Abril #15
En efecto, nadie bajó a cenar. Eva pidió que le sirviesen una sopa en la salita de día. Philippe y Auguste prefirieron tomar platos fríos en la sala de billar. El resto se hizo llevar una bandeja a sus aposentos.
En realidad, tampoco estaba mal así. Varios trofeos de caza disecados habían desaparecido de la sala donde los exponían, incluido un alce canadiense.
Hubo que recurrir a siete sirvientes para acarrear a los niños a la casa y se tardó más de una hora en recolocar los venados.
Mientras se arreglaba el pelo y se alisaba la falda, la señora MacBain se preguntaba cómo se las había arreglado Nanny con sus setenta y ocho años para manejar a aquellos monstruitos.
A la mañana siguiente, la señora MacBain se encontraba en la cocina cuando la señorita Maxwell regresó con la bandeja de desayuno de la señora condesa, intacta.
La señora MacBain miró la bandeja y, a continuación, a la doncella.
—Señorita Maxwell, ¿qué ha pasado?
La doncella miró al ama de llaves, aturdida. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados.
—No me ha dejado entrar —respondió, y cruzó la cocina cabizbaja.
—¿No le ha dejado entrar? —exclamó la señora Burnside—. ¿Eso qué quiere decir?
La señorita MacBain miró a la cocinera y al ama de llaves y, acto seguido, al cielo. Se encogió de hombros y pareció como si fuera a desplomarse.
De nuevo, la señora MacBain se preguntó si habría dormido sin quitarse el vestido. Su cabello, que solía llevar impoluto, se asemejaba a un nido.
—¿Se encuentra bien, señorita Maxwell? ¿Quiere que avise al doctor? —preguntó el ama de llaves, quien de repente se alarmó.
La señorita Maxwell alzó la mirada y contestó:
—Me encuentro bien, señora MacBain. Solo algo cansada.
Apenas se la oía con el trajín de la cocina. Antes de que pudieran responder, la doncella subió las escaleras del servicio.
La cocinera y el ama de llaves intercambiaron una mirada de escepticismo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó la señora MacBain.
—No tengo la menor idea —reconoció la señora Burnside—, pero me da que le va a tocar a usted vestir a la condesa viuda esta mañana.
Cecil se despertó aturdido en su dormitorio del ala de invitados.
Había dormido mal, pues se había pasado la noche cavilando sobre cómo abordar a Angus.
Puesto que su sobrino odiaba vivir en Loch Down Abbey con todo su ser, sabía que se le abría una oportunidad.
Bastaba con encontrar la manera de aprovecharla antes de que a Angus le diera tiempo a pensar.
¿Necesitaba ganarse el favor de algún otro miembro de la familia?
¿El de cuántos? Lady Georgina le prestaría apoyo, por supuesto, pero ¿escucharía Angus a su abuela?
¿Y Victoria? Cecil era todo un maestro de las maquinaciones. De las maquinaciones y del buen vestir.
Se levantó y comenzó con sus abluciones cotidianas.
Echaba de menos hasta decir basta a su ayuda de cámara.
Vestirse, que en tiempos había sido una de sus rutinas preferidas, se había convertido en una fastidiosa ocupación.
Se le escapó un suspiro nostálgico al pensar en los ratos pasados en su vestidor en el castillo de Stronach, una estancia el doble de amplia que su dormitorio de Loch Down Abbey, con un variado guardarropa de trajes preciosos entre los que elegir y una gran bañera de cobre en la que se pasaba las mañanas sumergido.
«¡Concéntrate, Cecil!», se dijo. Se apresuró a acabar de vestirse y bajó a desayunar para ver si podía hablar en privado con Angus. Tenía que ver de qué humor estaba antes de trazar ningún plan.
En el comedor, Angus había ocupado el puesto de su padre en la mesa.
«El muerto al hoyo y el vivo al bollo», pensó Cecil con sarcasmo.
Pero el heredero iba vestido para jugar al tenis.
¿Sería una buena señal? El comandante fue al aparador para servirse huevos, champiñones y morcillas, y se preguntó si podría sentarse en el antiguo sitio de Angus para poder hablar con él.
En vida de su hermano, este lo había relegado al puesto más alejado posible.
A Cecil le sorprendía que no lo hubiese mandado a Drummond House.
—¿Os importa si hoy me siento aquí? —les preguntó a los presentes—. La luz me molesta menos a la vista —añadió y, ante la pasividad de todos, tomó asiento y echó un vistazo alrededor de la mesa. Qué suplicio de familia. «Los necesito —pensó—, pero qué fastidio».
Los del sector francés estaban enfrascados en la prensa de su país.
Auguste, ya quinceañero, se estaba haciendo un hombre a pasos agigantados, aunque conservaba el cabello pelirrojo.
Con excepción de Bella, todos los Inverkillen habían tenido de pequeños un pelo de un rojo casi artificial, que por suerte oscurecía con los años.
El de Auguste, sin embargo, aún parecía brillar en la oscuridad.
Vaya horror de herencia. Cecil se sintió afortunado cuando empezó a peinar canas.
El gris era un color de lo más distinguido en un hombre. «¡Concéntrate, Cecil!», se recordó.
Observó a los presentes intentando captar su estado de ánimo.
Fergus y Eva se ignoraban de manera ostensible.
Estaba claro que habían discutido antes del desayuno.
Cecil empezaba a preguntarse por el posible motivo, pero cayó en la cuenta de que no le importaba.
Tenía cosas más importantes en las que pensar.
Miró a Angus, que leía el periódico y farfullaba algo sobre críquet. Dobló el diario y lo apartó sin dejar de murmurar. No parecía una ocasión idónea para hablar.
Al coger el periódico, el gran titular de la portada captó la atención de Cecil: una misteriosa dolencia azota inglaterra. Ojeó el artículo.
—Cielo santo, lo de esta enfermedad se está poniendo serio.
Alzó la vista con la esperanza de que Angus le respondiera, pero estaba ocupado dándoles salchichas a los perros. En busca de otro asunto con el que entablar conversación, Cecil repasó la portada.
—Vaya, vaya, parece que por fin los yanquis van a acabar con la ley seca. No me explico cómo han aguantado tantos años sin beber.
—¿Y a quién le importa lo que les pase? —farfulló Angus de mala gana.
—Eso digo yo —convino Hugh sentándose a la derecha de su cuñado—. Pero ahora a lo mejor dejan de venir. Lo cierto es que sus cócteles sí que me gustan.
Angus miró a Hugh.
—¿Listo?
Este apuró el té y ambos se fueron sin decir nada más. Cecil tendría que intentarlo de nuevo si quería que su sobrino le echara una mano. Quizá a la hora del té.
—Bueno, ¿qué planes tenéis para la mañana? —se interesó Cecil tratando de sonar desenfadado, pero sus palabras retumbaron como si se encontrasen en un cañón—. Parece que ha quedado un buen día. ¿A alguien le apetece dar un paseo?
Todos soltaron sus periódicos, dejaron de comer y miraron a Cecil, pero nadie abrió la boca.
Tras un momento de tensión, siguieron desayunando sin mediar palabra y Cecil se ruborizó.
No creía que su hermano despertase amor suficiente como para que le guardasen luto de verdad.
De su madre sí se lo esperaba, desde luego, pero pensaba que a Hamish sus hijos no lo querían.
Sin embargo, era evidente que se equivocaba.
Transcurrió una semana de silencio sepulcral.
Iris tuvo la buena idea de instalarse en los aposentos de los niños para evitar disputas con la familia.
La generosidad de Hamish le había desconcertado tanto como a los demás.
No creía que la fuese a incluir en el testamento, pero que le dejara una cantidad igual a la de sus hijos...
No alcanzaba a comprenderlo. No obstante, si el señor Lawlis estaba en lo cierto y los Inverkillen se veían obligados a vender la casa y la finca, la cantidad en sí carecía de importancia.
Seguiría siendo una institutriz y no le parecía mal.
Eso sí, quizá era hora de ir buscando trabajo, aunque no sabía muy bien cómo.
Lady Eva siempre hablaba de la revista aquella, The Lady ; podría empezar por ahí.
La joven llevaba un rato mirando llover por la ventana mientras los niños hacían los deberes.
Echaría de menos la casa. Había sido su único verdadero hogar y, aunque no la habían recibido con el cariño que la hermana Margaret le había anunciado, era muy preferible a criarse en el orfanato.
Haber crecido en la casa de un conde le garantizaba mejores perspectivas de futuro cuando el siguiente mes de agosto cumpliese veintiún años.
¿Había un niño en la pista de tenis? Se giró y vio que en la habitación no había ninguno. ¿Cómo se las arreglaban para escabullirse?