Abril #10
—Lo que ocurre es que la presa es un sitio algo extraño para pescar.
Tan cerca de un salto no suelen abundar los peces —dijo mientras escudriñaba los rostros a su alrededor, que no le quitaban ojo y parecían no entender nada—.
Allí no hay alimento. Da la impresión de que no se dirigió allí porque quisiera pescar.
—¿Y quién demonios iría a pescar si no quisiera pescar? —soltó Angus, que empezaba a perder la paciencia.
—Mire, le aseguro que tengo cosas que hacer —dijo Bella con irritación—. ¿Ha terminado? —preguntó y, sin esperar respuesta, se levantó y se encaminó a las puertas.
—Lo cierto es que no.
A Fergus le sorprendió el tono de ofensa del inspector. Bella se giró con los ojos en blanco. Otros de los presentes se revolvieron en sus butacas y, entonces, el inspector prosiguió:
—Es una hora extraña para salir a pescar.
Lady Georgina se irguió, y de forma mucho más ágil de lo que Jarvis habría imaginado dada su edad.
—Inspector, podemos especular durante todo el día sobre las preferencias y motivaciones de Hamish, pero puedo asegurarle que nunca sabremos el motivo por el que escogió ese lugar o esa hora en particular, ni el tipo de cebo que prefería.
Era muy reservado. Y ahora debo regresar a mis asuntos.
He de escribir muchas cartas —zanjó mientras se levantaba y se dirigía a las puertas—.
Hudson, haga el favor de pedir que traigan el coche.
Antes de que Jarvis pudiera reaccionar, lady Georgina ya había salido y el resto de la familia interpretó su partida como una ocasión idónea para hacer lo propio.
Algunos ofrecieron sus excusas, pero muchos abandonaron la estancia sin más.
Al inspector le pareció oír a alguien farfullar algo relativo a un partido de tenis.
¿En un momento así? Sacudió la cabeza y al cabo de un instante reparó en que se había quedado solo en mitad de una sala desierta. Nunca se había sentido tan confundido.
—Si eso es todo, señor, lo acompañaré a la salida —se ofreció Hudson mientras le señalaba las puertas, en actitud de paciente espera. Jarvis lo siguió, atónito, preguntándose qué diantres acababa de suceder.
En la planta de servicio cundía la desolación. Nadie sabía muy bien qué decir. Primero, lo de Nanny; luego, aquello.
La señora MacBain los había reunido a todos para anunciar la noticia.
Consideró preferible hacerlo ella antes de que se enterasen por ahí.
Tenían trabajo y, después de Nanny y Archie, aquella mañana había enfermado también una ayudante de cocina.
Lo cierto era que el ama de llaves no tenía tiempo para preocuparse de todo; lo único que esperaba era que no cayese malo nadie de la familia porque bastante tenían ya con la carga adicional de trabajo que suponía el funeral.
Habría que buscar y lavar la ropa de luto y desde luego encargar numerosas prendas nuevas.
El servicio necesitaría brazaletes negros.
Un mozo tendría que ir corriendo al pueblo a encargar papel de correspondencia de duelo con el membrete de los Inverkillen.
Habría que enviar al desván a una sirvienta y un lacayo a buscar la mantelería de duelo para la recepción de después del funeral.
Sería necesario limpiar la plata y sustituir la cristalería de diario por la Regencia, la de las grandes ocasiones.
Tendrían que reemplazar todas las flores por arreglos blancos sin aroma.
Deberían exponer el libro familiar de condolencias en un lugar en la armería para las visitas que se presentasen sin avisar.
Haría falta instalar una mesa en la biblioteca para las tarjetas, cartas y telegramas de pésame, y reorganizar el mobiliario, lo cual siempre suponía conflictos familiares.
La señora MacBain sabía que no permitirían que se utilizase la mesa del té, de modo que ¿dónde iban a servirlo?
Y seguramente se enzarzarían a debatir sobre cuál era el mueble más respetable para ese propósito.
No le convenía en absoluto que el personal se le distrajera con rumores y cotilleos, así que se lo explicó todo y la escucharon en silencio.
Cuando hubo acabado, solo tenía preguntas Daisy, una de las sirvientas.
—Creía que la condesa viuda era lady Georgina. Si ahora lo es lady Inverkillen, ¿en qué lugar queda lady Georgina? ¿Y dónde vivirá lady Inverkillen si Drummond House es propiedad de lady Georgina?
Daisy acababa de entrar en el servicio y no comprendía bien el concepto de sucesión, pero incluso la señora MacBain se había planteado ese mismo asunto.
Ni lady Georgina ni Constance (quien, como nueva condesa, pasaría a dirigir la casa) eran amigas de compartir, de modo que dudaba que lady Inverkillen pudiese tomar parte en la decisión.
Lady Inverkillen ya no sería señora de ninguna casa.
«Me pregunto si le importará», pensó la señora MacBain.
—Supongo que lady Victoria permanecerá en sus aposentos hasta que acabe el luto.
Luego, le corresponderá a Angus, quiero decir, al señor conde, decidir sobre su residencia —contestó, dudando que la transición transcurriese en paz.
Se hacía raro referirse a Angus como «señor conde», pero ya se acostumbrarían.
—Y si Angus, es decir, el señor conde, es el nuevo amo, ¿seguiremos contratados? —preguntó Daisy con voz angustiada. La señora MacBain reprimió un suspiro; la muchacha hacía muchas preguntas, pero había que reconocer que eran pertinentes.
Todos sabían que Angus detestaba vivir allí; ahora bien, mientras había sido heredero, bajo la voluntad de su padre, no había estado en disposición de elegir.
Como titular del condado, en cambio, podría obrar a voluntad.
Ollie, el lacayo, había dicho en más de una ocasión que lo había oído hablar de vender la casa cuando la heredase para mudarse al extranjero.
Era una idea desasosegante, ya que en el pueblo no abundaban los puestos de doncella ni lacayo.
—Lo de quién tenga el título es lo de menos. Esta gente no sabe vivir sin sirvientes —se oyó decir a la señora Burnside, la cocinera, desde la puerta, mientras se secaba las manos en el delantal—. Y ahora, volved todos al trabajo.
La señora MacBain taladró con la mirada a los miembros principales del personal y, mientras los demás se apresuraban a cumplir con sus obligaciones, entraron en la salita del ama de llaves y se dejaron caer en los asientos.
—¿Y a nosotros en qué nos afecta? —preguntó la señora Burnside aún más angustiada que Daisy. Lockridge, el chófer, entró con sigilo y dijo que se acababa de enterar por boca de la doncella de lady Georgina.
—No lo sé —dijo la señora MacBain. Se quedaron en silencio unos instantes—. Hay poco tiempo. Me tranquilizaría saber que todo ha terminado. —Todos miraron a Mackay, el ayuda de cámara de Hamish, quien asintió en silencio y salió de la salita.
—¿El inspector está seguro de que ha sido un accidente? —preguntó Lockridge, con aire algo incómodo.
—Bueno —respondió la señora MacBain con un suspiro—, desde luego que prefiere que todo sean accidentes.
Incluso ante pruebas apabullantes que indiquen lo contrario, se aferra a los accidentes y las casualidades como algunas personas a los milagros —añadió mirando a Lockridge con dureza—. Tú no estás convencido, ¿verdad?
El chófer les refirió la conversación que lady Georgina mantuvo con Cecil acerca de que a este lo había desheredado su mujer y necesitaba dinero a la desesperada. Como era el único nexo entre Loch Down Abbey y la casa de la condesa viuda, Lockridge era una valiosísima fuente de información.
—¿Quieres decir que se queda sin absolutamente nada? —se sorprendió la señora Burnside, que miraba encantada a la señora MacBain.
—Exacto, el grueso del patrimonio le corresponde a un pariente lejano de Londres —contestó Lockridge—. Así que, como es natural, me preguntaba si...
—Si el señor conde incluyó al comandante en sus últimas voluntades —remató la frase la señora Burnside. Lockridge asintió con una mueca.
—Puede que el comandante sea un poco tacaño, pero yo no lo tacharía de violento —musitó la señora MacBain—.
Aparte, dudo que sepa siquiera dónde queda la presa —añadió, y todos sonrieron.
A Cecil no le gustaba nada salir al aire libre.
Además, detestaba mancharse, lo cual no dejaba de resultar extraño considerando lo que le gustaba cambiarse de ropa.
Su colada era siempre la que más trabajo daba.
—A mí ahora lo que me quita el sueño —se arrancó la señora MacBain en tono serio— es que tenemos a dos miembros del personal enfermos. Ya hemos leído todos lo que dicen los periódicos de la enfermedad esa. ¿Y si Nanny la trajo cuando fueron al baile?
A todos pareció inquietarles la idea.
—Pero ¿no está ocurriendo nada más en el sur? —repuso la señora Burnside con angustia—. ¡Si aquí estamos en el quinto pino!
—Yo lo único que sé es que Archie no ha estado malo en su vida y que ahora no es capaz de levantarse de la cama —dijo la señora MacBain mirando a los demás—. Si se trata de la enfermedad de la que hablan en la prensa, me parece que tenemos que trasladarlos antes de que nadie más enferme.
—¿Trasladarlos? —preguntó Mackay—. ¿Adónde?
—No lo sé —reconoció la señora MacBain mientras negaba con la cabeza—, pero yo me quedaría más tranquila si no durmieran aquí a nuestro lado —añadió, y se hizo un pensativo silencio entre los presentes.
Llamaron a la puerta, todos se pusieron en pie de un brinco y Lockridge abrió. Al mozo en cuestión le sorprendió encontrarse en la salita a todos los miembros importantes del personal, pero se recompuso de inmediato e informó a la señora MacBain de que lady Inverkillen la requería.
—Gracias, Tom —le dijo y, volviéndose al resto, prosiguió en voz baja—. Si se les ocurre un lugar para trasladarlos, lo hablaremos esta noche después de cenar.
Al salir de la salita, la señora Burnside se giró y preguntó:
—¿Y quién se va a ocupar de los niños?
—La señorita Iris, por supuesto.