Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Mayo #8
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Mayo #8

A la señora Burnside, en cambio, le resultaba más difícil.

Aparte de la ingente cantidad de platos que se esperaba que elaborase con la única ayuda de Lockridge, le costaba procurarse los ingredientes.

Le entregaban los pedidos con menor regularidad y siempre se había agotado algún artículo: una semana faltaban las patatas y el azúcar, a la siguiente, la harina y la mantequilla.

Así, era imposible prever de qué alimentos carecería.

Improvisar una cena para el personal era sencillo, pero elaborar los sofisticados menús de los señores resultaba cada vez más difícil.

A menos que batiesen su propia mantequilla, según la cocinera, se agotaría en cuestión de dos semanas.

¿Qué iba a ser lo siguiente? ¿Moler la harina ellos mismos?

La señora MacBain le planteó el problema con tacto a lady Georgina, que reaccionó de forma mucho más razonable de lo previsto.

—Indíquele a la cocinera que consulte los libros de recetas de la época del racionamiento.

Todavía debemos conservarlos. Seguro que le son de ayuda.

Durante la guerra, los recursos eran magros, pero no se notó.

Ha de mantenerse el nivel del servicio. Los muros de esta casa han presenciado revueltas, hambrunas e invasiones.

Por los clavos de Cristo, ¡sobrevivimos hasta a los ingleses!

¡No nos amilanaremos ahora por esto! —exclamó—.

Dígale a la cocinera que ajuste lo que considere necesario en función de los ingredientes disponibles.

Los platos pueden variar, pero esperamos que sigan siendo dignos de esta casa.

La señora MacBain se quedó sin palabras, al igual que la señora Burnside cuando a los pocos minutos recibió las consignas en la cocina. Que se le permitiera elaborar los menús según los alimentos que pudiera comprar era una decisión sensata, desde luego, pero también radical.

Con todo el barullo de los días previos, la señora MacBain ya no se acordaba de la cesta de pesca con el material de dibujo.

Cuando abrió el armario para buscar otra cosa que no tenía nada que ver, se cayó la cesta con todos los lápices.

La examinó mientras la colocaba en su sitio.

Algún morador de la casa había estado en la presa con Hamish, de eso estaba segura.

Pero ¿quién? Habiendo recorrido el trayecto de ida y vuelta, sabía que a cualquiera de ellos le habría dado tiempo a hacerlo entre la hora del té y la de cenar.

Pero resultaba extraño pensar que aquella gente saliese; de hecho, después del té, tan solo lady Elspeth y lady Inverkillen solían hacerlo.

El ama de llaves se preguntó si algún miembro de la familia estaría al corriente de la relación de lady Elspeth y Ross.

Los Ogilvy-Sinclair no eran muy observadores que se dijera, desde luego, pero los niños no se parecían a Philippe.

Suponiendo que Hamish sí lo supiera, ¿por qué iba a decirle nada a Elspeth justo entonces?

¿Quizá acababa de enterarse? Pero ¿cómo?

¿Y por qué reunirse en la presa? Estaba claro que, en lugar de allí, habría ido al cottage a enfrentarse con Ross.

En cuanto a Elspeth... Bueno, en la casa sobraban estancias en las que tratar el tema en privado.

¿Se habría inventado la historia de los gritos en la presa para forjarse una coartada?

Tenía que hablar al respecto con la señora Burnside.

Elspeth dijo que había salido por la puerta de la cocina.

Si era verdad, la cocinera o alguna de sus ayudantes también habrían oído la discusión en el patio de servicio.

Encontró a la señora Burnside en la cámara fría, comprobando el último pedido.

—Cuando haya terminado, ¿podemos hablar en privado? —le preguntó el ama de llaves a la cocinera.

—Por supuesto. Deme diez minutos para acabar con esto —respondió la señora Burnside, y señaló unas cajas en el suelo—. Si no, los perros se darán un festín.

—La espero en mi despacho.

Sin embargo, el ama de llaves salió por la puerta de la cocina y curioseó alrededor de la furgoneta de reparto.

Frente a la puerta, había un camino que se adentraba en el bosque.

Giró a la derecha, rodeó la casa y entró al patio del servicio.

No era un lugar en absoluto discreto para discutir.

Se dirigió a la puerta del guardarropa y se quedó en el umbral, tratando de visualizar la escena que lady Elspeth le había descrito.

Sencillamente, no había manera de salir por allí e irse al bosque sin ser visto desde el patio.

Y, por su propia experiencia, sabía que en la cocina se oía todo lo que pasara en el patio.

De haberse producido una pelea, la señora Burnside estaría al corriente.

Regresó a su despacho y la aguardó, cada vez más expectante.

La cocinera llegó con una bandeja.

—Traigo té para nuestra charla y unas galletas nuevas que acaban de llegar de Tunnocks, una panadería de Glasgow. Quieren ver si nos gustan.

Dejó la bandeja en el escritorio mientras la señora MacBain cerraba la puerta.

—Oh, son muy amables. Deles las gracias de mi parte.

Se acomodaron y se sirvieron té y galletas.

—Bien, ¿qué le preocupa? —preguntó la señora Burnside.

—Algo que oí el otro día. Me preguntaba si sabría algo más. Parece que Fergus y el señor conde tuvieron una trifulca en el patio de servicio el día en que este murió. ¿Usted oyó algo?

La pregunta sorprendió a todas luces a la cocinera.

—¿Y quién no? Con la zapatiesta que montaron, seguro que los oyeron hasta en el pueblo.

A la señora MacBain se le aceleró el pulso.

—¿Qué sucedió?

—Pues me figuro que Fergus se enfadó por lo de la venta de la destilería y su padre estaba harto de que le fuera con la cantinela.

Hablaron de no sé qué sobre un plan que se iba al traste y que perdían dinero.

Yo no quería escuchar, pero ya sabe que el patio reverbera —precisó la cocinera, y el ama de llaves asintió—.

Por suerte, en la cocina solo estábamos Sadie y yo.

—¿Cómo acabaron?

—Uy, como siempre: a insultos y con uno que se fue echando humo.

—¿Cuál era el que echaba humo?

La pregunta desconcertó a la cocinera.

—Pues no lo tengo claro. Lady Elspeth lo sabrá. Vino a la cocina justo entonces, con la ropa de salir a caminar. Pero ¿qué es lo que pasa?

La señora MacBain no contestó. Miraba el fuego fijamente con semblante inquieto.

—Ah, se estará preguntando si Fergus fue y empujó a su padre para que cayera al río —aventuró la señora Burnside con aire de ligereza.

El ama de llaves alzó la mirada, sorprendida—.

Me lo figuraba. Pero no se preocupe. Diez minutos después de la riña vino a la cocina y le di una taza de té y un hojaldre de salchicha.

Y no dejaba de pedir disculpas por el alboroto.

La señora MacBain respiró hondo.

—¿Le dijo de dónde venía?

—Supongo que de desfogarse cortando leña. Ollie me contó que la leñera estaba hecha un desastre, todo lleno de astillas y palitroques.

De los labios de la señora MacBain salió un suspiro de alivio.

—De desfogarse con la leña, gracias a Dios —sonrió y cogió una galleta—. Aunque no solemos encargar galletas...

—Mi madre habría dicho que son un piscolabis muy apetecible —dijo la señora Burnside mientras masticaba pensativa.

—Sí que son excelentes, ¿verdad? —añadió el ama de llaves y ambas se quedaron calladas un momento.

La cocinera observó a su colega con atención y le preguntó:

—¿De veras cree que lo tiraron al río?

La señora MacBain negó con la cabeza pausadamente.

—Lo cierto es que no lo sé. Lo que tengo claro es que algo no cuadra. Y no podemos confiar en que Roddy Jarvis lo vaya a resolver —añadió, y ambas sonrieron—. Olvídelo todo. Más me valdría no levantar la liebre.

De nuevo sola, la señora MacBain reflexionó sobre la pregunta de la cocinera: ¿de verdad creía que alguien de la casa había matado al señor conde? De manera intencionada o por accidente, alguien estuvo con él en el río. De eso estaba segura, pero no de quién.

¿Angus? La destilería formaba parte de su herencia y lord Inverkillen la había vendido sin informar a sus hijos.

No es que a Angus pareciera importarle gran cosa la finca.

Le daba la impresión de que el título y el dinero sí los valoraba, pero la responsabilidad que implicaban la propiedad en sí, la casa, los negocios...

Les costaba Dios y ayuda sacarlo del pabellón de tenis para que atendiera las escasas obligaciones que le concernían.

No, Angus no se habría afanado por eso. Lady Constance, en cambio, era otro cantar.

Ansiaba ser condesa y señora de la casa.

Pudo perfectamente bajar a la presa y volver antes de la cena.

Aunque también era cierto que la señora MacBain nunca la había visto salir a los terrenos.

Luego se planteó si había sido lady Inverkillen.

Salía con frecuencia a pasear y bien podría haber bajado al río y regresado antes de que Maxwell le preparase el baño.

Pero ¿por qué querría matar a su esposo?

¿Qué ganaba con su muerte? Que la señora MacBain supiera, nada.

Que lady Inverkillen tuviese un techo, en Loch Down Abbey u otro lugar de la finca, dependería de Angus, quien también controlaría su asignación.

Nadie ansiaría llevar ese tipo de vida. ¿Y por qué, entonces?

¿Por qué no un año antes? ¿O seis meses antes?

¿Qué podía haber cambiado que la impeliese a actuar?

El ama de llaves se preguntó si en el baile habría ocurrido algo que no habían mencionado. Cabía dentro de lo posible.

Un golpetazo desde la cocina la devolvió a la realidad. «Uy, ¿ahora qué pasará?», pensó irritada, y se dirigió a comprobarlo.