Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Mayo #2
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Mayo #2

—Eso pienso yo. Entonces, ¿qué demonios hacía en la presa? —preguntó el ama de llaves casi para sí misma. No podía negar que empezaba a inquietarse.

Ross la notaba cavilar y se ponía nervioso a su vez.

—Fue un accidente, Alice. Solo eso.

—Sí, eso me acaba de decir Roddy Jarvis —dijo ella, y ambos pusieron los ojos en blanco—. Para ser inspector, no inspecciona mucho que se diga.

—Y el hecho de que fuera un accidente le ahorra papeleo, ya lo sé.

Pero Alice, no levantes la liebre. Cualquiera sabe lo que puede salir a la luz —añadió él mientras le daba un beso en la frente—.

Por una vez, no te compliques la vida —remató antes de desaparecer en el bosque y dejar a la señora MacBain con la duda de a qué diantres se referiría.

Fergus daba vueltas por la biblioteca, nervioso. En las últimas semanas, había pasado bastante tiempo con Lawlis y MacGregor, el contable, buscando la manera de abonar el impuesto sobre sucesiones sin tener que vender Loch Down Abbey. Quedaban doce semanas y la situación lo abrumaba.

No sería la primera vez que familias como la suya le prendiesen fuego a la vivienda, o a una parte de ella, para rebajar el valor de la propiedad.

Su vecino más cercano había recurrido a ese truco en 1906, y se mudó a la parte normanda del castillo, que era húmeda y sombría, pero también barata.

Fergus deseaba evitarlo con todo su ser, pero a veces se sorprendía acariciando la idea, valorando de qué parte de la casa le importaría menos desprenderse.

El contable, con quien Lawlis y Fergus se encontraban reunidos en la sala de los mapas, les aconsejaba que vendiesen las obras de arte, pues pensaba que alguno de los lienzos valdría lo suficiente como para salvarlos.

—Lo ideal sería llamar a un experto para que hiciese una tasación —propuso Fergus, que podía vivir a las mil maravillas entre unas paredes desnudas—.

Dudo que pudiésemos empaquetarlo todo y enviarlo sin que se desate una guerra —añadió, y la imagen de Angus y su abuela blandiendo espadas y escudos le hizo sonreír.

—Aunque la colección sea lo bastante valiosa —repuso Lawlis con escepticismo—, harían falta más ingresos, y Angus, como sabemos, se niega de plano a cambiar nada en absoluto.

—Primero tasemos la colección de arte y luego lidiaremos con mi hermano —dijo Fergus—. Vamos por partes. Cuando se hayan pagado los impuestos, nos encargaremos de los ingresos.

Lawlis cedió en su postura y accedió a llamar a un experto de Londres.

Mientras, Eva caminaba por la salita de día y se le estaba despertando una jaqueca por culpa del tartán de la alfombra.

La noticia de las dificultades financieras la había alterado.

Por suerte, aún no se había casado con Fergus y, en su última carta, sus padres le habían insinuado que quizá no debía hacerlo.

«Porque, tesoro —le habían dicho—, ¿qué sentido tiene un título sin dinero que lo acompañe?

». Y Eva estaba de acuerdo. Sí, papá conseguiría su pescado, pero aquella vida no era la que le habían prometido cuando aceptó la proposición de Fergus.

¿Y qué podía hacer? Romper el compromiso durante el duelo quedaba descartado.

La boda ya se había anunciado en The Times .

La gente estaba enterada. Si abandonaba el barco a esas alturas, quedaría como una cazafortunas y no habría manera de quitarse ese sambenito.

No le quedaba otra que posponer la boda hasta que se le presentase una mejor oportunidad.

Al menos había cancelado las invitaciones.

Aunque al principio le había molestado, a la vista de los acontecimientos, al final se había puesto la mar de contenta con la decisión.

Puesto que habría que guardar un duelo como era debido por el patriarca, tenía un año de margen, ¿no?

Lo que necesitaba de verdad era hablar con su madre, pero el correo tardaba una eternidad en llegar a aquellas profundidades norteñas.

Por la mañana, después de que los señores desayunasen, la señora MacBain acostumbraba a tomar el té con los miembros principales del personal. Le parecía una buena manera de estar al tanto de los detalles domésticos.

Ahora bien, desde que Nanny había muerto un mes atrás, el té se había convertido en un recuento de bajas.

—¿A qué se refiere con que se escapó? —preguntó Mackay. Hudson acababa de anunciar que uno de los pocos mozos que quedaban había abandonado la casa al alba.

—Se suponía que había ido al pueblo a por los periódicos —dijo el mayordomo con voz cansada—, pero, como no volvía, fui a su dormitorio. Ni rastro de sus cosas. No les quiero ni contar el lío de mañana que llevo con esto.

Todos sacudieron la cabeza en señal de comprensión.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó la señora Burnside.

—Quizá debamos evitar que el personal lea la prensa —propuso Hudson mientras cogía un scone quebrado—. Solo hablan de la maldita enfermedad, la gente se espanta y si algo no nos hace falta es que cunda la histeria.

—Podemos impedir que lean los periódicos, pero no sus cartas, señor Hudson. Se van a enterar de una manera u otra. Solo nos queda esperar que los enfermos empiecen a recuperarse y recobraremos la normalidad.

—Durante la guerra teníamos más personal que ahora —gruñó la señora Burnside mientras se ponía un trozo de bizcocho reseco—. Si seguimos así, acabaré sirviendo la mesa.

Hudson se estremeció. Solo de pensar en la presencia de una cocinera en el comedor le entraban los siete males.

—No creo que lleguemos a esos extremos, señora Burnside. Nos las arreglaremos.

—Sí —convino la señora MacBain, aunque con aire preocupado—, pero ya solo nos quedan cinco lacayos, tres ayudantes de cocina y cuatro sirvientas.

Lockridge acababa de regresar de Drummond House. Le echó un vistazo a la bandeja de té y tomó un trozo de tarta de limón reseca.

—Creo que ya sé adónde podemos trasladar a los enfermos —dijo mientras se servía té.

—¡Alabado sea Dios! —clamó la señora MacBain—. ¿Adónde?

—He ayudado al personal doméstico de la condesa viuda a despejar las buhardillas e instalar unas camas para que se trasladen allí. No es ninguna maravilla, pero bastará. Y a ellos les resultará más sencillo ir a ver cómo están los enfermos durante el día —añadió el chófer, complacido consigo mismo.

La señora MacBain asintió, aunque seguía inquieta. Era un buen plan.

—¿Cree que alojarlos en Drummond House supondría un riesgo para lady Georgina?

Lockridge meditó un momento al respecto y respondió con calma:

—Lo dudo. Hay dos pisos entre su dormitorio y la buhardilla, y ni siquiera es la misma ala. Es casi como si fuera otro edificio.

—¡Es perfecto! —exclamó la señora Burnside, ansiosa por alejar la enfermedad todo lo posible.

—Sí —repuso la señora MacBain—, pero ¿cómo los trasladamos sin que los señores se enteren?

—Durante la cena —dijo Lockridge con una sonrisa.

Lo miraron confundidos.

—Los llevamos durante la cena. Tardan dos horas, así que tenemos mucho tiempo. —Lockridge se sirvió más tarta—. No será coser y cantar, pero, con la ayuda de las sirvientas y el personal de Drummond House, creo que nos arreglaremos.

Se miraron todos en elocuente silencio.

—De acuerdo —convino por fin la señora MacBain con un profundo suspiro—.

Vamos a hacerlo así. Si es posible, hoy mismo.

La señora Burnside y yo hablaremos con las sirvientas y ayudantes de cocina ahora.

Usted y Mackay, explíquenselo a los mozos y vean si alguno de los jardineros puede ayudarnos.

Arrastrar cuerpos enfermos por las escaleras de servicio no va a ser tarea fácil.

—¡Bah! —exclamó Angus asqueado, y dejó caer el diario de la mañana—. ¿Por qué solo hablan de la enfermedad? ¡Qué suplicio! —se quejó mientras cogía un cuchillito y cortaba limpiamente la parte superior del huevo duro—. Desde luego que se les han olvidado lo que son las noticias de verdad.

Fergus echó un vistazo al diario y leyó el titular: aumento alarmante de ingresos hospitalarios. Ya no se acordaba de cuál había sido el último que no guardara relación con la enfermedad.

—Ni siquiera creo que sea verdad —comentó Hugh—. Será una maniobra propagandística de algún político que quiere dárselas de héroe —añadió, mientras les daba una salchicha a los perros.

Eva alzó la vista de la carta.

—Yo he oído varios casos de gente en Londres que se ha contagiado.

Desde el otro lado de la mesa, Fergus dejó su carta y miró a la joven.

—Querida, ¿tus padres se encuentran bien?

—Sí, desde luego, pero su cocinera estuvo ingresada la semana pasada y tuvieron que cenar en el club de papá todas las noches.

Mamá lo detesta porque las mujeres tienen que entrar por otra puerta que da al callejón —dijo chascando la lengua mientras tomaba una carta—. Han pasado una semana calamitosa.

Boquiabierto, Fergus miró a su prometida. ¿Cómo podía ser tan insensible? Recuperó la compostura y miró a su hermano.

—Ya. Bueno, Londres no es toda Gran Bretaña, ¿verdad?

En las Highlands no se ha registrado ni un solo caso —repuso Angus—, y me parece una tremenda irresponsabilidad por parte del Scotsman insistir en el asunto.

Con ello solo conseguirán asustar a la gente, y después, ¿qué?

—Apuró el té—. ¿Un partido de tenis, Hugh?

Por la tarde, trasladaron al personal enfermo a casa de la condesa viuda.

No hubo ningún problema, gracias a Ross y a algunos jardineros.

Los Inverkillen no se enteraron de nada.

Sin embargo, los niños aprovecharon para escabullirse y acabaron por encontrarlos, tras una extensa búsqueda, jugando al tenis a grito pelado.

Tras acostar a los pequeños, la señora MacBain encontró a Mackay, a la señora Burnside y a Lockridge cuchicheando en la cocina.

—Como sigamos así, en pocos días los miembros de la familia serán más numerosos que los del servicio. ¡Alabado sea Dios! ¿Cómo nos las vamos a arreglar? —exclamó Mackey.