Mayo #3
—No podemos permitirnos perder a otra sirvienta. Si la señora MacBain se pone a encender la lumbre y a llevar bandejas de desayuno, seguro que se darán cuenta —dijo la señora Burnside—. Recen por que Sadie no se ponga mala.
Miraron hacia el otro extremo de la sala del servicio, donde la aludida tosía.
Lockridge parecía más desasosegado que nunca.
—¿Qué hacemos? Creo que necesitamos ayuda.
—Esperemos a ver cómo marchan las cosas en Drummond House —dijo la señora MacBain—. Si no mejoran al acabar la semana, llamaremos al doctor —propuso, y los demás murmuraron que estaban de acuerdo.
Lockridge reflexionó un momento y dijo:
—Lady Georgina irá mañana al pueblo, a la peluquería. Pasaré por la consulta y le pediré su opinión al médico.
—Sí —convino la señora MacBain con un suspiro de alivio—, sería fantástico si pudiese ir a preguntarle. Pero tenga cuidado. No nos interesa que corran rumores por el pueblo.
Fergus, Lawlis y el contable pasaban cada vez más tiempo juntos buscando el modo de enderezar las finanzas.
Fergus volvía a encontrarse solo en sus intentos de hacerse oír.
En ese lance de la lucha, en cambio, la voz irracional era la suya, no la de su padre ni la de su hermano, como antes.
Quería salvar Loch Down Abbey, pero, por más vueltas que le daban, no hallaban el modo de hacerlo.
Al final de una tarde especialmente larga, Fergus claudicó por fin y accedió a que Lawlis contactase con Cleaverings, la casa de subastas local, para que tasase la finca.
«Será un mal trago para la familia —pensó el abogado—, pero mucho peor para los demás».
Tenían contratada a bastante gente del pueblo, incluido él mismo, y era imposible saber si sus puestos de trabajo se mantendrían con los nuevos propietarios.
Eso sin contar con el asunto del pago de los salarios hasta que la propiedad cambiara de manos.
Incluso después de cobrar el importe de la venta de la destilería, quedaban poquísimos fondos.
Y la señora MacBain había insistido en que le pagase el salario íntegro al personal enfermo.
Era lo correcto, y el abogado lo sabía, pero el barco hacía aguas a toda prisa.
Imogen llamó a Loch Down Abbey y habló con Hudson para programar la visita de los peritos de Cleaverings. Preguntó si era posible que los Inverkillen se ausentasen para no molestarlos con la tasación.
—Soy consciente de que están de luto, pero el proceso suele resultar molesto, así que me parece preferible que no estén en la casa ese día.
Al otro lado de la línea se oyó una risita.
—Usted no es de esta parte de Escocia, ¿verdad, señorita MacLeod?
—Pues no, de Tobermory. Mi padre tiene una tienda en la calle mayor —respondió sin entender a cuento de qué venía la pregunta.
—Entonces debe ignorar el penchant de los Inverkillen —dijo con un acento francés bastante bueno.
Se hizo el silencio.
—¿ Penchant ? —preguntó finalmente Imogen.
—Sí, penchant . En otras palabras, que rara vez salen de casa.
Era parquísimo en sus explicaciones.
—¿Qué quiere decir con que «rara vez salen de casa»?
Hudson suspiró con discreción, pero lo suficiente alto para que lo oyera Imogen. Ambos se sentían igual de incómodos con la conversación.
—Es bien sabido que la familia nunca sale de casa. La única excepción es el baile de primavera de los Macintyre, que se acaba de celebrar. Si fuese de por aquí, lo sabría.
—¿No salen nunca? Deben de ir al pueblo, aunque sea a hacer recados. O a visitar a los vecinos, ¿no? —repuso Imogen, mientras Hudson chascaba la lengua en señal de negación, para irritación de ella—. ¡Pues a la iglesia, aunque sea! A algún sitio tienen que ir.
—Los Inverkillen no van al pueblo a «hacer recados». Para eso está el servicio. Hablaré con la señora MacBain a ver cómo podemos organizarnos —zanjó el mayordomo antes de colgar; le divertía la idea de que los señores hiciesen recados.
Fue a la señora MacBain a quien se le ocurrió una excusa para que no estuviesen presentes durante la visita de los tasadores.
Les sugirió que lady Georgina organizase una fiesta por el compromiso de Fergus y Eva.
Aún no lo habían celebrado con los vecinos y era una pena que la única ocasión de presentarles a Eva hubiera sido en un funeral.
Y, como la casa estaba de luto, quizá resultaría más adecuada una fiesta vespertina en el jardín de Drummond House.
Era más respetuoso, a su juicio, habida cuenta del duelo.
Lady Georgina estuvo de acuerdo y anunció la noticia esa misma noche en la cena. A Eva no le gustó la idea. Por suerte, a Fergus tampoco. Gastarse dinero en celebraciones no les venía nada bien. Pero no había manera de disuadir a lady Georgina.
—Sí, casa de luto y todo lo que queráis, pero hay que mirar al futuro y presentar a la prometida de Fergus en circunstancias más alegres.
La vida sigue —sentenció lady Georgina, una mujer de armas tomar cuando se trataba de defender su punto de vista—.
Será elegante y comedida, una fiestecita en el jardín de Drummond House.
No os preocupéis, yo me encargo de todo —dijo mirando a Eva—.
De todo. Hudson, pídale a la señora MacBain que venga a verme mañana.
Cuando el mayordomo le transmitió el mensaje al ama de llaves, esta llamó a Lawlis. Si la tasación podía esperar una semana, sería sencillo programarla en ausencia de la familia. Podrían volver a tasar la casa de la condesa viuda en la siguiente visita a su modista.
Lawlis colgó. Se preguntó cómo demonios se las arreglaba. Aquella mujer desperdiciaba su talento trabajando de ama de llaves.
Para angustia de todos, el personal de Loch Down Abbey seguía enfermando, a pesar de que habían trasladado a los contagiados a Drummond House.
Los pocos que se habían repuesto se encontraban demasiado débiles como para reincorporarse a sus puestos de inmediato y cada vez quedaban menos miembros del personal encargado de atender directamente a los señores.
Al cabo de poco tiempo, la señora MacBain se vio prendiendo lumbres y sirviendo bandejas de desayuno, algo impensable pocos días antes.
Maxwell se ocupaba de lady Georgina, pero lady Inverkillen aún no les permitía entrar en su dormitorio. Llevaban semanas sin verla.
Como había sido sirvienta, la señora MacBain se daba maña para encender el fuego sin despertar a nadie, pero era imposible llevarles el desayuno sin ser vista.
—¡Cielo santo! ¡A usted no la esperaba! —exclamó Bella mientras el ama de llaves le entregaba la bandeja con delicadeza.
—Disculpe, señora. Sadie no se encuentra bien y prefiero que no se acerque a ustedes. Y, menos aún, ahora que se acerca la fiesta.
Cruzó el dormitorio para descorrer las cortinas.
—Lleva razón. ¿No hay más correspondencia? Mmm...
Se sirvió ella misma el té y echó un vistazo a las cartas. No había ninguna de postulantes a doncella. Se preguntó cómo llevaría su abuela lo de compartir la suya. A diferencia de Constance, su madre madrugaba mucho, por lo que era posible que a la abuela no le molestase tanto como a ella.
—¿Le ha escrito alguna candidata a doncella a mi abuela?
—No que yo sepa, señora —respondió la señora MacBain atizando el fuego.
—No concibo que nadie haya saltado a aprovechar la oportunidad.
Pobre abuela. No se merece compartir doncella.
No es propio de una dama de su estatus —se indignó Bella mientras abría un sobre y desplegaba la hoja azul claro que contenía—.
Por favor, dígame que al menos hay candidatas a niñera. Esta chica no vale para el puesto.
La señora MacBain sabía que no se había postulado nadie.
De hecho, sabía que no lo harían. El salario era tan exiguo que ninguna forastera iba a interesarse, y en el pueblo ya se sabía que iban a subastar la casa.
Nadie querría integrarse en el servicio hasta después de la venta, cuando conociesen a los nuevos propietarios.
—Es por la enfermedad, señora; todo el mundo se ha vuelto más precavido. El mismísimo primer ministro le ha pedido a la gente que salga de casa lo imprescindible. Según tengo entendido, ahora mismo las calles del pueblo están desiertas.
Bella dejó su taza.
—Déjese de ridiculeces. Aquí nadie está enfermo. ¿Usted ve a alguien malo? No. La vida sigue, como siempre. Están sacando las cosas de quicio. No me explico por qué no encontramos personal.
La señora MacBain contó despacio hasta diez con las cortinas entre las manos. Al volverse hacia Bella, había recobrado la compostura.
—¿Necesita algo más, señora? He de continuar con mis quehaceres.
Bella agitó la mano, distraída, mientras leía la carta y le daba mordisquitos a la tostada.
Al salir del dormitorio, la señora MacBain echó un vistazo por la ventana y vio que los niños arrastraban algo por la rosaleda. ¿Gaitas? Dio un profundo suspiro. Y los perros llevaban los kilts del señor conde. La jornada se anunciaba larga.
—¿Qué es todo esto, Ollie? —le preguntó la señora MacBain, sentada ante el escritorio, al lacayo, que entró en su salita con una caja de la que sobresalía una caña de pesca.
—Lo ha traído uno de los policías. Son las cosas del señor conde. Las que llevaba consigo el día en que...
—Ah, de acuerdo. Déjalas aquí, yo me encargo. Gracias.
El ama de llaves esperó a que el lacayo saliese y cerrase la puerta para examinar la caja.
Se preguntó qué debería hacer con ella. La caña, un mantel de pícnic y una cesta de pesca.
Frunció el ceño. No era la cesta del señor conde.
No llevaba el escudo de los Inverkillen.
Levantó la tapa y echó un vistazo: pasteles, lapiceros, plumas y un jueguecito de acuarelas.
Qué raro. Desde luego que aquella cesta no era del conde.
¿Se habría equivocado Jarvis de caja? Examinó la caña y vio el escudo familiar, de modo que sí debía de ser suya. Pero no podía ser. Algo no cuadraba.