Junio #8
—Era el escritorio de mi madre —dijo lady Georgina a modo de saludo, al notar que Imogen se lo quedó mirando.
Les indicó que se sentaran en los sofás y se apoyó en una butaca—.
Quedaría mejor en una sala más imponente, he de reconocer.
Ah, Hudson, llega en el momento oportuno.
Gracias, pero nos serviremos nosotros mismos, puede dejarnos —le indicó al mayordomo.
—Sí, señora condesa —respondió este tras pensárselo brevemente. Hizo una reverencia y salió.
—Bien —se dirigió lady Inverkillen a Lawlis e Imogen—, ¿cómo pretenden tomar el té con esas ridículas mascarillas?
—En el pueblo aún hay varias personas contagiadas, señora. Preferiríamos no quitárnoslas. Más vale prevenir que curar —aconsejó Lawlis con delicadeza.
—Aquí nadie está enfermo, Andrew. Pueden estar tranquilos —repuso ella, desesperada—. Bien está que el servicio lleve mascarilla, pero esto ya pasa de castaño oscuro.
—Hemos ido a Inverness en dos ocasiones, señora condesa. Ignoramos si habremos estado con algún contagiado. Prefiero que seamos cautos.
—¿En dos ocasiones? Eso son buenas noticias, ¿no? —Fergus los observó con aire optimista. Sin embargo, en cuanto Imogen desvió la mirada, supo que la venta no había salido adelante y se le cayó el alma a los pies—. ¿Qué ha ocurrido?
—Teníamos un acuerdo con un terrateniente la zona, de los aledaños de Wick, un señor de muy buena familia y con recursos.
Sus negocios tenían relación con la pesca y me imagino que le interesaba sobre todo su salmón.
Estábamos a la espera de unos trámites, pero su abogado nos acaba de llamar para informarnos de que, por desgracia, el señor ha fallecido.
—¡¿Cómo?! ¿De qué manera? —se interesó Fergus, casi sin aliento.
—Al parecer, ha contraído la enfermedad de marras —contestó Fergus sin atreverse a mirar a lady Georgina.
—¿Y ha muerto? ¿Cómo es posible? —inquirió lady Georgina, ofendida por el inoportuno deceso—. Aquí hemos tenido unos cuantos casos y no se ha muerto nadie.
Lawlis, Imogen y Fergus se miraron con incomodidad. No querían recordarle que Nanny sí los había dejado.
—Seguiremos buscando comprador, lady Georgina.
Recibimos otra oferta, pero el problema es que no era lo bastante sustanciosa —comenzó a decir el abogado hasta que lo interrumpieron Fergus y la condesa viuda, y tuvo que alzar la mano para hacerlos callar—.
No alcanzaba para abonar el impuesto sobre sucesiones, de modo que habríamos tenido que recurrir al dinero obtenido con la venta de la destilería para cubrir ese gasto y luego no habría quedado nada para ustedes —dijo mirando a lady Georgina—.
Y quien me preocupa es usted, señora. Los demás miembros de la familia podrían salir adelante en circunstancias aciagas, pero usted necesita una casa y unos ingresos.
La condesa viuda se mostró sorprendida. Lawlis e Imogen, en cambio, habían conversado largo y tendido sobre ese particular.
Al abogado le inquietaba de veras el porvenir de la señora.
Le había explicado que, puesto que siempre había vivido en grandes mansiones, y como había disfrutado del lujo y de los mimos de ser servida, nunca había tenido que pensar en el dinero, ni mucho menos desvelarse por la posibilidad de la pobreza.
Lo ignoraba todo del mundo real y de sus costumbres, y desde luego no sabría cómo ganarse el pan.
Los demás estaban en edad de trabajar y, aunque tendrían que vérselas y deseárselas, se las arreglarían para sobrevivir.
Pero lady Georgina provenía de otra época, un mundo por completo diferente.
Lo pasaría tan mal como un gatito abandonado en el bosque.
Fergus nunca había visto a su abuela quedarse sin palabras. Era preocupante.
—Yo me haré cargo de mi abuela, por eso no se preocupe. No se va a ver en la calle.
—Sigo buscando particulares a quienes les pueda interesar la compra.
Aún tenemos ocho semanas. No obstante, me gustaría poner la casa en venta en otros mercados.
Acordamos hacerlo con discreción, pero pienso que sería muy preferible considerar ofertas de otros lugares.
En Estados Unidos, abundan los millonarios dispuestos a pagar cantidades obscenas y...
—¡No! —bramó lady Georgina, que revivió con fuerza inusitada—. Es posible que perdamos la casa y la finca, pero no irán a parar a manos extranjeras. Escocia ya ha sufrido bastantes invasiones y no será mi familia la que entregue su morada a los enésimos invasores.
Se hizo el silencio, pero sus palabras resonaron en los oídos de los presentes.
Fergus tomó conciencia de que le costaría Dios y ayuda convencerla, y volvió a considerar si la opinión de su abuela contaba en la decisión.
En realidad, la casa y la finca eran propiedad de Angus, de manera que la carga del impuesto sobre sucesiones descansaba sobre sus espaldas, no sobre las de su madre ni su abuela.
Angus, quien, por cierto, estaba por ahí, como siempre, jugando al tenis u ocupado con lo quisiera que hiciese mientras los demás se encargaban de gestionarlo todo.
La sangre le hervía otra vez. No en vano, el lema de los Inverkillen rezaba «Nous commandons, d’autres servent» (‘Nosotros mandamos, otros sirven’).
En todo caso, por el momento, lo que hacía falta era hallar el modo de conseguir que se anunciase la venta en Estados Unidos.
O en Canadá, que allí también había millonarios.
Los tres siguieron tratando de convencer a la condesa viuda, pero esta no cedió. La charla fue larga y tensa, y terminó con la concesión de dos semanas a Lawlis para que encontrase un comprador particular y escocés. Transcurrido ese plazo, si no surgían interesados, anunciarían la subasta.
Mientras acompañaba a Lawlis e Imogen a la salida, Fergus le preguntó al abogado si su abuela tenía derecho a interponerse en la venta desde un punto de vista jurídico.
—Pues no, pero tampoco lo tiene usted —precisó el letrado—. El propietario de la casa es Angus.
—En otras palabras —dijo Fergus tras un profundo suspiro—, si le canto las cuarenta, me saldrá con que yo tampoco soy el titular y quedaremos a expensas de que él se implique.
Pues muy bien. El panorama pinta que es una maravilla.
Ya encontraré la manera de convencerla. Usted busque compradores por doquier.
Donde sea. ¿Le ha remitido Kettering el informe con la tasación de las obras de arte?
Le he pedido que incluya todo que haya en la casa que pueda ser de valor, no solo los cuadros.
Si los manteles valen algo, adelante con ellos.
—Seguimos en contacto y le informaré si se produce cualquier novedad. Ahora bien, a estas alturas, opino que deberíamos anunciar la fecha de la subasta, por si acaso. Le indicaré a Kettering que ultime la tasación cuanto antes. Es posible que resulte determinante.
Se despidieron con pesadumbre y Fergus regresó a la sala de los mapas. Aunque se sentía como Atlas, con el peso del mundo a sus espaldas, sus pasos traslucían cierta alegría. Y es que las mascarillas, a pesar de todo, tenían un lado bueno: hacían resaltar los ojos de Imogen.
—¿Cómo que no aceptan pedidos? —La señora MacBain no estaba segura de comprender bien lo que la señora Burnside le acababa de explicar. Era absurdo. No podía ser verdad.
—Eso me ha dicho. Al parecer, el país entero lo está comprando como si fuese el elixir de la inmortalidad. Y ha tenido que racionarlo: solo vende dos rollos por casa.
—Pero esta casa no puede compararse con ninguna otra...
—Eso le he dicho, pero como quien oye llover. Me ha dado la ración que nos corresponde esta semana y nada más.
La señora MacBain sacudía la cabeza sin dar crédito.
—¿Cuántos suele encargar a la semana?
—Veinticuatro. Los reponen los martes, que es el día de la entrega, y los que están a medio uso son para el personal.
—De acuerdo —dijo la señora MacBain tras respirar hondo—. ¿Qué va a ser lo siguiente? Hablaré con ellos. Gracias por informarme. —Se despidió de la cocinera y fue directa a buscar a lady Georgina, sin el menor deseo de mantener la conversación que la esperaba.
El ama de llaves reprodujo la información que la señora Burnside acababa de transmitirle sobre el racionamiento del papel higiénico sin mirar a la condesa viuda a los ojos en ningún momento.
—Pero tendremos en reserva, digo yo —contestó lady Georgina, espantada.
—No, señora. No almacenamos ese artículo porque ocupa mucho y con la humedad del sótano le sale moho con facilidad.
Las dos se quedaron mirándose en silencio unos instantes.
—Bueno, lo que está fuera de discusión es que lo compartamos con el servicio. Tendrán que volver a usar... lo que usasen en otras épocas en que no había papel.
La señora MacBain no pudo contener una sonrisilla.
—Periódicos, señora. Aun así, me temo que no bastaría para resolver el problema.
—¿Por qué?
—Pues, para empezar, porque recibimos el Scotsman y The Times , que no son nada adecuados para ese propósito.
Lady Georgina se irguió tanto como pudo y repuso ultrajada:
—No pienso renunciar al Scotsman .
—No, por supuesto. Pero quizá podríamos sustituir The Times por el Daily Mail .
—¿Por qué el Mail ?
—Porque The Times es muy seco y se arruga. El Daily Mail es más grande, para empezar, pero también más suave, y además se dobla.
—Comprendo. No me hace ninguna gracia que apoyemos al Mail .
No fueron lo bastante duros con el primer ministro Lloyd George cuando el asunto Buchanan —dijo la condesa viuda mientras el ama de llaves sonreía protegida por la mascarilla—.
Pero de acuerdo. Haga el cambio. Siempre he dicho que el otro es un libelo. ¿Problema resuelto?
La señora MacBain dudó.
—No puede ser... —se extrañó lady Georgina, impaciente. Entraban en terrenos pantanosos.
—Para que ningún miembro de la familia se enfrente a... a incomodidades...
—No, claro, eso no puede ser.
—No, señora, pero... para controlar el suministro, lo mejor sería limitar la... actividad a determinados espacios.