Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Abril #12
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Abril #12

El sacerdote era un hombre gordinflón de cincuenta y tantos años cuyo amor por la comida superaba al que le profesaba al Señor.

Pero era un buen vicario y la gente del pueblo le guardaba respeto.

Sus sermones eran cortos e iba al grano.

Fue iniciativa suya instaurar el Himnos y Pimm’s, una fiesta estival en la que se bebía y cantaba para recaudar fondos a favor del orfanato del pueblo.

Miembro del club local de curling , además de un rival temible, había vencido cinco ediciones del campeonato del condado.

Y era tristemente célebre por presentarse de visita justo antes de la comida.

Siempre fingía no ser consciente de la hora y aceptaba la amable, aunque resentida, hospitalidad.

Entre los fieles se murmuraba que llevaba un calendario mensual para no almorzar dos veces seguidas en la misma casa.

En el fondo, no era del todo mentira. Ese día era martes y se le hacía la boca agua de pensar en el asado de jabalí con manzanas que le servirían en Loch Down Abbey.

Se encontraba en la biblioteca, observando un libro particularmente hermoso (¡qué placer disfrutar de un volumen tan especial!) cuando Bella entró en la estancia. Se le cayó el alma a los pies. Sería difícil que ella lo invitase.

—Ah, reverendo Douglas, me temo que los demás están ocupados y tendrá que tratar conmigo. Disculpe. ¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó Bella de pie y sin ofrecerle asiento.

El sacerdote dejó el libro.

—He venido a darles el pésame, lady Annabella. Ha sido un duro golpe para ustedes. Lord Inverkillen era tan bueno... ¡Qué cruel resulta tener que decirle adiós a un hombre en la flor de la vida!

—Claro, claro —murmuró Bella sin prestar mucha atención a los balbuceos del sacerdote.

«Ha reaccionado de inmediato», pensó. Supuso que le preocupaba su pellejo.

La vicaría estaba adscrita al condado y Bella era consciente de que la familia podía mantenerlo en su puesto o prescindir de él.

En esos momentos, un visitante escudriñador no les venía nada bien. Debía librarse de él.

—Hágame saber de qué modo puedo serles de ayuda con el funeral. Estoy a su entera disposición —se ofreció, e hizo una ligera reverencia al pronunciar la última frase.

—Aún no hemos tenido tiempo de pensarlo, reverendo. Seguro que lo comprende, dado que sucedió ayer. Lo avisaremos a su debido tiempo —añadió, e hizo amago de acompañarlo a la puerta.

—Ah, vicario, me alegro de verlo. Se quedará a almorzar, ¿verdad?

Hablaremos sobre los preparativos después —dijo lady Georgina, que, surgida de la nada, había tomado al sacerdote del brazo y lo conducía al comedor—.

Había pensado en una lectura del Evangelio de san Juan, seguida de aquel himno que tanto le gustaba...

¿Cómo se titulaba? Aquel de no sé qué, no sé cuántos y una trompeta...

Y quizá podríamos poner rosas amarillas de nuestro invernadero.

Sé que no es un color tradicional, pero sería una pena no aprovecharlas.

¡Este año están preciosas! Ah, Hudson, avise de que el reverendo se queda a comer, que añadan un cubierto.

A no ser que seamos impares. En ese caso, que la muchacha almuerce con los niños.

Bien, reverendo, ¿qué opinión le merece...

? —prosiguió la condesa viuda mientras abandonaba la estancia camino del comedor.

«Ni que organizase un baile...», pensó Bella.

En la mesa, hablaron de los temas habituales: las fiestas del pueblo, el tiempo y cotilleos del baile.

Fergus estaba sentado al otro extremo con su encantadora prometida.

Era un placer volver a ver a lady Elspeth.

«Si no estuviera al corriente de lo que sucedió ayer, parecería que no ha pasado nada», pensó el vicario.

Solo lady Georgina aludió al motivo por el que se encontraba con ellos, con su aluvión de ideas para el funeral, lo que hacía difícil concentrarse en la mousse de salmón.

Cuando la matriarca sacó otra vez a colación las rosas amarillas, Eva protestó:

—Son para la boda. Me prometió que las podría usar —dijo sin quitarle ojo a lady Inverkillen, que miraba absorta por la ventana. Cesaron todas las conversaciones.

—Eva, calla —le susurró Fergus mientras posaba la mano sobre la suya.

Bella la taladró con la mirada.

—En un momento así, solo te angustian las flores de la boda, ¿de verdad?

La chica no tenía sentido del decoro. Normal, era hija de comerciantes.

—Bella —terció Fergus con voz firme—, tiene derecho a estar disgustada. Su boda se va a posponer y...

—¡¿Posponer?! —gritó Eva.

—¿Te sorprende? —repuso Bella—. Estamos de luto. A lo mejor no te habías dado cuenta, pero vamos todos de negro.

El reverendo Malcolm no pudo evitar mirar a Angus y a Hugh, ambos enfundados en ropa blanca de tenis.

«No conviene en absoluto que el vicario presencie una zapatiesta familiar», pensó Constance. Era de lo más indiscreto, y para la hora del té ya serían la comidilla de todo el pueblo.

—Señoras, por favor, tenemos un invitado.

En un arrebato, Eva lanzó la servilleta a la mesa, lo que sobresaltó a Fergus.

—Ya hemos encargado las invitaciones, Bella. Se ha publicado en la prensa, ¡por el amor de Dios! ¿Qué pensará la gente si lo posponemos? —dijo Eva casi a gritos.

—Pensará que es lo adecuado y respetuoso, ¡al contrario que tu conducta ahora mismo!

Todos contuvieron el aliento. Constance alzó las manos y habló en tono tranquilo pero elevado.

—¡Damas, por favor! Como señora de la casa, me veo en la obligación de pedir... —arrancó Constance, pero no pudo continuar, pues Bella y Eva se levantaron de un salto.

—¿Cómo se te ocurre pedir nada, Constance? —siseó Bella, encolerizada—. No eres la señora de esta casa.

—Desde luego que lo soy más que tú en este momento —repuso Constance. Tomó aliento para proseguir, pero Eva salió escopetada dando un portazo a la puerta del comedor. La estancia se sumió un clamoroso silencio.

Como resultado, lady Inverkillen pareció salir de su ensoñación.

—¿Pasamos a los postres? —propuso en voz baja, y le indicó a Hudson que retiraran los platos.

El funeral se celebró al cabo de seis días. Asistieron pocas personas del pueblo, pero sí numerosos aristócratas, sobre todo por respeto a la propia clase. Todo el mundo coincidió en elogiar la belleza de las rosas.

Tras la misa, a medida que los lores y ladies se congregaban en la puerta de Loch Down Abbey, la señora MacBain se preguntaba si alguien repararía en que faltaban lacayos.

Por culpa de la dichosa enfermedad, se habían reducido de ocho a cinco y se había visto en la tesitura de recurrir a sirvientas para atender a los invitados.

«Si esta gente bebiera menos —pensó—, nos las arreglaríamos, pero esto es como una fiesta».

Con el personal del que disponía, apenas daban abasto para servir y retirar copas y platos, y no quedaba nadie para fregar.

Angus no era de ayuda, dado que se pimplaba un whisky tras otro como si le fuera la vida en ello.

Al menos lo acompañaba Hugh, que era el único que podía controlarlo.

El reverendo se había instalado junto al reloj de pie, justo al lado de la puerta del salón, para ser el primero en probar todos los platos que iban llegando de la comida.

Allí andaba sermoneando, más que hablando, a cualquier pobre alma que se le acercase.

A menudo se entusiasmaba más de la cuenta y, en consecuencia, rociaba algún escote de miguitas y saliva.

La condesa de Dryburgh había salido particularmente mal parada, hasta el punto de que la señora MacBain había tenido que conducirla al tocador del primer piso para que se retocara.

El ama de llaves se habría compadecido de la aristócrata si esta no hubiera insinuado a bombo y platillo que Sadie, enviada en su ayuda, había tratado de robarle las joyas.

Joyas y escotes en un funeral, en fin...

En su ronda del salón, la señora MacBain captó algunos fragmentos de conversaciones.

Nada de interés, en realidad, solo cotilleos de gente bien.

Las señoras se entretenían con novedades de moda, collares caros y rumores de aventuras.

Los caballeros, con el whisky, la caza y las sirvientas de vida alegre.

El ama de llaves se preguntaba cuándo se irían. Aparte de todo aquello, tenían que preparar la cena, pero el personal al completo estaba exhausto por el funeral.

Lawlis y el doctor mantenían una conversación de lo más seria.

Se habían retirado a una esquina, junto a un desnudo en mármol encargado por el duodécimo conde a su regreso del Grand Tour.

Se rumoreaba que era su amante. Apoyado en la escultura, el doctor le echaba el brazo por encima del hombro, inconsciente de que le acercaba la mano peligrosamente al pecho.

La señora MacBain se preguntaba de qué estarían hablando. Parecía un tema serio.

«Creo que hace falta colocar bien las cortinas de aquel rincón», pensó, y se acercó a ellos.

—La verdad es que no sé cómo anunciarlo, pero tengo que hacerlo mañana —decía Lawlis, entre sorbos de whisky.

—¿Está seguro, sin dudas? ¿No puede tratarse de un error? —preguntó el doctor con el mismo aire de preocupación.

«Voy a arreglar un poco esas flores, ya que estoy aquí», se dijo el ama de llaves.

—No —suspiró Lawlis—. MacGregor tendrá otros defectos, pero jamás se equivoca.

El doctor asintió con semblante de conmiseración.

—¿No podría al menos posponerlo y darles un poco de tiempo para encontrar una solución?

«Cielo santo, ¡lo desordenadas que están esas revistas!», pensó el ama de llaves mientras tomaba el número del mes de Country Life .

—Tengo un compromiso deontológico. Así lo quería Hamish y yo acepté, tonto de mí —explicó el abogado antes de darle un buen trago al gran vaso del que bebía.

De repente, repararon en ella. La señora MacBain sonrió con aire inocente y siguió ordenando la mesa. Espantados, los dos hombres se escabulleron como chiquillos a quienes hubieran pillado en falta.