Julio #6
Iris respiró de forma entrecortada y, por fin, abrió la puerta. Sin embargo, no se apartó del umbral para dejar pasar a Maxwell. La miró como quien observa a una extraña que llama a la puerta. Su rostro expresaba curiosidad, no enfado. Maxwell no reaccionó.
—No estoy enfadada —dijo Iris por fin—, así que no hace falta que me mires de ese modo, pero tampoco estoy preparada para esta conversación todavía. Tengo demasiadas cosas que asimilar: resulta que tú eres mi madre, y él, mi padre. Necesito un tiempo para pensar antes de que hablemos.
—Pero ¿lo haremos? —preguntó Maxwell, esperanzada.
Iris se lo pensó un instante e hizo un levísimo gesto de asentimiento. Cerró la puerta con suavidad.
No se habían arreglado las cosas, pero le había hecho una promesa y, por el momento, a Maxwell le bastaba con eso. Regresó a su habitación con un caminar cansado, con la impresión de haber envejecido cincuenta años en el transcurso de una hora.
De pie ante la chimenea de su antiguo dormitorio, Fergus departía con lady Georgina sobre el descubrimiento.
—¿Lo sabías? —le preguntó—. Lo de Iris, digo.
Su abuela lo observó con un aire de superioridad desesperante.
—Pues claro que lo sabía. A ver si te piensas que la contraté al tuntún como quien escoge a un cachorro en la feria del pueblo.
La hermana Margaret me envió una invitación para ir a tomar el té.
Me imaginé que querría un donativo, pero, en cuanto entré en la habitación, vi a Iris en un extremo y supe lo que había ocurrido.
—En un pueblo escocés no hay secretos.
—Así es. Sobre todo, si el secreto es la viva imagen de Hamish.
Por suerte, la hermana Margaret es un alma caritativa.
Le pareció preferible que Iris se criara con nosotros en lugar de que anduviera por el pueblo y dejase al descubierto el desliz de Hamish —explicó con tono cansado—. Fue la mejor solución posible.
—¿Sabías que papá y Maxwell...?
—Cuando vi que flirteaban, hice la vista gorda.
Todos los hombres se entienden con las doncellas.
Eso lo sabía, pero supuse que se trataría de una aventura pasajera, como tantas otras.
Ahora me doy cuenta de que debí prestar más atención.
Pobre Victoria. Lo que me ha sorprendido tanto como a ti ha sido lo de la escalera secreta.
Fergus atizó el fuego en silencio.
—Y ahora, ¿qué hacemos? ¿La reconocemos y que pase a formar parte de la familia? ¿La echamos?
No estaba seguro de qué deseaba, pero sí tenía la certeza de que era necesario tomar las riendas de la familia de inmediato. De lo contrario... Bueno, no quería pensar en cómo iban a tratar sus hermanos a Iris en lo sucesivo.
—Así no podemos continuar —sentenció Fergus.
—No. En todo caso, tampoco es la primera hija ilegítima de la familia, pero lo cierto es que, por tradición, solo se han reconocido hijos varones.
Sorprendido por el tono de despreocupación que había adoptado su abuela, Fergus se preguntó al instante a quién se referiría.
—Es evidente que Hamish quería que nos ocupásemos de ella y, aunque no sea plato de gusto, creo que debemos hacer cumplir su voluntad —prosiguió la condesa viuda, y ambos se quedaron mirando el fuego unos segundos—.
Siempre que ella quiera integrarse en la familia, claro está.
Porque a lo mejor prefiere salir pitando.
Nunca la hemos tratado lo que se dice con cariño.
En realidad, decir eso era quedarse muy corta. Fergus volvió a atizar el fuego un rato. Al final, miró a su abuela y le dijo:
—Se comportarán como tú les indiques, pero debes hablar con ellos mañana a primera hora. De lo contrario... —Se inclinó y la besó en la frente—. Buenas noches, abuela.
Una vez que su nieto se hubo marchado, lady Georgina se sentó a contemplar la lumbre casi hasta que se redujo a rescoldos. Entonces llamó a la señora MacBain.
Iris tuvo la sensatez de mantenerse apartada.
Se escondió en las habitaciones de los niños, sabedora de que allí estaría a salvo.
Mientras veía jugar a los pequeños, repasaba todas las veces que había charlado con Maxwell a lo largo de los años.
Siempre había sido consciente de que le guardaba cierto cariño, y ahora comprendía el motivo.
Sin embargo, por más vueltas que le daba, solo recordaba una ocasión en la que ese afecto había tomado un cariz maternal: cuando Iris se vistió de largo por primera vez y Maxwell se emocionó al verla.
Era un viejo vestido de Bella, pero Maxwell lo arregló para que a su hija le quedase perfecto.
Y tanto fue así que Bella lo reclamó. Bella.
Que ahora era su hermana. Las vueltas que daba la vida...
Bella, por su parte, quedó atónita por la revelación durante horas.
Además, se sintió insultada por el trato que había recibido su madre.
¿Cómo podía su padre haberles hecho algo así y luego comportarse como si nada?
Bueno, como si nada tampoco, porque el juego de disimulos y engañifas debía de haberles costado un buen esfuerzo.
Y Maxwell allí escondida a la vista de todos, en el corazón de su hogar.
Vaya embuste. Pensó en su padre, encerrado en su dormitorio, ocultándole la verdad a todo el mundo.
Peor aún: mintiendo a su propia esposa. Se acercó a la ventana y observó la lluvia caer.
Angus y Hugh correteaban por el césped. «¿Qué diantres hacen con la que está cayendo?
», se preguntó, irritada. Ambos entraron al pabellón de tenis y a Bella se le encogió el corazón.
A Ollie casi se le cayó la bandeja de huevos revueltos. Se oyó un estruendo metálico, Hudson lo censuró con la mirada y el lacayo señaló al final de la sala a modo de excusa. Lady Georgina había bajado a desayunar al comedor.
—Ten cuidado, es platería de gran valor. Georgiana. De Jorge I, no del que dejó que se perdieran las colonias norteamericanas.
Todos se quedaron de una pieza. Nadie recordaba que la condesa viuda hubiese bajado nunca a desayunar con ellos. Fergus se puso en pie de un salto y escoltó a su abuela a la silla.
—Veo que Iris aún no ha bajado. Bien, así podemos charlar antes de que llegue. Señor Kettering, ¿le importaría acabar su desayuno en la salita de día? Quisiera hablar con mi familia.
El historiador se levantó y Ollie acudió raudo con una bandeja para trasladar sus platos.
«Una distracción menos», se dijo lady Georgina, e indicó:
—Fergus, vigila la puerta, por favor. No quisiera que Iris aparezca por sorpresa. Sentaos todos.
Los Inverkillen tomaron asiento, la mayoría boquiabiertos y ojipláticos. La condesa viuda le pidió a Hudson una taza de té. La observaron servirse en silencio, sin quitarle ojo, entre fascinados y atemorizados. Por fin, dio un largo sorbo y dejó la taza con cuidado.
—Vais a tratar a Iris como una más de la familia —arrancó con calma y firmeza—.
Es evidente que Hamish así lo quería y vais a cumplir con su voluntad —añadió, y alzó la mano para imponer silencio, aunque nadie había dicho ni mu.
Estaban demasiado sorprendidos por su aparición como para poner objeciones—.
No se la llamará lady Iris, pues sería una deferencia excesiva, pero se la tratará con la dignidad que corresponde a la hija menor de un conde.
Lo hecho, hecho está, y ahora forma parte de esta familia —sentenció antes de darle otro largo sorbo al té y observarlos a todos por encima de la taza.
Captó miradas de rabia y desprecio por doquier, para nadie la rebatió—.
E intentad darle un trato mejor del que os dispensáis entre vosotros.
Hudson, tomaré beicon y tostadas, por favor.
¿El té es darjeeling? Mucho mejor que el English breakfast que solíamos tomar.
Lady Georgina prosiguió como si la víspera no hubiera ocurrido nada especial.
Fergus barrió el comedor con la mirada. Sintió un gran alivio por el hecho de que su abuela hubiera seguido sus consejos y, a juzgar por lo que veía, en el momento oportuno, pues unos nigérrimos nubarrones cruzaban el rostro de Constance y Angus farfullaba algo en voz baja mientras se untaba mantequilla en la tostada.
Bella, en cambio, guardaba la calma de forma extraña, concentrada en remover el té.
Los de la delegación francesa habían retomado la lectura de sus periódicos; en el fondo, tampoco debía de afectarles gran cosa.
Fergus abrió la puerta, fue a servirse huevos revueltos y se preguntó si todo podía quedar zanjado de esa manera tan sencilla.
La señora MacBain tenía veinte minutos libres aquella tarde.
No se explicaba de dónde habían salido, pero se sintió afortunada por disfrutar de aquel breve descanso.
Se encontraba en la planta de los señores, comprobando que todo el mundo se las arreglaba.
Los hombres se habían adaptado bien a la rutina de hacerse la cama y prender el fuego.
Era lógico, porque habían servido en el Ejército y sabían cómo hacerlo.
Para las damas, en cambio, no era coser y cantar.
Lady Elspeth se manejaba bien, pero Bella había tirado la toalla.
La primera semana se limitó a amontonar las sábanas en medio de la cama.
La segunda, ya era capaz de estirarlas un poco, pero sin orden ni concierto.
Saltaba a la vista que seguía indignada por el hecho de que le pidieran que trabajase.
En cuanto a Constance, se las apañaba mejor, pero tenía el pelo hecho un desastre.
Había conseguido que Françoise fuera a la casa a cortárselo hacía varias semanas.
Le daba un aire encantador..., hasta que su doncella cayó enferma.
Desde entonces, tenía que peinarse ella y era evidente que no sabía.
Por detrás lucía remolinos y el flequillo le llegaba a la barbilla.
Le había dado por recogérselo por detrás de las orejas, de modo que le sobresalían mechones en ángulos de lo más extraños.
Esa semana trataba de disimular el peinado con bufandas.