Junio #4
Eva sopesó sus opciones. Lo cierto era que no pretendía bajar al pueblo del infierno y, sin embargo, se veía obligada a hacerlo y encima con acompañante.
¿Qué podía hacer? Lo que en realidad deseaba era privacidad para llamar a su madre y hablar sobre sus planes.
Difícilmente iba a explicarle la ruina de la familia de su prometido en plena armería, y no tenía otro teléfono a su alcance.
Hacía días que buscaba otro, pero los sirvientes la interrumpían siempre.
En todo caso, acercarse al pueblo no le apetecía lo más mínimo, y mucho menos a comprar.
Además, a comprar qué, si solo vendían un puñado de revistas que llegaban con retraso y las tristes creaciones del sombrerero.
Solo le quedaba una manera de salir airosa del trance, que, por otra parte, podía resultarle útil a la larga.
—¿Y por qué no me enseña la casa mejor? Usted debe de conocer al dedillo la historia familiar; me encantaría descubrirla con su mirada. Si dispone de tiempo, claro está —propuso Eva, a quien la visita la pareció una forma idónea de dar con lo que buscaba.
Cecil valoró la propuesta rápido y pensó exactamente lo mismo: ¿qué mejor forma de dar con lo que buscaba?
—Será un placer. ¿Empezamos por la armería?
Cuando Cecil y Eva surgieron al fondo de la gran estancia, encontraron allí a Imogen y Lawlis.
La secretaria puso atención para escuchar a Cecil, que le explicaba a Eva detalles de una armadura.
Le habría encantado seguir escuchando, pero el abogado y ella debían reunirse con los Inverkillen para acordar la fecha de la venta.
El calendario de Cleaverings solía estar repleto, pero, por suerte, habían quedado dos huecos por sendas cancelaciones.
Lawlis quería reservar uno de los dos días; si no, se verían obligados a recurrir a otra casa menos prestigiosa, o bien a posponer la subasta catorce meses, un plazo que no se podían permitir, como bien sabía el abogado.
Solo les quedaban tres meses para abonar el impuesto sobre sucesiones.
Fergus los recibió en la sala de los mapas con una triste sonrisa. No encontraban a Angus, lo cual no era sorprendente a juicio de Lawlis. Fergus fue en busca de lady Georgina y los dejó esperando.
Observaron a su alrededor con curiosidad.
La sala de los mapas era un espacio de doble altura circundado en tres de sus lados por una pasarela metálica que daba acceso a las estanterías superiores.
«En realidad, esto tiene más pinta de biblioteca que la biblioteca en sí», pensó Imogen.
Eso sí, la mayor parte del mobiliario se había diseñado a propósito para guardar o exponer mapas.
Los cajones eran anchos y de poco fondo, y abundaban los rincones en los que colgar las hojas desplegadas.
Hizo amago de extraer un mapa rotulado «Terrenos de Loch Down, 1654», pero entonces recordó que tampoco tenían la certeza de que no fuese otra falsificación, así que se abstuvo de hacerlo.
Se dijo que le preguntaría a Kettering por un experto en cartografía y cruzó la sala para volver a examinar la pequeña réplica de Rubens.
Fuera del artista que fuera, se trataba de un lienzo hermoso, pero desde luego no era obra de Rubens.
¿Cómo se le había pasado por alto a todo el mundo?
«A pesar de sus reducidas dimensiones —pensó—, ocupa el lugar de honor en la gran sala, justo encima del sofá».
Bajó la mirada y vio a los perros que roncaban ligeramente.
¿Cómo iba a sentarse nadie allí si estaba claro que el sofá les pertenecía a los canes?
Volvió a examinar la pintura. No, no era un Rubens, pero lord Inverkillen había dado con la modelo perfecta: sensual y de generosas curvas.
Además, era una mujer hermosísima, absolutamente radiante. ¿Era...? ¿Era quien creía que era?
Cuando Fergus regresó con lady Georgina al cabo de unos segundos, Imogen casi ni los oyó de tan absorta como estaba en sus pensamientos. Hasta que Fergus se plantó a su lado no salió de sus ensoñaciones.
—Un cuadrito muy bello, ¿verdad? —comentó en voz baja—. No entiendo cómo no me había dado cuenta de que es una réplica. Resulta bastante evidente, la verdad.
—¿Está embarazada? Me lo parece —dijo Imogen sin pararse a pensar.
Fergus se la quedó mirando unos instantes y luego volvió a observar el lienzo.
—¿Cómo? No, claro que no. Rubens siempre pintaba mujeres voluptuosas. Sus desnudos son carnales y orondos, suaves, como melocotones maduros —dijo en voz cada vez más pausada, mirando la pintura con seriedad.
Lady Georgina los llamó desde el otro extremo de la sala.
—En cuanto salgan de su embeleso, ¿podemos continuar? Tengo otras cosas que hacer, mire usted por dónde.
—Claro —respondió Fergus, que se dio la vuelta y fue a sentarse. Otro tanto hizo Imogen al cabo de unos segundos, mientras pensaba que debía hablar con Kettering.
Aunque llegaba tarde a vestir a Bella, la señora MacBain no podía hacer nada al respecto.
La mañana había empezado con mal pie. El reparto de la leche y la prensa se había retrasado y Ollie no había tenido tiempo de planchar los diarios, lo que, por supuesto, contrarió a Angus.
Por suerte, Fergus lo había apaciguado antes de que pusiera a Ollie de patitas en la calle.
No podían permitirse prescindir de él. Pero un retraso desencadenó otros y así se demoraron los desayunos, lo que pospuso el vestir a las señoras y, a la postre, el hacer las camas.
Bella y Constance le habían echado la bronca.
Aún no habían dado las diez y el día ya estaba resultando un desastre.
Se dirigía a hablar del tema con lady Georgina. Algo tenía que cambiar.
—¿En qué puedo ayudarla, señora MacBain? —musitó la condesa viuda meneando la cabeza y sin levantar la vista de la carta que leía. El ama de llaves esperó a que dejara la misiva—. Oh, debe de ser algo serio —añadió cuando al fin vio su rostro.
—Sí, señora condesa. Esta mañana el servicio se ha retrasado y lady Annabella y lady Constance se han molestado. No he venido a hablarle de excusas, pero sí debo informarla de que este problema volverá a ocurrir.
—¿De veras?
—Sí, señora. Con el personal al completo éramos capaces de solventar contratiempos como el de esta mañana y ceñirnos al horario, pero con tantas bajas por la enfermedad...
Pues bueno, no hay nadie que pueda salir al quite cuando algo se tuerce, y en cuanto pasa cualquier cosa se trastoca toda la jornada.
Lady Georgina suspiró disgustada. Estaba cansada de oír hablar de la maldita enfermedad.
—¿Y qué sugiere?
—Quisiera que dejásemos de servir el desayuno en las habitaciones —dijo el ama de llaves conteniendo la respiración.
Lady Georgina tardó unos segundos en asimilar la frase y en su mirada brilló un destello de cólera—.
Excepto en su caso, señora —se apresuró a precisar, dicho lo cual lady Georgina se relajó, apaciguada—, y en el de lady Inverkillen, por descontado.
—Por supuesto. Pero ¿de qué modo en concreto será útil ese cambio?
La señora MacBain expuso el número de trayectos de ida y vuelta que suponía acudir a los dormitorios a encender la lumbre, llevar la bandeja, retirarla, vestir a las señoras y, por último, hacer las camas y limpiar los aposentos.
Lo cierto era que interfería en el desempeño de otras tareas más importantes, como la colada.
—En circunstancias normales, se encargan de ese trabajo seis sirvientas y dos lacayos, pero ahora solo quedamos Maxwell y yo, y así, cuando una tarea se retrasa, acusamos la demora todo el día.
Sin embargo, si las señoras se vistieran sin ayuda y desayunaran en el comedor, ganaríamos tiempo para ocuparnos de todas las habitaciones.
Y también sería de ayuda para la cocinera.
No tiene quién la asista, y hemos tenido que recurrir a Lockridge para ese menester.
—¿Lockridge? ¿El chófer está cocinando? ¡Adónde hemos llegado!
La señora MacBain no pudo contener una sonrisa.
—Y ahora las damas casadas se verán obligadas a desayunar en el comedor. Estos hábitos no son ortodoxos en absoluto, señora MacBain —criticó mientras miraba un momento por la ventana—. Será mejor que sea yo quien les dé la noticia, ¿no cree?
Aliviada hasta decir basta, el ama de llaves hizo una reverencia y salió de la sala.
Lady Georgina convocó a las señoras en la sala de música antes del almuerzo. Bella se quedó pie junto a las cristaleras, con aire aburrido; Constance, en el sofá, reorganizaba mentalmente el mobiliario de la sala. Solo Elspeth parecía sentir curiosidad por el motivo de la reunión.
Cuando lady Georgina se lo hubo explicado, le sorprendió que fuese Constance la cabecilla de la rebelión. Se habría apostado su segunda tiara más valiosa a que sería Bella.
—No debería verme obligada a privarme de que me sirvan el desayuno en el dormitorio. Ahora soy la titular del condado y me he ganado el derecho a que me traigan la bandeja porque estoy en mi casa —dijo Constance mientras hacía pucheros.
—Eres la guardiana del título y la casa, querida, no la propietaria.
Te conviene tenerlo presente —precisó lady Georgina, a quien nunca le había gustado Constance.
Estaba un escalón por encima de Eva, desde luego, pues era hija de un banquero y no de un pescadero; aun así, le daba la impresión de que una ya no podía elegir a los miembros de su familia.
—¿Y por qué no se me consultó al respecto? —se quejó Constance—. Considerando que ahora soy la señora de la casa, debí participar en la decisión.
Lady Georgina espiró despacio mientras contaba de cabeza hasta diez.
—A mí no me importa en absoluto, mamá —terció lady Elspeth, que se mostraba optimista ante la medida y había escuchado con calma y atenta la explicación de la condesa viuda sobre los detalles de la nueva organización matinal.
—Gracias, Elspeth.