Mayo #5
—Lo traeré de vuelta lo antes posible. Tome, por si necesita contactar conmigo —dijo el historiador mientras le tendía su tarjeta de color marfil.
Al rozarse las manos, la joven volvió a ruborizarse.
Él prosiguió, con un balbuceo—. No quisiera...
Bueno... En caso de que la familia se dé cuenta, no me gustaría causarle problemas.
—Hizo una reverencia y se apresuró a salir por la puerta. Imogen no pudo reprimir una sonrisa.
Lawlis dijo que se pondría en contacto pronto. Al cerrar la puerta una vez que se hubieron ido, Iris seguía notando la calidez de la mano del señor Kettering. Era una sensación rara y emocionante.
—Ah, señora MacBain, la estaba buscando —dijo Elspeth entrando en la estancia y apoyándose en la otomana.
La señora MacBain se inclinó un poco hacia atrás. Estaba en la biblioteca, preparando la lumbre para la cena.
—¿Qué tal fue la fiesta, señora?
—¿La fiesta? Ah, sí. Bien. Bueno, como cualquier fiesta de compromiso: charlas sobre vestidos y flores. Un aburrimiento, la verdad. Quería hablar con usted antes de que venga la familia.
—Usted dirá.
—El inspector este... ¿Jervy? ¿Jarvey?
—Jarvis, señora. Roddy Jarvis.
—Eso, Jarvis. ¿Qué tipo de hombre es?
—¿Qué tipo de hombre? Creo que no la entiendo, señora.
—Me dio la impresión de que no es ninguna lumbrera.
La señora MacBain no pudo reprimir una sonrisita.
—No, eso seguro.
—Pues me preguntaba si debería hablarle de la pelea entre Hamish y Fergus. No quise que se imaginase lo que no era y, por eso, no dije nada. Pero ahora me pregunto si hice lo correcto —dijo frunciendo un poco ceño y sin quitar ojo al ama de llaves.
—¿La discusión en la sala de los mapas? Eso ya lo sabe, señora.
—No, aquella no, la que tuvieron en el patio de servicio después, aquella misma tarde.
—¿Cómo? No estoy al corriente de eso —reconoció la señora MacBain mientras se preguntaba por qué no sabía de aquello. «Ah, debió de ser cuando pasó lo de Nanny, que en paz descanse», se dijo.
—Habíamos acabado el té temprano y yo estaba abrigándome en el guardarropa cuando oí unos gritos, algo relacionado con un plan de negocios.
Me asomé a la puerta y vi a Hamish y a Fergus frente a frente.
Fergus se marchó echando humo, así que salí discretamente por la puerta de la cocina y no le di más vueltas al asunto.
Sin embargo, cuando volvía, oí más gritos en el bosque.
Me imaginé que debían de ser ellos otra vez.
Y al inspector no le dije nada porque no me encontraba cerca del río, así que no estoy del todo segura de que las voces vinieran de allí.
—¿Reconoció lo que decían?
—No, estaba demasiado lejos. ¿Cree que debería habérselo explicado? Es que no inspira confianza, ¿verdad? Y por nada del mundo querría que me malinterpretase.
—A su juicio, ¿qué es lo que el inspector podría malinterpretar?
Elspeth se puso a juguetear con el brazalete, nerviosa y evitando mirar a la señora MacBain.
—No puedo determinar con certeza de dónde provenían los gritos, ni siquiera quién los profería.
Pudieron ser de Hamish, pero también de los guardabosques o de los jardineros.
Yo lo único que sé es que oí unos gritos y que venían de entre los árboles.
Ahora bien, si el inspector lo relaciona con la pelea en la sala de los mapas y la del patio del servicio...
En tal caso, todo podría volverse contra Fergus.
Las dos mujeres se miraron con semblante serio.
—Pero Fergus es incapaz de matar a una mosca —dijo Elspeth con aire angustiado—.
Es una bellísima persona. ¿Sabe que, después de cazar su primer ciervo, se pasó varios días llorando?
Angus se burló de él sin piedad. Y solo tenía once años, pobrecillo.
Pues se negó a ir a más batidas durante años.
Hamish le perdió el respeto, lo cual fue injusto, a mi modo de ver —le explicó, y calló un momento durante el que miró para comprobar que estaban solas—.
No, no imagino a Fergus capaz de hacer algo así y disimular —zanjó y se puso en pie—.
Hice bien en no contárselo al inspector.
Lo habría tergiversado todo y habría llegado a conclusiones erróneas.
Gracias por su consejo, señora MacBain, me ha resultado de gran ayuda.
El ama de llaves vio a Elspeth salir y volvió a ocuparse del fuego a medio prender, en cuya contemplación se quedó absorta un rato.
O sea, que estaba en lo cierto: Hamish no estaba solo en el río.
Y había rechazado el plan de Fergus, lo que a todas luces había hecho enfadar al chico.
A lo mejor había sido ese el motivo de la zaragata en la sala de los mapas.
Eso sí, para pelearse delante del personal...
Fergus debía de estar que echaba humo. ¿Adónde se habría dirigido tras la escena en el patio de servicio? ¿Y cómo podría ella enterarse?
Al día siguiente, por fin, los visitó el doctor.
Consiguió entrar en Drummond House y salir, y luego dirigirse a la salita de la señora MacBain sin que lo vieran en ningún momento.
Tampoco tenía mucho mérito, la verdad sea dicha, considerando la falta de interés de los Inverkillen por todo lo que no tuviese que ver con ellos mismos.
Lo que el médico descubrió en Drummond House lo dejó muy preocupado.
Once miembros del personal, instalados en sendos camastros en la buhardilla, presentaban el mismo cuadro febril.
Por supuesto, ninguno de ellos conseguía reponerse por completo.
Era un lugar frío y húmedo, del todo inadecuado para la convalecencia.
«Debí venir cuando Lockridge me lo dijo», se recriminó el doctor.
Había achacado su inquietud a la histeria, pero, tras explorarlos, le pesaba reconocer que, en efecto, todos había contraído la dolencia de los periódicos.
Pero ¿cómo? Si nadie salía nunca de Loch Down Abbey.
Con la excepción del baile, del que Nanny volvió enferma.
¡Maldición! ¿Cómo no había caído en la cuenta?
¿Y cómo podían haberse enterado las cotorras del pueblo antes que él?
Nanny no había muerto de vieja. Lo había cegado el orgullo.
Por suerte, la señora MacBain no se perdía ripio.
Había tenido la lucidez de aislar a los contagiados en Drummond House, pero no era seguro ni para ellos ni para lady Georgina.
Debían trasladar a los enfermos a dependencias más salubres, y a la condesa viuda a un lugar seguro. Sin embargo, nadie quería explicárselo.
—¡No es mi trabajo contarle a ella lo que han hecho ustedes! —exclamó el médico horrorizado. De ningún modo iba a enfrentarse a la ira de lady Georgina.
—¡Pero a usted no pueden despedirlo como a nosotros! —gritó la señora Burnside. Por desgracia, no blandía algo amenazante, como un cuchillo de matarife, por lo que se limitó a mirarlo seria. Esa estrategia solía funcionar con los lacayos.
—Bueno, pero es que no los trasladé yo, sino ustedes. Y no fue una mala decisión, pero fue suya, así que les corresponde rendir cuentas —insistió.
Lockridge se quedó en el umbral, bloqueando la salida por si al doctor se le ocurría salir.
—Ni siquiera se nos permite cambiarnos las camas sin su permiso. ¿En serio cree que vamos a irnos de rositas después de ocupar toda una planta sin avisar? —dijo el chófer mientras se lamentaba de no llevar consigo alguna herramienta amenazadora, como una llave de neumáticos.
La señora MacBain trató de apelar a su vanidad.
—A usted lo respetan, doctor. Tiene una autoridad de la que nosotros carecemos. Si se lo explica, quizá se enfadarán, pero también es cierto que se enfadan prácticamente por todo. Lo escucharán.
—Sea como fuere —respondió el doctor y, al verlo erguirse un poco, la cocinera se percató de que el halago era la vía adecuada—, si yo hubiese decidido trasladarlos, que no es el caso, habría sido al hospital, no a la buhardilla. ¿Cómo podría explicarlo?
—La verdad es que no creo que hilen tan fino —murmuró Mackey.
—Será sencillo si no les da pie a formular preguntas. Comuníqueles la noticia, invéntese una urgencia y salga disparado —propuso la señora Burnside, sorprendida de lo que costaba convencer al doctor y del poco temple que tenía.
Al final acordaron que se lo comunicaría el médico. O al menos así lo acordó el personal. Hudson acompañó a la biblioteca al doctor, quien aún seguía protestando. A los Inverkillen les sorprendió su presencia, pero lo invitaron a tomar el té.
—No, gracias, he venido en misión oficial —contestó, algo inquieto—. Acabo de visitar Drummond House.
—Ah, ¿sí? Y yo sin enterarme —dijo lady Georgina, divertida por la situación.
—Me llamaron para que examinase a Archie —les dijo el doctor a los Inverkillen, que lo miraban con semblante inexpresivo—.
Su lacayo. Cayó enfermo la noche en que falleció Nanny.
Me temo que ha contraído la viruelilla perniciosa difficile —prosiguió mientras volvían a poner los ojos en blanco—.
La enfermedad de la que habla la prensa.
—¡Ay, Señor! ¡Vaya nombrecito! —exclamó Constance.
—Y que lo digas. ¿No lo podían abreviar? —convino lady Georgina—. En comparación con esta, «gripe española» prácticamente se dice sola —añadió entre gestos de asentimiento.
El doctor tomó aire para proseguir, pero se quedó pensativo y confuso unos instantes. ¿Eso era lo que le preocupaba? ¿El nombre de la enfermedad?
—Sí, bueno... Trasladaron a su lacayo a la buhardilla de Drummond House para que no contagiase al resto del personal de Loch Down Abbey. Eso sí, ahora que han enfermado otros, creo que no basta con esa medida.
Se calló un momento, pero nadie intervino. ¿Era posible que Bella acabase de bostezar?
—Las buenas noticias son que los miembros del personal que permanecen en esta casa se encuentran sanos. Pero creo que transcurrirá un tiempo antes de que se recuperen y vuelvan a disponer del equipo al completo —añadió, y les dejó tiempo para asimilar la información.