Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Mayo #6
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Mayo #6

—¿A qué se refiere con el equipo al completo? —preguntó Angus, que fruncía el ceño confundido—. No era consciente de que faltase nadie.

El médico lo miró, estupefacto.

—Hay quince bajas en el servicio, señor. Casi la mitad. La mayoría se encuentran en la buhardilla de la casa de la condesa viuda, pero los otros cuatro o cinco supongo que se habrán escabullido por la noche. ¿De verdad no lo había notado? —preguntó, sin dar crédito.

—Un momento, doctor —terció lady Georgina, alarmada al empezar a comprender la situación—. ¿Nos está diciendo que mi casa se ha transformado en una especie de sanatorio a mis espaldas?

El doctor notó que se había adentrado en terreno pantanoso. Más valía zanjar el tema.

—Fue a petición mía, lady Georgina. En esta casa, los dormitorios del servicio están en la misma planta que los de los niños, y quise mantenerlos lo más lejos posible del foco de infección. Por tanto, pedí que los pusieran en cuarentena en otro lugar.

Por una vez, la matriarca se quedó sin palabras, pero se recompuso al instante.

—¡Pues hay que trasladarlos de inmediato! Alguna otra casa tendremos en la finca adonde los podamos mandar. —Miró a Angus y, acto seguido, a Fergus. Ninguno de los dos respondió. El primero encendía un cigarro y el segundo trataba de asimilar las palabras del médico—. ¿O al hospital?

—Me temo que no quedan camas, señora —dijo el doctor—. Las instalaciones están saturadas desde hace ya varios días.

—Quizá deberíamos trasladarlos a la planta del servicio de Loch Down Abbey y precintarla —propuso Cecil, que intentaba razonar—. Podemos instalar a los niños en la segunda planta del ala este. ¿Qué le parece, doctor?

—Sería preferible que reposasen en sus propias camas, sí, pero lo que me preocupa es que ustedes vivan bajo el mismo techo que el personal contagiado.

—¿Y entonces qué? ¿No querrá que nos vayamos a vivir a Drummond House?

—Sé que no es lo ideal, pero... —El doctor hizo una pausa y se encogió de hombros.

—¿Que no es lo ideal? ¿Pretende que todos vivan en mi casa?

No cabrían de ninguna manera —clamó lady Georgina—.

E incluso aunque cupiéramos, que le aseguro que no, ¿cómo íbamos a llamar al servicio?

¿Eh? Los timbres de ambas casas no se comunican.

¿Los llamaríamos por teléfono cada vez que necesitásemos algo?

—Si el servicio permanece en Drummond House y mamá se traslada aquí —propuso Elspeth con la esperanza de aportar una solución razonable—, bastará con que acudan por la mañana a la hora habitual.

—No, no lo entiende —la interrumpió el doctor tratando de disimular que estaba perdiendo la paciencia—.

Para protegerse de la infección, deben evitar el contacto con ellos.

Puesto que aún no sabemos cómo se propaga, lo más seguro es aislar al personal en Drummond House hasta que se hayan curado por completo.

—¡Sí, hombre! ¿Pretende que la casa funcione sin sirvientes? —exclamó Angus, atónito.

—Eso mismo —respondió en doctor de mala gana—. Es por causa de fuerza mayor.

Se armó un gran revuelo, como había previsto:

—Los Ogilvy-Sinclair no viven sin servicio...

Es una afrenta a la decencia y al propio rey...

¿Cómo se le ocurre que pueda funcionar? ¡¿Se supone que voy a prepararme mi propio desayuno y a llevármelo al dormitorio?

! ¿Acaso parezco el tipo de mujer que acarrea bandejas?

¿Qué sentido tiene pertenecer a la aristocracia si se carece de sirvientes?

Ni siquiera sé dónde está la cocina... ¿Alguien lo sabe?

La desagradable lluvia de quejas de los privilegiados continuó un rato. El doctor los dejó desahogarse mientras se evadía pensando en su huerto. Decidió que ese año plantaría remolachas y, por fin, alzó las manos para pedir silencio.

—Por favor, cálmense. Conservarán a la señora Burnside y les garantizo que está sana como una rosa —dijo el médico. Nadie reaccionó y él alzó los ojos al cielo—. La señora Burnside es su cocinera.

—Ah, bueno, algo es algo —dijo lady Georgina—. ¿Con quién más podemos contar?

Al final, se acordó que iban a quedarse aquellos a quienes el doctor considerase sanos, pero llevarían mascarillas y guantes mientras estuvieran en las plantas de los señores. Les enviaría el material desde la consulta por la tarde. Al primer síntoma los trasladarían a la casa de la condesa viuda.

Solo quedaba una cosa.

—Debido a la naturaleza de la enfermedad, debo pedirles que no abandonen la casa y que limiten estrictamente las visitas. Cuantas menos, mejor —añadió mientras se preparaba para un nuevo chaparrón.

Pero no abrieron la boca.

«Vaya familia rara», pensó.

—Entonces, ¿nos tenemos que ocupar nosotros dos solos de todos ellos, que son diecinueve? —preguntó Ollie, el único lacayo que quedaba—. ¡Caray! ¿Cómo nos las vamos a arreglar?

—¡Es que no nos las vamos a arreglar! —gritó la señora Burnside, presa del pánico—.

No me queda ninguna ayudante y me resulta imposible preparar a diario y sin ayuda cuatro comidas para veinte personas, sin contar las de los niños y el personal.

Estoy sola, ¡por el amor de Dios! ¡Si ni siquiera alcanzo a las baldas de arriba de la alacena! ¡Para eso tenía a Maisie!

—A nadie le gusta la situación —dijo Hudson—, pero de momento tendremos que encargarnos de las más variadas y extrañas tareas.

Señor Lockridge, por favor, ¿podría ayudar a la señora Burnside en la cocina?

Ya sé que usted es chófer, pero ahora la condesa viuda vive aquí y no tendrá que llevarla en coche durante una temporada.

Yo diría que usted sí que llega a los estantes superiores.

—Ayudaré encantado, señor Hudson —aceptó Lockridge de inmediato—. Pasé buena parte de la infancia en la cocina de mi madre —añadió, aunque la señora Burnside no parecía convencida.

La señora MacBain daba vueltas por la cocina pensando en una solución. Insegura, murmuraba:

—Con un lacayo y un mayordomo no basta para que las cosas funcionen arriba. Ollie y Maxwell tendrán que ayudar a encender el fuego por la mañana. ¡Ah, gracias a Dios que está Maxwell! Y también contamos con Mackay. Es posible que nos las arreglemos.

Maxwell y la señora MacBain tendrían que vestir a las señoras después de llevarles el desayuno.

No sería fácil, pero tampoco imposible. Servir la comida y el té no era ningún problema, puesto que siempre lo habían hecho entre Hudson y un solo lacayo.

Pero la cena... Eso sí que sería complicado, por no hablar de la colada y de hacer las camas.

¡Ay, Señor! ¿Y quién encendería las chimeneas por la tarde, las de los dormitorios, sobre todo?

Quizá, al final, la señora Burnside tendría que subir a las plantas de los señores.

Bella se opuso a las mascarillas y a los guantes en cuanto el doctor los envió a la mañana siguiente.

—¿Qué demonios lleva puesto? ¡Pero si parece una enfermera de vodevil!

—Nos lo ha enviado el médico, señora —respondió la señora MacBain mientras depositaba la bandeja del desayuno y descorría las cortinas como cada mañana.

A los guantes una se acostumbraba (los había llevado cuando era sirvienta), pero la mascarilla daba un poco de claustrofobia.

En todo caso, más valía prevenir que acabar como Nanny.

Cuando el ama de llaves se giró hacia la cama, Bella alzó la vista de la carta que leía e hizo una mueca.

—No, de ninguna manera. Si la tienen que llevar, al menos haga lo posible por que se integre con el uniforme. Que no pase de esta tarde. Me niego a que me sirvan la cena médicos de la peste —zanjó, y volvió a su correspondencia y a sus tostadas.

La señora MacBain respiró hondo, dentro de lo que la mascarilla permitía.

¿Integrarla en el uniforme? Ni que el trabajo no fuera ya bastante duro.

¿Cómo diantres iban a integrarla en el uniforme?

Pero se había comprometido a buscar la manera de hacerlo...

«Lo único bueno de la mascarilla —pensó— es que disimula la cara de incredulidad».

Sin embargo, Mackay no se dejó amilanar por la tarea; como ayuda de cámara, estaba acostumbrado a coser.

Fue a buscar telas de los uniformes de los lacayos y se puso manos a la obra.

Si algo sobraba en aquel momento eran uniformes.

«Tiene buena mano para la costura», se dijo la señora MacBain al verlo trabajar.

Aunque no le gustaba nada la librea (ni a ella ni a nadie, con tanto tartán), eran de una tela excelente para confeccionar mascarillas.

Al final de la jornada, le había hecho a cada uno un cubremascarillas con el que tapar la quirúrgica.

Había aprovechado hasta los galones plateados de las libreas.

Fue un exitazo: un despliegue cromático con el escandaloso tartán de los Inverkillen.

A la hora de servir la cena, Hudson, Ollie y Mackay se presentaron con las mascarillas. Bella manifestó su aprobación con un mero gesto; lady Georgina, en cambio, sí se prodigó en elogios.

—Oh, Hudson, ¡es magnífico! Debo admitir que las mascarillas me atormentaban, pero se las ha ingeniado a las mil maravillas para que cuadren con el uniforme. No me explico por qué no lo hemos hecho antes. Muy bien —añadió mientras alzaba su copa en agradecimiento al mayordomo.

—Señora condesa —se limitó a responder este.

La señora MacBain no se quitaba a Fergus de la cabeza.

No daba con el modo de preguntarle acerca de su pelea con lord Inverkillen.

Nadie del servicio recordaba haberlo visto aquella tarde; por tanto, que ella supiera, no tenía coartada.

Lady Elspeth llevaba razón en algo: era buena persona.

Pero había dedicado tiempo y esfuerzo a aquel plan de negocios y el difunto señor conde, a quien ella conocía a la perfección, debía de haberlo rechazado sin el menor tacto.

Y le había mentido a Jarvis, ¿no? Le había dicho al inspector que había dejado a Hamish y Angus en la sala de los mapas y que ignoraba que su padre hubiese salido a pescar. Había que reconocer que no pintaba bien.