Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Junio
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Junio

La señora MacBain no se quitaba de la cabeza la historia de lady Inverkillen.

Según como se mirase, era una tragedia. Pensaba en ella, en el invernadero que su amante le había construido, cultivando flores y viendo la vida pasar.

Como la señorita Havisham en Grandes esperanzas .

Carecía de obligaciones que la mantuvieran ocupada, así como de actividades de ocio y amistades a las que visitar.

No dirigía ningún comité ni obra de caridad porque lady Georgina los acaparaba todos.

No llevaba las riendas de la casa porque la condesa viuda se entrometía y lo cambiaba todo sin parar.

Ni siquiera podía decidir los menús semanales, pues en ese caso se los devolvían con enmiendas de la matriarca.

En realidad, resultaba sorprendente que a quien hubiesen tirado al río no fuese a lady Georgina.

Pero ¿por qué iba lady Inverkillen a hacer nada justo entonces?

Las fechas no cuadraban. ¿Por qué una vez transcurrido tanto tiempo y no diez años atrás?

¿Qué podía haberla hecho enfadar tanto como para empujar a su marido al río?

A menos que irrumpiese en sus aposentos para preguntárselo (y así perder su puesto de ama de llaves, como es lógico), no tenía manera de descubrirlo.

Y por eso una tarde se dirigió a la destilería a tomar un whisky con MacTavish, que siempre estaba al corriente de lo que sucediera en el bosque.

Sin embargo, se negaba en redondo a contestar sus preguntas.

El ama de llaves llevaba ya tres vasos, el aliento le olía a perro mojado y la cabeza empezaba a darle vueltas.

Le preguntó si había visto al señor conde en la presa.

—Claro, lo veía mucho. La pesca se le daba fatal, no tenía paciencia y no usaba los cebos que tocaba —se arrancó el destilador y siguió hablando de cebos durante diez minutos.

Siguió con el interrogatorio, y le preguntó si aquel día estaba solo.

—Nunca es buena idea ir al río sin compañía, la corriente es fuerte, y este año más aún. Baja con una fuerza tremenda de las colinas.

Y prosiguió otros quince minutos dale que te pego con el descenso del caudal año tras año y el impacto que ello tenía en la turba que utilizaban para elaborar el whisky.

Aparte de una borrachera, la señora MacBain no iba a sacar nada en claro de la conversación.

—Señor MacTavish, con todo el respeto, sé que el señor conde estaba acompañado aquel día. No sé por quién ni los motivos por los que no esa persona no se ha manifestado, pero usted debe de saberlo —suspiró—. Si fue un accidente, no tiene nada que temer.

Se la quedó mirando unos instantes.

—No es asunto mío y, por tanto, no diré nada. Es tarde. Debería volver —dijo ayudándola a levantarse y acompañándola a la puerta—. Bastante ha pasado ya la pobre, déjela pasar el duelo en paz —zanjó mientras cerraba la puerta despacio.

¿Dejarla pasar el duelo en paz? La señora MacBain se encaminó a Loch Down Abbey mientras se preguntaba a qué se refería aquella frase. Bueno, al menos una cosa tenía clara: no estaba solo.

Como suele suceder al abusar del whisky, la mañana siguiente fue desastrosa.

La señorita Maxwell volvió a servir el desayuno tarde.

Los perros se escaparon y se zamparon una ristra entera de salchichas.

Ollie se tropezó subiendo las escaleras y los huevos revueltos salieron volando por todas partes.

Capear aquel temporal requería una concentración de la que la señora MacBain carecía.

Cuando las aguas volvieron a su cauce, se retiró un momento a descansar a su salita.

Mira que ir a tomar whisky con MacTavish. ¡A quién se le ocurría! Ojalá no hubiera aceptado el último vaso. En realidad, debería haber rechazado incluso el primero. No conseguía quitarse el mal sabor.

«Déjela pasar el duelo en paz», le había dicho, pero ¿a quién se refería?

¿A lady Georgina? ¿A lady Inverkillen? ¿A Constance?

¿A Bella? ¿A Eva? ¿A lady Elspeth? ¿A Iris?

Si algo abundaba en la familia eran las mujeres, desde luego.

Ahora bien, la idea de que lady Georgina fuese a la presa y empujase a su hijo al agua era de chiste.

Y no ganaba nada con su muerte. Aunque quedaría a cargo de la finca, eso sí, pues Angus no le iba a disputar el timón.

Pero ¿ansiaba el control tanto como para matar a su hijo?

El ama de llaves suspiró, lo que agravó su dolor de cabeza.

Hudson pasó por delante de la puerta, que estaba abierta.

«Quizá lo hizo el mayordomo», se le ocurrió con cierta ironía.

¿No era lo que pasaba siempre en las novelas?

Rebuscó en un cajón del escritorio hasta que dio con una caja de polvos para la jaqueca.

Se sirvió un vaso de agua, los disolvió y cerró la puerta.

Sentada de nuevo en su butaca, sorbió el amargo brebaje y se puso a repasar a las mujeres de la familia.

Sobre Iris no podían recaer sospechas, ni tampoco sobre Eva.

Respecto a lady Inverkillen, en cambio, con lo que acababa de descubrir, volvió a preguntarse si en el baile habría ocurrido algo capaz de impeler a la señora a hacer algo.

¿Seguiría resentida después de tantos años?

Teniendo en cuenta que se pasaba los días y horas en el invernadero que le había construido su amante, era posible que sí.

Según recordaba, lady Inverkillen no se había comportado de ningún modo fuera de lo normal el día de la tragedia.

Si la señora estaba enfadada hasta el punto de desear matar a su marido, había sabido disimularlo.

Y luego estaba Bella, que no se llevaba bien con su padre.

De eso estaban todos al corriente. Eso sí, no es normal matar a tu padre porque te niegue el derecho de tener tu propia doncella, ¿no?

Parecía excesivo incluso para Bella. Aunque también era cierto que la llegada a la familia de Eva, a quien era obvio que detestaba, suponía para Bella bajar puestos en la jerarquía.

Bajo el mando de su madre nunca se había salido con la suya, pero a Angus podría engatusarlo para que le concediera la doncella y entonces podría volver a dedicarse...

a lo que fuera que Bella se dedicase todo el día.

No, en definitiva, tenía que tratarse o de lady Inverkillen o de Constance.

Sin embargo, ninguna de las dos acababa de convencerla en lo referente al móvil.

¿Pudo ser Constance alentada por las ansias de ser condesa?

¿O se habría vengado lady Inverkillen, por fin, del despido de su amante treinta y pico años atrás?

Pero ¿acaso tenía la condesa fuerzas para empujar a su marido?

Era un hombre alto y muy robusto, y ella, en cambio, parecía un pajarito.

Aunque la presa era resbaladiza y si lo había pillado por sorpresa...

Al oír que llamaban a la puerta, la señora MacBain salió de sus conjeturas. Era Ollie, el lacayo. Los perros habían mordisqueado una de las almohadas de la sala de los mapas y había plumas por doquier. Ah, y la señora Burnside requería su presencia en la alacena de los dulces.

Asintió y se levantó de mala gana. El trabajo no perdonaba.

Lawlis, Imogen y el señor Kettering llamaron al timbre de la puerta principal y fueron recibidos, para su desconcierto, por Hudson, que llevaba la nueva mascarilla de tartán.

Tuvieron la buena educación de no comentar nada, pero no pudieron por menos de quedarse mirando.

Estaban poniéndose los guantes y las mascarillas quirúrgicas que el mayordomo les ofreció al aparecer Iris, camino de la biblioteca.

Al reanudar el estudio del cuadro de Rubens, quería saber si habían descubierto algo sobre la pintura, ya que el señor Kettering tenía sus notas.

Al verlo entrar a la casa, notó un revoloteo de mariposas en el estómago.

La abrumó un poco volvérselo a encontrar.

—Ah, Iris, me alegro de verla —dijo Lawlis pasando por delante de Hudson y señalando la biblioteca—. ¿Querría acompañarnos usted también? Si tiene tiempo, por supuesto.

—¿Acompañarlos? —respondió la joven, confundida.

El señor Kettering, que estaba tras Imogen, se movió.

Iris advirtió que había traído el libro y la pintura.

Se puso a razonar a toda prisa: los visitantes imprevistos sacaban al mayordomo de sus casillas, pero se lo veía de lo más tranquilo, o sea, que sí estaba sobre aviso de la visita.

¡Ay, Señor!, ¿se habría metido en problemas?

¿Se habrían dado cuenta de que faltaban cosas? El corazón le latía desbocado.

—Eh... Me encantaría —dijo al fin, tratando de aparentar una seguridad de la que carecía.

Hudson los condujo a la biblioteca, donde los esperaba Fergus. Iris intentaba mantener la calma, pero notaba que se estaba ruborizando. Los hombres se dieron la mano.

Fergus interrogó a Iris con la mirada.

—¿Puedes volver más tarde, Iris? Ahora tenemos una reunión.

—En realidad le he pedido que asista —precisó Lawlis en tono educado.

—Oh, qué curioso. Pues siéntate, Iris —le indicó señalando un sofá y sentándose a su lado—. ¿En qué puedo ayudarlo, Andrew?

A Iris se le hizo extraño sentarse en el sofá en lugar de junto a la ventana.

Nunca había reparado en que había un busto sobre la puerta.

Como no se concentraba en la conversación, decidió levantarse y quedarse de pie en su sitio de siempre, con menos distracciones.

Los ojos se le fueron al señor Kettering.

Lawlis explicó que habían visitado la casa con el señor Kettering durante la fiesta de compromiso y que Iris los había guiado a las mil maravillas. Fergus la miró de lo más sorprendido, pero le dedicó una sonrisa.

—Claro, eres la persona perfecta para eso, ¿verdad? Te pasas el día estudiando las pinturas —dijo en tono algo condescendiente, y la joven consiguió fingir una sonrisa.