Julio #4
—Bueno, se puso a llover mientras volvía. ¿Qué le iba yo a hacer? Me habría cambiado al llegar, pero se me había hecho tan tarde que me pareció mejor venir directamente. Me da la impresión de que he echado a perder los zapatos.
—¿Nos estás diciendo que has ido a pie al pueblo?
Constance asintió con la boca llena de pastel.
—Habría ido en coche, pero no encontré a Lockridge por ninguna parte. Yo creo que deberíamos despedirlo —añadió mientras sacudía la mano en señal de que daba la conversación por zanjada.
—Una medida un poco radical, ¿no te parece? —le dijo Fergus.
—¿Y de qué sirve tener chófer si una no puede disponer del coche en el momento en que lo necesita? Hay que echarlo, así de sencillo —repuso Constance con el mismo gesto—. Una condesa no debería dejarse ver caminando por el pueblo. Debería ir en coche, como corresponde a mi estatus.
—Ay, por favor... —gruñó él.
—No, no, Fergus; en eso lleva razón —terció lady Georgina.
—Y, como condesa que soy —prosiguió Constance cargada de razón—, debería ocupar la suite Stuart.
Victoria ha tenido tres meses para guardarle el luto a su marido.
Tres meses que ha pasado encerrada en esas habitaciones sin dejarse ver ni una sola vez.
Ya va siendo hora de que se reincorpore a la familia y siga con su vida.
Ahora somos Angus y yo quienes estamos a la cabeza. Y nos corresponde la suite .
El señor Kettering se preguntó si habría un modo de salir de la estancia sin que se dieran cuenta.
Eran asuntos de familia que no debería escuchar.
Examinó la sala mientras otros Inverkillen se sumaban a la discusión —no les hacían falta grandes excusas para enzarzarse—, pero, por desgracia, la única vía de escape pasaba por el mismo centro.
Ojalá no se hubieran sentado. Si estuviesen de pie, podría haberse escabullido.
Elspeth trató de poner paz, pero entonces intervino Bella, quien le echó más leña al fuego al calificar a Constance de desalmada.
Luego soltó una pulla a propósito de que no tenía hijos y, a continuación, la afectada cruzó la sala para darle un guantazo, con lo que todos los presentes se levantaron.
El señor Kettering aprovechó la oportunidad para hacer mutis con discreción.
Ya tenía la mano en el pomo, a punto de escapar de la zapatiesta familiar, cuando Constance anunció que se iba a enfrentar a lady Inverkillen de una vez por todas.
Le dio un empujón para apartarlo de su camino, abrió la puerta con violencia y salió disparada escaleras arriba.
Al estamparse contra el muro (¡qué fuerte era aquella mujer para su altura!), alguien agarró al historiador del brazo y lo sacó a la armería.
No sabría decir quién, pero, cuando quiso darse cuenta, subía a empellones las escaleras con los Inverkillen.
Hudson, que se quedó en la biblioteca, se lamentaba de que en aquella casa nunca se pudiese comer en paz.
Constance fue la primera en llegar, aunque por poco, ya que Fergus y Elspeth le pisaban los talones y llegaron justo a tiempo: ella bloqueó la puerta y él trató de retener a su cuñada, que atacaba con fiereza considerando lo bajita que era.
Una vez liberada tras asestarle a Fergus una patada en la espinilla, se abalanzó sobre Elspeth y la derribó.
Cecil llegó justo en el momento en que Constance tomaba el picaporte.
Consiguió agarrarla del brazo y le dijo «Querida, ten cabeza».
Elspeth se puso en pie y Cecil, tambaleante, se hizo a un lado y buscó una silla.
Mientras recobraba el aliento, pensó que desde la biblioteca hasta los aposentos de la familia había un buen trecho.
Pasó un ratito hasta que los demás llegaron, echando el bofe, y se encontraron a Constance, Elspeth y Fergus aún enzarzados.
No es muy habitual que una muchedumbre enfurecida se te plante en la puerta para desahuciarte, por lo que Iris se preguntaba qué debía de pasar por la cabeza de lady Inverkillen.
Era imposible que no los hubiese oído, pero, justo cuando parecía que Constance se disponía a entrar en razón, retrocedió con violencia e hizo que Fergus, desprevenido, se cayera y tirara un enorme jarrón.
Todo el clan contempló en silencio las flores, el agua y los fragmentos de cerámica desparramados por el suelo.
«Si antes no se había percatado de nuestra presencia, ahora desde luego sí», pensó Iris.
Constance aprovechó la ocasión para abrir la puerta mientras llamaba a su suegra a gritos. Los Inverkillen entraron tras ella y se quedaron pasmados al ver que la habitación estaba desierta.
—¡No está! —clamó Constance al salir del dormitorio—. ¿Cómo puede ser?
Angus y Elspeth se asomaron a la estancia para comprobarlo por sí mismos. Cuando lo hubieron hecho, Elspeth reparó en un sobre que había en la repisa. Lo tomó y vio que ponía: «Leedme» con la letra de su cuñada.
Lady Georgina llegó, se sentó mientras recuperaba el aliento y extendió la mano para que le dieran el sobre. Angus hizo lo propio para hacer valer su condición de cabeza de familia, pero Elspeth le hizo una mueca y se lo entregó a su madre.
—Nunca había estado en estos aposentos —dijo Bella, fascinada por la riqueza de la decoración. Las paredes estaban tapizadas de seda bordada de cardos que nacían del suelo. Una lámpara de araña ricamente ornamentada colgaba del techo cubierto de frescos. Era un lugar tan hermoso como sorprendente.
—Yo tampoco —reconoció Fergus mientras observaba la lámpara—. ¿Aún funciona con velas?
—Bueno, a estas habitaciones nunca pudimos acceder, ¿no? —dijo Angus, que jugueteaba con una pitillera de plata que había en el escritorio.
—Pero ¿por qué tanto misterio? —repuso Bella sin dejar de mirar a su alrededor.
Elspeth le preguntó por la carta a lady Georgina, quien se la devolvió a su hija, pues aún no había recobrado el aliento.
Elspeth la leyó deprisa.
—Se ha ido.
—¡¿Cómo?! —exclamó Bella al tiempo que tomaba la misiva. La leyó en voz alta:
Se ha hecho evidente que el lugar que ocupaba en esta familia respondía a intereses y apariencias más que a afecto y lealtad.
Ya no puedo aceptarlo y me niego a seguir interpretando a ningún personaje en el teatrillo.
He dedicado muchos años de mi vida a mantener el buen nombre de un clan que no mira nada más que por su propio beneficio.
Se me pidió que representase mi papel y lo hice, pero ignoraba lo que ocurría entre bambalinas.
A quienes sí lo sabían solo les digo que me merecía algo mejor y lo saben.
Me voy de Loch Down Abbey para salvar la poca felicidad que me queda.
Que Dios os perdone a todos por la hipocresía que prodigáis por doquier.
Victoria
—La escribió el día siguiente a la lectura del testamento de papá —dijo Bella antes de dejarse caer en el sofá, anonadada. Constance le tomó la carta de las manos.
Se hizo un largo silencio.
—Por tanto... Hace tres meses que se fue..., ¿y ninguno de ustedes se había dado cuenta? —se interesó el señor Kettering, tan perplejo que no pudo evitar la pregunta.
Los Inverkillen se intercambiaron miradas llenas de culpabilidad. Abundaron los gestos incómodos y se oyó un murmullo ininteligible de excusas sobre lo ocupados que estaban, sobre las tareas de cada cual, sobre el respeto al duelo ajeno...
—Yo sí que estaba al coguiente.
Todos los presentes se giraron hacia la voz que había pronunciado esas palabras con inconfundible acento francés: Auguste, a quien no habían oído nunca hablar en inglés, y a quien la situación parecía aburrirlo en general.
Elspeth se acercó a su hijo.
—Cariño, ¿qué quieres decir con que estabas al corriente?
—¿Cómo? ¿Por qué no dijiste nada? —le espetó Bella.
El adolescente se encogió de hombros con despreocupación y se sentó en una silla.
—Escuché a los chicos pog la mañaná que se habían vuelto a escapag de su habitasión —miró a Iris como si le pidiera perdón—, así que los intenté captugag. Y al volveg a los dogmitoguiós vimos a la abuela en la escalega con la capa de viajé. Nos dijo adiós y se magshó.
—Pero cariño, ¿por qué no nos lo dijiste a nadie? —se extrañó Elspeth, sin dejar de negar con la cabeza.
Su hijo volvió a encogerse de hombros y abrió el libro que tenía en la mesita de al lado.
—No me puedo creer que se haya ido sin más —musitó Bella, repantingada en el brazo del sofá. Iris se sintió inclinada a consolarla, pero no reunió el valor necesario.
—¿A qué se refiere con «la hipocresía que prodigáis por doquier»? ¿Y con «teatrillo»? No sé de qué habla —les dijo Constance a los presentes, lo que generó más murmullos y gestos de incomodidad.
—No cabe duda de que estaba trastocada. El duelo puede afectar de modos extraños —dijo lady Georgina sin mirar a nadie.
—Es verdad —convino Cecil, apoyado en la puerta del vestidor de Hamish, ya casi recuperado de la carrera—. Quizá encontremos respuesta a nuestras preguntas tras esta puerta —sugirió, pagado de sí mismo.
Fergus se giró y exclamó:
—¡Es el estudio privado de papá! No puedes entrar.
Sin embargo, Cecil accedió a la estancia y, tras él, el propio Fergus.
Nadie había visto nunca a lady Georgina moverse tan deprisa, pero se levantó y cruzó la sala antes de que los demás reaccionasen.
—¿Qué hacéis? ¡Salid los dos de inmediato! —les gritó, pero, en cuanto lo hizo, supo que era en vano. De todos modos, iba a ocurrir. Se había abierto la caja de Pandora.
La estancia seguía tal y como Eva y Cecil la habían dejado. El Rubens y sus seis réplicas, las pinturas inacabadas de la sala de billar, centenares de cuadernos de bocetos y un sinfín de retratos de Maxwell. Los secretos mejor guardados de Hamish quedaban expuestos ante toda la familia.
Recorrieron la sala despacio, enmudecidos por la impresión. Había quien les daba la vuelta a los lienzos del suelo y quien observaba los que había en los caballetes. Nadie acababa de entender lo que veía.