Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Junio #11
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Junio #11

—Bien, tenemos que salir de aquí. ¿Qué le parece si usted sigue vistiendo a lady Georgina y a lady Constance?

Yo me encargo de las otras y es posible, aunque no se lo aseguro, que pueda quedarse con nosotros un tiempo.

Pero debe ir planeando su futuro, Flora.

No puedo esconderla de forma indefinida.

Aunque ahora mismo, bien lo sabe el Señor, nos hacen falta todas las manos posibles.

Pasaron varias horas antes de que la señora MacBain tuviera oportunidad de pensar en el Rubens de la sala de los mapas.

Después de haberlo visto, se maravilló de no haber caído antes en la cuenta: era el retrato de una jovencísima Maxwell.

Si lady Inverkillen lo hubiese visto, no habría tenido ningún sentido guardar la aventura en secreto; y, por supuesto, habría constituido un móvil para matar a su marido.

Sin embargo, Maxwell había dicho que no lo supo hasta que leyeron el testamento.

La señora MacBain cavilaba sobre los movimientos de lady Inverkillen los días previos al baile.

¿Había ido a hacer algo a la sala de los mapas?

No acostumbraba a hacerlo, pues se pasaba las horas en la sala de música, que se encontraba en otra ala.

¿Quién podía estar al tanto? Archie. Él era el lacayo que solían asignar al estudio del señor conde.

¿Podría preguntárselo? Le habían dicho que estaba muy débil, que por pocas se les había muerto y se recuperaba despacio.

¿Se acordaría siquiera? Se dijo con amargura que había llegado a otro callejón sin salida.

A no ser que en el pasillo hubiese alguien en el momento preciso en que la señora condesa... En el pasillo...

La señora MacBain subió a la carrera al segundo piso y aguardó en un rincón a que Iris regresara de la cena.

Por fin, a las diez y media, llegó a la puerta de su dormitorio.

El ama de llaves esperó hasta que la joven hubo entrado en su cuarto para llamar a la puerta sin hacer mucho ruido.

Iris tardó un poco en abrir y, cuando lo hizo, solo fueron unos dedos.

—Oh, señora MacBain, es usted —la saludó. Llevaba puesta la bata y, en la mano, un termo.

—Me preguntaba si podríamos conversar brevemente, Iris. Soy consciente de que es tarde, pero se trata de algo urgente. ¿Le importa si entro unos minutos?

La joven la hizo pasar y se sentó en el borde de la cama. Una lumbrecilla crepitaba en el hogar. El ama de llaves pensó que un fuego de ese tamaño no podía calentar aquel dormitorio.

—Es pequeño, ya lo sé. No lo enciendo por el calor; sencillamente me gusta oír el chisporroteo al dormirme.

La señora MacBain la observó. Era bastante escuálida; no le extrañaba que las bandejas la hubiesen sobrepasado.

—Iris, justo antes del baile, ¿no verías por un casual a lady Inverkillen en la sala de los mapas?

—Sí. ¿Cómo lo sabe? —contestó con aire sorprendido.

Como no obtuvo más respuesta que un gesto de asentimiento, prosiguió—.

Buscaba el retrato de la décima condesa y, según el catálogo, debería exponerse en la sala Wedgewood, pero no era así, de modo que me dirigía de nuevo a la sala de lectura a comprobar que lo había leído bien y, justo cuando pasaba por delante de la sala de los mapas, lady Inverkillen salió como una bala y faltó poco para que me derribara —explicó palpándose el hombro izquierdo—.

Y ni siquiera se disculpó. Y entonces fue cuando vi a lady Morag en la pared de enfrente.

La verdad es que fue un golpe de suerte, porque llevaba semanas buscándola.

—Iris —le dijo la señora MacBain tratando de mantener un tono calmado—, ¿había alguien más en la sala de los mapas?

La joven reflexionó unos segundos.

—No que yo recuerde. Vaya, nadie salió tras ella. Pero luego salí a buscar una tirita... Me hice un corte en el brazo con la mesa de mármol cuando me caí. Por suerte, no me salió un moratón. Me habría quedado muy mal en el baile.

—Gracias, Iris, has respondido a la perfección lo que necesitaba saber —dijo el ama de llaves. El cerebro le iba a mil por hora. Se dirigió a la puerta y se despidió—. Buenas noches.

—Eh... Buenas noches, señora MacBain —respondió Iris, que no entendía nada.

La señora MacBain descendió despacio las escaleras de servicio sin dejar de darle vueltas a la historia de Iris.

¡Gracias a Dios que estaba aquella muchacha!

¿Dónde estaba Mackay? Si en el baile sucedió algo, él estaría al tanto.

Le echó un vistazo al reloj. Debía de estar abriéndole la cama a Angus y luego bajaría a la sala del servicio hasta que los Inverkillen se acostasen.

Pensó que sería mejor hablar con él abajo, de modo que bajó al sótano.

Mackay llegó al cabo de unos veinte minutos. Se quedó de piedra al ver que lo llamaban de urgencia a los aposentos de la señora MacBain, y aún más cuando oyó la pregunta.

—La verdad es que sí —respondió—. ¿Cómo lo ha sabido?

El ama de llaves se mordió la lengua y se encogió de hombros.

—Sí, tuvieron una trifulca antes del baile, una de las gordas. Justo acababa de vestirlo cuando lady Inverkillen irrumpió en el dormitorio y me pidió que los dejara solos. Estaba enfadada, pero mucho. Esperé en el pasillo y, por lo que oí, hubo gritos.

—¿Se enteró de qué se trataba?

—No, se oía regular.

—¿Cuánto tiempo duró la discusión?

—Unos diez minutos, diría yo. Primero salió él, enfadado, pero tratando de mantener la compostura. Al rato, ella, muy callada y negándose a tomar el brazo de su marido. Bajaron para irse al baile y yo me quedé a ordenar la habitación.

—¿Y después del baile?

—Él se fue a la cama más tarde de lo habitual. No dijo gran cosa, pero, conforme se levantó a la mañana siguiente, diría que no hicieron las paces con un beso —dijo mirando al ama de llaves; ojalá pudiera leerle el pensamiento—. ¿De qué va todo esto, señora MacBain?

Ella estaba absorta en sus cavilaciones.

—¿Eh? Oh, es probable que no pase nada. Gracias, señor Mackay. Aprecio su sinceridad.

El ayuda de cámara se puso en pie y le dedicó una ligera inclinación de cabeza.

—Un placer serle de ayuda.

Una vez sola, la señora MacBain se puso en pie y caminó por su salita un rato mientras se preguntaba por dónde diantres iba a continuar.