Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Junio #9
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Junio #9

La furia se apoderó del rostro de lady Georgina, quien respondió secamente.

—En otras palabras, porque en el pueblo ha cundido el pánico, me veo obligada a volver a compartir... los excusados con toda la familia —se quejó mientras se ponía en pie y se dirigía a las cristaleras de espaldas a la señora MacBain—. No, me niego. Es una indecencia por la que no paso.

«Qué cara tiene», se dijo el ama de llaves.

En su día, lady Georgina había liderado la oposición a la construcción de los cuartos de baño individuales.

«No entiendo cuál es el problema con los inodoros comunes, mis padres se arreglaban así a las mil maravillas», fueron sus palabras.

Habían tardado semanas en convencerla. Podía ser muy testaruda.

La señora MacBain esperó paciente, sin quitarle ojo a su señora. Al cabo de unos momentos, esta relajó los hombros.

—¿A qué extremos nos vamos a ver abocados? Cada día amanece bajo el sol de una nueva indignidad —se lamentó con un suspiro—. ¿Qué espacios ha considerado? No quiero que nadie deambule por mi tocador de camino a hacer sus necesidades. Mis vestidos de seda quedarían afectados.

—Había pensado que podrían volver a utilizar los aseos de la primera planta. No hemos recurrido a ellos desde que se instalaron los cuartos de baño en los dormitorios, pero aún funcionan a la perfección.

Se hizo un largo silencio. La señora MacBain no pudo sino oír el tictac del reloj del pasillo. ¿Siempre había sonado tan fuerte?

—Necesitaremos otros en la planta baja. No voy a pasarme el día subiendo y bajando las escaleras.

—Por supuesto, señora condesa. Había pensado en el tocador que hay junto a la armería. ¿Qué le parece? Se suele reservar a los invitados.

—¿Y por qué no el del pasillo? Está mucho más cerca.

Había un pequeño aseo cerca de la sala de música. La señora MacBain no había caído en la cuenta. Sin embargo, estaba algo lejos de la zona de servicio y le supondría mucho tiempo de desplazamiento. Además, cuanto menos pasase por delante del despacho de lady Georgina, mejor.

—Mi único reparo —se arrancó el ama de llaves armando su argumento sobre la marcha, método que no le gustaba— es que el trajín de pasos puede molestarla mientras trabaja. Quien pase por delante de su despacho puede sentir la tentación de asomarse a saludar...

La señora MacBain dejó que la condesa viuda sacara sus propias conclusiones. Por suerte, la idea de que lady Eva se pasase a hablar de la boda bastó para que accediese a reabrir el tocador aledaño a la armería.

—Bien, pues ya está. Gracias, señora.

—Una última cosa, señora MacBain.

—Dígame, señora.

Lady Georgina le dedicó una mirada gélida.

—Esta vez, explíqueselo usted a la familia.

Se lo tomaron mejor de lo que se esperaba.

Bien tampoco, pero al menos solo fueron cuarenta y cinco minutos.

Bella abrió la veda de las quejas, pero, mientras conservara su bañera, no le importaba satisfacer los ridículos deseos de la señora MacBain.

Constance, en cambio, abandonó la biblioteca hecha un basilisco porque la habían vuelto a ningunear como señora de la casa.

Todos los hombres aceptaron de buen grado, excepto Cecil.

De niño siempre había detestado los aseos, porque Hamish y Elspeth lo encerraban allí justo antes de la hora del té.

Luego Nanny lo reprendía por llegar tarde y se quedaba sin tarta.

Todavía se enfadaba al recordarlo. Pero haría lo que le pidiesen. No tenía otra casa... todavía.

El señor Kettering ya llevaba un tiempo en Loch Down Abbey y todo el mundo aceptaba que anduviese estudiando la colección artística, excepto la señora MacBain, a quien no acababa de cuadrarle su presencia.

Iris y el experto merodeaban por la casa aún más que Cecil.

Supuso que valoraban las obras que deberían vender para abonar el impuesto sobre sucesiones, pero no comprendía por qué tardaban tantísimo.

Por supuesto, ella sí sabía que algunas de las pinturas habían sido reemplazadas por réplicas años atrás.

Las sirvientas conocían muy bien los marcos; no en vano, eran ellas quienes les quitaban el polvo, y la informaban siempre que se producían incidentes con algún objeto, lo cual sucedía más a menudo desde la llegada de Cecil.

Pero algún Inverkillen debía de llevar un registro de los cuadros que habían reemplazado, ¿no? ¿Para qué servía el catálogo si no?

La curiosidad de la señora MacBain solo se despertó al ver no solo al señor Kettering y a Iris, sino también a Fergus, luego a Eva y, por último, a Cecil examinando la pintura de la sala de los mapas. ¿Qué les resultaba tan interesante de ese cuadro en concreto?

Cruzó la sala, comprobó que no había nadie y se plantó delante del sofá. Los perros no estaban. Tendría que ir a ver dónde andaban los niños.

«¿Por qué las mujeres siempre tienen que ir desnudas?

—se preguntó—. ¿No pueden pintar a una muchacha con un hermoso vestido?

». Nunca había entendido el arte. A pesar de ello, era un cuadro bonito, aunque, a su juicio, tampoco tenía nada de extraordinario.

¿Qué buscaban con tanto ahínco? Oyó a los perros acudir a la carrera y, cuando se giró, saltaron al sofá.

—¿Estáis limpios y secos, chuchos del demonio, o nos vais a dar trabajo? A ver —dijo, mientras se agachaba a acariciar a los canes, que se pusieron panza arriba, expectantes.

De nuevo en pie, se le fue la vista al cuadro y no pudo contener un gritito.

Por eso no le quitaban ojo. ¿Cómo no lo había visto antes?

Llevaba todos aquellos años escondido allí, a plena vista, y nadie se había dado cuenta.

La señora MacBain hizo memoria. No, nunca la había visto allí, pero, si ella lo había visto y comprendido, no necesitaría nada más.

El ama de llaves se dio la vuelta y se apresuró a salir de la sala. No había tiempo que perder.

La señora MacBain llamó a la puerta del dormitorio.

Estaba bastante retirado de los demás, al final de un largo pasillo que daba a la escalera principal.

Era el único en esa parte de los desvanes y el ama de llaves siempre se había preguntado por qué se lo habían asignado a Maxwell.

Aquella zona de la casa consistía en trasteros en los que se almacenaban, sobre todo, muebles, juguetes y otros objetos de los niños.

Había, por ejemplo, un cambiador y varias cunas de los señores.

Una sábana cubría a medias un caballito balancín.

Por allí no se acercaba nadie a excepción de Maxwell.

A la señora MacBain le daba un poco de grima. Volvió a llamar. Sin respuesta.

—Señorita Maxwell, ¿se encuentra ahí? Quisiera hablar con usted.

El ama de llaves acercó la oreja en la puerta y escuchó. No se oía nada.

Las puertas de los cuartos del servicio debían mantenerse abiertas durante el día a no ser que su ocupante se encontrase allí, pero, al tratar de abrir, la señora MacBain se dio cuenta de que solo podía hacerlo unos dedos.

Era como si hubiese un objeto al otro lado que bloqueara el recorrido de la puerta.

Empujó todo lo fuerte que pudo, hasta que se le retorció el rostro del esfuerzo y consiguió abrirla de par en par, volcando una mesa.

Entró en la habitación con piernas temblorosas.

—¿Por qué diantres tenía eso delante de la puerta, señorita Maxwell? —preguntó casi sin aliento mientras señalaba la mesa.

Pero la doncella no respondió. La señora MacBain miró en torno. Se encontraba sola en el cuarto.

¿Cómo era posible? El ama de llaves se asomó al largo pasillo. Tampoco allí había nadie; se encontraba totalmente a solas. Cerró la puerta sin hacer ruido. ¿Dónde estaría Maxwell y cómo había acabado aquella mesa en ese lugar si ella no estaba? Era de lo más enigmático.

La señora MacBain observó el exiguo dormitorio.

Los muebles casi se contaban con los dedos de una mano y no había donde esconderse.

En la pared izquierda, la cama, una mesita y una lámpara; junto a la ventanita, en el otro extremo, un biombo; a la derecha, una cómoda con un espejo apoyado encima y una sillita de madera al lado.

La señora MacBain se dirigió al biombo. ¿Qué pintaba en la habitación de una criada?

Sobre todo, teniendo en cuenta que no compartía dormitorio. Algo no cuadraba.

Cruzó la estancia, apartó el biombo y soltó un gritito al ver lo que escondía: una puerta.

¡Una puerta oculta! La abrió y, en lugar de lo que se imaginaba, un armario, se encontró con unas escaleras.

¿De qué diantres iba todo aquello? Se asomó y advirtió que eran de bajada, pero estaba oscuro y no se veía el final.

¿Se atrevía a ir a buscar una linterna? ¿Y si Maxwell regresaba y reparaba en que alguien había entrado en su cuarto?

«Reponte, Alice —se dijo—. Llevas las riendas de esta casa. Si pasa algo raro, es tu deber investigarlo».

Accedió al desembarco de la escalera y esperó a que la vista se le acomodase a la penumbra.

Tocó la pared de la izquierda; notó que era de piedra rugosa.

Debía de ser el muro de la fachada. Cuando se hubo acostumbrado a la oscuridad, vislumbró lo que parecía una vela dos escalones más abajo.

Sacó su caja de cerillas (siempre la llevaba encima), prendió una y, tras maldecir el repentino resplandor que la cegó, se dijo que hacía bien de bajar las escaleras a comprobar adónde conducían.

«Vamos a ver», se dijo. Encendió la candela y emprendió el descenso; se sentía como la investigadora de una novela policíaca de pacotilla.

Al acercarse al final, vislumbró la luz que se filtraba por los bordes de lo que solo podía ser una puerta.

Se detuvo a poner la oreja, apagó la vela, rezó una breve oración y giró el picaporte.

Se encontraba en una habitación que desconocía. Era tan blanca que deslumbraba y le costó un ratito hasta que los ojos se le acostumbraron. Entonces, reparó en la presencia de Maxwell, sentada en el sofá en el otro extremo de la sala.