Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Julio #5
73%

Julio #5

—Siempre me había preguntado a qué sala correspondían estas ventanas. Se ven desde la rosaleda —le dijo Iris en voz baja al señor Kettering señalando la pared del lado norte.

—¿Eso es un tragaluz? —preguntó Angus mientras miraba al techo.

—Lo hizo abrir el decimoquinto conde al construir la galería de retratos —explicó lady Georgina, que observaba la ornamentada cristalera del techo—. Lo diseñó Robert Adam, quien, aparte de un reputado arquitecto, era primo lejano de la condesa.

A lady Georgina siempre le había gustado ir a aquella estancia, cuando pertenecía a su marido, evidentemente. Todos esos cuadros... Y los muros, de verdad... ¿Qué les había hecho? Antes no eran blancos.

—Estas pinturas... No entiendo nada. ¿Las pintó papá? —preguntó Bella.

Lady Georgina miró a Fergus, soltó un gran suspiro y se sentó en el sofá. Agitó la mano y Fergus se puso a darles explicaciones. Lo escucharon en silencio casi todo el tiempo, fascinados por la historia de las falsificaciones y la venta de las obras de extranjis.

Cuando el nieto acabó el relato, se sentó junto a su abuela y esperó a las preguntas. Por supuesto, fue Angus quien abrió fuego.

—¿Y cómo es que él está al corriente de todo esto y yo no? ¡A fin de cuentas, yo soy el conde! —gritó, iracundo.

—¡¿Eso es lo que te preocupa?! —le chilló a su vez Bella—. Nuestra madre ha desaparecido, nuestro padre es un falsificador de obras de arte... ¡y a ti lo único que te preocupa es que no estabas al tanto!

—¡Ni lo sabía yo ni tú tampoco! —repuso él de malas pulgas.

—Claro que no, ¡pero me preocupa más saber por qué hay cientos de desnudos de la doncella de nuestra madre en el estudio privado de nuestro padre! —exclamó con voz cada vez más estridente.

—Quizá yo pueda responderle a esa pregunta, señora —se oyó la voz de la señora MacBain desde el umbral, que captó todas las miradas—. No pretendo entrometerme. He oído romperse el jarrón y pensaba que sería cosa de los niños.

Entró en la sala y miró titubeante a lady Georgina, quien asintió con aire de cansancio. La señora MacBain exhaló despacio antes de exponer lo que sabía.

—Se trata de algo difícil de explicar con delicadeza; no tengo claro cómo empezar —reconoció mientras observaba a los presentes y reparaba en que se habían tranquilizado—.

Lord Inverkillen y la señorita Maxwell...

mantuvieron una relación durante muchos años.

Empezaron en la universidad. Cuando el señor se casó con lady Inverkillen, trajo a la señorita Maxwell para poder seguir juntos.

Todos se quedaron callados unos instantes, en los que el ama de llaves estudió sus reacciones con cautela. Fergus y Angus se habían quedado de piedra. Cecil lucía una sonrisa irónica y se decía: «Maxwell, claro... ¡Bien hecho, pillín!».

—Eso explica por qué le dejó una asignación —masculló Elspeth para sí—. La amaba.

El señor Kettering pensó que el concepto de inconsciencia se quedaba corto para definir la actitud de aquella gente. No se enteraban de nada de lo que sucedía en su propia casa. Nunca había conocido a personas tan sumamente absortas en sí mismas, y le resultaba pasmoso.

—Y, en tantos años, ¿mamá no supo nada? —preguntó Bella con voz sorda.

—A lo mejor sospechaba algo. No lo sé, pero, una vez que se leyó el testamento, tuvo que asumir la verdad. Se encaró con la señorita Maxwell al día siguiente y esta se lo confirmó. Me imagino que discutirían.

—Eso espero. Mamá debió despedirla ipso facto .

—Así lo hizo, señora, pero la señorita Maxwell no tenía adónde ir y, con esta enfermedad, nos pareció preferible que se quedase y siguiese vistiendo a lady Georgina.

La condesa viuda hizo un ruidito de desaprobación.

—Y dale con la dichosa enfermedad. Francamente, le dais más bombo del que se merece. La vida no se detuvo durante la gripe española, como sin duda recordaréis.

—¿Dónde se encuentra la señora condesa? —preguntó la señora MacBain mientras escudriñaba la sala. Constance le tendió la carta y la leyó en diagonal.

—Ay, Señor... —exclamó el ama de llaves, presa del pánico.

Había huido. Lady Inverkillen había huido.

Si fuese inocente, lo más probable era que se hubiese quedado.

¿No? ¿Qué iba a pasar? ¡Maldición! Tendría que explicárselo todo a Jarvis.

No habría manera de dar con lady Inverkillen.

¿Sabían siquiera dónde se había ido? ¿Cómo diantres se las iba a arreglar para que Roddy Jarvis entendiera lo que había sucedido?

Lady Georgina la observó con atención. Nunca le había visto al ama de llaves un semblante tan descarnado... y a todas luces iracundo. Estaba a punto de darle un ataque de pánico, lo cual no la tranquilizaba en absoluto.

—¿Usted no lo sabía? —le preguntó a la señora MacBain con cautela, atenta a sus gestos, en busca de una señal que le permitiera descubrir qué le pasaba por la cabeza.

—No —balbuceó el ama de llaves—, no tenía ni idea. El día siguiente a la lectura del testamento me pidió que se le sirviesen todas las comidas en bandeja, aquí, en la salita. Le transmití la orden a la señorita Maxwell.

Lo de las bandejas había sido un truco, por supuesto, para ganar tiempo en la huida.

—Pero debió de ver que las bandejas estaban intactas, ¿no?

—¿Cómo? Ah, pues en realidad no —repuso con expresión confundida. Miró a Iris, que parecía aterrorizada.

—Debe de tratarse de los niños —dijo Elspeth con aire cansado—. Ellos sí sabían que mamá se había ido, ¿no? Se habrán apoderado de las bandejas, a sabiendas de que nadie las iba a recibir.

En el rostro de la señora MacBain se dibujó un gesto de comprensión.

—Claro. Nos extrañaba que siempre se acabase el postre. En veinte años, ni los había tocado.

—¿Y eso no le hizo saltar las alarmas? ¿O sencillamente no le preocupó cómo se encontraba su señora? —exclamó Angus, quien se puso en pie y se dirigió hacia el ama de llaves—. ¿Le parece ese un comportamiento leal? —tronó.

La señora MacBain se quedó boquiabierta ante un Angus cuyo rostro enrojecido por la ira se cernía sobre ella.

—A ver, Angus —lo frenó Elspeth, que se interpuso entre ambos y condujo con tacto a su sobrino a una butaca—.

Tampoco nosotros caímos en la cuenta —prosiguió al tiempo que levantaba una mano para callar a Angus, que intentaba protestar de nuevo—.

Sabes tan bien como yo que pueden pasar meses sin que veamos a los sirvientes si así lo deseamos.

Recuerdo un año en que no vi a Maxwell durante toda nuestra estancia.

Y luego..., justo antes de regresar a casa...

¡Ah! Claro, por supuesto —exclamó con la vista puesta en Iris.

Cecil pareció confundido por un momento y luego, poco a poco, lo comprendió.

—Sí, así cuadran las cosas, ¿no? —añadió, sin dejar de mirar a la muchacha.

—¿Qué cosas? —repuso Iris, ruborizada y algo aturdida. ¿Por qué, de repente, se le estaban durmiendo los pies? ¿Y por qué la miraban todos?

Fergus tomó uno de los falsos Rubens y lo observó, petrificado.

—¡Cielo santísimo! La señorita MacLeod llevaba razón: está embarazada. Pero, en ese caso, lo que significa es que... —Se paró a media frase y observó a Iris.

—Significa que es hija suya —remató Elspeth.

—¡No! Yo no quería que las cosas fuesen así. Ay, Dios, me van a ordenar que haga las maletas, ¿a que sí?

La señorita Maxwell caminaba nerviosa por su exiguo dormitorio. El biombo amenazaba con derrumbarse cada vez que pasaba al lado.

«Debo acordarme de condenar esa puerta», se dijo la señora MacBain.

—Nadie deseaba este desenlace, Flora, pero así se ha dado y ahora nos toca lidiar con ello. Siéntese, por favor. No se ha despedido a nadie.

El ama de llaves había acompañado a Iris a su habitación y le había dejado un termo y un té con un buen lingotazo de brandy. A continuación, se apresuró a buscar a la señorita Maxwell.

—Para bien o para mal, los señores lo saben, así que le sugiero que no salga de la zona de servicio mientras siga en la casa.

Sabemos muy bien que les desagradan las sorpresas y esto ha sido un verdadero bombazo.

Hasta que lady Georgina nos comunique qué ha decidido, yo me encargaré de vestirla. Mientras tanto, ha de hablar con Iris.

Maxwell se dejó caer en la cama con el rostro cubierto por las manos. Entre los dedos, miró a la señora MacBain.

—Oh, no. No me veo capaz. Me odia. Debe de odiarme, vaya. Le he mentido durante años. La abandoné en el orfanato, ¡por el amor de Dios! Seguro que no me puede ni ver. Y es normal... No, no... No soporto la idea de hablar con ella.

La señora MacBain suspiró.

—De entre todos los habitantes de esta casa, ella es la que alberga menos odio.

Está confundida, y con razón, pero no guarda odio.

Ahora bien, si se niega a hablar con ella, se sentirá rechazada y perderá la única oportunidad que tiene de ser su madre.

Vaya a verla y hablen. Y Dios quiera que Angus y Bella no se le adelanten.

Lo que necesita ahora mismo son personas que la cuiden. Sea una de ellas.

La señora MacBain cruzó la habitación y abrió la puerta con la esperanza de que Maxwell la siguiera.

Pasados unos segundos, la doncella se puso en pie y se dirigió despacio hacia el ama de llaves. Pensó que así debían de sentirse los condenados camino de la prisión.

Iris oyó a alguien llamar a la puerta de su dormitorio con suavidad.

Como estaba entornada, pudo ver que se trataba de la señorita Maxwell.

Su madre. Caray, qué raro se le hacía. Puesto que no tenía claros sus propios deseos, la joven dudó qué hacer; observó que Maxwell se había percatado y que estaba destrozada por ello.

—¡Por favor, Iris! Permíteme hablar contigo.

Sé que debes de tener preguntas y quisiera contártelo todo sin ambages de una vez por todas —suplicó con la puerta aún interpuesta entre ambas—.

Si una vez que hayamos hablado no deseas verme de nuevo, respetaré tu voluntad.

No te molestaré nunca más. Pero vamos a hablar de todo para que puedas decidir por ti misma. Se acabaron los secretos.