Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Julio
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Julio

Era martes por la mañana y la señora MacBain estaba algo inquieta por la expectativa de reunirse con lady Georgina.

El servicio llegaba tarde a todo. La última sirvienta había caído enferma hacía una semana y ya solo quedaban ellos seis, sin nadie que ayudase a la señora Burnside en la cocina, así que no sabía cómo se las iban a arreglar a menos que introdujesen cambios profundos.

La víspera, a la hora de la cena, Ollie le había confesado a Hudson que ya no limpiaba los zapatos cada noche.

De hecho, llevaba varias semanas sin hacerlo.

El mayordomo se había puesto como una fiera.

«Pero señor Hudson, si no salen nunca. ¿Cómo van a ensuciarse el calzado? », le había dicho el lacayo.

Llevaba razón, y la señora MacBain empezó a darle vueltas al hecho de que desempeñaban un sinfín de tareas que en realidad no era necesario llevar a cabo a diario.

Ojalá pudieran clausurar algunas de las salas que no habitaban o, al menos, ponerse de acuerdo sobre cuáles utilizarían y así encender la lumbre y limpiar a diario solo en esas.

—¿Ahora cuántos fuegos encienden? —preguntó lady Georgina cuando salió a colación ese tema.

—Cuarenta y dos, contando con los dormitorios. Dos veces al día.

Lady Georgina arqueó las cejas.

—Una cantidad considerable. ¿Qué propone que se haga?

—Sugiero que nos limitemos a prender la lumbre tan solo en las estancias que ustedes más utilizan: el salón azul, el comedor, la biblioteca, esta misma sala, la de los mapas y la de billar.

—De las ciento veinticinco habitaciones de la casa, ¿solo usamos seis?

—Así es, aparte de los dormitorios.

—¿Y el invernadero?

—Solo lo utilizan en otoño.

—¿Y el salón de fumadores?

—Nada más en Nochebuena. No recuerdo que nadie haya entrado en la salita verde desde hace años.

Lady Georgina ni siquiera recordaba la existencia de una estancia con ese nombre.

—Comprendo lo que quiere decir. Mande que enciendan la chimenea de esa media docena de salas. Y la de los dormitorios, claro está.

Se hizo un silencio.

—¿No pretenderá privarnos de lumbre en nuestros aposentos? —volvió a escandalizarse lady Georgina.

—No, de ningún modo. Jamás se me ocurriría.

Pero los dormitorios de la familia suman dieciséis chimeneas, cuya leña colocamos y prendemos dos veces al día.

Si pudieran encargarse ustedes mismos por la mañana...

—Observó que la condesa viuda se disponía a objetar justo cuando Fergus llamó a la puerta y entró sin esperar a que le dieran permiso.

—La señora MacBain sugiere más recortes —le dijo su abuela con una mueca—. Siéntate —ladró.

Fergus se quedó en pie, con aire divertido.

—¿Recortes? ¿Qué quieres decir?

—Pretende que me encienda la lumbre yo misma por las mañanas.

—Pues no me parece descabellado —repuso Fergus, quien, al contrario, se mostró emocionado ante el cambio—. Prender una cerilla no debe de ser muy difícil. A mí no me importa.

—¿Y qué va a ser lo siguiente? ¿Tendré que prepararme el desayuno? —gritó lady Georgina—. Imagino que no tardará en pedir que nos hagamos las camas.

La señora MacBain dejó que se instalara un elocuente silencio, ante lo que lady Georgina, atónita, manifestó su disconformidad:

—¡No me voy a hacer la cama! Me parece que es lo mínimo a lo que se puede aspirar cuando una pertenece a la aristocracia. Las cosas se están saliendo de madre. ¡Hasta aquí hemos llegado!

Fergus comprendió que se iba poner hecha una fiera, de modo que optó por cambiar de tema para atajar su enfado:

—Abuela, ha venido Andrew Lawlis. Desea hablar con nosotros —le comunicó mientras le ofrecía la mano para ayudarla a levantarse—. ¿Vamos?

La condesa viuda salió de la estancia farfullando unas palabras sobre la indignidad. Fergus le dedicó una mirada y una sonrisa tranquilizadora a la señora MacBain.

—Ya hablaremos usted y yo al respecto más tarde —le dijo al ama de llaves.

La señora MacBain asintió en silencio y respiró hondo, aunque de forma entrecortada.

Lawlis e Imogen habían regresado a Loch Down Abbey, pertrechados con guantes y mascarilla, y felices por ser portadores de buenas nuevas por una vez. Hudson los condujo a la biblioteca, donde le sorprendió encontrar a Cecil, que rebuscaba algo en el escritorio.

—Disculpe, señor. Ignoraba que la sala estuviese ocupada.

Se giró y explicó a Lawlis e Imogen que los conduciría a la armería.

—¡No, no! Adelante, por favor. Solo buscaba... tinta. A mí no me queda. Por favor, siéntense —les indicó, señalando los sofás con un elegante gesto.

Los ojos de Hudson se posaron en el escritorio y, a continuación, de nuevo en Cecil.

—Pediré que le lleven tinta a sus aposentos, señor —repuso el mayordomo señalando a su vez, con un gesto igualmente grácil, las puertas que daban a la armería.

—¿Cómo? Ah, claro. Sí, por favor —contestó Cecil antes de dejarlos. Imogen notó una ligera sonrisa en el rostro de Hudson mientras cerraba las puertas una vez que hubo partido el comandante.

Esperaron unos minutos a que llegaran Fergus y lady Georgina.

Lawlis, sentado en el sofá, ordenaba sus papeles.

Imogen se dirigió a las ventanas. En el pueblo había oído hablar de las rosas de los Inverkillen y quería echar un vistazo.

Al entrar, Fergus vio que la secretaria observaba el jardín con semblante confuso.

—Señorita MacLeod, ¿qué es lo que...?

A Fergus no le dio tiempo a acabar la pregunta, pues Imogen se puso a aporrear la ventana a gritos:

—¡Eh! ¡Miren! ¡Un niño con una ballesta! ¡Un niño con una ballesta!

Fergus y Lawlis fueron a toda prisa a la ventana y, de inmediato, se dieron la vuelta y salieron corriendo de la sala.

Lady Georgina se acercó y vio una hilera de querubines de bronce con manzanas a modo de tocado y, a pocos pasos de ellos, los niños, que discutían, casi seguro por decidir quién disparaba primero. Ollie llegó justo a tiempo.

—¡Oh! Ay, gracias a Dios. Necesitamos una nueva niñera, pero ya. Son de lo que no hay. Sentémonos —les indicó la condesa viuda mientras se instalaba en el sofá como si allí no hubiera pasado nada. Imogen no pudo sino hacer un gesto de reprobación. Si hubieran sido sus sobrinos...

Con los hombres de vuelta y todo arreglado, Lawlis anunció, con aire ceremonioso, que por fin habían recibido una oferta por la propiedad.

Y era bastante generosa, por lo que deberían aceptarla.

Lady Georgina recibiría los beneficios de la venta del salmón, todas las deudas quedarían saldadas y los compradores adquirirían casas en el pueblo para los miembros de la familia que desearan permanecer en Loch Down.

Solo habían hecho una petición, una un tanto peculiar y que Lawlis no estaba seguro de que se pudiera satisfacer.

Había enviado una carta al respecto al Colegio de Armas.

—¿Al Colegio de Armas? —preguntó Fergus—. No lo entiendo. ¿Qué ha pedido el interesado?

—Quiere cuartelar su escudo.

—¿Quién? —preguntó lady Georgina con un tono que era casi un rugido.

—Lord Eltenbrae. Creo que lo conocen. Me dijo que era un viejo amigo de ustedes —explicó Lawlis con aire complacido.

—Oh, no. De ningún modo, vaya. No y mil veces no —se negó la matriarca. Todos la miraron—. Dígale que no.

A Fergus no le apetecía preguntarle, pero debía hacerlo.

—Abuela, ¿por qué no?

—¡Hace generaciones que esa familia trata de arrebatarnos Loch Down Abbey! El actual lord ha maniobrado para hacerse con la propiedad a lo largo de los años, y nunca de forma limpia —explicó antes de moverse en el sofá y alisarse la falda, con lo que dio por zanjado el asunto.

De nuevo, Fergus no quería seguir indagando, pero era necesario.

—¿De qué hablas, abuela?

Ella lo observó. Nadie de los presentes estaba seguro de si la condesa viuda arrancaría a hablar. Pero sí lo hizo.

—La primera artimaña que urdió fue en complot con otra gente: planearon ganarle a Cecil la finca a las cartas. Por suerte, Hamish se enteró de la martingala y apareció justo a tiempo —les contó la condesa viuda, pero nadie parecía muy escandalizado—. Luego vino el secuestro de Elspeth.

—¡¿Cómo?! —exclamaron todos, en esa ocasión sí, atónitos, para satisfacción de lady Georgina.

—La raptó, y ya iban por Gretna Green cuando les dimos alcance.

Ella apenas tenía catorce años. Deberíamos haberlo denunciado, pero no podíamos poner en peligro la honra de Elspeth.

¡Y no me hagáis hablar del padre del actual lord!

—clamó con indignación—. Pasamos años enfrentándonos a sus tejemanejes.

En una ocasión, nos soltó una piara de jabalíes en la finca y luego se dedicó a proclamar, tan pancho, que era culpa nuestra.

Dijo que nos negábamos a resolver el problema, lo cual no era cierto.

Estábamos desbordados cazándolos antes de que nadie saliese herido.

Los jabalíes pueden ser muy peligrosos —le explicó a Imogen con aire condescendiente.

Fergus sacudió la cabeza y miró a Lawlis, quien solo pudo encogerse de hombros y servir más té.

—Uy, fue un escandalazo —prosiguió lady Georgina—.

Los periódicos hablaron del tema durante meses.

Lord Eltenbrae llegó a pedir que depusieran a tu abuelo como conde.

Para fortuna nuestra, el que le vendió los animales vino a Loch Down Abbey.

Al parecer, lord Eltenbrae no le había pagado, acudió a nosotros en busca de compensación y ahí fue cuando salió a la luz la verdad.

No —suspiró—, esa familia no puede hacerse con la casa jamás.

Imogen se dio cuenta de que sería difícil enfrentarse a un odio tan arraigado. Se preguntó cuándo y cómo habría empezado.

Fergus se dirigió a la bandeja del té y se sirvió una taza haciendo ruido mientras le daba vueltas a cómo convencer a su abuela.

—¿Por qué tienen tanto empeño en conseguir la casa? —preguntó Imogen.

Lady Georgina dudó unos instantes antes de emitir un suspiro.