Abril #13
¿De qué se trataría? No pudo reflexionar al respecto, pues el reverendo se estaba atragantando otra vez con un sándwich y tuvo que correr a auxiliarlo. «¿No se irá nunca esta gente?».
Aburrida de aquel ambiente, Eva se dirigió a la sala de billar y echó un vistazo al techo al entrar.
«¿No habrá una sola estancia sin el tartán de los Inverkillen?
», se preguntó. Allí vio a Cecil, que jugaba solo.
No parecía particularmente apesadumbrado por la muerte de su hermano.
Eva se recostó en el umbral. ¿Qué tarareaba?
¿Una opereta de Gilbert y Sullivan? No caía en la cuenta.
—¿Te parece excesivo el fingimiento? ¿Las lágrimas de cocodrilo que se traen? —preguntó él antes de darle un trago al brandy—. ¿Quieres jugar? —la invitó mientras le señalaba la mesa.
—¿Es jugar propio de damas? —preguntó ella con una sonrisa. Cruzó la sala con gracilidad, tomó un taco y acertó un tiro bastante difícil.
Cecil silbó, impresionado.
—Ya veo que eres más que una cara bonita —dijo mirándola un instante—. De manera que eres la hija de ZanderBitterling... Pasamos bastante tiempo en Londres. Ya sabes, durante la temporada.
—¿Cómo que «pasamos»? —inquirió ella a la vez que encajaba otro tiro con gran pericia.
—¡Brava! Mi difunta esposa y yo. La marquesa de Drysdale, ¿no te suena?
Una mujer maravillosa, de una familia antiquísima.
La casa está en St. James, un sitio perfecto, ¿verdad?
Ideal para recibir invitados, aunque nunca he coincidido con tu padre.
Me extrañaría que no tuviéramos amigos en común.
Mi esposa y yo teníamos un extenso círculo de amistades.
Eva falló el siguiente lance a propósito y se dirigió a una mesa alta que había en el lateral. Cogió el decantador de cristal.
Cecil le sonrió.
—Sírvete, por favor. Seguro que nunca has probado un brandy tan bueno. Los hermanos Berry lo embotellan en exclusiva para mí.
Eva olfateó la bebida y observó a Cecil aprovechando que estaba concentrado en la mesa.
«Desde luego que pertenece a otra generación —pensó—, a una que valoraba hacer las cosas en condiciones».
Vestía de forma impecable, al contrario que su prometido, y cuidaba su aspecto con dedicación.
De haber sido de su edad, lo habría calificado de dandi.
—Por supuesto —prosiguió él—, nuestra casa de Londres no es tan grande como la de aquí, el castillo de Stronach. ¿Has oído hablar de él? Se dice que era donde lord Darnley se escapaba con sus amantes.
Siguió contándole la historia de aquel rey consorte escocés y sus amoríos, pero Eva no le prestaba gran atención.
Se había quedado con dos palabras: castillo y marquesa , dos términos que Fergus no había empleado para explicarle el papel que Cecil desempeñaba en la familia. La joven se preguntó por qué motivo.
Durante la recepción que siguió al funeral, lady Inverkillen miraba los terrenos desde la ventana.
¿Qué podía decir? Su marido había muerto y, por trágico que fuera, la vida seguía.
Así debía ser. Era la viva imagen de la viudez digna, de pie ante el mirador del salón azul, a duras penas sonriente y asintiendo a las personas que le daban el pésame.
Hablaba lo mínimo imprescindible, lo justo para no mostrarse descortés con los invitados.
Cuando hubo saludado al último de ellos, dio un suspiro de alivio y se sentó en el sofá, frente a su suegra.
Con serenidad, y un poco distraída, le dio un sorbo a la copa de champán, lo que hizo que se levantara alguna que otra ceja, y se limitó a mirar por las ventanas.
De nuevo, le correspondió a lady Georgina tomar las riendas y así fue mientras dispensaba explicaciones a diestro y siniestro:
—Sí, ha sido un golpe duro, una verdadera pena perderlo tan joven... Angus será un buen vigésimo conde... En efecto, habrá que posponer la boda, pero esperamos que no demasiado... Por supuesto, organizaremos la fiesta del pueblo también este año... Así lo habría querido Hamish...
A lady Inverkillen todo aquello le resultaba agotador y era feliz de ceder el desempeño de sus obligaciones a lady Georgina, a quien la naturaleza había dotado mucho mejor para esa tarea.
Cuando Lawlis y el doctor se acercaron a despedirse, lady Inverkillen se puso en pie sin decir nada y los acompañó a la puerta.
«Parece agradecida de tener una excusa para salir del salón», pensó el abogado, quien mencionó que necesitaba ver a los Inverkillen al día siguiente y preguntó si la hora del té era buen momento.
La dama asintió distraída y volvió a la armería.
Lawlis le dirigió al médico una mirada titubeante.
¿Lo había oído lady Inverkillen? Por fortuna, Hudson los esperaba con sus sombreros y le aseguró a Lawlis que la familia lo recibiría al día siguiente por la tarde.
Los tres advirtieron que lady Inverkillen se quedó ante la puerta del salón, a todas luces pensando si volver a la recepción o no.
Cuando comenzó a oír otra vez el inconfundible amago de ahogamiento del reverendo, se giró y subió las escaleras despacio, canturreando en voz baja, y dejó a lady Georgina al mando.
Imogen MacLeod observaba a Lawlis mientras este conducía. Era su nueva secretaria y le había pedido que lo acompañara a Loch Down Abbey a tomar notas. Ese día iba a leer el testamento de Hamish.
«Madre mía, qué nervioso está —pensó Imogen—; ¿por qué será? Ya debe de haberlo hecho en otras ocasiones».
Luego recordó el encuentro que el señor Lawlis había mantenido con el señor MacGregor, el contable.
Se habían pasado la mayor parte del día encerrados en el despacho y, a juzgar por su rostro, no se trataba de buenas noticias.
Luego le había pedido que cancelara todas sus citas y le llevara el testamento de lord Inverkillen.
«Ah, sí —pensó ella—, ahora todo cobra sentido».
Hudson los condujo a la biblioteca, donde la familia tomaba el té.
Parecieron sorprendidos de verlo, según Imogen, y sin duda pensaban que era una visita social.
Lady Georgina le ofreció una bebida sin quitarle ojo a Imogen, pues no sabía quién era.
Les dijeron que ese día era particularmente bueno el bizcocho de nueces.
—Ah, no, me trae otro cometido. Vengo a leer el testamento de lord Inverkillen.
«Ya no hay marcha atrás», pensó Imogen.
Una oleada de sorpresa recorrió la estancia y se dejaron en la mesa varias tazas de té.
—¿Cómo? ¿Ahora? —farfulló Fergus, mirando por turnos a Lawlis y a Imogen—. ¿Justo el día después del funeral? ¿Es normal?
—Así me lo exigió lord Inverkillen, en esos precisos términos, y es mi deber profesional cumplir con la promesa que le hice.
Bien, aquí tengo sus últimas voluntades y hay un par de asuntos que habrá que dirimir —dijo, y señaló la mesita del té.
Hudson retiró la bandeja enseguida y Lawlis dispuso su maletín.
Imogen acercó una silla y tomó su cuaderno. Al alzar la mirada, reparó en que Fergus aún la observaba. Se ruborizó un poco y volvió a mirarse el regazo, dispuesta a levantar acta de la lectura.
Lawlis sacó unos pocos papeles, dedicó unos instantes a revolverlos y ordenarlos, y se aclaró la voz.
—¡Vamos con ello, hombre! ¡No tenemos todo el día! —ladró Angus, que bebía, y no precisamente té. Su abuela lo hizo callar.
Lawlis empezó a leer.
A Iris le pareció de lo más aburrido. En los libros siempre resultaba más emocionante.
«Ojalá me hubiera servido más té antes de empezar», se dijo.
Miró distraída por la ventana. ¿Estaban los niños en el césped?
Por supuesto, nadie los vigilaba. Ay, Señor...
¿Debería escabullirse y salir a buscarlos?
No, con eso interrumpiría la lectura del testamento.
¿Jugaban con una cabeza de ciervo? Cielo santo... ¡Qué horror de criaturas!
Mirando de nuevo al interior, observó varios bostezos reprimidos y unos rostros más bien ausentes.
Desde luego, no era la única que se aburría.
Por fin, al cabo de unos minutos, Lawlis hizo una pausa y se aclaró la garganta de forma ostensible.
Los presentes se irguieron y se pusieron de repente en alerta: ya llegaban los legados.
Fue exactamente lo que se esperaban..., o, al menos, al principio.
A lady Inverkillen, Victoria, le quedaban una generosa renta vitalicia y todas las alhajas que Hamish le había regalado.
Las joyas de pasar de la familia quedaban en manos, como era costumbre, de la condesa de Inverkillen, en adelante, Constance, que lucía un semblante de lo más complacido.
Drummond House, sin embargo, permanecería en manos de lady Georgina hasta su fallecimiento.
Todos contuvieron la respiración y miraron a lady Inverkillen.
En efecto, su marido la había dejado sin techo.
O bien permanecía en Loch Down Abbey, bajo mandato de Constance, o bien se trasladaba con lady Georgina a vivir bajo su yugo, siempre que accediera a cederle algún aposento.
Iris no sabía cuál de las dos opciones era peor.
Lawlis prosiguió. Angus heredaba el título, por supuesto, así como la casa y la finca.
«Casi todo», pensó Fergus con repentina amargura.
El destino de los segundones de la aristocracia.
«O la maldición más bien», se corrigió mirando a Hugh.
Siempre le había dado pena por tener que vivir allá en lugar de hacerlo en su propia casa, por el mero hecho de tener un hermano mayor. Aunque a Hugh nunca pareció importarle.
Lawlis se calló y respiró hondo. Imogen notaba los nervios de su jefe y le extrañó, pero no alzó la vista del cuaderno. Lawlis leyó los nombres de tres personas a quienes se legaba una renta anual de igual importe: Fergus, Bella... y también Iris.
Se hizo un silencio sepulcral.
Imogen alzó la vista y advirtió que todos los miembros de la familia miraban a Iris, quien parecía querer que se la tragase la tierra. El reloj dio el cuarto de hora y todos empezaron a gritar.