Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Mayo #4
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Mayo #4

Lo guardó todo en un aparador y recorrió los pasillos enlosados en dirección al guardarropa.

Al cabo de unos segundos, encontró lo que buscaba: la cesta de pesca de Hamish, con el escudo repujado en el cuero, y, dentro de esta, cebos, aparejos y una petaca de plata.

Pero, si todo aquello seguía allí... no pudo salir a pescar.

Y, en ese caso, ¿a qué había ido al río?

Cerró los ojos para imaginárselo: lord Inverkillen plantado con su equipo de pesca en la orilla.

Pero allí la ribera era espaciosa y casi llana.

Resultaba casi imposible caerse al río y que te arrastrase la corriente.

Ahora bien, si estaba en el propio dique...

y se había caído a la poza... ¿Habría ido lord Inverkillen a la zona más peligrosa del río sin saber nadar?

¿Por qué motivo? Quizá uno de los perros corría peligro y fue tras él.

¿Se los había llevado esa tarde? No se acordaba.

Pero los perros se pasaban la vida en el río.

Eran canes de caza y unos magníficos nadadores.

No habría ido tras ellos. En cambio, de haberse tratado de una persona...

¡Oh! ¿Y si estaba acompañado? ¿Y si había ido al río a reunirse con alguien? Quizá la pesca solo era un pretexto.

Pero ¿de quién podía tratarse? ¿Y por qué no habían dicho nada? Y aparte quedaba por resolver la incógnita de por qué se había subido al dique. Sonó el gong de la cena. ¡No se podía estar en paz diez minutos en aquella casa! Suspiró con irritación. Ya retomaría sus cavilaciones después de la cena.

Al fin llegó el día de la fiesta y, por una vez, el tiempo puso de su parte. No hacía calor, puesto que era primavera temprana y en Escocia, pero no llovía, lo que ya era un triunfo. Podrían salir al aire libre, que es lo ideal cuando se celebra una fiesta de jardín, como su propio nombre indica.

Iris bajó la escalera con su mejor vestido, que había que reconocer que le estaba grande y no era muy adecuado para la ocasión, pero a ella poco le importaba.

Un día sin tener que ocuparse de los niños era un buen día.

La víspera se habían colado en la capilla y se habían puesto a tocar las campanas.

No sabía cómo se las arreglaban para seguir escapándose.

Un instante estaban bajo control y al siguiente le prendían fuego a un seto. Era agotador.

Se estaba poniendo el sombrero cuando sonó el timbre.

Miró alrededor antes de recordar que todo el mundo estaba en Drummond House preparando la fiesta, Hudson incluido.

Dudó un momento. Nunca había abierto la puerta de la casa.

¿Se atrevía? ¿Sabía cómo hacerlo? «A lo mejor son invitados que se han equivocado de casa», pensó.

Miró el reloj: aún faltaban seis horas, así que no debía de ser eso.

Respiró hondo y rezó por no equivocarse al ir a abrir.

Le sorprendió ver a Lawlis, su secretaria y dos hombres que no conocía.

Le pareció raro que el abogado llevase invitados a la fiesta.

—Hola, Iris, justo esperaba encontrarla a usted. Necesitamos su ayuda —la saludó Lawlis.

Pasó al lado de ella y entró en el vestíbulo, seguido por los demás.

Iris cerró la puerta y se preguntó por qué querrían verla.

Los dos desconocidos observaron la armería sin disimular y el más joven de ellos se quedó embelesado con el techo.

Iris sonrió. Se suponía que era de mala educación examinar sin disimulo una casa ajena, pero, por alguna razón, a la joven le pareció adorable.

Lawlis se quitó el sombrero y presentó a los señores Alistair Rutherford, de la casa de subastas Cleaverings, y Thomas Kettering, un historiador del arte que había acudido desde Londres.

Iban a Loch Down Abbey a tasar la casa, las pinturas y otras piezas.

Todo lo habían organizado con Fergus y la señora MacBain.

—¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó Iris, confundida y mirando por turnos a los dos caballeros. El señor Rutherford se había acercado a una colección de sables y los examinaba con atención.

—Me preguntaba —arrancó Lawlis— si tendría la amabilidad de mostrar la casa a los señores Kettering y Rutherford. Debemos apurarnos al máximo, pues no conviene que, al regresar de la fiesta, los Inverkillen se encuentren a unos extraños dando vueltas.

Al comprender que no podría ir a la fiesta, a Iris se le cayó el alma a los pies.

—Soy consciente de que pensaba unirse a los demás y espero que me perdone por pedirle que se pierda la celebración, pero le aseguro que necesito su ayuda como la luz del sol —le dijo con timidez el señor Kettering.

«No es muy mayor —pensó Iris—.; ¿Seguro que era experto?».

—Tengo entendido —prosiguió él mirando al suelo— que es una casa grande y una guía que se la conozca me vendría de maravilla.

Le había pedido ayuda con perfectos modales. Y así pasaría el día contemplando obras de arte en lugar de enfrascada en charlas insustanciales mientras daba esquinazo a los Inverkillen. En realidad, el día se presentaba incluso mejor que si fuese a la fiesta. Con una sonrisa, se quitó el sombrero.

—Me encantará ayudarlo. Comencemos por la sala de lectura. Allí hay un catálogo de las obras que puede resultarle útil.

Los guio a la estancia mientras charlaba animadamente con Kettering. Lawlis se relajó.

No fue hasta que se encontraron ante el retrato de lady Morag Inverkillen cuando las cosas empezaron a torcerse. Iris ansiaba preguntar por la discrepancia entre el boceto y la pintura, pero no quería interrumpir la labor del señor Kettering.

«Solo es una duda de nada —se dijo—; además, se ha mostrado de lo más gentil».

Pensó que no pasaba nada por formular la pregunta.

Y así se vieron frente al retrato de lady Morag, departiendo largo y tendido sobre la historia de los tartanes.

El señor Kettering examinó con atención el lienzo y el catálogo, y frunció el ceño.

Los comparó durante unos minutos y, por fin, retrocedió y meneó la cabeza.

—No puedo asegurar nada hasta que hagamos unas pruebas, pero creo que podría ser una falsificación.

Bien, quizá no una falsificación como tal, pero desde luego no es el original —dictaminó ante el estupor de los demás—.

Quizá se haya aplicado un repinte después de elaborar el esbozo.

También sé de casos en que se expone una copia del original y este se custodia en una caja fuerte o en una cámara ante la eventualidad de robos o incendios, aunque entonces lo ideal habría sido hacerlo constar en el catálogo. Quizá se trate de eso.

Lawlis era escéptico por naturaleza. Le preguntó a Iris si sabía de la existencia de cámaras acorazadas en la casa.

No que ella supiera. Lo más parecido a una cámara que se le ocurría eran las bodegas, un lugar demasiado húmedo para almacenar lienzos.

Quizá lord Inverkillen tuviera una caja fuerte en su despacho privado, pero nunca había entrado, así que no sabía qué dimensiones podía tener, si es que tal caja existía.

—Pero este cuadro tampoco es particularmente valioso, ¿verdad?

—preguntó Iris—. ¿Por qué encargar una copia de este, pero no del Rubens de la sala de los mapas?

—añadió. Todos la miraron y, a una, fueron a dicha estancia—.

Este es de mucho más valor, ¿no? Y más pequeño.

Sería más sencillo de robar, mientras que el otro...

—Examinémoslo —sugirió el señor Kettering.

Iris los condujo al rincón de lectura. Sobre el sofá, en el que roncaban los perros, colgaba un hermoso desnudo reclinado. Iris espantó a las mascotas para que el señor Kettering pudiera acercarse mejor.

Al cabo de unos pocos segundos, sacudió la cabeza y se giró.

—Es una copia, y no de las buenas. Supongo que podría engañar a un lego, pero no a un experto. Es rarísimo. Estos cuadros no buscan el engaño. Quienquiera que los pintase no pretendía crear una falsificación. Son como reemplazos hechos a la carrera. Es de lo más curioso.

Iris se acercó al escritorio, depositó el catálogo y lo hojeó hasta que dio con la pintura de Rubens.

— Retrato de niña , de Peter Paul Rubens, finales de la década de 1630, probablemente un retrato de su esposa. Sin firma, autentificado en 1915 por la casa Christie’s de Londres. Ah, aquí está el certificado.

—Desde luego que no es la esposa de Rubens —negó Kettering mientras pasaba al otro lado del escritorio para examinar el libro—. ¿Qué son esas notas a lápiz? —preguntó mientras señalaba los márgenes.

—¡Oh! —exclamó Iris de lo más ruborizada—. Son notas mías. No tienen importancia. Solo son dudas y ocurrencias. Puedo borrarlas.

—«Brazo y cojín distintos». Hummm... Sí, comprendo lo que quiere decir —dijo él, cotejando con atención el boceto y la pintura. Al cabo de un instante, se puso a hojear el libro—. Ha elaborado un estudio excelente. Y con todo lujo de detalles. Me deja maravillado.

Iris volvió a ruborizarse. Se había puesto casi de color morado y a Imogen le preocupaba que rompiese a llorar o, aún peor, a desmayarse. «Mejor salirle al quite antes», pensó.

—Iris —le dijo la secretaria—, ¿alguna otra obra le ha descuadrado al compararla con el catálogo? ¿O solo estas dos?

Iris reflexionó un momento y asintió despacio. Sí, había otra que le daba que pensar: una escena de caza en la que faltaba un perro respecto al boceto del catálogo. Tenían que darse prisa. Estaba en los aposentos de Angus, sobre la chimenea.

A las seis y media acabaron la visita. El señor Kettering se llevó el catálogo y un pequeño retrato de Gainsborough al que deseaba someter a unas pruebas. Como era de uno de los dormitorios de invitados, Iris sabía que los Inverkillen no iban a darse cuenta.