleras.

Le faltaba la última pieza del rompecabezas.

Miró el reloj: tenía el tiempo justo para dar con ella.

En diez minutos llegó a la cocina y observó que la señorita Maxwell y la señora Burnside recalentaban la cena.

—¿Está todo a punto, señora Burnside? Los señores están en la biblioteca y la condesa viuda está que trina. Ya sabe usted cómo se pone cuando le entra hambre.

—Ya casi estamos —contestó la cocinera, que volvió a su labor. No le gustaba charlar mientras trabajaba, y el tener que buscar a los niños le había trastocado su ritmo habitual.

La señora MacBain se las quedó mirando durante unos segundos.

—De acuerdo. Le haré saber a Hudson que puede conducirlos al comedor. Ah, señorita Maxwell, ¿podríamos tener una breve conversación cuando hayan terminado?

La doncella dejó de verter la salsa al faisán y miró al ama de llaves con aire sorprendido.

—Por supuesto, señora MacBain. No deberíamos tardar más de unos quince minutos, diría yo.

La señora Burnside asintió sin levantar la mirada de la guarnición que preparaba.

El ama de llaves se dirigió a paso lento a su despacho, se acomodó en la butaca y se puso a observar la lumbre. Cuando Maxwell llamó a su puerta, se encontraba absorta en sus pensamientos.

—¿Deseaba verme, señora MacBain?

—Sí, señorita Maxwell; adelante. Por favor, cierre la puerta.

Le indicó que se sentara en la silla que tenía enfrente. Permanecieron calladas unos segundos, pues el ama de llaves no sabía cómo abordar la charla.

—Llevo dándole vueltas a una cosa desde nuestra conversación en el estudio del señor conde y espero que pueda ayudarme con ello.

—Usted dirá.

—En aquella sala había numerosos cuadros y, aunque no tuve la oportunidad de fijarme en muchos de ellos, uno en concreto no me lo quito de la cabeza —le explicó mientras descubría el retrato inacabado de una mujer de pie en la presa—. Es usted, ¿verdad?

Sorprendida de ver el lienzo, Maxwell miró alternativamente a la pintura y a la señora MacBain.

Trataba de desentrañar qué sabía el ama de llaves, pero su rostro era de lo más inexpresivo, pues los sirvientes son capaces de controlar sus reacciones.

Al cabo de unos segundos, Maxwell asintió en silencio.

—Aunque está inacabado, me parece que este retrato suyo es reciente, no de cuando era más joven —le dijo a Maxwell, que se movió, incómoda, pero se abstuvo de responder. La señora MacBain rezó una breve plegaria en su fuero interno—. Estuvo con él en la presa el día en que murió, ¿verdad?

El ama de llaves contuvo la respiración, algo temerosa de la respuesta. Tras un prolongado silencio, la señorita Maxwell se limitó a responder:

—Sí.

—¡Flora! ¿Por qué no lo dijo? —exclamó la señora MacBain, desconcertada.

Quiso poner los puntos sobre las íes respecto a varias cosas, pero mantuvo la calma, pues era consciente de que así no arreglaría nada.

Aunque le habían entrado ganas de estrangularla, se esforzó por mantener un tono amable—. ¿Qué ocurrió ese día?

Maxwell se la quedó mirando unos segundos que se hicieron eternos; era evidente que estaba valorando lo que iba a decir. Cuando por fin abrió la boca, lo hizo con tranquilidad, pero en un tono casi inaudible. La señora MacBain dejó el cuadro y procuró mostrarse comprensiva.

—Quería hablarme de Iris, así que bajamos a la presa.

Debí imaginar que no serían buenas noticias.

Solía citarme allí cuando preveía que iba a reaccionar a gritos.

—Se calló un momento y se movió en la silla.

La señora MacBain aguardó en silencio—. En el baile, Hamish le había buscado a Iris un puesto de institutriz, con la familia McDonald.

Iba a incorporarse al cabo de unas semanas.

—¿Los McDonald? —repuso el ama de llaves pensando en quiénes podían ser—. No me suenan.

—Normal, es que son irlandeses.

—Ah —convino la señora MacBain, y asintió. Ya empezaba a ver por dónde iban los tiros.

—Yo sabía que le estaba buscando trabajo, pero me imaginaba que sería en Edimburgo o Yorkshire.

No se me había ocurrido la posibilidad de que la enviase al extranjero.

Si se iba a Irlanda, no volvería a verla.

Entonces no sabía que era su madre. Así que ¿para qué íbamos a mantener el contacto?

¿Y cuándo iba a regresar a Loch Down Abbey?

Cuando me lo dijo, me sorprendió. Me enfadé y acabamos a gritos.

La señora MacBain se estaba mordiendo los labios. La asaltaban un sinfín de preguntas que habría querido proferir con un gesto violento. «Alice, respira hondo», se dijo.

—O sea, fueron al río, él le dijo que Iris iba a irse, y luego... ¿qué?

—Me enfadó que no me lo hubiese consultado primero, pero, sobre todo, no soportaba la idea de no volver a verla.

¡Irlanda está muy lejos! Me dijo que mi reacción era ridícula, que los sirvientes no podemos permitirnos el lujo de los sentimentalismos.

Uy... Esa fue la gota que colmó el vaso.

En todo el tiempo que pasamos juntos, nunca me había tratado de sirvienta.

Perdí los nervios. Me faltó poco para pegarle, de modo que me subí a la presa, nada más que por poner un poco de distancia entre los dos.

—¿Y él cómo acabó en el río? —preguntó el ama de llaves, conteniéndose todo lo que pudo.

—Fue culpa mía. Me golpeó un salmón y me caí a la poza. Con estas faldas que pesan tanto, me estaba hundiendo, así que intenté quitármelas. Hamish debió de pensar que iba a ahogarme y se lanzó en mi rescate, el pobre idiota.

—No sabía nadar, ¿verdad?