Junio #2
—Iris tuvo la amabilidad de prestarme este libro y esta pieza —terció el señor Kettering—.
Quería examinarlas con más atención. Disculpe por haberlos tenido en mi poder estas semanas, pero deseaba estudiarlos con toda tranquilidad.
Este libro es fascinante —le dijo a la joven— y tus observaciones me han resultado utilísimas.
Fergus volvió a contemplarla, entre perplejo y divertido. Ella se ruborizó y miró al suelo.
Kettering se aclaró la voz con suavidad y prosiguió, dirigiéndose a Iris.
—Tal y como sospechábamos, el cuadro es una falsificación.
Y me atrevería a decir que también lo son muchos otros que constan en tus notas.
Por supuesto —le explicó a Fergus—, deberíamos verificar cada lienzo, lo que llevaría su tiempo, e imagino que no disponemos de él.
Me preguntaba si podría indicarme dónde se encuentran almacenados los auténticos.
Fergus apenas atendió a la pregunta. Se había quedado en la palabra «falsificación».
—No es posible. El Gainsborough lleva generaciones en la familia —precisó señalando el cuadro.
—No lo niego —repuso Kettering con cautela—, pero ese lienzo no es de Gainsborough. Creo que lo pintaron hace menos de veinte años. Nos preguntábamos si sería una copia y el original estaría custodiado en algún lugar de la casa.
Fergus trató de asimilar lo que oía. Si era falso, si lo eran los otros cuadros, la colección no valdría ni un penique y tendrían que vender la casa. Exhaló entrecortadamente.
—No hay por qué temer lo peor todavía —intervino Imogen con tono compasivo—. Puede que solo se trate de este lienzo. Y del Rubens de la sala de los mapas.
—¿El Rubens? —se angustió Fergus.
Imogen pensó que el caballero iba a hiperventilar.
—Hoy en día, es bastante habitual almacenar los originales y exponer copias en su lugar. No significa que se hayan perdido —trató de calmarlo la secretaria, poniéndole una mano en la rodilla—. ¿Se le ocurre algún lugar de la casa donde los hubieran podido guardar?
Fergus le miró la mano y, después, el rostro, aunque en realidad no la veía. Se quedó pensando un momento.
—Pues... Habría que mirar en el despacho de mi padre. Creo que hay una caja fuerte bastante grande. Nunca he entrado en esa estancia, así que no lo sé con certeza. Podríamos preguntarle a mamá. ¿Cuántas piezas sospecha que son falsificaciones?
Antes de que al señor Kettering le diera tiempo a responder, las puertas se abrieron de par en par y entró lady Georgina. Les echó una ojeada a los presentes, sorprendida por las máscaras. No sin dificultad, centró su atención en Iris, que estaba de pie ante el escritorio.
—Oh, Iris, aquí estás. Los niños se han colado en una de las alacenas y han robado el postre de esta noche.
La cocinera está lívida. Debería ser fácil dar con ellos, parece que han dejado un reguero de tarros de mermelada medio vacíos por los jardines —le dijo mirándola; a todas luces, esperaba que la joven saliera escopetada a buscarlos.
—Lo cierto es que le he pedido que asista a esta reunión, abuela —dijo Fergus poniéndose en pie.
—¿Una reunión? Cuánta formalidad —exclamó lady Georgina mirando a los presentes, sentados en los sofás; casi se olvida de Iris y los niños—.
¿Y usted quién es? —le preguntó a Kettering con cierta descortesía mientras cruzaba la sala.
A Imogen le dio la impresión de que el perito era una presa acechada por un depredador.
El señor Kettering se puso en pie, inclinó la cabeza y se presentó.
—Sí, ya —dijo la condesa viuda, distraída, y luego se dirigió a Fergus y Lawlis—. ¿Y a qué ha venido?
Imogen observó a lady Georgina con atención.
Desde luego que no estaba contenta. No podía disimularlo.
«Navegamos por aguas turbulentas —pensó la secretaria—, pero ¿por qué?
». Fergus tenía el derecho de celebrar reuniones en su propia casa, ¿no?
Ahora bien, fijándose de nuevo en la condesa viuda, se percató de que Fergus no se encontraba ni mucho menos en su propia casa; al menos, no a juicio de su abuela.
Lawlis y Fergus intercambiaron una mirada, inseguros sobre quién debía intervenir. Al final, Fergus tomó la iniciativa. Juzgó que lo ideal sería explicar la pura verdad. La abuela parecía algo enfadada.
—Le pedí a Lawlis que tasasen las obras de arte y se lo ha encargado al señor Kettering. Confiaba en que la colección valiese lo suficiente para cubrir los impuestos sobre sucesiones y así evitar la venta de la finca.
Lady Georgina se molestó notablemente.
—Debiste consultarme primero, Fergus.
—Fue idea del contable y me pareció que era lo mejor. La verdad es que prefiero vivir entre paredes desnudas que a la intemperie. En todo caso, no pasa nada por contar con el dictamen de un experto acerca de la colección.
—¿Y pensabas vender hasta el último lienzo sin siquiera pedirme opinión?
—¡No! De ningún modo —repuso Fergus, algo amilanado ante la mirada de su abuela; aun así, prosiguió—.
Sin embargo, necesitábamos valorar la colección para saber si es una solución realista a nuestra situación financiera.
El señor Kettering se acercó a ver las obras la tarde de la fiesta de compromiso y se llevó este cuadrito para analizarlo.
—¿Analizarlo? —exclamó ella alarmada mirando a Kettering. Y luego le preguntó a su nieto—: ¿Qué tipo de análisis?
El señor Kettering, sentado, se irguió un poco y respondió en tono firme.
—Hicimos unas pruebas sencillas. Nada que pudiera dañarlas o alterar su valor, por supuesto. —Se calló un momento y miró el cuadro—. Por desgracia...
—Por desgracia, ¿qué? —preguntó ella, cortante.
—Sin paños calientes, abuela: es una falsificación —dijo Fergus, y se preparó para oír su reacción.
Tras un largo silencio, lady Georgina parpadeó.
—Sí, me preguntaba cuándo saldría a relucir este asunto. Aunque siempre pensé que esta conversación la tendría con Angus —confesó mientras se acercaba a una silla y se sentaba en el borde mirando a Fergus.
—¿Estabas al corriente? —le preguntó él, sin dar crédito.
—Claro. ¿Cómo te crees que pagamos las pistas de tenis?
—dijo la condesa viuda en tono casi divertido—.
Si nos hubiéramos esperado un mes para venderlo, nos habría alcanzado para el pabellón y las pistas de petanca —añadió mirando a la secretaria—.
El mercado del arte es totalmente imprevisible —se quejó mientras se alisaba la falda.
Imogen hizo un gesto de incredulidad. No se imaginaba que la visita fuese a tomar esos derroteros.
—¿Y el Rubens de la sala de los mapas? —preguntó Fergus.
—Gracias a ese reparamos el tejado del ala este —dijo ella—.
Lo pospusimos durante un tiempo, pero empezó a ceder y hubo que intervenir de urgencia, de modo que enviamos varias obras a Londres, a la casa de subastas Bonhams. —Se movió sin levantarse y prosiguió mirando a Fergus—.
Debo admitir que fue un mal trago; le tenía mucho cariño a ese Rubens, pero no nos quedó otra alternativa.
Fergus no sabía qué pensar.
—¿A quiénes no os quedó otra alternativa? —preguntó el nieto—. ¿Quién más está al corriente?
—Solo tu padre. Aunque sospecho que Elspeth también lo sabe. El Gainsborough estuvo colgado encima de su cama durante años. Seguro que detectó el cambio.
La cabeza le iba a mil por hora a Iris. Durante todo ese tiempo, se había pasado las cenas formulando preguntas acerca de los cuadros y las diferencias, y lady Georgina no había dicho ni mu. Había que reconocer que era una maestra en el arte de guardar secretos.
—De las pinturas, ¿cuántas son copias, condesa? —le preguntó Kettering con tacto.
—¡Ay, Señor!, pues unas cuántas. No sabría decirle el número exacto. No somos la primera generación que vende un cuadro de extranjis, eso sí —le dijo a Imogen en tono de explicación—. En familias como la nuestra sucede continuamente, pero no lo vamos aireando.
—No, ya me imagino —convino Kettering en todo titubeante—. Condesa, ¿pretendía subastar las copias haciéndolas pasar por obras auténticas?
—¡Desde luego que no! —repuso lady Georgina, escandalizada—. A mí no me implique en esta sinrazón. —Y señaló a Fergus y Lawlis—. Si se me hubiera consultado, habríamos descartado este plan de raíz. A Hamish se le daba bien pintar, pero tampoco era ningún Rubens.
—¡¿Hamish?! —saltaron todos al unísono.
—Sí, cursó estudios de arte en la universidad, en Saint Andrews.
Eso sí lo sabíais, ¿no? Pues ya lo sabéis.
Empezó Económicas, pero se cambió a Bellas Artes al acabar primero.
No se le daban muy bien las finanzas, como usted sabe —le dijo a Lawlis, quien asintió y se contuvo para no poner los ojos en blanco.
—A ver, las cosas claras y el chocolate espeso —dijo Fergus, esforzándose en mantener la compostura—: mi padre vendió a escondidas la valiosa colección artística familiar para financiar construcciones y reformas, y luego pintó copias de dudosa calidad para reemplazarlas.
¿Cómo es que nadie se dio cuenta en veinte años?
—Sí, eso siempre me ha sorprendido —convino lady Georgina con serenidad.
—Yo ni siquiera sabía que le gustaba el arte —dijo Fergus mientras se dejaba caer en el sofá.
«Parece un argumento de opereta», pensó Imogen.
—Entonces, ¿cuáles eran sus planes cuando la casa saliese a subasta? —preguntó Kettering, indeciso.
—Si se me hubiera dejado gestionar la situación, ¡no habría tal subasta! Habría seguido vendiendo cuadros y objetos hasta que obtuviésemos el dinero. En Bonhams hace años que les interesa el paisaje de la sala del billar. Eso sí, como Hamish nos ha dejado, no sé cómo se podría acabar la réplica.
La cabeza le bullía a Fergus. Su padre había sido un falsificador de arte. Su abuela había vendido piezas valiosísimas para pagar las pistas de tenis. ¿Qué iba a ser lo siguiente?
—¿Dónde pintaba todos los cuadros sin que lo vieran?
—En su estudio privado, justo detrás de su vestidor. ¿Por qué te crees que tenemos aquel jarrón enorme al final del pasillo de la primera planta? Es para enmascarar el olor a disolvente con la fragancia de las flores.