Junio #10
—¡Señora MacBain! —exclamó la doncella poniéndose en pie de un brinco, ojiplática y casi sin aliento.
El ama de llaves observó la estancia y cerró la puerta.
—Creo que me debe una explicación: dígame dónde nos encontramos y qué hace su rostro en todas esas pinturas.
Maxwell se volvió a sentar y la señora MacBain se le acercó despacio mientras examinaba la sala, sin saber dónde se encontraban.
Nunca había estado allí. Se fijó en un lienzo inacabado que había junto a la cama.
Al mirar de nuevo a la doncella, reparó en que estaba aterrorizada.
Tomó asiento a su lado y le sonrió para darle ánimos.
Maxwell tardó un ratito en arrancar a hablar; cuando por fin lo hizo, su voz sonaba tranquila pero apagada.
—Nos conocimos cuando yo tenía diecinueve años, en Saint Andrews.
Yo hacía de modelo en las asignaturas de Bellas Artes que él cursaba.
Fuimos a tomar té un día al salir de clase, los dos solos, y así empezamos.
Éramos conscientes de que no podríamos casarnos; mi familia no pertenece a lo que se dice la flor y nata de Glasgow.
Pero a Hamish no le importaban esas cosas.
Decía que me amaba y que, cuando fuese conde, haría lo que le viniera en gana, es decir, casarse conmigo.
Hizo una pausa, en la que la señora MacBain volvió a examinar la sala, por cuyos rincones yacían, dispersos, tantos años de mentiras.
—Luego murió su padre —prosiguió Maxwell— y lady Georgina mandó un coche con el recado de que debía regresar de inmediato.
Fue tan repentino que no tuvimos ocasión de hablar.
Un lacayo se puso a hacerle las maletas y en cuestión de horas se habían ido.
¡Fue muy rápido! Lo esperé varios meses.
Nos escribimos, pero me dijo que no podía volver.
Era demasiado pronto. Estaban de luto. Me pidió un poco de tiempo.
—Lo debió de pasar muy mal, Flora.
Maxwell amagó una sonrisa.
—Así fue. Pero al final valdría la pena... Eso pensé yo, al menos. Hamish era el nuevo lord Inverkillen y solo hacía falta aguardar el momento adecuado para hacer pública nuestra relación. Ahora bien, ninguno de los dos contábamos con lady Georgina —añadió en tono amargo.
—¿Lady Georgina? ¿Ya entonces sabía de usted? —inquirió con espanto la señora MacBain.
—Lo cierto es que lo ignoro —respondió Maxwell con un encogimiento de hombros—.
Lo que sí sé es que, antes de que Hamish y yo pudiésemos revelar lo nuestro, ella ya había concertado su compromiso sin siquiera consultárselo.
Victoria provenía de una rica familia de aristócratas, y eso era todo lo que le importaba.
Se anunció en la prensa antes de que él pudiera negarse y luego ya era demasiado tarde.
No había marcha atrás. Para esta gente, el matrimonio no es un asunto de amor, como usted sabe. Es una transacción comercial.
La señora MacBain lo sabía bien, en efecto. Ninguno de los señores, por lo que parecía, era feliz en su matrimonio.
—Pero ¿cómo acabó trabajando de doncella? ¿Y por qué? —le preguntó el ama de llaves.
—Lo organizó Hamish. No sé de qué modo se las arregló, pero la convenció de que me contratara.
No tenía experiencia y ella era consciente de ello.
Yo no conocía a nadie que hubiera crecido en este ambiente —explicó señalando la sala—.
Ni siquiera tenía la menor idea de qué se esperaba de mí.
Los primeros meses fueron infernales. La señora no tenía paciencia y yo no hacía nada bien.
Encima tenía que ver a Hamish en su cama...
Eso casi me quitó la vida. Estuve a punto de regresar a Glasgow, pero él me pidió que me quedase.
Me amaba y era la única forma de estar juntos. Podía ser muy persuasivo.
—¿Lady Inverkillen estaba al corriente? —preguntó la señora MacBain en voz baja, tratando de disimular lo escandalizada que estaba.
—¡No! Vaya, no hasta la lectura del testamento. Entonces ató cabos enseguida.
—Sí, me figuro que así fue —repuso el ama de llaves con los ojos en blanco. Su marido le había hecho pasar un purgatorio a la pobre—. Por eso, cuando acudió a la mañana siguiente con el desayuno...
Maxwell se llevó las manos al rostro.
—Fue horrible. Se enfrentó conmigo. Me ordenó que abandonara la casa.
Me puso verde. Yo no sabía que las damas conociesen insultos como los que me dijo.
Pero no tengo adónde ir, Alice; he tratado de mantenerme lejos de ella.
Como la casa es tan grande, pueden pasar meses sin que te cruces con alguien si así lo deseas.
—Ya, pero le ha llevado la bandeja del desayuno, le ha prendido la lumbre... ¿Cómo se las ha arreglado para desempeñar sus tareas sin ser vista?
Maxwell soltó una risita triste.
—Es que su rutina matinal es muy particular; hay que ser su doncella para entenderla. La señora no desayuna. Jamás.
—¿Cómo? —La señora MacBain tomó aire, confundida hasta decir basta—. Pero sus bandejas siempre regresan vacías.
Maxwell se ruborizó y se movió un poco en el sofá.
—Eso es porque su desayuno me lo tomo yo.
No se enfade. Se lo llevo al vestidor y luego le preparo el baño.
No le gustan las bandejas en la cama. Dice que se estropean las sábanas.
Cada mañana le da dos sorbos al té, dos y no más, y se baña.
Nunca come nada. Pero insiste en que se le sirva el desayuno.
Cuando empecé a trabajar aquí, me volvía loca.
En Glasgow, de donde vengo, conozco a familias que matarían por esa comida.
No soporto que vaya a la basura, pero tampoco puedo decirle que deje de pedirlo, así que, cuando se va, me lo tomo yo. Desde hace veinte años.
—Por eso nunca desayuna con nosotros.
La doncella asintió.
A la señora MacBain la mente le iba a mil por hora. El día se estaba poniendo cada vez más raro, pero una cosa seguía sin cuadrarle.
—¿Y las bandejas de la comida y la cena? En ese momento sí que ha debido de verla.
—La verdad es que Iris se las ha entregado por mí.
—¡¿Cómo?! —exclamó el ama de llaves, que no salía de su asombro. Era el cuento de nunca acabar.
—Se las estaba viendo y deseando para subir las bandejas de los niños a sus habitaciones, porque ella no es muy fuerte, ya lo sabe usted.
Un día faltó poco para que se le cayeran; por suerte, Ollie le salió al quite.
Entonces le propuse que nos intercambiásemos las tareas.
Ella le sirve a lady Inverkillen y yo me encargo de los niños.
—Bendito sea Dios, ¿qué pasa con esta casa?
—se escandalizó la señora MacBain. Meneó la cabeza, se puso en pie y dio unos pasos por la sala—.
Por cierto, el menú del desayuno ha cambiado hace poco, por lo que me comentaba la señora Burnside.
Siempre se habían tomado tostadas con huevos revueltos y té, pero ahora, consiste en salchichas y leche.
La señorita Maxwell parecía incómoda.
—Sí. Eso es por los niños.
—¿Los niños? —suspiró la señora MacBain—. Maldito sea el día en que nos dejó Nanny. ¿Qué es lo que pasa con ellos?
—Son unas criaturas horribles. Los pillé una tarde aquí.
—¿Aquí? —se extrañó la señora MacBain. También se sintió algo ofendida: si ella no sabía de ese cuarto, ¿por qué los críos sí?—. ¿Dónde estamos y cómo se las arreglaron para entrar?
—Es el estudio privado de Hamish. Esa puerta da a su vestidor —precisó mientras señalaba a una abertura situada a su derecha—.
Una tarde en que se escaparon, se toparon con la puerta abierta, eso fue la explicación que me dieron.
Lo que no sé es por qué no estaba cerrada, porque la única llave la tenía Hamish.
Pero aquí estaban, chillando y dando brincos en la cama.
Tampoco me explico cómo es que lady Inverkillen no los oyó.
Así pues, cerré la puerta y los subí a mi habitación a toda prisa.
El ama de llaves se quedó boquiabierta.
—¿Eran conscientes de la importancia de todo esto? —preguntó señalando la estancia.
—No, pero sí de que habían descubierto un secreto. No creo que les importe averiguar de qué se trata, aunque es posible que la hija mayor de Elspeth intuya por dónde van los tiros. Sé muy poco francés, pero juraría que la oí decirle a su hermano la palabra «amante».
—Bueno, son franceses. Estas cosas las llevan en la sangre, ¿no? —dijo el ama de llaves, e intercambiaron una sonrisa—. Pero ¿eso qué tiene que ver con las bandejas de desayuno, Flora?
Maxwell miró al cielo y emitió un leve gemido.
—Me chantajean.
La señora MacBain tardó unos segundos en asimilar la palabra.
—¿La están extorsionando? ¿Le exigen salchichas por su silencio?
—Me pareció un precio razonable —respondió, con un encogimiento de hombros y algo ruborizada.
La señora MacBain no sabía si reír o llorar, y al final lo que soltó fue un sonoro bufido.
—Perdóneme, de verdad, pero es que es lo más divertido que he escuchado hace tiempo —se disculpó, ya entre carcajadas, mientras Maxwell sonreía a su pesar—.
Ay, por Dios, tenemos que encontrar otra niñera, pero ya.
—Tardó un ratito en reponerse. Se enjugó una lágrima de la risa—.
Vamos a ver, Flora, ¿qué va a hacer? No puede seguir escondida aquí, y yo no puedo pagarle la nómina si ella la despidió hace semanas.
Maxwell la miró a los ojos, de nuevo con aire desgraciado.
—La verdad es que no lo sé. No tengo adónde ir y la referencia que me dé la señora condesa no será maravillosa.
—No, eso desde luego. Pero a lo mejor podemos pensar en algo —la tranquilizó la señora MacBain mientras volvía a examinar la estancia.
Aquella mujer había guardado un secreto enorme...
y durante muchísimos años. No era de extrañar que hubiera quedado hecha trizas, aunque al final había resultado que su pesar no tenía nada que ver con la muerte de Nanny.
Sonó el gong de la cena.