Abril #11
—¡Ay, Señor! —exclamó la señora Burnside—. Esos niños ya daban bastante guerra, pero ahora, sin Nanny, no sé cómo se las va a arreglar ella. Antes de que caiga el sol, correrán desnudos por el bosque, acuérdense de lo que les digo.
—Bueno, mejor que le toque a ella que a nosotros —terció Lockridge, e intercambiaron una mirada sombría.
Todavía no clareaba a la mañana siguiente cuando la ayudante de cocina aporreó la puerta de la señora Burnside. Esta abrió la puerta refunfuñando.
—¿Se puede saber qué haces? ¡Vas a despertar hasta a los muertos!
—Perdóneme usted, señora Burnside —dijo la muchacha, sin aliento y aterrorizada—. No sabía qué hacer. No encuentro a la señorita Maxwell y la bandeja del desayuno de la señora condesa sigue en la cocina.
La señora Burnside sacudió la cabeza, confundida. Aún no se había tomado el primer té del día y andaba adormilada.
—¿Cómo?
—La he buscado por todas partes. Primero he ido al dormitorio de la señorita Maxwell, pero no había nadie; luego, al cuarto de baño; después, al guardarropa, la lavandería y la sala del servicio.
He mirado en el patio, por si había salido a fumar, aunque ella no fuma, pero cualquiera sabe —precisó, y paró a tomar aire—.
No la encuentro por ningún sitio, señora Burnside, y lo que está claro es que no le voy a llevar yo el desayuno a la señora condesa. ¿Qué hacemos?
Le tocó el turno de entrar en pánico a la señora Burnside. En un intento de disimular su desasosiego, mandó a la muchacha a la cocina para que se encargara de las demás bandejas y luego fue en busca de la señora MacBain.
—¿A qué se refiere con que la bandeja sigue en la cocina? —preguntó la señora MacBain mirando el reloj—. Son las seis y cuarto. ¡Alabado sea Dios! La señora condesa tomará su baño dentro de un cuarto de hora.
—Me parece a mí que no. Me apuesto cinco libras a que no sabe prepararse el baño ella sola. ¿Qué vamos a hacer?
—Bien —contestó la señora MacBain apretándose el cinturón de la bata—.
Monte una bandeja nueva mientras me visto.
Yo le llevo el desayuno a la señora condesa.
Usted vaya a buscar a Maxwell. La esperan en Drummond House dentro de tres cuartos de hora y no pienso responder ante lady Georgina si no se presenta a tiempo.
Quince minutos más tarde, la señora MacBain llamó con suavidad a la puerta de lady Inverkillen y entró en su vestidor con respiración entrecortada. ¡Ja! Se estaba preparando el baño sola. La señora Burnside había perdido la apuesta.
—¡Llega tarde, Maxwell! —gritó—. ¿Qué le ha pasado? Tendré que saltarme el desayuno —dijo con tono irritado, pero no enfadada, lo cual era bueno.
La señora MacBain dejó la bandeja y se alisó la falda.
—Soy yo, señora condesa. Me temo que la señorita Maxwell se encuentra indispuesta. Disculpe por traerle el desayuno tarde, pero nos acabamos de enterar.
Lady Inverkillen entró en el vestidor. A la señora MacBain le sorprendió verla con una bata de seda medio desabrochada. Era una mujer tan delgada que casi se transparentaba. El ama de llaves se puso a recolocar la bandeja, nada más que para evitar mirarla.
—¿Indispuesta? —preguntó lady Inverkillen con aire confundido—. ¿Es que no se puede contar con nadie en las malas rachas? —suspiró, con aire de estar a punto de desplomarse—. Bien. Deje ahí la bandeja. Ya me visto yo sola —añadió mientras se dirigía al baño.
—Sí, señora.
La señora MacBain hizo una reverencia y abandonó la habitación con un suspiro de alivio.
No había ido tan mal como se temía. De haber sido Bella, en cambio...
Se estremeció solo de pensarlo. De camino a la escalera del servicio, le llamó la atención el frufrú de un tejido.
Se giró y, en el pasillo, vio a la señorita Maxwell, con el rostro lívido.
—¿Se puede saber dónde andaba? —siseó la señora MacBain hecha una furia—.
Me ha tocado llevarle el desayuno a la señora condesa.
Y encima tarde, dese cuenta. Le he dicho que estaba mala, así que hoy no se deje ver, no vaya a dejarme por mentirosa.
Se ha preparado el baño y se vestirá ella misma esta mañana.
Señorita Maxwell, sé perfectamente que usted no responde ante mí, pero esto es intolerable.
Maxwell tuvo la decencia de mostrarse achantada. Cuando al fin abrió la boca, justo cuando la señora MacBain iba a irse, emitió apenas un susurro.
—Lo sé, señora MacBain, y le agradezco que me haya cubierto. De verdad.
«Tiene un aspecto terrible», pensó la señora MacBain, examinándola con calma como si no la conociese.
Llevaba el pelo desaliñado, y el vestido, arrugado.
Era evidente que no se lo había quitado para dormir, pero Maisie había dicho que no se encontraba en su dormitorio cuando llamó a la puerta. Nada cuadraba.
—¿Está todo en orden, Flora? ¿Se encuentra bien? —se interesó con sinceridad—. Esta enfermedad...
—Estoy bien, solo un poco alterada. Lo de lord Inverkillen... Y tan poco tiempo después de Nanny Mackenzie... Nunca se me había muerto nadie, o sea, nadie cercano. No es que ellos lo fuesen, en fin, pero ya me entiende lo que quiero decir. Resulta... Me parece... Vaya, todo es muy triste.
La señora MacBain no daba crédito.
—¿Muy triste? ¡Cristo bendito! Recompóngase y haga su trabajo, mujer, que nos ha puesto en un brete a las demás.
Si hubiera sido una de mis muchachas, ya estaría de patitas en la calle buscando otro trabajo, pero así, al instante.
Tiene suerte de que la señora condesa solo estuviera disgustada.
Suba y arréglese. La esperan en casa de la condesa viuda dentro de media hora y no puede vestir a lady Georgina con este aspecto.
Tras marcharse, la señora MacBain se quedó reflexionando sobre la conversación.
Era obvio que Maxwell estaba afectada, y mucho.
Pero ¿por qué? La muerte de Nanny era un golpe, sí, pero ninguno de ellos tenía una relación muy estrecha con ella.
A juzgar por su reacción, cualquiera habría pensado que se había muerto la señora condesa.
Todo resultaba extrañísimo, pero no tenía tiempo de darle vueltas.
Se deslizó por la puerta tapizada de verde y se dirigió a la cocina para comprobar que no se hubiese torcido nada más.
Tras el desayuno, Bella esperaba impaciente a que la doncella de Constance acudiese a vestirla.
Siempre le había irritado el hecho de carecer de una propia.
¿De qué servía ser aristócrata si una no tenía doncella?
Llevaba años maniobrando para conseguirlo, pero le habían denegado la petición una y otra vez.
Cuando Constance se integró en la familia, lo hizo con su doncella y aceptó de mal grado compartirla con Bella, de modo que esta había tenido que resignarse a que la atendieran después que su cuñada.
A Constance le llevaban el desayuno primero, le preparaban el baño y la vestían antes que a ella.
Pero luego Bella se casó y dio por supuesto que tendría su propia doncella.
Una semana después de la luna de miel, no había aparecido y comprendió a las claras que tendría que seguir compartiendo la de Constance.
Estaba que echaba humo. Verse relegada a compartir era una humillación.
Una mujer casada debería disponer de su propia doncella.
Seguro que había dinero para pagarle. Al fin y al cabo, los sirvientes eran baratos.
La pelea con su padre se había prolongado varias semanas.
Hugh, su esposo, se había mantenido al margen.
Como no era el primogénito, carecía de medios financieros para asumir el gasto.
Ella se había casado con quien le habían indicado.
Había tenido los hijos que le habían exigido.
Había cumplido con las obligaciones que se esperaban de ella y solo deseaba lo que le correspondía: una doncella.
Le parecía que no era mucho pedir. Cuando Hamish dio el tema por zanjado, Bella supo que no había vuelta de hoja, pero la reconcomía el resentimiento.
Luego, los libros de Hugh empezaron a venderse y la pareja ya disponía de dinero propio, de modo que comenzó a buscar doncella tan contenta, pues podría pagarle su marido, no su padre.
Sin embargo, en cuanto Hamish tuvo conocimiento del asunto, la convocó en la sala de los mapas.
Y aquella estancia nunca era escenario de buenas noticias.
Discutieron durante casi una semana. Hamish no tenía la menor intención de permitirlo.
No explicó sus motivos, pero insistió en que, mientras Bella viviese en Loch Down Abbey, compartiría la doncella de Constance.
Estuvo furiosa casi un mes y la relación con su padre nunca llegó a arreglarse.
Luego se anunció la boda de Fergus, y Bella no pensaba en nada más que en la manera de convencer a Hamish de que necesitaba su propia doncella.
De ningún modo iba a conformarse con ocupar el tercer puesto, y menos detrás de Eva, una criatura repugnante.
¿Tercera por detrás de la hija de un comerciante?
Que la llamaran «lady Eva» si querían, pero aquel título lo habían comprado.
No, no iba a aceptar por más tiempo que la trataran así.
Estaba en su propia casa y ocuparía el lugar preferente, aunque tuviera que vender a un hijo.
Tras lo acontecido la víspera, no obstante, la situación había cambiado. Su padre ya no iba a plantearle problemas y Angus no se atrevería a negarle su petición. Bella se dirigió canturreando a su escritorio y redactó el anuncio. Su baño matinal tendría que esperar.
Poco antes del almuerzo, llegó a la casa el reverendo Malcolm Douglas, vicario de St. Andrew on the Loch.
Se había acercado, explicó, a darles el pésame y a ofrecer su ayuda en todo lo que fuera necesario.
Hudson lo acompañó a la biblioteca y fue en busca de Angus y de lady Inverkillen, sin saber muy bien quién querría ponerse al mando.