Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Julio #3
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Julio #3

Revisó los vestidores de las otras damas y llegó a esa misma conclusión.

Aunque las demás no tenían tantos pares ni de lejos, todos estaban ordenados con primor y en perfectas condiciones.

El único que no comprobó fue el de la señora condesa, pero ¿cómo iba a hacerlo sin molestarla?

Tendría que pensar en la manera de hacerlo. De momento, bajó al guardarropa.

Por cuestiones de orden, cada miembro de la familia tenía reservado un rincón.

Examinó el calzado de las señoras. Los pares de lady Inverkillen y Elspeth tenían bastantes marcas de uso, pero solo los de la segunda tenían barro fresco.

Los de Bella los habían limpiado por encima, pero, a juzgar por su apariencia, no los había llevado más allá del césped recién cortado.

Los de Constance, en cambio, estaban impolutos.

Los paseos no eran su gran pasión y solo tenía un par de zapatos impermeables y unas zapatillas de tenis La señora MacBain miró las suelas de ambos pares: limpias como el primer día.

No creía que a Constance le hubiera dado por matar a su suegro por pura frustración, pero esa comprobación la descartaba de manera definitiva. Por tanto, la única sospechosa que quedaba era lady Inverkillen.

La señora MacBain había descubierto el cuándo, el cómo y el porqué, aunque no podía probar nada.

«Y ahora, ¿qué?», se preguntó mientras se dirigía despacio a su despacho.

Salvo que interrogara a lady Inverkillen en persona, no había modo de demostrar que había estado en el lugar de los hechos y que era responsable de la muerte de Hamish.

«Soy ama de llaves, no detective —se dijo—; ¿qué se supone que voy a hacer ahora?».

Constance se puso como un tomate.

—¿Y se supone que lo voy a tener que hacer todos los días?

La señora MacBain le estaba enseñando a hacerse la cama para que a la mañana siguiente se las pudiera arreglara ella sola. Le estaba costando lidiar con los edredones por el tamaño, tanto que le dolían los brazos del esfuerzo.

—Con la práctica es más fácil, señora. Se lo prometo.

Constance se dejó caer en una butaca frunciendo el ceño.

—Pues no estoy yo tan segura de que vaya a ser capaz. Hay que levantar el colchón, remeter las sábanas... ¡Y las fundas de las almohadas no hay quién las entienda!

—Por suerte, las fundas solo las cambiamos una vez a la semana, señora —respondió la señora MacBain, que se esforzaba en disimular su desconcierto. Al menos, la mascarilla le permitía sonreír con discreción.

—Bueno... De todas formas, me parece una ridiculez tener que hacer esta tarea... —rezongó Constance en un tono que acabó por hacerse inaudible, por lo que el ama de llaves sospechó que lo que decía no era demasiado educado.

—He de irme, señora —dijo la señora MacBain con decisión—.

Lady Elspeth me espera —mintió, ya que no podía permitirse perder más tiempo con lady Constance.

Habría tardado menos haciéndole la cama ella directamente.

Incluso habría sido más rápido si le hubiera limpiado toda la habitación, pues había dedicado media hora a enseñarle el modo de arreglar sus aposentos y tenía la clara sospecha de que fingía no saber cómo hacerlo.

Dos días antes, había reunido a toda la familia para que aprendieran a hacerse la cama.

A los hombres no les costó tanto desde el punto de vista del esfuerzo físico, pero se lo tomaron como una afrenta a su masculinidad.

Se habían pasado tres horas entre demostraciones, correcciones, rabietas y comentarios sarcásticos.

La señora MacBain se había imaginado que para ellos no sería coser y cantar, pero, francamente, tampoco era dificilísimo.

¿Cómo reaccionarían si les diese una mopa? Más valía no pensar en ello.

También Bella intentaba hacerse la cama.

«¿Cómo diantres les queda tan lisa?», exclamaba en su cuarto vacío.

Le parecía una tarea imposible. Cada vez que remetía una punta de la sábana en el colchón, se salía la contraria.

O bien le quedaban bolsas y arrugas en el medio.

Llevaba veinte minutos lidiando con la dichosa tela y no parecía que fuese a acabar pronto.

Según la señora MacBain, era cuestión de cinco minutos, pero Bella no veía la manera.

«¡Joder! —pensó—. Voy a echarle la puta manta encima».

Cogió la manta de tartán y trató de extenderla sobre la cama sin percatarse de que la estaba pisando, de modo que estuvo a punto de tirarse a sí misma.

Tras soltar varios improperios, consiguió extenderla en la cama, pero, cuando ya la estaba estirando, cayó en la cuenta de que la sábana encimera iba antes.

«Puta sábana encimera...», maldijo para sí.

Ansiaba una taza de té, pero pensó con amargura que no iba a caer esa breva.

«Bueno, vamos a olvidarnos de la sábana por ahora y concentrémonos en las almohadas.

No será tan difícil», se dijo. Al cabo de un cuarto de hora, un cojín salió disparado hacia la otra punta del cuarto y derribó una mesita.

Se puso a blasfemar casi a gritos:

—Joder, ¡qué difícil es! —exclamó prácticamente entre sollozos—. Venga, Bella, reponte —se animó a sí misma—. No te vas a dejar amilanar por una cama. Si las sirvientas saben hacerlo, tú también.

Se dirigió a los pies de la cama para coger la sábana, pero tropezó con la manta que estaba en el suelo.

Más palabrotas, un torrente de ellas. Se liberó de la manta, pero se cayó de bruces y no se descalabró contra el escabel de milagro. El brazo, en cambio, sí se lo golpeó, y aulló de dolor. Tirada en el suelo, rompió a llorar entre las sábanas.

¿En qué se había equivocado para verse en esas? No se lo merecía: era hija de un conde, ¡por los clavos de Cristo! ¿Es que ser aristócrata ya no significaba nada?

Fue entonces cuando olió el humo. Se dio la vuelta y observó una llama en la esquina de una almohada. La había tirado sin darse cuenta en los rescoldos del patético intento de lumbre que había montado por la mañana.

Se puso en pie, gritó: «¡Fuego!», y volvió a enredarse con las sábanas.

Logró zafarse y corrió a tirar varias veces de la cuerda del timbre para que acudieran los sirvientes.

Miró alrededor. ¿Qué se hacía en caso de incendio?

Salió al pasillo a la carrera al tiempo que se prendía el edredón.

En el corredor vacío volvió a exclamar: «¡Fuego!

». ¿Dónde estaban todos? «Por cosas así necesitamos sirvientes», pensó hecha una furia.

—¡Fuego! ¡Fue...! ¡Eh! ¡Sí, sí! ¡Aquí! —llamó a Ollie, que llegaba presuroso con dos cubos rojos.

Lanzó uno al edredón y el otro, a la almohada.

Era arena. ¿Para eso servía? ¡Qué ingenioso!

Bella nunca se había detenido a pensar en la función de los cubos que había desperdigados por Loch Down Abbey; vaya, en otras funciones aparte de para apagar cigarrillos, que era el uso que les daba Angus.

—¿Se encuentra bien, señora? —se interesó Ollie casi sin aliento mientras la observaba y le daba pisotones al edredón para asegurarse de que el fuego quedaba bien extinguido.

—Sí, sí, estoy bien. ¿Se han quemado muchas cosas?

Echaron un vistazo a la habitación. El panorama no era muy halagüeño.

—Podría haber sido peor, señora —la tranquilizó él—, pero tendrá que trasladarse a otro dormitorio hasta que este se ventile. Voy a llamar a la señora MacBain.

Bella se sentó en el sofá que había junto al mirador; le temblaba el labio inferior y las lágrimas amenazaban con volver a brotar.

—¡Cielo santo! ¿Se encuentra bien, señora?

Bella alzó la mirada y observó a la señora MacBain, que observaba con horror la chimenea, y a Constance detrás, sonriente. Se repuso y contestó:

—No he sabido hacerme la cama, a la vista está.

—Eso parece —concluyó la señora MacBain, que le echaba un vistazo a la habitación sin salir de su asombro.

—¡Anímate! —dijo Constance—. Lo bueno es que ya vas dominando la técnica de prender la chimenea.

Bella deseó tener la almohada en las manos para tirársela.

Esa tarde, a la hora del té, departían sobre qué iba a pasar con las fiestas del condado ese año, con las filas del servicio tan diezmadas.

Siempre se habían celebrado en los terrenos de los Inverkillen.

Había que instalar varias casetas y carpas, por no hablar de la preparación del té y los pasteles.

Cuando Bella se disponía a sugerir que las cancelasen sin más, llegó Constance, tarde, echando el bofe y con el dobladillo del vestido embarrado.

—¡Estás hecha un desastre! ¿Qué te ha pasado? Pero ¡no te sientes ahí! —exclamó lady Georgina tratando en vano de que Constance no se sentara en su sitio habitual. No le gustaba tener barro cerca.

—He ido al pueblo a probarme el vestido —contestó tras darle un sorbo a la taza de té que le tendió Hudson—.

Hace una eternidad que concerté la cita y, al intentar anularla por teléfono, madame Elodie no me contestaba, así que he tenido que ir.

Ya se sabe cómo se pone si le das plantón —les explicó a las damas, que asintieron con tristeza.

Le dio otro sorbo al té y prosiguió—. Así que, como no estaba cuando llegué, fui a ver a Françoise con la esperanza de que me peinase.

—Le dio otro sorbo al té. Iris se maravillaba de que no se quemase.

Bella se preguntaba qué le habría pasado a su pelo—.

Pero ¡también tenía cerrado! Me dirigí a Hambeldon’s y luego a correos, pero todo estaba cerrado.

En el pub hay un cartel que dice: «Cerrado hasta próximo aviso».

Es como si todo el pueblo estuviera clausurado por la enfermedad.

Lady Georgina puso los ojos en blanco y chascó la lengua. Constance hizo una breve pausa para servirse pastel.

—Las cosas se han salido de madre —musitó la condesa viuda. A continuación, señaló el dobladillo de Constance y le preguntó—: ¿Y tu vestido?