Mayo
El inspector Jarvis se adentró en los bosques que rodeaban la casa. «Como un urbanita», pensó. Después de vivir tanto tiempo fuera de las Highlands, ya no podía considerarse un lugareño.
Había ido a comunicar los resultados oficiales de la investigación sobre lord Inverkillen, pero, antes de hacerlo, quería echarle un último vistazo a la presa. Algo lo atormentaba, y odiaba esa sensación.
Salió del bosque por el lado más cercano a la destilería y se detuvo para contemplar el edificio.
Era la típica construcción de la región, levantada con piedra local, que habían enjalbegado unos años atrás, con la cal descascarillada y el musgo colonizando algunos huecos de las lajas de pizarra del tejado.
Se encontraba en uno de los lados largos, con el patio a su izquierda.
El río Plaid pasaba por detrás y continuaba por la derecha.
Bajó la colina en dirección a la presa. Al llegar al extremo del edificio, vio la noria, que giraba despacio.
«Dios bendito» —pensó—, no es de extrañar que el negocio fuese mal si siguen usando energía hidráulica».
Se rumoreaba que tendrían que vender la destilería.
Esperaba que quienquiera que fuese el comprador, fabricase un whisky mejor que el de MacTavish. Vaya una bazofia.
Jarvis bajó por la ribera hasta llegar a la presa. Aflojó el paso al llegar al claro donde habían encontrado los aparejos de pesca de lord Inverkillen, pues observó a una mujer en la orilla. Se fijó bien y reconoció, para su sorpresa, a la señora MacBain. ¿Qué hacía en el río?
Por fin, el inspector salió de entre los árboles, la saludó y caminó hacia ella. El ama de llaves contemplaba absorta la presa donde lord Inverkillen se había ahogado.
—Hola, Alice, ¿qué te trae por aquí?
La señora MacBain no reaccionó ante la aparición del inspector. Ya lo había oído mientras se acercaba por el bosque. «Ha pasado demasiado tiempo en la ciudad —pensó—; si sale a cazar durante el invierno, con ese sigilo, pocas piezas se va a cobrar».
—Hola, Roddy. Solo he venido a echar un vistazo. No sé por qué me ha dado por ahí, llevaba años sin pasar por aquí —dijo mirando a su alrededor—. Aquí es donde pescaba, ¿verdad?
El inspector Jarvis asintió.
La señora MacBain se alzó el bajo del vestido y así el inspector pudo ver que llevaba botas de goma.
Siempre preparada. Juntos, vadearon el río hasta alcanzar la roca que conformaba la presa, fatídica para lord Inverkillen.
Era un dique natural, una peña plana y erosionada, con altura suficiente como para generar un salto y una poza de agua clara sesenta centímetros más abajo.
Era muy resbaladiza, un lugar de lo más extraño para pescar.
Jarvis se preguntaba por qué demonios habría decidido apostarse allí y no unos metros aguas abajo.
No tenía sentido. Lord Inverkillen no tenía fama de gran pescador, pero debía de saber que aquel no era el lugar más indicado.
En medio de estas cavilaciones, algo gordo le rozó la oreja izquierda y estuvo a punto de golpearlo en la cabeza, de modo que se llevó un buen sobresalto.
Justo cuando comprendía que era un pez que había saltado de la poza, resbaló.
Se cayó hacia atrás en la zona de aguas someras, en la piedra, al tiempo que otros tres peces saltaban el dique.
Atónito, Jarvis observó el agua para no llevarse más sorpresas.
Cuando hubo recuperado el aliento, soltó unos improperios y se puso en pie como buenamente pudo.
Mientras tanto, se le ocurrió que no habría sido raro caerse en la poza, como lord Inverkillen, y que se lo llevase la corriente.
—Olvidé avisarte de los peces. Perdona —dijo la señora MacBain entre risas—. Toma el sombrero.
Jarvis le dio las gracias, pero sin mirarla a los ojos. Se sentía idiota.
—O sea, que lord Inverkillen sí que estaba pescando —dijo en voz alta. Le había dado vueltas a esa cuestión—. Y por eso precisamente debió de acabar en el río.
La señora MacBain valoró la idea.
—Sí, pero no sería su primera vez, ¿no crees? Si yo sabía que los salmones saltan en el río, con más motivo debía de saberlo lord Inverkillen. ¿Le iba a pillar desprevenido?
—Quizá. Pero sí es cierto que saltan al tuntún, conque a lo mejor sí que fue mala suerte, ¿verdad?
—Guardaron silencio un rato hasta que Jarvis llegó a una conclusión—.
La verdad es que nada apunta a que fuese una muerte provocada.
He venido a comunicar a la familia la conclusión del forense: ha determinado que fue un accidente.
—¿Y la brecha en la nuca?
Jarvis la observó, preguntándose cómo se habría enterado.
—Quizá se la hizo con el río. Mira, Alice, es una muerte accidental. Esa es la conclusión oficial.
La señora MacBain se quedó mirando la poza y asintió despacio.
—¿Qué? —Al inspector lo asaltó un mal presentimiento.
—No, nada —respondió ella, y lo miró—. Qué tonta. Tengo que ir a buscar a Ross. ¿Sabes volver a la casa? Hay un atajo por entre esos dos robles —dijo mientras volvía a la orilla, y se encaminó a la destilería.
El inspector Jarvis tomó el sendero que el ama de llaves le había indicado; al cabo de cinco minutos oyó unas nítidas pisadas.
Se detuvo a escuchar. ¿De dónde venían? Miró el bosque a la derecha.
¡De allí! Los árboles se movían. Se detuvo y esperó a ver qué aparecía.
Y entonces oyó una voz de mujer que canturreaba, relajada y feliz.
Su paciencia fue recompensada con la aparición de lady Elspeth por detrás de un árbol retorcido. ¿Qué demonios hacía allí?
—Hola, señora. —Se habría quitado la gorra de no ser porque ya la llevaba en la mano, empapada.
Elspeth se giró, sorprendida de verlo.
—Oh, inspector, es usted —se limitó a decir.
Le pareció que estaba molesta. Algo se traía entre manos, eso estaba más claro que el agua. En apariencia, reinaba la calma, pero los ojos se le iban de uno a otro lado sin descanso, como si buscase algo... o a alguien.
—¿Se ha caído al río? —preguntó por fin, señalando su abrigo.
—Sí, el dique es muy resbaladizo.
—Es verdad. Por eso no nos gusta que los niños anden sueltos por la finca. Angus casi se ahogó de pequeño. Por cierto, ¿los ha visto? Se han vuelto a escapar. Al parecer, usaban las piezas de una armadura para deslizarse por la escalera de invitados. Dan muchísima guerra.
—Pues no, no los he visto —contestó Jarvis sin quitarle ojo mientras se preguntaba cuál sería la verdadera razón de que merodease por el bosque. ¿Se le había corrido un poco el pintalabios?
Siguieron mirándose con incomodidad unos instantes.
—Bueno, he de irme —dijo ella en voz baja. Se giró para marcharse, volvió a darse la vuelta y prosiguió, como si se le hubiese ocurrido de repente—. ¿Sabe adónde se dirige? La casa está bajando por ese camino y luego a mano derecha. —Y le señaló el camino por donde había venido ella.
El inspector asintió y la observó marcharse. «Se mueve muy bien por el bosque», pensó. No habría imaginado que una aristócrata se orientase entre los árboles, y menos con tanto dominio. «Sería una buena cazadora», se admiró.
Siguió el camino que ella le había indicado y, justo cuando empezaba a pensar que se había equivocado, oyó a alguien en la espesura.
No eran pasos erráticos, así que no podían ser los niños: se detuvo y esperó.
Un momento después apareció Ross MacBain, con aire tan sorprendido y culpable como Elspeth cuando vio al inspector.
—¿Aquí ayudando a buscar a los niños? —le preguntó Jarvis.
—¿Cómo? Ah, sí, en esas estoy. El bosque no es seguro. ¿Se ha caído en el río?
Jarvis admitió su torpeza, entre molesto y avergonzado por tener que hacerlo frente a un guardabosques perfectamente hábil.
—Ha faltado poco para que un salmón me diera matarile en la presa.
Ross asintió, tratando de disimular una sonrisa.
—Sí, van como una bala. Solo los ves cuando ya han pasado. En esta estación tiene un pase, pero en época de carrera hay que andar con mil ojos. ¿Sabe adónde se dirige? La casa está bajando por ese camino. —Apuntó en sentido contrario.
Jarvis sacudió la cabeza mientras volvía sobre sus pasos dejando atrás al guardabosques.
Se había perdido por completo. Caminó unos minutos y ya empezaba a transpirar cuando por fin divisó las pistas de tenis.
Resopló. Lo que fuera que aquellos dos hacían no era buscar a los niños, pues Iris los perseguía por las pistas.
No había nadie en la destilería cuando llegó la señora MacBain.
Ross solía pasar su tiempo libre allí con MacTavish.
«¿Dónde están?», se preguntó. Se dio la vuelta sacudiendo la cabeza y ya se encaminaba a la casa para preparar la cena cuando atisbó a lady Elspeth en la otra orilla.
Sonrió y la saludó con discreción. Lady Elspeth pareció sorprendida, pero solo por un momento.
Le gritó algo relacionado con que los niños se habían vuelto a escapar y desapareció tras una gran azalea.
«Ay, Señor —pensó la señora MacBain—, Iris tiene que atarlos más en corto».
El ama de llaves se acercaba a los robles cuando Ross apareció en el camino. Miró a Elspeth y, después, a su primo.
—¿En serio? —le preguntó, irritada. Él se limitó a asentir y sonreír—. ¿Después de tanto tiempo? Por el amor de Dios, su marido está aquí.
—Ah, pero nunca sale de la casa. Dice que tiene la sangre dulce y le pican los mosquitos.
—En esta época no hay mosquitos, lo sabes perfectamente.
—Ya, y él también lo sabría si saliese.
La señora MacBain contuvo una sonrisa.
—A ver, quería preguntarte una cosa. Una vez me dijiste que Hamish casi se había ahogado y lo salvaste, porque no sabía nadar. ¿Era cierto?
—Sí, la barquita aquella de color azul volcó. Nunca he visto a nadie hundirse tan deprisa. Estuve a punto de ahogarme por salvarlo. ¡Cómo se resistía!
—¿Crees que no aprendió a nadar?
—No lo creo. A menos que le enseñaran en Saint Andrews, en la universidad, pero el mar del Norte está frío como un témpano.