Junio #7
Cuando Cecil por fin aceptó, se encontraban en una sala de lo más ramplona del ala oeste, observando una colección de antiguos sellos de cera o algo así, pero que en todo caso resultaba de lo más aburrido.
Se dirigieron a hurtadillas a la primera planta, ante el jarrón de las flores.
Como suele pasar con los planes subrepticios, ninguno de los dos había previsto cuáles debían ser sus siguientes pasos, de modo que se quedaron plantados un momento (Cecil, incómodo; Eva, exultante) mientras planeaban qué hacer.
El comandante repasaba de cabeza la distribución de aquellas habitaciones.
A los niños rara vez les dejaban entrar, pero Elspeth se había colado en varias ocasiones, espoleada por sus hermanos, y luego les había explicado lo que había visto.
Cecil solo lo había intentado una vez, pero su madre lo atrapó en el umbral de su recámara.
Se abrió la puerta, que daba a la salita que comunicaba las dos partes de la suite .
Los aposentos de Victoria estaban del lado derecho; los de Hamish, del izquierdo.
Si accedían por la puerta principal, no podían hacerlo sin ser vistos.
Quizá podían entrar al vestidor de Hamish por la puerta del ayuda de cámara, pero desconocía dónde se hallaba.
Debía de ser una puerta disimulada, como la de su propio vestidor en el castillo de Stronach, pero el distribuidor estaba oscuro y no se veía bien.
Palpó la boiserie de la pared con la esperanza de hallar alguna señal que indicase la presencia de una puerta.
Para regocijo suyo, notó un hueco entre dos paneles.
Pero ¿cómo se abría? No había ningún pomo y tampoco le dio resultado empujar.
¿Estaba cerrada por dentro? Eso sí, desde luego que era una puerta, de modo que se encontraban donde debían.
Gracias a su vista más joven, Eva dio con la solución. Puso la mano en una moldura, la levantó y se abrió la puerta. Dedicó a Cecil una sonrisa conspiradora y cruzaron el umbral.
Una vez en el vestidor de Hamish, el comandante se apresuró a cerrar sin hacer ruido la puerta que daba a la salita.
Se hizo el silencio. Eva miró alrededor.
Era un espacio más bien angosto con armarios en las largas paredes.
Le pareció el colmo de la masculinidad eduardiana: serenidad, sastrería y contención.
No cuadraba en absoluto con el tipo huraño que había tenido ocasión de conocer durante escasos días.
Se preguntó si el guardarropa le gustaría a su dueño.
Aunque, bien pensado, cuando se hereda un título, los gustos personales pasan a segundo plano.
Al final del vestidor, junto al mirador, había una pequeña tarima para subirse a contemplar el jardín.
«Aquí debía de hacerse vestir —pensó al tiempo que subía el escalón—; es lo que haría yo, desde luego».
La vista de la rosaleda era preciosa. Se dio la vuelta hacia el interior y reparó en un espejo enmarcado que cubría gran parte de la pared de la derecha.
Antes, al pasar, se lo habían tapado los armarios y por eso no lo había visto.
Se acercó y enseguida descubrió una cerradura. ¡Era otra puerta!
—Nos hace falta la llave —susurró animada.
—¿Qué llave? —preguntó Cecil mientras se abrochaba deprisa los gemelos que acababa de extraer del cajón de su hermano. Miró al espejo y se fijó en la cerradura—. Claro. Era tremendamente reservado con esta habitación. No dejaba entrar a nadie. Y ahora que estamos aquí tampoco podemos acceder...
—¿Dónde la guardaría?
—Uy, seguro que la llevaba siempre encima.
Con este asunto era bastante paranoico. Nunca lo entendí.
Por suerte para nosotros, recuerdo algún que otro truco de mi época en el Ejército, trucos que navegan por los límites de la alegalidad, vamos a decirlo así —anunció el comandante mientras sacaba varios alfileres de corbata del cajón y se arrodillaba frente al espejo.
Con el más insulso de todos, una sencilla alhaja de oro con una sola perla que siempre le había parecido de lo más vulgar, se puso a enredar en el agujero y, al cabo de unos instantes, se abrió la puerta—.
Hay que saber darse maña con las ganzúas.
No es un arte muy respetable, pero sí bastante útil —añadió, ante el regocijo de Eva.
Cecil se puso en pie y aprovechó que estaba ante el espejo para ponerse otro alfiler, uno de zafiros.
Se colocó la corbata con aire complacido y se guardó las otras joyas en el bolsillo—.
Mucho mejor. ¿Entramos? —le propuso a Eva mientras le abría la puerta.
Se quedaron en silencio en el umbral unos minutos. Por un lado, el estudio era como se lo imaginaban y, por otro, nada que ver. Aunque, en realidad, tampoco se habían parado a pensar en ello... En todo caso, la sala daba que pensar.
Era un espacio amplio, con las paredes recubiertas por la misma boiserie que el vestidor, pero pintadas de blanco, y bañado por la luz procedente del techo y una hilera de ventanas altas desde uno de los lados.
Contra las paredes, se acumulaban centenares de lienzos.
En el medio, se alzaba la cama con dosel más grande que Eva había visto jamás, deshecha y con un caballete delante.
—¿No es esa la pintura de la sala de billar? —preguntó ella mientras se acercaba al lienzo inacabado que había junto a las ventanas.
Cecil asintió con aire confundido.
—Y este es el Rubens de la sala de los mapas —dijo Eva señalando el caballete frente a la cama—. Cecil, no entiendo nada.
El comandante observaba el boceto de un desnudo que estaba apoyado en el suelo: una mujer en la ribera de un río. «Nuestro río», pensó. La mujer le sonaba de algo. ¿Quién era? Sacudió la cabeza y se puso a examinar los lienzos apilados.
—¡Sale en todas las pinturas! ¡En todas y cada una! ¡Ay, Señor! —exclamó mientras dejaba las pinturas como estaban—. Esta es mejor que no la mires, querida.
—Ignoraba que su hermano era un artista.
Fergus no me lo había contado —comentó Eva al tiempo que hojeaba un cuaderno de bocetos.
Todos eran de la misma mujer. Centenares de páginas de dibujos suyos a lo largo de los años—.
¿Cree que eran amantes? ¡Oh! ¿Lo sabrá Victoria?
—preguntó Eva, cuya mente bullía con todo el abanico de posibilidades.
No se esperaba que la tarde fuese a tomar esos derroteros.
Había resultado una aventura en toda regla.
Alzó la vista del cuaderno y reparó en que Cecil la contemplaba, petrificado, desde el medio de la habitación.
—No tenía ni idea. Ni siquiera sabía que pintaba. Comienzo a dudar si conocía a mi hermano.
El gong de la cena sonó y ambos dieron un brinco.
Intercambiaron una mirada y se escabulleron por la puerta del ayuda de cámara.
Debían apresurarse antes de que los demás subieran las escaleras.
Una vez que lo hiciesen, no habría manera de que no los vieran.
Eva se dirigió a la planta de invitados, maravillada de que en la casa existiese un cuarto secreto.
¿Y quién sería la mujer que el difunto conde pintaba de forma obsesiva? Le resultaba muy familiar...
Al día siguiente por la tarde, Lawlis e Imogen se presentaron y solicitaron hablar con Fergus y lady Georgina. Al mayordomo le complació que llevaran sus propios guantes y mascarillas. Menos prendas para la colada.
Fergus entraba justo entonces en la armería y se acercó a saludarlos. Le encantó verla... ¡Verlos!
—¡Hola! ¿Teníamos una cita? Hudson, por favor, pida que nos sirvan el té en la sala de música. Voy a llevarlos a ver a mi abuela.
El mayordomo inclinó la cabeza y salió por una puerta disimulada detrás de las columnas.
De camino a la sala de música, Imogen iba captando retazos de la conversación que mantenían los dos hombres.
Para llegar a aquella estancia, había que recorrer diversas partes de la casa que no había visitado y ello la distraía.
De la armería, pasaron a un largo vestíbulo, un pasillo más bien, e iban avanzando en el tiempo desde la época Tudor hasta la Restauración.
La casa era magnífica. «Qué pena que tengan que venderla —se dijo—; sería un museo fascinante».
Giraron a la izquierda por otro pasillo, flanqueado por bancos y altos candelabros de cristal, con espejos a un lado y cristaleras que daban al jardín al otro.
En el extremo, un par de puertas enormes con paneles de seda verde pálido.
¿Era una casa? Resultaba increíble. Imogen era consciente de que se había quedado boquiabierta; por suerte, llevaba mascarilla.
Fergus se detuvo y le sonrió. Estaba claro que la mascarilla no ocultaba su arrobo por completo.
—¿Qué le parece? Creo que la mandó construir el decimotercer conde a su regreso de Versalles. Es nuestra propia Galería de los Espejos.
—Resulta muy... apabullante —juzgó Lawlis al mirar los frescos del techo.
—A mí me parece... Vaya... ¡Debí venir vestida para la ocasión! —balbuceó Imogen ruborizada.
—Sí —dijo Fergus entre risas—, sé muy bien a lo que se refiere. Y aquí está la sala de música, que hace las veces de despacho coyuntural de mi abuela —explicó antes de llamar a la puerta y empujarla con un vistoso aspaviento—. Sencilla, ¿no les parece?
Lawlis e Imogen entraron. Como en el pasillo, había espejos, seda verde y techos pintados, y, además, varios sofás franceses y sillas desperdigadas aquí y allá.
¿Era un piano aquello de la esquina? Lo era, ¡y enorme!
Y, en medio de tal despliegue, lady Georgina ante su escritorio, un mueble feo y oscuro de madera labrada que no pegaba en absoluto con el resto de la sala y cuya presencia desagradó a Imogen.