Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Abril #14
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Abril #14

Les chillaban a Lawlis, a Iris y a Imogen, como si le hubieran dado vela en ese entierro. En el pueblo, había oído hablar de los Inverkillen y de su tendencia a vociferar, pero, por Dios bendito..., qué alaridos:

—¿Por qué tiene derecho a nada? Solo es una recogida...

¿Por qué lo ha permitido, Lawlis? No puede ser...

¡Ni siquiera es de la familia! No voy a compartir mi herencia con ella...

No vas a ver ni un penique si de mí depende...

¡Está claro que lo manipuló de alguna forma!

Sí, no le habría dejado nada si no lo hubiera manipulado...

Resultaba curioso que las únicas que no reaccionaron fuesen lady Georgina y lady Inverkillen.

La primera miraba el pañuelo de encaje que tenía en el regazo, algo incómoda.

Su nuera, en cambio, no le quitaba ojo a la muchacha; la miraba con una extraña expresión que Imogen era incapaz de descifrar.

¿Curiosidad? No exactamente. Había algo más.

Resultaba un poco inquietante. A Imogen le dio la impresión de que lady Inverkillen observaba a Iris como si la viera por primera vez.

Lawlis trató de hacerse oír por encima de la algarabía, pero fue inútil. Miró a su secretaria e hizo una mueca. Ella le señaló una silla con la mirada. Al cabo de unos instantes, el abogado la volcó y el impacto contra el parqué produjo un ruido seco. Se hizo el silencio.

—Por favor, siéntense —dijo Lawlis colocando la silla y volviendo a su sitio, tras al maletín.

Se aclaró la voz con suavidad y prosiguió con la lectura.

Se reservaba una suma para constituir un fideicomiso a favor de los nietos y algunas joyas pasaban a manos de la hermana del finado, Elspeth, que pareció satisfecha.

Lawlis calló un momento y respiró hondo, Imogen miró a su jefe. «Se avecina otra sorpresa», pensó.

—La última disposición —enunció Lawlis— prevé que se le otorgue una modesta renta anual a la señorita Maxwell.

Si la buena suerte de Iris había provocado una explosión, la de Maxwell generó el efecto contrario. Todos miraron al abogado con aire confuso y en silencio, hasta que Elspeth lo rompió.

—¡Qué disposición tan extraña! Muy pero que muy considerado, sí señor. Jamás habría esperado que Hamish fuese considerado.

—Ahí llevas toda la razón —convino lady Georgina.

Imogen volvió a mirar a lady Inverkillen. Se había quedado lívida y miraba al suelo con los ojos desorbitados, agarrada con fuerza al tejido de la falda. Era evidente que no estaba contenta, pero se esforzaba en disimularlo.

—¿La última disposición? —saltó Cecil—. ¿Y ya está? ¿Nada para mí? ¿Ni siquiera me menciona? A mi hermana le deja joyas; a la huérfana, una renta... ¿y a mí me ignora por completo? —añadió en un tono que mudó de animal rabioso a herido, y ya se sabe lo peligroso que es un animal herido.

Lady Georgina trató de calmarlo, pero él se dirigió al decantador y se sirvió un buen vaso de whisky, que se bebió de un trago.

—Me dijo que me había incluido en el testamento. Me lo prometió —se quejó y, sin soltar el decantador, se volvió hacia los demás—. Por los clavos de Cristo, hasta la doncella se lleva sus buenos cuartos. ¿Es que se acostaban o qué pasa?

Todos ahogaron un grito y dirigieron su atención a lady Inverkillen, que seguía mirando el suelo.

Fergus se acercó a su tío.

—Tranquilidad, no hay necesidad de ponerse de esa manera delante de las señoras —dijo acercándose al decantador, en un intento de desarmar al comandante.

Pero Cecil lo agarró de un tirón, con lo que derramó whisky por la boca del recipiente.

Se sirvió otro vaso y luego se quedó parado, musitando algo para sí mismo.

Fergus se disponía a recuperar el decantador cuando Cecil lo estampó contra la pared.

Sobre la alfombra llovieron esquirlas de vidrio y gotas de whisky.

Nadie había visto nunca a Cecil comportarse con semejante grosería; siempre era un perfecto caballero. Se quedaron helados al mirarlo, horrorizados por su conducta.

Hudson, en cambio, se limitó a alzar la mirada y emitir un suave suspiro. No sería fácil limpiar aquello.

Lady Inverkillen se levantó dispuesta a marcharse, diciendo que le dolía la cabeza y necesitaba echarse.

Estaba más pálida que antes, cosa que Imogen no hubiera creído posible.

Lawlis se vio obligado a pedirle que no se fuera, pues quedaba otro asunto urgente por tratar.

La dama volvió a sentarse, se recompuso y lo miró con expresión ausente.

—Si insiste...

El abogado se dispuso a abordar la parte más difícil de su labor.

Se aclaró la voz e Imogen comprendió que llegaba el momento que su jefe llevaba temiendo toda la mañana.

—Soy consciente de que ha sido un día duro para todos ustedes.

Unos días difíciles, más bien, y no deseo importunarlos por más tiempo.

Pero debo hacerlo. Hay un asunto de la máxima urgencia del que hemos de hablar y que está directamente relacionado con los legados —añadió posando la vista en Fergus.

Los Inverkillen se miraron entre sí, unos confusos y otros inquietos.

—¿Relacionado con los legados? ¿A qué se refiere, Andrew? —preguntó lady Georgina.

Lawlis se agitó, incómodo, y se quedó mirando el suelo unos instantes.

—Ninguno de los legados podrá transmitirse hasta que el impuesto sobre sucesiones se haya abonado por completo.

—Sí, eso ya lo sabemos —respondió lady Georgina con aire condescendiente.

—De acuerdo —prosiguió el abogado, algo ruborizado—, pero lo que no conocen es el estado de las cuentas. Los fondos escasean de manera alarmante y, aunque basten para cubrir el impuesto sobre sucesiones, después no quedará gran cosa.

La revelación desencadenó un revuelo de inmediato:

—¡No puede ser verdad! ¡¿Cuánto es el impuesto este de sucesiones?

! Es que no puede ser verdad... Deberíamos contratar otro abogado; por lo que se ve, este no entiende del oficio...

¿Cómo es posible que nuestra fortuna se haya desvanecido?

¡¿Un desfalco?! Claro que no, Lawlis trabaja para nosotros desde hace años... Pues que se explique...

Imogen sentía los insultos a su jefe como propios y dedicó una mirada de desprecio a los Inverkillen. Sabía lo que se había esforzado en ayudarlos. Dio un taconazo contra el suelo para restablecer el orden, mirándolos como una directora de escuela.

Lawlis suspiró hondo.

—Hacía meses que lord Inverkillen y yo buscábamos fondos con los que financiar la finca.

Pero lo que cierto es que Loch Down acumula pérdidas desde hace años.

Y ahora, con el impuesto sobre sucesiones...

—Hizo una pausa y bajó los hombros—. Tenemos cinco meses para pagar al fisco, pero, aun después de abonar ese pago, la situación financiera de la finca seguirá peligrando.

Y todo eso sin contar con el reparto de los distintos legados.

—Pensaba que íbamos a vender la destilería. Con eso debería bastar para los impuestos —dijo Angus mientras encendía un cigarrillo y le daba una profunda calada. Hugh estaba cerca y lo miraba angustiado.

—La hemos vendido. No obstante, el comprador solo quiso adquirir la parte física de la destilería: el edificio, la maquinaria, los derechos de agua, etcétera, pero no el negocio en sí. La empresa, Plaid Whisky, está endeudada hasta el cuello, ¿comprenden?

Al parecer, Angus no.

—Pero el edificio y la empresa son lo mismo, ¿no?

Imogen se fijó en que Fergus, en cambio, sí lo entendía a la perfección. Se había puesto tan blanco como su madre y le temblaban las piernas.

—¡Ay, Dios! —exclamó—. Sin los derechos de agua, también podríamos perder el salmón. Nos ha llevado a la ruina, ¿verdad? —Miró a Lawlis con un semblante que suplicaba que lo contradijese—. ¿En qué medida es grave?

El abogado dudó.

—Tendrán que vender Loch Down Abbey.

—¿Tienen que vender la casa? ¡Pero bueno! ¿De verdad? —exclamó Mackay, el ayuda de cámara, a quien le divertía pensar que los Inverkillen se fuesen a vivir a una casita en el centro del pueblo.

—¿Vender la casa? Pero ¿es que se han vuelto locos? —soltó Ollie, uno de los lacayos—. ¿Adónde van a ir? ¿Y quién la compraría?

Hudson acababa de relatar las novedades al resto del personal.

Había sido un relato escueto, pues al mayordomo no le gustaba explayarse, pero preciso: Angus era el nuevo conde; lady Inverkillen, una sintecho; y luego estaban quienes recibían dinero, Iris y Maxwell, si es que quedaba algo que repartir.

—Pues algún norteamericano, seguramente —dijo la señora Burnside con aire de repulsión—. Hoy en día son los únicos que tienen dinero. Pero ya os digo yo que no tienen ni idea de cómo llevar una casa como esta.

Se quedaron todos en silencio, pensando en la posibilidad de trabajar para otra familia, temiendo que se tratase de extranjeros que nunca hubieran tenido servicio. En fin, lo impensable.

Del fondo surgió una voz quejumbrosa.

—¿Y si no necesitan servicio? —Un escalofrío sacudió a todos los presentes. No, eso sí que era impensable.

La señora Burnside fue la primera en recobrarse y se puso a espetar órdenes.

—Ahora lo que hay que hacer es trabajar. Todo el mundo a su puesto. No sabemos qué pasará, pero que esta noche hay que servir la cena sí es seguro.

—Pero ¿usted cree que van a tener gana de cenar? —preguntó Maisie mientras se dirigía la cocina.

—No lo sé —contestó la señora Burnside—, pero no nos pillarán con las manos vacías en caso de que sí. ¡Venga!

Todos se dispersaron y dejaron solos a la señora MacBain y a Hudson, en cuyos rostros se dibujaba la preocupación.

—¿La señorita Maxwell lo sabe? —susurró el ama de llaves.

Hudson sacudió la cabeza.

—No lo sé. La cuestión es si se quedará una vez que se entere.

—¿Usted se quedaría? —preguntó la señora MacBain, y Hudson se encogió de hombros.

A través de la cocina, el ama de llaves se dirigió a las escaleras traseras. La señora Burnside gritaba a las ayudantes de cocina, que cortaban y mezclaban ingredientes para preparar una cena que la señora MacBain tenía por seguro que nadie consumiría.