Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Junio #6
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Junio #6

—No voy a consentir que el servicio ande cuchicheando y aireando nuestras intimidades por el pueblo —les dijo con mirada reprobadora—.

Y desde luego no pienso tolerar que el señor este de Londres se figure que somos una jauría salvaje.

No me importa la gravedad de situación. Con independencia de ello, los trapos sucios se lavan en casa y no podemos permitirnos que sean de conocimiento público.

Fergus, de ahora en adelante, abstente de hablar de nuestros negocios delante del servicio.

En cuanto a ti, Cecil, bueno, trata de recordar que el título de marqués consorte conlleva la responsabilidad de mantener cierto decoro y dignidad.

Es más, recordad ambos que pertenecéis a la aristocracia.

Y los aristócratas no gritamos —los reprendió y se los quedó mirando durante todo un minuto que resultó de lo más incómodo antes de exhalar con brusquedad y dar la bronca por zanjada—.

Bien, si hacéis el favor de comportaros como personas civilizadas y hablar en un tono adecuado, ¿podéis acompañarme al almuerzo?

En el comedor reinaba el silencio. Nadie sabía qué tema abordar.

Parecía una ridiculez hablar del tiempo o de la última añada de debutantes, teniendo en cuenta que estaban al borde de la ruina.

Si lo que Fergus había dicho era cierto, claro está.

Por fin, Elspeth se arrancó con la pregunta de si alguien había visto a lady Inverkillen aquella mañana. Al parecer, no era el caso.

—No puede encerrarse toda la vida —criticó Constance con un suspiro desaprobador.

Lady Georgina se la quedó mirando e hizo un gesto para que sirvieran el siguiente plato.

A Constance, sin embargo, no la distrajo la comida.

—Ya han pasado dos meses. Debería dejarse ver, aunque solo fuera de vez en cuando.

Lady Georgina se preguntaba adónde querría ir a parar.

—Querida, tú nunca has enterrado a un marido. No puedes imponer un calendario a un duelo.

—Pero, al quedarse en sus habitaciones, lo único que consigue es recordar que él ya no está —repuso Constance en tono conciliador—. ¿Acaso no sería mucho mejor, por su propio bienestar, que cambiase de aposentos?

Ah, claro, las habitaciones del Hacendado. Ya no escondía sus verdaderas intenciones: expulsar a Victoria de sus aposentos, los mayores y más hermosos de la casa. El conde y la condesa ocupaban siempre esas estancias, y Constance, al parecer, estaba impaciente por instalarse en ellas.

—¡Y dale! —exclamó Bella, que arrojó la servilleta a la mesa, totalmente fuera de sí—. Angus, haz el favor de poner a tu mujer en su sitio.

Angus alzó la mirada, sorprendido de verse interpelado a intervenir.

—¿Se puede saber qué significa ese comentario? Angus a mí no me controla —aseguró Constance casi a gritos.

—Pues no, porque, si lo hiciera, sabrías comportarte como una condesa de casta en lugar de como la cazafortunas que eres —chilló Bella para desesperación de lady Georgina.

—¡Bella! —se oyeron varias voces sorprendidas al unísono. Las dos damas nunca se habían llevado muy bien, pero hasta entonces no habían mostrado su enemistad tan a las claras.

—¿Cómo te atreves? —le gritó Constance a su cuñada mientras se ponía en pie.

Bella también de levantó de repente, de una manera tan brusca que tiró la silla, y se puso a chillarle a su vez.

Los demás trataron en vano de que se sentaran.

Lady Georgina se llevó las manos a la cabeza.

De haber sabido que los cambios con los desayunos iban a generar tal alboroto, no los habría comunicado hasta al final de la cena.

Al cabo de unos minutos, Fergus y Angus consiguieron calmar a las señoras. Una vez que se hubieron sentado de nuevo, Hudson y Ollie empezaron a servir, con cautela, el plato principal.

Tratando de cambiar de tema por completo, lady Elspeth se dirigió a su sobrino político.

—Me han dicho que estás escribiendo un nuevo libro, Hugh. ¿De qué trata?

El escritor miró a Elspeth con ojos de venado al que acechan; a continuación, a Angus y, por último, a Bella, como si deseara que otra persona contestara en su lugar. Hugh nunca les hablaba de su escritura a los Inverkillen y ambas partes se sentían cómodos con esa costumbre.

—Pues... sí. De hecho, sí. Llevo más o menos la mitad. Estoy tardando más de lo habitual, habida cuenta de las circunstancias.

Los demás asintieron y esperó que con esa respuesta se diese el tema por zanjado. Sin embargo, Elspeth prosiguió:

—¿Y de qué va? —preguntó ella. Angus taladró con la mirada a su tía—. He de confesar que no he leído ninguno de tus libros. Al parecer, no los distribuyen en Francia.

—No. Lo que pasa es que... Los juegos de palabras no son fáciles de traducir.

Le dio un trago al vino confiando en que alguien cambiase de tema.

—¿Y este de qué trata? —insistió Elspeth con un interés que, por genuino que fuera, lo estaba incomodando de veras. No quería hablar de sus libros con la familia.

—¿De qué va? Pues... Es una obra de ficción. En estado embrionario todavía —apuntó mientras se servía verduras y pensaba en cómo se las podía arreglar para cambiar de tema, pero no se le ocurría nada.

Elspeth se servía patatas y dejaba entrever que consideraba el silencio de Hugh como una simple pausa en la conversación. Cuando hubo acabado, lo miró de nuevo, expectante. No había escapatoria.

—Pues... Bien... Es una historia de aventuras y también romántica, en cierto modo.

Trata de un joven de principios del siglo xviii.

Un apuesto oficial de la armada al que raptan los piratas y tiene que hallar el medio de comprar su liberación.

Con muchas peleas de espadachines, cañonazos y ese tipo de cosas.

—Suena de lo más emocionante. ¿Y cómo se llama el protagonista? —preguntó Elspeth.

—No quiere hablar del tema —soltó Angus, cortante. Elspeth y Fergus lo miraron sorprendidos.

—¿Cómo se llama? Pues... aún no lo he decidido. Estas cosas llevan su tiempo. Tiene que ser un nombre que le pegue, que suene heroico.

—Yo creo que tendría que haber un romance. ¿Con la hija del almirante, por ejemplo? —terció Constance, que tampoco había leído ninguna obra de Hugh—. Debe de ser excitante que te rescaten de los piratas.

—No, no. El caso es que no hay mujeres a bordo. Por la mala suerte, las supersticiones y esas cosas. Solo hombres.

—Pero, si no hay mujeres, ¿de quién se va a enamorar el protagonista? Va a ser difícil encajar un romance si solo hay hombres —comentó Constance con aire confundido.

A Ollie, tras la mascarilla, se le escapó una risita. Hudson lo reprendió con la mirada.

—¡Ya basta! —exclamó Angus dando un golpe en la mesa que hizo volcar su copa—.

Limpia el vino y sirve la comida —le ladró a Ollie.

Miró con enfado a Constance, que estaba entre desconcertada y mortificada.

Los presentes intercambiaron miradas de curiosidad, pero nadie dijo nada.

El resto del almuerzo transcurrió deprisa y en silencio.

—Deberíamos acceder a su despacho, ¿no?

Iris alzó la vista del catálogo de obras de arte y, por un segundo, se quedó sorprendida.

Pensaba que el señor Kettering se refería al duque de Wellington, cuyo retrato estaba examinando.

Se hallaban en la sala Wallace, donde se conservaban las obras de temática militar.

Puesto que, como comandante en jefe del Ejército británico, el duque había nombrado generales a numerosos escoceses, los Inverkillen le guardaban cierto respeto, a pesar de los pesares, y habían adquirido un retrato suyo.

De témpera, eso sí, no al óleo. La joven tardó un momento en percatarse de que su acompañante se refería al estudio del difundo conde, lo cual tenía mucho más sentido.

Le pareció buena idea, pero no creía que fuese fácil conseguir permiso. Lady Inverkillen seguía sin abandonar sus aposentos y ella odiaba importunarla. Sin embargo, deseaba enseñarle la estancia al señor Kettering para complacerlo. Además, debía admitir que a ella misma le picaba la curiosidad.

—No sé cómo pedírselo. Lo que ocurre es que ignoro hasta qué punto es consciente de todo esto.

¿Sabe que su marido pintaba? Si no, ¿cómo vamos a justificar que queremos entrar en su estudio privado?

En el catálogo no consta nada acerca de sus habitaciones y no se me da bien mentir. No quiero que se enfade conmigo.

El señor Kettering asintió. Llevaba rumiando el problema un tiempo y no se le había ocurrido ninguna forma de que les dejaran entrar a la sala sin dar extensas explicaciones. Y quería hablar con tan pocos miembros de la familia como fuera posible.

—¿Qué haría lady Georgina en esta situación? —le preguntó.

Iris se quedó pensativa un momento.

—Entraría en el estudio agitando la mano y anunciando que sería cuestión de un minuto. Pero ella tiene la autoridad necesaria. Yo necesito permiso. ¡Ah! ¡Aquí está! Lo sabía —dijo tendiéndole el libro con el triunfo dibujado en la mirada.

Era maravillosa. No por primera vez, el señor Kettering pensó que Iris malgastaba su talento atrozmente en aquella casa.

Eva insistió en ese mismo asunto durante la siguiente visita guiada a la casa que Cecil le ofreció, visita que ella planeó con el fin, precisamente, de entrar en el estudio privado de Hamish.

El comandante había mencionado en repetidas ocasiones que nadie de la familia había entrado en la sala y cada vez le picaba más la curiosidad.

¿Qué debía de esconder? ¿Y por qué motivo?

Sabía que los asuntos de gestión los despachaba en la sala de los mapas, de manera que disponer de un segundo estudio se le antojaba una especie de lujo.

Bueno, al menos así se consideraría en Londres.

Era evidente que en aquella sala sucedía algo, y Eva deseaba descubrir de qué se trataba.