Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Junio #5
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Junio #5

—Pues a mí me importa, y mucho —intervino Bella, que se sentía tan insultada como Constance—.

Si no era ya bastante mal trago compartir doncella, ¿ahora tengo que prescindir de ella por completo?

¿Para ayudar al servicio? Qué curioso, yo que pensaba que su cometido era el de ayudarnos a nosotros, no al revés. No, lo siento, pero me niego.

«Qué díscolas pueden llegar a ser», pensó lady Georgina.

—De acuerdo, quedaos acostadas, pero habéis de saber que el correo matinal se entregará en el comedor —zanjó con media sonrisa y se marchó.

Tras dos horas de visita por la casa, a Eva se le empezaban a poner los ojos vidriosos.

La mayor parte del recorrido había tenido cierto interés, pero con excesiva insistencia en los detalles.

Cecil conocía de pe a pa la historia de todos los objetos, artistas y artesanos de las veinte salas que llevaban, sin excepción.

Solo en la sala china se había pasado casi media hora, mostrándole todos los compartimentos de un par de armaritos de boticario.

No era un hombre sutil y estaba claro que buscaba algo.

No es que a ella le importase, pero tampoco había aparecido un maldito teléfono en ninguna de la veintena de salas.

La joven empezaba a perder los nervios. No sabía cuánto podría seguir aparentando interés.

Se encontraban en el salón de las miniaturas y Cecil proseguía su perorata mientras examinaba el reverso de hasta la última pintura.

—Por supuesto, muchas de las miniaturas antiguas son obra de los hermanos Robertson, pero esta en concreto es muy especial...

Eva tuvo que esforzarse para dejar de pensar en el teléfono y escucharlo. Si no tenía bastante con darle la turra, encima le hacía una pregunta de vez en cuando.

—... que es una de las escasas pintadas en marfil.

Desde algún rincón de la casa, un reloj le recordó que casi era la hora del almuerzo.

Le sugirió a Cecil que regresaran a la parte central de la mansión para refrescarse antes de sentarse a la mesa.

Justo cuando entraban en la armería, Eva vio a Fergus charlando con una mujer con mascarilla.

Ella iba del brazo de él y ambos se reían.

Se detuvo a observarlos. ¿Estaban flirteando?

Era un gesto de lo más íntimo. Y, de todos modos, ¿quién era la mujer?

No se trataba de una criada, pero de algún modo le resultaba familiar.

¿Se había ruborizado él? Eva no pudo evitar mirarlos con malos ojos.

—¿Interrumpo algo? —les dijo con voz glacial al acercarse. La mujer se soltó del brazo de Fergus al instante y, además, Eva se dio cuenta de que él se irguió. ¡Habían estado flirteando! Pero ¿quién era? Le dio un vistazo: zapatos y sombrero terriblemente baratos.

—Oh, cariño, hola —la saludó Fergus—. Acabamos de terminar la reunión y ahora esperamos a Lawlis. ¿Recuerdas a la señorita MacLeod?

Eva y Cecil miraron a Imogen. La secretaria tuvo la certeza de que no la recordaban. Eva le pareció algo hostil y ambos le dedicaron una sonrisa forzada y un sutil gesto de asentimiento antes de volverse hacia Fergus.

—¿Estabais juntos? —les preguntó, señalando a Cecil.

—Sí, le he mostrado la casa a tu amor. Me sorprende que no lo hayas hecho tú. Debe conocer a fondo la historia de la familia y su morada antes de integrarse en el clan. Es una alumna excelente, debo decir. De lo más brillante.

Eva fingió ruborizarse y tomó a Fergus del brazo.

—Iba a refrescarme antes del almuerzo. ¿Hay tiempo, cariño?

Fergus se desprendió de su brazo para mirar el reloj.

—Sí, faltan unos diez minutos. Qué pena que no pueda almorzar con nosotros antes de partir —le dijo a Imogen—. El viaje hasta Inverness se le hará largo con el estómago vacío, ¿verdad?

Lawlis apareció en ese preciso instante.

—Sí que hay un buen trecho —confirmó—, pero tenemos una cita y vamos justos de tiempo, aun contando con que no surjan imprevistos.

Fergus los acompañó a la puerta y los despidió.

«¿Lo hace con todo el mundo?», se preguntó Eva, y se volvió dispuesta a subir las escaleras.

Sin embargo, Cecil esperaba, a todas luces para hablar con Fergus.

Parecía algo molesto, aunque no estaba segura.

Subió los dos tramos de escaleras que conducían a su dormitorio tan despacio como le fue posible.

—Y bien, sobrino, ¿qué tenías que tratar con Lawlis? —le preguntó, tranquilo, toqueteando una de las hachas que colgaban expuestas en la pared.

—Hemos fijado una fecha para la subasta. Al parecer, en Cleaverings andan atareadísimos y, por suerte, hemos podido reservar un día antes de que pase el plazo.

—¿Y todo eso en qué modo te incumbe? —soltó Cecil. El tono sorprendió a Eva y, por su expresión, estaba claro que también a Fergus—. Que yo recuerde, el nuevo lord Inverkillen es Angus. Debería ser él quien tomase esas decisiones.

—Pues sí; si dejara de esconderse, podría hacerlo, en efecto. Pero ahora mismo parece que soy el único adulto al timón. Hasta la abuela esconde la cabeza debajo del ala.

Desde el descansillo, Eva notaba la amargura en la voz de Fergus.

—Querido sobrino, ¿no pretenderás seguir adelante con la subasta? Es una humillación innecesaria. Debe de haber una manera de que podamos vender algún terreno antes de echar por tierra toda nuestra reputación.

—No es tan sencillo, tío Cecil. Llevo semanas repasando las cuentas con Lawlis y ya no nos queda otra opción.

Hace varias décadas que la gestión de la finca no resulta sostenible y ya no tiene arreglo.

No queda dinero —añadió con intención hiriente—.

La venta de la destilería bastó para abonarle a Lawlis su minuta y nada más.

El salmón alcanza para que mamá reciba una asignación, pero muy escasa, y eso contando con que los nuevos propietarios de la destilería aún nos dejen pescar en el río.

—¿Y si nos desprendemos de una o dos de las obras más valiosas? Tengo contactos en Londres que nos ayudarían a dar con personas interesadas.

Eva advirtió que Fergus se toqueteaba el pelo, una clara señal de frustración.

—No lo entiendes —dijo el sobrino—. Ya estábamos entrampados y el impuesto sobre sucesiones ha empeorado aún más nuestra situación.

Si no hacemos nada, ¡nos embargarán la casa y los muebles para subastarlos y pagar la deuda!

—gritó. Eva se fijó en que Ollie, el lacayo, se resguardaba en un rincón para escuchar sin ser visto—.

Lo que intento es protegernos de ese mal trago encontrando un comprador privado antes de que la sangre llegue al río y tú me sales con que si es tu casa y que si no podríamos vender solo un jarrón.

¡Bendito sea Dios! Lawlis irá esta tarde a Inverness a hablar con un posible interesado en organizar una venta particular, algo discreto, a ver si obtenemos mejores precios que en una subasta pública —añadió con tristeza, negando con la cabeza—.

La gestión del abuelo nos hizo daño, pero la estocada final nos la han dado papá y Angus por no enderezar las cuentas.

Si me hubieran hecho caso, otro gallo cantaría.

Pero no: ellos sabían más que nadie y ahora estamos endeudados hasta el cuello, al borde de la ruina.

Si perdemos la casa, mejor dicho, cuando perdamos la casa, ¿dónde vamos a vivir?

¿Y de qué? ¿Y dónde se ha metido Angus con todo este sindiós?

Pues mira, ¡escondido en el pabellón de tenis con Hugh, que escribe otra de sus dichosas novelitas!

Así están las cosas, tío Cecil. ¿Te parece que debería esperar a que «lord Inverkillen» se haga cargo de la propiedad?

¿Qué opinas? Yo creo que no —zanjó Fergus.

Salió echando humo y dio un portazo que retronó en la armería como una salva de cañón. Eva notó un terrible escalofrío que le roía las entrañas.

En la planta del servicio, el almuerzo transcurrió tranquilo. Todo el mundo había oído la discusión y había escuchado el portazo. Ya no era ningún secreto. Lo cierto era que el personal no hablaba de otra cosa.

De la pelea se habían enterado todos, pero Ollie les proporcionó una crónica de primera mano que escucharon con toda atención. Cuando hubo acabado, procedió a servirse estofado y pan.

—Oh, pan de cebolla, ¡qué rico! —exclamó mascando un pedazo antes de proseguir—. Cuando vendan la casa, ¿creéis que formaremos parte del trato? Si se la venden a un particular, claro. ¿O tendremos que buscar otro trabajo?

—No lo sé, Ollie —respondió la señora MacBain. Nadie lo sabía—. Un particular... ¿Y estás seguro de que el señor Lawlis se dirige a Inverness para reunirse con un comprador?

Ollie se quedó pensando un momento y luego negó con la cabeza.

—Dijo que era un posible interesado en comprar la casa.

—O sea, que no hay nada cerrado —susurró Mackay.

—No. No sé cómo podríamos enterarnos —dijo la señora MacBain. Intercambió una mirada fugaz con el ayuda de cámara y, al volver a observar a los presentes, reparó en que Ollie los miraba con curiosidad—. Ollie, espabila. Los señores acudirán pronto al comedor. No olvides ponerte la mascarilla.

—Sí, señora MacBain —contestó apurando el estofado, con cuidado de no mancharse la librea. Salió de la sala del servicio y la señora MacBain y el señor Mackay se quedaron a solas.

—Yo me encargo —dijo él antes de ponerse en pie y salir de la sala.

Lady Georgina acarreó a Fergus y a Cecil a la biblioteca mientras los demás bajaban al almuerzo. Cecil no la había visto tan enfadada desde que era adolescente, cuando lo pilló en las escaleras luchando con Hamish espada en ristre. Por los clavos de Cristo, ella sí que era de armas de tomar.

Aunque hacía mucho que la condesa viuda no le echaba un rapapolvo a un niño, estaba claro que no había perdido práctica. A pesar de su semblante lívido como el de un muerto y lo implacable de sus palabras, no alzó la voz; de hecho, se limitó a susurrar.