Junio #3
Iris reconoció que siempre le había parecido un lugar extraño para poner flores, pero también debía admitir que nunca había notado ningún otro aroma. Aquella tarde estaba deparando toda una clase magistral de técnicas de engaño.
Lady Georgina se incorporó y le preguntó a Lawlis:
—¿De verdad no hay modo de evitar la venta de la casa?
—Si casi todas las obras de arte son reproducciones, me temo que no.
—Bien, entonces supongo que nos conviene examinar la colección íntegra aprovechando que ha venido.
Los cuadros y los objetos. —Se dirigió a la chimenea y llamó al mayordomo con el timbre—.
Lo cierto es que no sé el número de originales —añadió sin quitar ojo al bloc de Imogen—.
No son cosas que una vaya anotando. Ah, Hudson, por favor, haga que le preparen una habitación al señor Kettering.
Se quedará con nosotros unos días para estudiar la colección artística.
—Muy bien, señora condesa —dijo el mayordomo con una reverencia, y salió de la sala.
—¿Algún otro asunto por tratar? ¿Puedo regresar a mi reunión con el jardinero? ¿Nada más? Excelente. Fergus, te quedas a cargo del señor Kettering durante su estancia. Asegúrate de que comprenda nuestros horarios y no interfiera en la marcha de la casa. Iris, encárgate de dar caza a los niños.
Dicho eso, abandonó la sala dejando un silencio glacial tras ella.
Las cosas tenían que cambiar.
A pesar de ir menguando en número, hasta entonces el servicio se las había arreglado bastante bien, pero habían llegado a un punto en que no podían negar lo evidente: que se las veían y deseaban para cumplir con sus obligaciones.
La señora MacBain se armó de valor para reunirse de nuevo con lady Georgina.
Los señores odiaban los cambios, pero la condesa viuda se había mostrado bastante razonable con el asunto de los menús, de manera que también podría serlo con ese nuevo contratiempo.
Sin embargo, algo le indicaba que era un asunto más peliagudo.
—Y bien, ¿nos queda algún tema por tratar? —dijo lady Georgina mientras revolvía papeles y tomaba su pluma favorita.
—La verdad es que sí que hay otro asunto que debemos abordar —anunció la señora MacBain antes de respirar hondo y proseguir—. Se trata de los bizcochos y pasteles para el té.
—¿Los bizcochos? Alabado sea Dios, por su semblante pensaba que iba a ser algo más grave —dijo con una risilla.
—Nos sería de gran ayuda reducir la hornada diaria. ¿Le parece que pueden bastar tres en lugar de seis?
—¿De gran ayuda? —repuso lady Georgina con gesto impasible—.
No era consciente de que la familia debiese ajustar sus costumbres en función de las necesidades del servicio.
Si mal no recuerdo, seguimos abonando sus salarios —añadió para incomodidad del ama de llaves—.
¿Cuál es el verdadero problema, señora MacBain?
—Para serle totalmente sincera, señora —respondió tras dudar un momento—, se trata de la enfermedad.
—Ay, ya estamos otra vez. ¿Y qué relación guarda ese asunto con el té?
—Dejando aparte el hecho de que el personal se encuentra diezmado, lo que sucede es que la cocinera tiene dificultades para procurarse los ingredientes necesarios.
—Creo recordar que ya tratamos ese inconveniente.
—Así es, señora, pero la situación ha empeorado desde entonces. Por lo que me ha contado el tendero, la gente ha empezado a acaparar provisiones y ciertos artículos se han agotado, entre ellos, el azúcar y la harina.
—¿Acaparar? La gente ha perdido el juicio. Pero debemos de contar con reservas. La cocinera hace compras semanales. ¿Me está diciendo que no ha hecho su propio acopio? ¿Debo recodarle que nuestra casa tiene prioridad respecto a las del pueblo? ¿El tendero lo tiene presente?
—En efecto, pero el problema es que no le suministran harina.
Al parecer, la escasez afecta a todo el país.
Todo el mundo ha acumulado reservas y la gente está elaborando mucho más pan que de costumbre, lo que nos dificulta la vida a quienes ya horneamos de ordinario.
Supongo que también escaseará la levadura.
—¿La levadura?
—Para hacer pan, señora.
—¿De verdad?
—Sí.
—Todo esto me hace pensar en María Antonieta. —La condesa viuda se removió en su butaca y miró por la ventana un instante—. ¿Y qué propone?
—Si se le permitiera a la cocinera hornear menos bizcochos y pasteles, sería un buen comienzo.
—¿Un buen comienzo? Y luego ¿qué? —repuso lady Georgina, irritada. No pintaba nada bien.
—Elaborar tres pasteles enteros a diario consume una gran cantidad de ingredientes. Quisiera servirlos por porciones para no desperdiciar tanto.
—¿Cómo? ¿Y tomar el mismo bizcocho día tras día hasta que se enrancie? ¡Hemos vuelto a los tiempos de la guerra!
—Así sería más fácil gestionar las reservas, señora condesa. Prefiero que siga disfrutando de los pasteles durante más tiempo y que disponga de un poco menos de variedad antes que tener que prescindir de ellos por completo.
Lady Georgina guardó silencio. Había girado el rostro ligeramente, pero no lo bastante para que el ama de llaves no observase su disgusto. Respiró hondo y emitió un largo suspiro.
—Necesitamos el pastel de frutas. La tarta Victoria no es negociable. Y, si mantenemos el bizcocho de nueces, Angus no se enterará de nada.
—Sí, señora. Con esos tres nos las podemos arreglar. Muchas gracias.
Lady Georgina la despidió con un gesto y regresó a su correspondencia. La señora MacBain ya se encontraba en el umbral de la sala de música cuando la oyó de nuevo.
—Dijo que escaseaban la harina y el azúcar, entre otros artículos. ¿De cuáles se trata?
El ama de llaves dudó. Ni en sueños se habría imaginado tratar esos temas con una condesa y al contestar se ruborizó.
—El papel higiénico, señora.
—Bien —respondió lady Georgina con un semblante que rozaba la diversión—, esperemos no llegar a esos extremos.
Cecil estaba más perdido que nunca. Tras ser desheredado por tercera vez (¡qué indignidad!), no le quedaba otra que tomar las riendas de su vida.
No sería fácil. Era un sintecho sin fortuna y sin título, y ni siquiera podría regresar a vivir a la casa familiar porque dicha casa iba a subastarse.
¿Qué podía hacer? Alguna vía de escape tenía que haber.
No podían forzarlo y no iba a permitir que lo obligasen a vivir en las ruinas de Orkney, sin un penique y sin amigos.
Debía de existir una solución, solo tenía que hallarla.
Cada vez pasaba más tiempo en la sala de juego, justo al lado del salón.
No iba nadie por el día, así que se encontraba en plena soledad y podía concentrarse.
Barajaba y repartía caras a compañeros de partida invisibles mientras iba valorando diversos planes.
En un momento en que se encontraba particularmente concentrado, Eva entró en la sala y se sobresaltaron el uno al otro.
—¡Dios santo! —exclamó ella—. No esperaba encontrarme a nadie. Disculpe la interrupción —se excusó mientras daba la vuelta y le daba un golpecito al marco de la puerta.
Cecil, a su vez, se aturulló con las cartas, que salieron volando. A Eva le pareció que la situación tenía un toque de comicidad. Resultaba ridícula pero tremendamente seria a la vez, una rara combinación.
Entre los dos recogieron las cartas deprisa y con torpeza, y Eva le dio su mazo. Él musitó «Gracias» en un tono que sonó un poco a balido. ¿Se estaba ruborizando? No obstante, no tardó ni un instante en recobrar la compostura, sentarse de nuevo y repartir las cartas de forma automática.
—¿En qué puedo ayudarte, querida?
—Oh, esto... Buscaba los guantes. No los encuentro y he pensado que quizá me los dejé aquí tras el funeral —dijo dando un vistazo por la habitación.
Puesto que no era amplia, aparte de la repisa de la chimenea y la mesa de juego, era difícil pensar en otro lugar para que se los hubiera dejado.
Cecil se preguntó cuál sería en realidad su propósito.
—¿Guantes? No... —Echó un vistazo—. Por aquí no los he visto. ¿Vas a salir? —le preguntó mientras pensaba que había pasado una eternidad desde el funeral. ¿Por qué los echaba en falta justo entonces? Volvió a preguntarse qué la habría llevado allí en realidad.
—¿Salir?
—Como dices que buscas los guantes... Me imagino que no será para ponértelos en casa, como el servicio. O quizá es el último grito en Londres y aún no ha llegado la moda a las Highlands —le dijo él medio en broma, medio provocándola, como si... Vaya, vaya...
—Ah, no. Me ha dado por acercarme al pueblo y hacer unas compras. Bueno, curiosear más bien. Me agobia un poco la casa y necesito leer algo nuevo.
—¿Te agobia? Pero si tenemos ciento veinticinco habitaciones, biblioteca y cinco mil acres de terreno. ¡Ay, Señor!, ¿cómo te las arreglabas para sobrevivir en una casa de las de Londres?
—¿Ciento veinticinco habitaciones?
—Así es. ¿No lo sabías? Aparte de las del servicio, por descontado, esas no las contamos. Deberías aprender más sobre la familia y Loch Down Abbey si vas a vivir aquí.
—No había considerado ese punto de vista. Como la casa se va a vender...
—Ay, querida, eso no ocurrirá. Las casas como la nuestra no se venden así a la primera de cambio.
De ningún modo. Se venderá una pequeña parte de los terrenos, quizá un cottage , lo suficiente para abonar los impuestos sobre sucesiones.
Y luego la vida seguirá. Nuestra familia habita aquí desde hace casi seis siglos. No te preocupes, saldremos de esta.
Eva lo observaba hablar, tranquilo y seguro, mientras barajaba despacio. ¿De verdad creía lo que decía? ¿O le ponía buena cara al mal tiempo? No era fácil penetrar en su pensamiento.
—¿Te importa si te acompaño? He de enviar un par de telegramas. ¿Qué te parece si nos arriesgamos a escandalizar a las señoras ancianas y sales sin guantes?