Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Mayo #7
39%

Mayo #7

Decidió hacer de abogada del diablo. «Pongamos —se dijo— que Fergus, en efecto, fue a la presa para proseguir la discusión.

Hamish deja sus cosas en la orilla. Fergus llega, se pelean y Hamish acaba en el agua.

Pero aquel punto es demasiado somero como para que se lo lleve la corriente, así que Fergus arrastra a su padre a la parte honda y luego regresa a la casa.

Pero habría vuelto con la ropa empapada y eso no lo mencionó nadie.

¿Y si Hamish ya estaba en el dique al llegar Fergus?

El padre se cae y, entonces, ¿qué hace el hijo?

¿Mirarlo mientras se ahoga? No, Fergus habría hecho algo.

Habría tratado de rescatarlo y, de no haber podido, habría ido en busca de ayuda.

Pero, igualmente, nadie lo había visto con la ropa mojada».

Quizá Fergus no había estado en la presa. Lady Elspeth suponía que era Fergus, pero no tenía pruebas. Decía que podía tratarse de cualquiera. Pero ¿quién? Tenía que descubrir el paradero de todos durante aquella tarde.

La señora MacBain fue a buscar a Hudson. Lo encontró en su despacho, murmurando mientras le sacaba brillo a la plata. Llamó suavemente a la puerta, entró y cerró tras de sí.

—¿Puedo ayudarla en algo, señora MacBain? —le preguntó él con formalidad.

—Sí, señor Hudson —contestó ella. Tras pensárselo un instante, le preguntó, como quien no quiere la cosa:

—El día en que los señores regresaron del baile, por la tarde, ¿quién se reunió a tomar el té?

El mayordomo soltó la bayeta y observó perplejo al ama de llaves.

—¿A tomar el té? ¿Puedo preguntarle por qué le interesa?

La señora MacBain maldijo para sí misma. No esperaba que la interrogase. ¿Qué podía decirle? ¿Que sospechaba que alguien de la familia había asesinado al señor conde? No era lo que se dice de lo más sutil.

—Hay algo que me reconcome desde aquella tarde y quiero quitármelo de la cabeza. No sé por qué, pero no dejo de darle vueltas —dijo en tono neutro, o así pretendía que lo percibiese.

Hudson depositó la plata y miró fijamente al ama de llaves. Tras la pausa más larga de la historia, empezó a hablar en voz baja.

—Y porque cree que alguien empujó al señor conde al río.

Se miraron frente a frente unos segundos. O bien él era más sagaz de lo que ella creía, o bien ella era más transparente de lo que deseaba. En todo caso, las cartas estaban sobre la mesa y más valía ganarse un aliado que un enemigo.

—Sí —susurró ella mientras se sentaba.

—¿Cree que debemos vigilar a alguien en especial?

La señora MacBain se ruborizó ligeramente y agachó la mirada.

—No, solo quería saber quién acudió a tomar el té —le respondió al mayordomo, que guardaba silencio—. ¡Y no me mire de esa forma!

—¿De qué forma?

—Así mira usted a los lacayos cuando cometen un error —respondió, e hizo una pausa antes de proseguir—. Quiero saber quién asistió al té solo por quedarme tranquila.

—De acuerdo —convino él juntando los dedos bajo la barbilla, un gesto que hacía para concentrarse—. Bella, Angus, Hugh y lady Inverkillen llegaron ipso facto . Luego Iris y, después, lady Georgina, que llegó tarde.

—¿Con Cecil?

—No, pero me parece que le habían preparado la bañera.

—¿No sabe hacerlo solo? —se sorprendió el ama de llaves. Hudson la miró y ella negó con la cabeza—. No, claro. ¿Y Fergus y lady Elspeth? ¿Y Constance?

—Ah, es verdad. Lady Elspeth sí estaba. Llegó con lady Inverkillen, si no recuerdo mal. Pero Fergus y Constance no aparecieron.

—¿Y los demás? ¿Philippe? ¿Eva?

—¿No creerá que estén implicados? —se escandalizó el mayordomo—. Lady Eva apenas conocía al señor conde.

—No, por supuesto —respondió ella con una sonrisa forzada—, pero resulta de ayuda saber dónde estaba cada cual. Como las piezas en una partida de ajedrez —añadió mientras se levantaba y se dirigía a la puerta—. Gracias, señor Hudson.

—Encantado de ayudarla, como siempre, señora MacBain.

Regresó despacio a su salita, pensativa, pasando revista a los Inverkillen.

Lo cierto era que no creía que Hugh, Philippe ni Eva hubieran discutido con Hamish.

Cielo santo, pero si Eva solo llevaba cuatro o cinco días en la casa cuando ocurrió.

No, tenía que ser un familiar directo. Pero ¿Fergus? Se estremeció.

Entonces cayó en la cuenta: ¿cuánto se tardaba en bajar a la presa y volver? Entre la hora del té y la de vestirse para la cena, ¿había margen para ir y regresar? Miró el reloj, calculó que tenía el tiempo justo de comprobarlo y fue a calzarse las botas de agua.

Ese mismo día, más tarde, se instó a todo el servicio a trasladar a lady Georgina de Drummond House.

No había resultado nada fácil encontrarle aposentos, es decir, encontrarle unos que juzgara aceptables.

Loch Down Abbey había sido su hogar durante casi cincuenta años y, como condesa, siempre había ocupado la suite Stuart.

Sin embargo, ni se le habría ocurrido hacer que lady Inverkillen se trasladase durante el duelo.

De todos modos, tal posibilidad no se le llegó a plantear a su nuera, que no había vuelto a salir de sus habitaciones.

Lady Georgina inspeccionó todos los aposentos de la planta de los señores y ningunos le parecieron adecuados.

La idea de instalarse en el segundo piso ni siquiera se valoró.

Al final, tras un monumental enfrentamiento entre Bella y Constance, Fergus le cedió su dormitorio.

Bella se negó a ofrecer su baño y Constance rehusó trasladarse a unas habitaciones de menor empaque; la nueva condesa era ella, ¡por el amor de Dios!

Si se cambiaba, sería a la suite Stuart.

En cuanto se hubo instalado, lady Georgina empezó a retirar el mobiliario de aire masculino.

A Lockridge y Ollie se les encomendó trasladar el suyo desde Drummond House.

Se despejó el vestidor de Fergus y la condesa viuda pidió que instalasen su tocador y su joyero, que era un mueble alto con cuarenta cajoncitos cuyas inscripciones de plata indicaban las respectivas piezas.

Nadie sabía muy bien para qué necesitaba el joyero con toda su colección, pero se trasladó de todos modos y lady Georgina pidió que Maxwell empaquetase y desempaquetase esa pieza en particular, puesto que tal cometido solo sabía hacerlo una doncella.

No obstante, como no la encontraron, hubo de encargarse la señora MacBain.

Para remate, la matriarca empezó a insistir en que le llevasen su cama.

Presa del pánico, el ama de llaves inició enseguida una campaña para disuadirla.

Le recordó a la condesa viuda que su cama se había montado dentro de su dormitorio y no podía trasladarse sin cortarla en trozos más pequeños.

Tras un extenso debate, lady Georgina se contentó a regañadientes con la cama de Fergus, pero pidió que cambiasen los tapices por otros más femeninos.

La señora MacBain aceptó, contenta de haber llegado a un compromiso.

Cualquier solución era buena con tal de no serrar los muebles.

Pero luego la condesa viuda dijo que necesitaba un despacho y precisó que no aceptaría ninguna estancia de menos categoría que la sala de música.

Era lo bastante amplia como para recibir a sus visitas, pero no tan grandiosa como para resultar extravagante.

Lady Georgina rechazó la objeción de que lady Inverkillen tocaba el piano allí por las tardes con un simple comentario: las damas en duelo no tocan el piano.

Así las cosas, se acomodó en la sala de música su escritorio, una gran pieza ricamente labrada que había heredado de su padre y que resultaba ridícula en aquella sala delicada y espaciosa.

Tuvieron que retirar un sofá para que las cristaleras pudieran abrirse.

Lockridge temió que pidiese que se llevasen el piano, pero por suerte no se le ocurrió.

Una vez preparadas las habitaciones, lady Georgina se sorprendió de sentirse tan a gusto de regreso en Loch Down Abbey.

Aunque había que reconocer que ocupaba unas estancias de menos categoría, había recuperado el control de la casa.

Lady Inverkillen nunca se había preocupado mucho por los horarios, y Constance apenas sabía organizar una servilleta, ni mucho menos una gran mansión.

En aquella época, era la señora MacBain quien realmente llevaba la casa.

«No —pensó—, Loch Down Abbey requiere una mano firme y aristocrática al timón.

Angus necesita disciplina para salir airoso».

Puesto que no veía otra alternativa, lady Georgina asumió el mando y reinstauró la rutina de sus tiempos como condesa, lo que fue un alivio para la señora MacBain, quien apreciaba en grado sumo la buena organización.

Cada mañana a las nueve en punto, lady Georgina recibía en la sala de música.

Los martes se reunía con la señora MacBain para planear el menú de la semana y otros asuntos domésticos.

Los miércoles atendía al guardabosques y al abogado para tratar de los asuntos de la finca.

Los jueves tenía cita con la modista y la peluquera.

Los viernes, con Hudson. Solía reservar los sábados para dar una vuelta por la rosaleda con el jardinero, pero, desde que había regresado a Loch Down Abbey, se preguntaba si le quedaría tiempo para ello.

«Lástima», suspiró. Ese año sus rosas estaban tan hermosas y, sin embargo, visualizó cómo le quitaban de las manos la copa de plata con que galardonaban las mejores del condado.

Pero el deber era el deber y Loch Down Abbey la requería.

El servicio conocía perfectamente los usos que reinstauró y respondieron a ellos sin un pero.

Por otra parte, lady Georgina tampoco habría consentido la menor objeción.

Desde el punto de vista del personal, en todo caso, el rigor de la condesa viuda facilitaba el trabajo.

La señora MacBain empezó a comprender, como si fuese una revelación, el modo en que la casa podía funcionar con eficacia aun faltando gran parte del personal.