Mayo #9
A la semana siguiente, la señora MacBain se reunió con lady Georgina para cerciorarse de la calidad de la comida.
Desde luego, el permiso de cambiar los menús en función de las necesidades le había facilitado mucho el trabajo a la señora Burnside.
La matriarca estaba encantada y la señora MacBain suspiró aliviada. «Al menos esto sí marcha bien», pensó.
De regreso a las escaleras del personal, advirtió que la puerta de la sala de los mapas estaba entornada.
Con la mano a punto de asir el pomo para cerrarla, se topó con Cecil, quien casi la atropella al salir de la estancia.
Este se disculpó de manera atropellada y salió disparado con una mano en la frente.
El ama de llaves se asomó a la sala, esperando ver a Fergus, pues solía trabajar allí por la tarde, pero curiosamente estaba desierta.
¿Qué haría allí Cecil? Ese hombre se pasaba los días merodeando por la casa, pero era la primera vez que se lo encontraba en la sala de los mapas.
Cruzó el umbral y observó a su alrededor.
Los perros roncaban en el sofá. El escritorio principal parecía ordenado, como siempre.
Le echó un vistazo al sofá del rincón, con los cojines manga por hombro.
Los había sacudido y colocado hacía apenas una hora.
Rezongando, se dispuso a arreglarlos de nuevo.
Cuando hubo acabado, se dio cuenta de que había una huella de mano en una de las estanterías.
Debía de haber manoseado los libros. La señora MacBain resopló por lo bajini.
No era posible que hubiera tanto polvo. Sacudió la cabeza mientras intentaba recordar qué sirvienta se había encargado de limpiar aquella sala.
Puesto que no se acordaba, decidió hablar con todas.
Cuando se recuperasen, claro. De pronto, la tristeza se apoderó de ella.
Apartó esa emoción y rebuscó su pañuelo en los bolsillos, pensando que más más valía ocuparse del polvo en ese preciso instante, antes de que lo viesen los señores.
Al pasar tras la mesa auxiliar para llegar a la esquina de la estantería, reparó en una hoja que había detrás del sofá.
Así que era a aquello a lo que había ido Cecil: a por aquella carta.
Al tratar de alcanzarla, se dio un doloroso cabezazo contra la estantería y maldijo en voz baja.
Se agachó con más cuidado y extendió el brazo.
Había que mover el sofá un par de dedos a la izquierda.
Fue al otro lado, apartó un poco la mesita y tiró del sofá, para desgracia de su espalda.
¿Cómo podía pesar tanto? Mientras recolocaba la mesita, se fijó en que también en el suelo había polvo; a continuación, fue al lado derecho y trató de empujar el sofá.
No fue capaz. No era raro que Cecil hubiese salido de tan mal humor.
Miró en torno y dio con un atizador. Al agarrarlo, se despertaron los perros; animados por la idea de que les diese algo o de salir a pasear, la siguieron detrás del mueble.
Con la herramienta, pudo alcanzar la misiva.
Estaba a punto de leerla cuando Fergus irrumpió en la sala.
Se la guardó instintivamente en el bolsillo y se escondió el atizador en la falda.
—¡Oh, señora MacBain! —exclamó Fergus, sobresaltado, con la mano en el corazón—. No la había visto.
—Disculpe, señor. He venido a arreglar la sala.
Fergus se dirigió al escritorio sin dejar de leer la carta que llevaba.
No reaccionó de ningún modo al sentarse, así que Cecil no debía de haber alterado sus cosas.
La señora MacBain se acercó a la chimenea.
Cogió un marco de fotos de la repisa y lo recolocó con gran ruido mientras dejaba el atizador en su sitio.
—Regresaré más tarde, señor.
En respuesta, Fergus agitó la mano, distraído. El ama de llaves respiró hondo mientras cerraba la puerta. Alzó la mirada hacia el retrato de lady Morag.
—Ha faltado poco —suspiró, y fue como si la pintura le devolviera la sonrisa.
De nuevo en su despacho, con la puerta cerrada a cal y canto, la señora MacBain examinó la carta. No constaba ni fecha ni dirección, pero era la letra de lord Inverkillen sin lugar a duda. Se sentó ante el escritorio y leyó lo que había escrito en tinta negra.
Sé lo de la aventura y debe acabar.
A la señora MacBain casi se le para el corazón.
No sé cuándo empezó, ni por qué, ni me importa.
Pero debe acabar. Podría aceptar un flirteo.
Pero una historia de amor es intolerable, y más entre un criado y su señora.
No sé qué traición es más grave, si la tuya o la suya, pero voy a asegurarme de que esta familia no se vea humillada ni envuelta en escándalos.
Le pondrás fin de inmediato y él no volverá a pisar Loch Down Abbey.
La señora MacBain dejó caer la mano de golpe en el regazo y la carta se le resbaló al suelo. «Cielo santo, Ross, ¿qué has hecho?», se dijo.
Mientras los señores cenaban, la señora MacBain recorrió con calma el bosque en dirección al cottage del guardabosques.
Debía hablar con Ross sobre la carta, aunque no tenía muy claro qué le iba a decir.
Se había pasado la tarde reconstruyendo el día de la muerte del conde en su cabeza, tratando de recordar el paradero de Ross y lady Elspeth.
A su primo no lo había visto, lo que entraba dentro de la normalidad, pero ello implicaba que podía haberse encontrado con el señor conde y esa posibilidad la atormentaba.
No concebía que Ross pudiera cometer un asesinato. No estaba hecho de esa pasta.
«¿Y qué sabrás tú de asesinos, Alice MacBain?», se preguntó. Solo lo que había leído en las novelas.
Pero tampoco lady Elspeth encajaba en el perfil.
Sí, salía a pasear al bosque por la tarde, así que el barro en la ropa no habría levantado sospechas.
Pero ¿y la historia aquella de que había oído voces en la presa?
Si era verdad, podrían ser las de Ross discutiendo con el conde.
Si era mentira, podría tratarse de ella misma. O de ambos. Era imposible saberlo.
Repasó la escena mentalmente, primero con Elspeth y luego con Ross: se pusieron a discutir, después a pelear y finalmente al agua.
Tenía toda la lógica, pero ¿iba a dejar que se ahogase?
Le costaba creerlo. Sin embargo, eso era justo lo que la persona en cuestión había hecho.
Y, a la luz de aquella carta, podía tratarse de su primo.
¡La maldita carta! Nunca habría sospechado de Ross hasta encontrarla.
Era lo único que lo incriminaba. De no existir, no habría móvil que lo vinculara con la muerte.
Podía destruirla y nadie sabría nada. Pero entonces pensó en Cecil y se lamentó para sí.
¿La habría leído? Y, en ese caso, ¿la habría entendido?
Era posible que se hubiera deshecho de ella antes de poder leerla.
Pero ¿estaba dispuesta a correr el riesgo de dejar ese cabo suelto?
¿Quién estaba al corriente de la relación de Ross y lady Elspeth? Debía proteger a Ross.
Divisó el cottage y a su primo, que cortaba leña. La señora MacBain aún no sabía cómo abordar el asunto. No era normal preguntarle a tu primo si había matado a alguien. Respirando hondo, la señora MacBain avanzó por el claro y lo saludó.
En plena faena, Ross se giró y bajó el hacha.
—Alice, ¿qué haces aquí?
Le sorprendió verla. Se tardaba un buen rato en llegar desde la casa y ella rara vez tenía tiempo libre. Pero allí estaba, a la hora del atardecer y con aire preocupado.
—Quería hablar contigo. ¿Estás ocupado?
Ross dejó el hacha en el suelo, apoyada en la pila de leña.
—Qué va, ya seguiré mañana —dijo mientras se ponía la camisa dirigiéndose a la puerta—. Voy a preparar la tetera.
Más que un verdadero cottage , la morada de Ross era una choza, una construcción de piedra de escasa altura con solo dos ventanas que flanqueaban la puerta de madera.
Llevaba años sin pasarse y la sorprendió lo pequeña que era: un único espacio con una cocina improvisada y, a la izquierda, una cama empotrada en la pared y una puerta de madera que, supuso, debía de dar a una letrina o un aseo.
Era poca cosa, pero Ross no parecía necesitar mucho más.
Le ofreció una silla junto al fuego y puso a calentar la tetera.
Cuando el té estuvo preparado, se sentaron uno frente a otro.
—Bien, ¿cómo es que te has aventurado a venir? —preguntó Ross tratando de quitarle hierro a lo que fuera que su prima iba a contarle; algo serio, a juzgar por su semblante.
La señora MacBain respiró hondo y se sacó la carta del bolsillo.
—Ross, tienes que decirme la verdad.
—¿Y por qué iba a mentirte? —preguntó él, desconcertado por la gravedad del tono.
—Esta tarde me he encontrado esto en la casa y necesito que me des explicaciones —le pidió; le tendió la carta, que sujetó un momento antes de soltarla. Ross la leyó deprisa, sin mudar de expresión. Miró a su prima y luego ladeó la cabeza—. ¿Dónde la has encontrado? —preguntó con aparente cautela.
—En la sala de los mapas, detrás de un sofá —respondió sin perder detalle sobre su reacción—. Es de Hamish, ¿verdad? ¿Estabas al corriente?
Ross dudó y luego asintió una única vez.
—¿Desde cuándo lo sabía? La carta no lleva fecha —inquirió ella.
Ross se quedó mirando a su prima unos instantes y volvió a leer la misiva. Al acabar, se puso en pie y se quedó contemplando la lumbre, apoyado en la repisa. Su prima se preguntaba en qué estaría pensando.
—Ross, si esta carta hubiera caído en poder de Jarvis...
—Pero no ha sido así.
—Pero habría podido suceder.
—Pero no ha pasado, Alice.
—No, porque me la encontré yo. Si no, estaría en manos de Cecil —precisó ella ante la atenta mirada de Ross, inquieto por esa posibilidad—. No sé si la leyó o no antes de que fuese a parar a aquel rincón. Lo que sí sé es que trató de alcanzarla, de modo que sabe de su existencia.
—No le serviría de nada, porque no lleva ni fecha ni nombres.