Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Julio #7
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Julio #7

La señora MacBain salía del vestidor de Angus cuando lo oyó primera vez: unos gritos ahogados. «Deben de ser los niños», se dijo con aire distraído antes de seguir caminando por el pasillo. Al salir del vestidor de lady Bella, volvió a oírlos, en esa ocasión más alto.

Al mirar a su alrededor, tardó un poco en caer en la cuenta de que el sonido provenía de la puerta del aseo. Era Eva. Se había quedado sin papel higiénico.

—¿Cómo es posible? —exclamó el ama de llaves, ofuscada—. Pero si puse un rollo nuevo esta mañana...

—¡Pues ya no queda, señora MacBain! ¡Haga algo!

El ama de llaves corrió al aseo masculino del final del pasillo.

Tampoco quedaba papel. Mientras se preguntaba qué demonios podía hacer y maldecía la falta de lacayos, se le ocurrió una idea.

Se dirigió al dormitorio de Constance con la esperanza de poder llevarse una caja de pañuelos del tocador.

Justo cuando iba a cogerla, sus ojos se posaron en el resto de los objetos que había en el mueble.

Estaba cubierto de joyas y gemas: diamantes, perlas y zafiros en perfecto orden.

Sin salir de su asombro, echó un vistazo a la habitación.

Era evidente que Constance había saqueado el vestidor de lady Inverkillen y se había hecho con las joyas de la familia.

En el alféizar se alineaban los broches.

Los collares colgaban de las perchas junto a los vestidos.

Y los sombreros iban tocados con tres tiaras.

¡Qué descaro! Pero entonces la señora MacBain recordó lo que había ido a hacer.

De regreso al pasillo, pañuelos en ristre, llamó con suavidad a la puerta del aseo.

—Soy yo, señora. Le traigo unos pañuelos de papel; espero que le sirvan. ¿Puede abrir la puerta? No hay nadie.

El ama de llaves la oyó maldecir en voz baja y luego la puerta se entreabrió.

Le tendió la caja, que Eva le arrebató de las manos, y retrocedió.

Mientras aguardaba a que saliese, pasó revista a las tareas de la mañana.

No le cabía la menor duda de que había repuesto papel en todos los aseos en cuanto llegó el reparto. ¿Dónde habrían ido a parar los rollos?

Cuando Eva salió, la señora MacBain empezó a pedir excusas, pero no la escuchó. Se limitó a resoplar.

—Que no se repita —le dijo con la dignidad que fue capaz de reunir. Se dio la vuelta y echó a andar hacia las escaleras de la planta de invitados.

La señora MacBain corrió a la cocina a buscar más rollos, rezando por que quedara alguno a medio usar.

Estaba claro que alguien se había dedicado a cogerlos aseo por aseo, pero ¿quién y por qué motivo?

La lista de sospechosos era larga. Negó con la cabeza y emprendió la subida por la escalera de servicio.

Lo que más le intrigaba era que, en tiempos de racionamiento, alguien fuese capaz de sentarse en el inodoro sin comprobar si quedaba en papel.

La tarde siguiente, casi a las ocho, no sabían dónde estaban los niños.

Otra vez. Iris llevaba buscándolos en vano todo el día.

Hudson conduciría a los Inverkillen al comedor dentro de poco, pero necesitaba que la ayudasen, tanto si querían verse las caras como si no.

Respiró hondo y entró en la biblioteca, donde estaba reunida la familia.

—Perdón —dijo en tono tan bajo que casi fue un susurro, por lo que nadie la oyó.

Armándose de valor, entró en la sala. Elspeth fue la primera en verla.

—Iris, cuánto me alegro de verte —la recibió Elspeth, con cierta sorpresa por verla bien vestida—. ¿Comerás con nosotros?

—Eh... No —respondió Iris, que oyó varios comentarios irónicos por lo bajini, con lo que empezó a perder coraje. Cerró los ojos y expuso lo que tenía que decir sin más preámbulo—. He perdido a los niños.

—¡Tremenda inútil! —saltó Bella.

—¡Bella! —la reprendieron Fergus y Elspeth.

—¿Qué? Digo yo que no será tan difícil encargarse de tres niños.

—Seis —la corrigió Elspeth. Bella miró a su tía.

—Iris, ¿a qué te refieres con que los has perdido? —intervino lady Georgina.

—Desaparecieron cuando fui a buscarles el almuerzo. Los he buscado por todas partes, pero no hay ni rastro de ellos.

—¡De eso hace dos horas! —gritó Fergus mientras se incorporaba—. ¿Registramos los terrenos? ¿Por dónde los has buscado?

—Pues de eso se trata justamente; están en la casa, porque los oigo, pero no doy con ellos.

Fergus dejó de tirar de la cuerda del timbre y miró a Iris, cuyas palabras habían desconcertado a todos.

—Eso no tiene ningún sentido —soltó Constance. Se preguntó si la muchacha había perdido el juicio de resultas de todo lo que había salido a la luz. A saber los trastornos que habría heredado por parte de su madre, la doncella...

Se quedaron en silencio para escuchar con atención, pero no se oía nada.

De repente, Elspeth saltó:

—¡Claro! ¡Los pasadizos Stuart!

—¿Cómo? —exclamaron los presentes al unísono, confundidos.

—Es donde iba cuando quería zafarme de Nanny.

Las salas actuales fueron construidas dentro de los muros del siglo xvi y, en muchos casos, con las estancias nuevas más pequeñas se crearon pasadizos y corredores por la parte de atrás.

Hay puertas disimuladas por toda la casa —explicó, para sorpresa y confusión de todos.

Se acercó a una estantería y abrió una de las puertas secretas—.

¿Cómo pensabais que se las arreglan los sirvientes para moverse por la casa sin ser vistos?

Angus se encogió de hombros y encendió un cigarrillo. Por supuesto, habían visto a los lacayos desaparecer infinidad de veces, pero uno nunca pensaba adónde se habían ido. ¿Qué más daba? Eran sirvientes; era normal que desaparecieran. Lady Georgina, con semblante derrotado, llamó al mayordomo.

—Bien, pues habrá que registrar esos pasadizos. Ah, Hudson, ¿puede traer linternas? Los niños han vuelto a desaparecer.

El mayordomo suspiró con discreción. Al menos, el personal ya había cenado. No cabía la menor duda de que la noche se anunciaba larga.

—Elspeth ha mencionado unos pasadizos secretos que recorren la casa. Creo que podemos dar por hecho que los niños los han encontrado.

Hudson guardó silencio y asintió levemente antes de responder.

—Sí. Eso explicaría muchas cosas, señora.

—Entonces, ¿nunca los ha visto en los pasadizos? —le preguntó la condesa viuda.

—No, señora.

Lady Georgina suspiró y miró a su hija.

—Supongo que sería ingenuo por mi parte pensar que solo existen unos pocos pasajes, ¿verdad?

Elspeth le dedicó una mirada llena de impotencia y negó con la cabeza.

—La casa está trufada de pasadizos, mamá. Hamish y yo tardamos años en descubrirlos todos. Y no nos cruzamos con sirvientes ni una sola vez.

«Mira, otra cosa de la que me excluyeron», pensó Cecil. Al parecer, solo habían contado con él en las ocasiones en que querían buscarle problemas. Para su propia sorpresa, el descubrimiento lo entristeció.

—Bien, dividámonos —dijo Fergus tomando el mando.

Organizó a los presentes por parejas y los distribuyó por partes de la casa con la precaución de asignar la planta de la familia a Hudson y a la señora MacBain, pues albergaba la sospecha de que Constance y Bella aprovecharían la ocasión para fisgonear más que para otra cosa.

Angus y Constance registrarían la zona del personal y las buhardillas del ala este, y Hugh y Bella harían lo propio en el ala oeste.

Constance se quejó al instante de que le hubieran tocado los desvanes.

¿No le correspondía una planta más distinguida?

Estaba entre los miembros de la familia de mayor rango y, por tanto, debía ocuparse de las plantas principales.

Que Eva se encargase de las buhardillas.

Por una vez, Bella estuvo de acuerdo. También quería las plantas de la familia.

Como era previsible, comenzaron todos a discutir.

Lady Georgina se puso en pie y asestó un golpe en la chimenea con un candelabro de latón al que siempre le había tenido tirria.

Fue de lo más satisfactorio y no pudo contener una sonrisa cuando devolvió el objeto abollado a la repisa.

—Haréis lo que Fergus ha dispuesto —ordenó—.

Empezad por las zonas en las que sabemos que los niños han hecho de las suyas, como la sala de esgrima y la galería de los juglares.

Hudson, haga el favor de traerme una butaca para que pueda dirigir la búsqueda desde aquí. Cuando aparezcan, tocaré el gong.

El mayordomo dejó escapar un gritito. El gong lo hacía sonar él y nadie más. Nadie. Se hizo el silencio en la sala y todas las miradas se dirigieron a un Hudson horrorizado.

—Por favor, deme el mazo —ordenó lady Georgina en tono suave y firme, con la mano tendida.

Iris observó que la condesa viuda contenía la respiración. Tras unos instantes que se hicieron eternos, el mayordomo le proporcionó el mazo a su pesar y se retiró, conmocionado, de modo que fue Fergus quien hubo de acercarle la butaca a su abuela.

En cuanto las parejas iniciaron la búsqueda, llegaron a oídos de lady Georgina quejas desde las plantas superiores, pero, para su satisfacción, cada vez más difuminadas.

Ya se habían lamentado suficiente en las últimas semanas.

Se acomodó en la butaca y se arrepintió de no haberle pedido té a Hudson antes de que se marchara.

Al cabo de unos minutos, Angus y Constance llegaron por fin a las buhardillas, un lugar que ambos desconocían por completo.

—¡Puaj! Vaya sitio desagradable. ¿Se puede saber qué buscamos exactamente? —preguntó Constance tratando por todos los medios de no tocar nada. Cuando volvieran a la normalidad y ella tomase el mando de la casa, limpiarían los desvanes con regularidad. Se encontraban en un estado inaceptable.

—¿Y yo qué sé? —soltó su marido—. Me acabo de enterar de que hay pasadizos secretos.

Iluminó la buhardilla con la linterna. Había varios espacios de almacenaje, pero casi todos los travesaños estaban a la vista y los muebles se apilaban bajo sábanas polvorientas. Tenía que haber un interruptor para encender la luz en alguna parte, pero no lo encontraba.