Julio #8
—¡Mira! —exclamó Constance de repente mientras apuntaba al suelo a los pies de su marido. Había unas huellas claramente marcadas en el polvo.
—¡Brava! —dijo él—. Vamos a seguir el rastro.
Sin embargo, la alegría les duró poco: hasta que se dieron de bruces con una pared.
—Pues hemos topado con una pared de ladrillo —dijo Angus escudriñando la zona.
—No creo —repuso Constance mientras daba golpecitos en el muro.
—Diría que este es exactamente el aspecto que tiene una entrada a un pasadizo secreto —opinó Angus.
Colgó la linterna de un travesaño para que ambos pudieran examinar la pared con atención. Al cabo de unos minutos, Constance presionó un ladrillo y se abrió la puerta; tras ella, unas escaleras. Gritó eufórica.
—¡Qué lista! —exclamó Angus. Volvió a coger la linterna y se asomó al pasadizo—. Vamos —le dijo a Constance con una mueca.
—¿Podemos dejarla abierta? Solo para asegurarnos de no quedarnos encerrados.
Constance acababa de leer «El barril de amontillado» de Poe y al acordarse se puso nerviosa. No obstante, Angus ya se había adentrado en la penumbra y no la oía, de modo que lo siguió, con la esperanza de que el pasadizo estuviera más limpio que el desván.
Le pareció que el recorrido giraba en cierto punto, pero con la oscuridad no estaba segura.
Se encontraron más escaleras, bastante empinadas, y después un buen trecho llano.
Habría jurado que le llegaba olor a tierra.
Diez minutos más tarde, por fin, se encontraron ante una puerta más bien bajita. Angus se agachó a poner la oreja.
—No se oyen voces —susurró—, pero sí otro ruido. No sé qué es.
La puerta se deslizó a un lado y cruzaron el umbral. Angus se dio un par de coscorrones contra lo que parecía una especie de techo. Ayudó a salir a Constance y, ambos en pie, se quedaron observando una gran chimenea vieja y encastrada que Angus no había visto en su vida.
—¿Dónde estamos? —preguntó Constance en voz baja mientras recorrían la estancia. Parecía una cocina muy antigua con muros y pavimento de piedra y una cama con muchos años en un rincón. En la mesa, un puzle a medias.
—Ni idea, pero creo que aquí vive alguien —dijo Angus con voz pausada.
Se dirigió a la única otra puerta y se asomó al ventanuco. Emitió un gemido. Constance acudió a su lado de inmediato y también echó un vistazo. Esperaba ver a los niños, pero, en lugar de eso, vislumbró la noria. Se encontraban en la destilería.
Atónita por completo, miró a Angus.
—¿Se puede saber a qué dedicas los días, que no conoces ni tu propio negocio?
La señora MacBain y Hudson registraban las plantas de la familia, convencidos de que sería una búsqueda infructuosa.
De haber existido una puerta secreta, ya la habrían encontrado.
Limpiaban las habitaciones a diario con el mayor esmero.
El ama de llaves trató de ver las estancias con otros ojos, pero le resultaba difícil.
Se encontraban en las habitaciones de Angus y Constance.
El mayordomo se encargó de la salita y la señora MacBain, del dormitorio.
No encontró nada. Ni detrás de la chimenea ni en las estanterías.
Escudriñó con atención por detrás de las cortinas, por si se le había pasado por alto algún botón o palanca.
Fue en vano. Se dirigió al vestidor de Constance.
—He terminado —dijo Hudson al entrar en el dormitorio—. Si hay un pasadizo, no soy capaz de dar con él —añadió, pero no había nadie en la sala—. ¿Señora MacBain?
—Estoy aquí —se hizo oír el ama de llaves.
El mayordomo cruzó la estancia mientras revisaba las paredes en busca de cualquier indicio que pudiera sugerir la presencia de una puerta, por si acaso.
Como no vio nada, se dirigió al vestidor de lady Constance.
Se lo pensó un momento, pues le parecía poco decoroso acceder al espacio donde se vestía una dama, pero así lo exigía la grave situación que atravesaban.
Acababa de girar la esquina que daba al vestidor cuando la señora MacBain abrió un armario y se vio sepultada por una avalancha de papel higiénico. Hudson estalló en carcajadas.
—Bien, comencemos por las habitaciones de los niños y luego ya se verá —dijo Fergus—. Elspeth dijo que tras la pizarra se escondía una puerta.
Eva estaba emocionada por todo el lío de los pasadizos secretos.
Se dirigieron a la pizarra y le dieron unos golpecitos al tablero hasta que, al cabo de un rato, Eva detectó un punto con marcas de uso en la parte inferior.
Lo pulsó y surgió una abertura sin hacer ruido.
Ante ellos, un corredor de piedra con antiguos braseros de forja.
El pavimento estaba bastante gastado y observaron un reguero de envoltorios de caramelo.
Intercambiaron una mirada adusta. Lo bueno era que, a todas luces, habían dado con la pista que buscaban.
Se adentraron por el pasadizo y, casi de inmediato, se encontraron frente a una puerta. La empujaron y vieron que daba al pasillo principal.
—Vamos a ver: te escapas del control de los adultos, y luego ¿qué? ¿Cómo te las arreglas para salir de casa desde la segunda planta?
—Tiene que haber otro pasadizo por aquí.
Miraron por detrás de los cuadros y por debajo de las alfombras en vano.
Por fin, mientras recolocaba uno de los tapices, Eva reparó en algo fuera de lo común: debajo de una consola que tenía un vulgar jarronzucho encima, observó que una de las patas de mueble escondía una palanca.
Tiró de ella y se abrió un panel; tras este, un tobogán metálico.
Se lo quedaron observando y, luego, intercambiaron una mirada.
—No estarás pensando... —dijo ella.
—Solo hay una forma de saberlo.
Eva resopló.
—Yo no me voy a tirar; a saber dónde acabamos.
Fergus se asomó y rio. El eco le respondió con su propia carcajada.
—En la pared hay una huella de mano pegajosa.
Creo que deberíamos comprobar adónde conduce —propuso mientras metía los pies en el tobogán—.
¡Deséame suerte! —se despidió antes de desaparecer.
Eva lo oyó hacer un ruidito sordo y soltar alguna imprecación, de manera que no quedó muy convencida de seguirlo.
Con tantas curvas, a Fergus se le hizo largo el descenso.
Se dio varios cabezazos antes de desembocar en la lavandería.
Nada más ponerse en pie, le dio una voz a Eva para hacerle saber que estaba bien y se dirigió a una puerta situada en el otro extremo de la sala.
La abrió; daba al patio de servicio. Normal que no los viesen salir...
¡Vaya unos mocosos intrépidos! En cierto modo, los admiraba.
En la lavandería no había ni rastro de ellos y no parecía que Eva fuese a bajar por el tobogán, así que cerró la puerta y se encaminó al pasillo.
Al pasar al lado de la alacena de los dulces, oyó una risita nerviosa; era real, sin duda, pero no sabía de dónde venía.
¡Era para volverse loco! Pobre Iris, que tenía que ir detrás de ellos todo el día.
Se paró a escuchar. Por la esquina surgió Ollie, el lacayo, y Fergus lo mandó callar mientras señalaba las paredes.
Más risitas. Ambos las oyeron. Los niños se lo estaban pasando en grande, ajenos por completo a la presencia de Fergus y Ollie.
Estos miraron alrededor con atención, pero no vieron nada.
Tenía que haber otro pasadizo en algún lugar.
Se pusieron a palpar los muros con cuidado; de repente, el lacayo se detuvo.
Se oía el montaplatos. Fergus se acercó a escuchar. Sí: no cabía duda de que eran risitas.
—¿Están en el montaplatos? —susurró Fergus.
Ollie negó con la cabeza y le aseguró que seis niños no cabían. Lo abrió despacio, echó un vistazo y se quedó estupefacto: en el fondo había una trampilla. Con la cantidad de veces que lo había utilizado, ¿cómo es que no se había dado cuenta?
—Pero ¿cómo se las arreglan para meterse? —murmuró el lacayo.
Ambos se quedaron allí plantados unos segundos, atónitos.
—Si descubrimos adónde conduce, a lo mejor podemos llegar por otro sitio —propuso Fergus, que nunca había bajado a los sótanos—. ¿Qué hay al otro lado de este muro?
Fergus montó guardia ante la trampilla mientras Ollie se fue a indagar por los alrededores.
Cecil y Auguste aparecieron, y Fergus los hizo callar al tiempo que se apartaba unos pasos del montaplatos para preguntarles por dónde habían llegado.
Le explicaron que habían encontrado un túnel detrás de la armadura del cuarto conde.
Les había costado, porque era un pasadizo muy angosto, pero se las habían arreglado para llegar adonde conducía: a la cámara fría de al lado del garaje.
Ollie regresó y dijo que estaba seguro de que era una sala, no un pasadizo. El dormitorio de la señora MacBain quedaba al otro lado del muro y al lacayo no le cabía duda de que al ama de llaves no se le habría pasado por alto la presencia de los niños.
—Ah, sí —convino Cecil—. Creo recordar que por la casa hay varios agujeros del cura, pero que haya uno detrás del montaplatos me parece cosa del demonio... Perdonad el mal chiste.
Hablaron un rato sobre qué hacer. Si era un pasadizo, los niños podían escaparse.
Sin embargo, si se trataba de una sala...
, pues los tenían acorralados. Era cara o cruz, vaya.
Tanto era así que se disponían a lanzar una moneda al aire para tomar una decisión cuando aparecieron Bella y Hugh, hechos unos zarrapastrosos y con aire de malas pulgas.
Nadie quiso preguntarles qué les había pasado.
—Dios bendito, ¡qué asco! Necesitaré un baño antes de cenar —se quejó Bella casi a gritos antes de que a nadie le diera tiempo a hacerla callar. Fergus y Ollie intercambiaron un gesto de impotencia. «¡Es mamá!», se oyó exclamar a una vocecilla seguida de algún que otro chis infantil.
Fergus se asomó al montaplatos y llamó a la trampilla.
—¿Contraseña? —preguntó la vocecilla tras un breve silencio.
—Por favor —dijo Fergus con una sonrisa. Los niños eran unos seres maravillosos.
—¡Esa es la de ayer!