Mayo #10
—Te podría chantajear. O dársela a Jarvis. Como Dios quiera que la lea, atará cabos de inmediato.
—¿Y qué cabos ataría? —preguntó él con media sonrisa. Era típico de Ross no tomarse algo así en serio.
—¡Que lady Elspeth o tú empujasteis a lord Inverkillen al río!
—¡No pensarás que hemos sido capaces de algo así! Cómo se te ocurre... Solo es una carta que te has encontrado detrás de un sofá. No quiere decir nada.
—Quiere decir que tenéis un móvil, Ross. Esta carta os incrimina a ti y a lady Elspeth sin lugar a duda. Aunque fuera un accidente, daría igual, porque estas líneas te dejan en una situación muy desfavorable.
—Pero es que la carta no se refiere a mí —dijo él en voz baja, aunque bastó para desarmarla.
La señora MacBain hizo varios intentos de abrir la boca, pero no dijo nada—.
No me puedo creer que estemos hablando de esto, Alice.
Te dije que no abrieras la caja de Pandora.
Aquí hay un tomate de los gordos, pero no es el que tú te piensas.
—Pues explícamelo, porque por ahora...
—¡Por ahora tienes una carta sin fecha ni nombres y tú sacas conclusiones precipitadas!
Dios, eres peor que Jarvis —le reprochó mientras caminaba por la estancia, a todas luces irritado—.
¿En serio crees que le haría daño? Era mi mejor amigo.
Lo quería como a un hermano —dijo, y se acercó a la cocina a coger dos vasos y una botella de whisky.
Después cerró el aparador de un portazo.
Solo entonces fue consciente de su enfado. «¿Y qué te esperabas, Alice? Lo acabas de acusar de asesinato», se reprochó ella mientras lo observaba con atención.
Ross dispuso los vasos y la botella en la bandeja de té, se sirvió con generosidad y extendió un brazo para echar otro tronco a la lumbre en medio de un silencio glacial.
—Que lo que hemos hablado no salga nunca de estas cuatro paredes, ¿de acuerdo? —le dijo él por fin mirándola taciturno hasta que ella asintió—. La carta no se refiere a mí porque Hamish siempre supo lo nuestro.
Ella lo acribilló a preguntas.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con siempre? ¿Cómo se enteró?
—Respira, Alice, no me interrumpas —la cortó mientras atizaba la lumbre y le daba algo de tiempo para tranquilizarse—.
Siempre lo supo. No se puede estar con la hermana de tu mejor amigo a sus espaldas.
No está bien. —Dio un sorbo despacio y prosiguió—.
No me apetecía que Elspeth se escapara y le mintiese a su hermano, así que le pedí permiso a él, y me lo dio.
—¿Cuándo?
—Cuando ella tenía diecinueve años, justo a su regreso de París.
La señora MacBain se quedó de piedra.
—¿Lo supo desde el principio?
Ross asintió y volvió a atizar el fuego.
Su prima, confundida, se quedó un momento dándole vueltas a lo que había escuchado.
—Entonces, ¿de qué va esta carta a lady Elspeth?
—Hamish no se la dirigió a ella... —precisó Ross; respiró hondo y demoró la respuesta un instante—, sino a lady Inverkillen.
Cecil propuso jugar al bridge tras la cena.
Si toda la familia se reunía en una sala, cuando en la partida le tocara de muerto, podría escaparse un instante a la sala de los mapas.
Quería leer aquella carta. Antes de que se le cayera, solo había tiempo de ver que era la letra de su hermano.
Y, si se trataba de una versión anterior del testamento, más valía encontrarla cuanto antes. Llevaba semanas buscando.
Ya en la estancia en cuestión, el comandante se apresuró a encender la lámpara y mirar detrás del sofá.
Los perros se espabilaron y se volvieron a dormir enseguida, pues sabían perfectamente que la presencia de Cecil nunca implicaba paseos ni chucherías.
Se asomó detrás y no encontró nada. ¡Maldición!
A lo mejor la había encontrado la señora MacBain.
Esa mujer se pasaba de eficiente. Casi no le quedaban sitios donde mirar.
Su hermano era veleidoso y Cecil no tenía dudas, aunque tampoco pruebas, de que debía de existir un testamento anterior.
En algún sitio estaría. Solo tenía que dar con él, cambiar la fecha y sacarle partido a su reprobable aunque notable habilidad para falsificarle la firma.
Por supuesto, también le haría falta su sello, pero cada cosa a su tiempo.
Se dirigió al escritorio y se puso a inspeccionar los cajones.
Nada, nada y nada. ¡Pero bueno! Un hermoso abrecartas.
Le dio la vuelta y vio la marca del orfebre.
Era de plata, bellísimo, quizá de época georgiana.
Se lo metió en el bolsillo de la chaqueta, cerró el cajón y alzó la mirada.
Le llamó la atención el cuadro que colgaba sobre el sofá.
Se acercó por instinto. Estaba a punto de tocar el marco cuando se abrió la puerta y apareció un lacayo, que se sobresaltó al verlo.
—Disculpe, comandante. Vi luz y pensé que se había quedado encendida —se excusó con una reverencia y salió deprisa. Cecil se apoyó en el reposabrazos del sofá y suspiró aliviado. El braco alzó la cabeza y le dedicó una mirada de reproche.
—¡De acuerdo! Ya me voy —le dijo al perro—. Pero que sepas que volveré, chucho zarrapastroso.
Mientras regresaba al salón, Cecil no se quitaba el cuadro de la cabeza. Tenía que haber algo detrás. Solo le quedaba por mirar ahí.
La señora MacBain se había quedado ojiplática. Contemplaba boquiabierta a su primo, quien le ofreció un vaso de whisky. Se dispuso a cogerlo, pero él no soltaba el vaso.
—Recuerda: no puede salir de estas cuatro paredes.
Pasados unos instantes, ella asintió y entonces él soltó el vaso. Le dio un buen trago y se dispuso a escuchar a su primo.
—Ocurrió mucho antes de que llegaras a Loch Down Abbey.
Hamish y Victoria no se conocían al casarse.
Y, cuando se conocieron, no se cayeron bien.
Nunca lo entendí, porque ella al principio era muy divertida.
De verdad —precisó ante la cara de sorpresa de su prima—.
Era risueña y parlanchina, siempre andaba riéndose.
Pero a Hamish no le cayó en gracia. Sin embargo, cumplieron con su deber, tuvieron hijos y, luego, en esencia, hicieron vida separada.
Si es que puede llamarse vida a la existencia que Victoria llevó.
Ella y su gente de Inglaterra eran muy sociables.
Salían a montar y a cazar, asistían a bailes y celebraban fiestas en casa.
Planeaba llevar una vida similar aquí. —Calló un momento mientras se servía más whisky—.
Pero no fue así, por supuesto. Lady Georgina se negó a ceder el mando de la casa y Hamish...
Bueno, Hamish, se pasaba la vida en el despacho o dando vueltas por la finca conmigo.
Así que Victoria no tenía nada que hacer y por eso conoció a Garvey.
—Espera —dijo la señora MacBain sacudiendo la cabeza—. ¿Garvey? ¿El que le cuida las rosas a lady Georgina? —preguntó, pues no daba crédito: aquel hombre parecía un gnomo.
—Su hermano. No está tan cascado como el otro.
Cuando mandaron a Angus y Fergus al internado, Victoria decidió dedicarse al cultivo de flores exóticas y le recomendaron que encargase a Garvey montar el invernadero.
Pasaban mucho tiempo juntos y ella era infeliz y se sentía sola.
Viendo las cosas en perspectiva, resultaba inevitable.
Hamish acabó por enterarse de la aventura; le sorprendió, pero no le contrarió —precisó ante el estupor que se dibujaba en la cara de su prima—.
Debió de figurarse que la llama se apagaría una vez que acabase la construcción del invernadero.
Se suponía que solo iba a tardar unos pocos meses, pero entonces Victoria anunció que Garvey se quedaría de forma indefinida y Hamish supo que no era una simple aventura.
Nunca había pretendido que Victoria lo quisiera, pero que viviese una historia de amor, para más inri con un criado, lo sacó de sus casillas.
La señora MacBain hizo amago de replicar.
—Pero lady Elspeth y tú...
Ross levantó un dedo.
—Ah, pero es que Elspeth no estaba casada, era distinto.
Esa carta —prosiguió señalando la misiva— es uno de los primeros borradores que escribió, y fueron muchos.
Cuando Victoria recibió la carta definitiva, se transformó de la noche a la mañana.
Al cabo de dos días, Garvey partió y lo sustituyó su hermano.
Y, en cuanto a ella, no volvió a ser ni sombra de lo que había sido.
No he visto un cambio igual. Se quedó desprovista de vida.
Ross dejó el vaso en la repisa y salió a por más leña mientras la señora MacBain lo asimilaba todo.
Lady Inverkillen había sido una mujer risueña y parlanchina.
Ver para creer. Desde que conocía a la señora, siempre había sido un ser ausente, casi fantasmal.
Le dio otro buen trago al whisky y contempló el fuego, aliviada de saber que Ross quedaba exculpado. Pero ¡pobre lady Inverkillen!
Ross volvió a entrar en la casita, echó un leño a la lumbre y lo colocó con el atizador. Se sentó, miró un momento a su prima y le preguntó:
—¿Hay algo más que quieras sacar a relucir? ¿Alguna otra acusación? Por lo que parece, a tu juicio no tengo sentido de la moral ni nada que se le parezca.
La señora MacBain suspiró y sacudió la cabeza, afligida.
—Ay, Ross, lo siento mucho. Leí la carta y me preocupé mucho por ti. Es que... No pensé las cosas. ¿Me perdonas?
Ross le arrancó la carta de las manos y la tiró al fuego.
—Apura el whisky, que te acompaño a la casa. Esa falda no es de fiar con esta oscuridad —dijo él, sin perder detalle de su uniforme. Por suerte, Ross no era de los que guardasen rencor.