Julio #2
—Creo que fue por la duodécima, no, la decimotercera condesa, que desdeñó una proposición de lord Eltenbrae. Prefirió casarse con un Inverkillen y el otro no se lo tomó bien. Desde entonces nos guardan rencor.
Fergus se dio la vuelta, sobrepasado.
—Abuela, en menos de seis semanas nos enfrentaremos a la ruina y la indigencia. Es posible que no recibamos otra oferta que incluya una asignación para ti.
—¡Me niego a depender de esa familia para nada! —Se cerró en banda—. Antes prefiero perder la casa en subasta pública.
—Pero, en ese caso, él podría pujar y hacerse con la propiedad por mucho menos dinero —dijo Lawlis en voz baja—. De esta manera, al menos, se saldan todas las deudas y la familia puede comenzar desde cero.
Lady Georgina se acercó al mirador, que daba a la rosaleda, les dio la espalda y Fergus pensó que era una causa perdida. Al menos ese día. Acompañó a Lawlis e Imogen a la salida y les prometió que la convencería.
«Una guerra de clanes —pensó Imogen—. ¿Quién iba a decir que aún existen?».
Fergus no tenía ni idea de la carga de trabajo que asumía el servicio. Tampoco era consciente de cuántos habían perdido y le dio bastante vergüenza no haberse dado cuenta. Era evidente que las cosas debían cambiar.
Había hablado largo y tendido con la señora MacBain acerca de la rutina doméstica.
Fergus deseaba conocer a fondo cómo funcionaba la casa, de modo que elaboraron una lista de tareas que podían eliminarse o cambiarse, y que los Inverkillen podían hacer ellos mismos.
La propia idea de que los Inverkillen hiciesen algo por sí mismos incomodaba a la señora MacBain, pero al menos en esa ocasión iba a ser Fergus quien se encargase de hablarlo con ellos.
Estaba contenta por librarse de ese engorro.
Fergus abordó el tema esa tarde a la hora del té.
Como era previsible, no salió bien. Se las habían arreglado para colarles los recortes en los pasteles y, aunque las señoras se sintieron agraviadas, acabaron por aceptar con cierta elegancia que dejaran de servirles el desayuno en la cama.
Ahora bien, amanecer en una habitación helada y encenderse su propio fuego les parecía el colmo.
—¿Por qué diantres tenemos que cambiar nada más? Primero fueron los desayunos y ahora nos sale con estas. Es un ultraje. Se debería haber contado con mi opinión.
—Solo nos queda media docena de sirvientes, que se encargan de hacer el trabajo de cuarenta, Constance —replicó Fergus con aire cansado—. Es demasiado. Hay que introducir algunos cambios.
—No entiendo por qué hay tan pocos.
Fergus suspiró.
—Constance, están enfermos de gravedad y, por lo que me ha contado la señora MacBain, tenemos suerte de que no haya muerto nadie.
—Un escalofrío recorrió la sala—. La convalecencia es larga y difícil, así que los que estén en condiciones de hacerlo irán a reponerse a casa de su familia.
Regresarán cuando se hayan recuperado por completo.
Constance le dio un sorbo al té, enfurecida.
—Bueno... Pues entonces deberíamos contratar más personal para reemplazarlos. Todo esto es ridículo —se quejó mientras dejaba la taza en la mesa con brusquedad—. Tú fíjate en el estado de estos bizcochos. No sé ni cuánto puedo servirme.
—No tenemos medios para contratar más sirvientes —la informó Fergus, a punto de perder los nervios—, así que tendremos que echar una mano hasta que regresen.
—Pero ¿tenemos que hacernos la cama? —repuso Bella, que se sentía denigrada por la propuesta—. Ni siquiera sabría cómo empezar.
—La señora MacBain nos enseñará —dijo Fergus—. Ollie, el lacayo, nos explicará cómo se prende la lumbre.
—¿Nos va a dar clases un lacayo? —saltó Angus—. Soy conde, por el amor de dios; no voy a recibir indicaciones del servicio.
—¿Y por qué no podemos utilizar las otras habitaciones? Me suena ridículo. Es como si viviéramos en una cárcel —se quejó Cecil. Hasta él se ofendió por los cambios. La sala de juego estaba entre las que ya no iban a contar con fuego.
—Puedes acceder a las otras salas siempre que quieras, tío Cecil; lo único es que no habrá fuego a menos que lo enciendas tú mismo.
Siguieron así durante un rato que a Fergus se le hizo eterno. Constance quería negociar: el desayuno a cambio de que le hicieran la cama. Angus se negaba a despertarse en una habitación fría. Bella se limitó a enrabietarse.
Era agotador.
Al fin, Fergus se puso en pie y alzó las manos.
—De acuerdo: os encenderán las chimeneas esta noche y mañana por la mañana. A partir de ahí, cada cual tendrá que arreglárselas. Si queréis saber cómo se hace, Ollie os lo mostrará en el salón azul mañana después del desayuno, que solo se servirá en el comedor.
Taladró a Constance con la mirada. Por un momento, creyó que iba a lanzarle una taza de té.
Y poco faltó para que así fuera.
Ross apareció en la puerta de atrás, cosa rara en él, pero es que llevaba a los niños. La señora MacBain se lo quedó mirando, sorprendida y aliviada. Aún no les habían contado a los Inverkillen que su prole había desaparecido.
—¿Dónde estaban? Los buscábamos desde la mañana.
—Los he encontrado en el palomar. Trataban de liberar a los pichones —explicó mientras los miraba. No parecían arrepentidos.
El ama de llaves se quedó aterrorizada. El palomar estaba enfrente de los establos. Era imposible entrar sin ser visto. Cuando contaban con todo el personal, claro está.
—¿Cómo diantres han llegado allí?
—Ni idea —reconoció él, y meneó la cabeza—. No me lo quieren decir. Este par —señaló a los hijos de Elspeth— hacen como que no entienden el inglés. Manda huevos.
—¡Ross! ¡Esa boca!
—Si no hablan inglés, ¿de qué se ríen? —dijo, no sin razón.
—Gracias, Ross. Vaya día... —repuso ella sacudiendo la cabeza mientras acarreaba a los niños al pasillo—. Vamos a ver, vosotros, a Iris le va a caer una buena por culpa vuestra. ¡Subid a vuestras habitaciones ahora mismo!
Ross sonrió y puso la mano en el hombro de su prima.
—Ya queda poco.
Ella asintió y le devolvió una sonrisa casi imperceptible.
—Sí. Ya casi ni me acuerdo de lo que hacía. Iba a la despensa a buscar carne de ciervo.
—¿Quieres que te la traiga? —se ofreció él, que ya iba de camino, pero ella lo tomó del brazo.
—No, gracias. Ya voy yo. Es un momento de paz en medio del ajetreo diario.
Ross volvió a sonreír y se fue.
A lo largo del trayecto de varios centenares de metros que había hasta la alacena, caviló cómo se las arreglaban los niños para moverse sin que nadie los viera. Era para volverse loca.
Justo cuando salía de la alacena se puso a diluviar.
Se quedó unos minutos en el umbral esperando a que amainase o, al menos, que no lloviera tanto.
Como no ocurrió ninguna de las dos cosas, optó por correr y procuró no pisar los charcos.
Sin embargo, no lo consiguió, y, cuando llegó a la puerta trasera, se había calado de agua y barro hasta los tobillos.
¿Por qué no se habría puesto las botas de goma?
Tendría que cambiarse de zapatos de estar por casa y los otros le apretaban.
Entonces se le ocurrió que nadie lleva zapatos de estar por casa cuando sale.
La señora MacBain cruzó deprisa la mansión hasta la cocina, dejando un rastro de huellas húmedas tras de sí. Llegó justo a tiempo de alcanzar a Ollie antes de que se fuese a servir la cena.
—Ollie, ¿cuándo dejaste de limpiar los zapatos? ¿Lo recuerdas?
El lacayo se la quedó mirando. Iba empapada.
—Oh, no lo sé, señora MacBain.
Hizo ademán de irse a toda prisa a subir la bandeja de plata que llevaba, pero el ama de llaves lo detuvo poniéndole la mano en el antebrazo.
—Piénsalo.
Depositó la bandeja y la miró a ella.
—Pues, una vez que lady Georgina se trasladó, no me daba tiempo a limpiarlos todos, así que empecé a hacer la mitad un día, y la otra, al día siguiente.
Pero paré por completo más o menos cuando los señores Fergus y Cecil discutieron en la armería.
—Se puso a reflexionar un momento y asintió—. Sí, fue por entonces.
La señora MacBain hizo algunos cálculos de cabeza. La doncella de Constance había caído enferma justo en ese momento.
—¿Y también limpias los del guardarropa?
—No, a no ser que alguien me lo pida, claro está.
—¿Y te ha pedido alguien que le limpies los zapatos de exterior desde que murió el señor conde? —inquirió ella, con el corazón en un puño y aguantando la respiración.
Ollie negó con la cabeza con semblante de inquietud.
—¿Necesita que lo haga? Lo puedo hacer mañana si lo desea.
—No hace falta, Ollie. Gracias. Ve a servir la bandeja.
La señora MacBain se giró y fue directa a la armería. De camino, vio el barro y la lluvia de sus pisadas. Con la suerte que tenían en los últimos tiempos, alguien se resbalaría y se haría daño. Soltó una blasfemia y fue a buscar una fregona.
Cuando hubo acabado de limpiar, regresó a su madriguera. Consultó su reloj y observó que acababan de servir el té. Como mucho, tenía tres cuartos de hora antes de que la familia volviese a deambular por la casa. Debía apresurarse a visitar los vestidores; comenzó por el de Constance.
A esta le encantaba el calzado y dedicaba horas y horas a ampliar su colección.
Cuanto menos adecuado para el campo, mejor.
El ama de llaves no entendía esa pasión por los zapatos.
Sirven para protegerte del frío, la humedad y la suciedad.
Nunca iba a comprender por qué hacía falta un par para cada vestido.
Negando con la cabeza, abrió los armarios y se agachó a ver los estantes inferiores.
La doncella había colocado con esmero cada uno de los pares, con los tacones hacia fuera, alineados como las teclas de un piano.
Que la señora MacBain supiera, no faltaba ninguno.
Suspiró. Debía de haber cincuenta pares; varios de piel, sí, pero la mayoría de seda, de colores pastel y con ricos adornos de pedrería.
«Ay, señor —se dijo—, si hasta las botas llevan tacones».
Ni un solo par habría sobrevivido a un trayecto de ida y vuelta a la presa.