Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Abril #9
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Abril #9

—Eso ya le corresponde a usted dilucidarlo. Desde mi punto de vista, es un simple ahogamiento. No era un gran deportista, como sabe.

Cerró el maletín y miró el reloj. Era casi la hora del aperitivo y, con el madrugón que se había dado, tenía un hambre voraz.

—Debió de ocurrir ayer a media tarde. Si desea que lleve a cabo la autopsia, hágamelo saber. Buenas tardes —se despidió, y le dejó a Jarvis la tarea de decidir los siguientes pasos.

Bien, lo primero era explicárselo a la familia.

Esa parte del trabajo no le entusiasmaba.

Ni a él ni a nadie. ¡Dios bendito!, ¿no podría haber huido con una amante?

En lugar de eso, tenía que contarle a una mujer que su marido había muerto, una noticia muchísimo más difícil de comunicar.

«Cuando el Señor quiere castigarte, lo hace», solía decir su madre.

Y claramente Hamish era objeto de un castigo divino.

¿Claramente? Sí. Todo el mundo sufre accidentes... , incluso los nobles.

Jarvis se asomó al despachito.

—¿Alice? —dijo en voz baja—. Tengo que ver a los Inverkillen.

La señora MacBain alzó la mirada, con la aprensión dibujada en su rostro.

—Entonces, ¿es cierto?

Jarvis asintió. ¿Cómo se las ingeniaba siempre para ser la primera en enterarse de todo?

—De acuerdo, ven conmigo. Están en la biblioteca.

En la sala del servicio reinaba un inquietante silencio.

La noticia ya debía de haber llegado. A Jarvis le costaba seguirle el paso a la señora MacBain y empezó a resollar de nuevo.

Le sorprendió lo extenso del trayecto. Sabía que la casa era grande, pero lo era hasta un punto que rayaba en lo ridículo.

Cuando al fin llegaron a la puerta tapizada de verde de la armería, se tomó un momento para recobrar el aliento y le dijo:

—Vaya trecho. ¿Caminas todo esto a diario?

Ella lo miró entre sorprendida y un poco divertida.

—Sí, y de hecho varias veces —le respondió. Cruzó deprisa la gran estancia sacudiendo la cabeza y se quedó parada ante una puerta disimulada. La abrió y se la sujetó a Jarvis para que pasara—. Te espero aquí.

En efecto, los Inverkillen estaban en la biblioteca, algunos sentados, otros paseándose por la sala, muchos fumando y todos aguardando a que se personase la policía sin la menor ilusión.

El inspector Jarvis los examinó brevemente; nadie había alzado la mirada cuando entró.

Hudson supervisaba a los lacayos, que servían té y brandy.

Cuando hubieron acabado, los envió a la planta inferior y se retiró a una discreta esquina. Nadie abrió la boca.

Jarvis conocía a Cecil y a Elspeth de cuando eran niños y, como es natural, también reconoció a su madre, lady Georgina.

En realidad, no podía decir que los «conociera», pero, en un pueblo, lo normal era conocer o, al menos, saber de la existencia de todo el mundo, y en especial de las grandes familias.

Inspeccionó la sala durante unos instantes, tratando de situarlos a todos.

Su mirada se posó en Iris. «Debe de ser de la familia —pensó—.

¿Quizá una de las hijas de Elspeth? Pero ¿y la otra?

». Se preguntaba quién debía de ser Eva cuando Fergus alzó la mirada y reparó en su presencia.

Jarvis asintió, se aclaró la voz y se dirigió al centro de la gran estancia, observando la oscura boiserie , las lámparas de araña y los retratos con marcos dorados.

«No abundan los libros para ser una biblioteca», pensó, y descartó la idea de inmediato. No era el momento de admirar el lugar.

—Buenas tardes. Soy el inspector Jarvis. Hemos hallado a lord Inverkillen. Lamento tener que comunicarles malas noticias.

Lady Georgina lo miraba con gesto despectivo.

—Se ha demorado bastante, inspector —dijo la matriarca—. Desde luego, más que las noticias. ¿Cómo ocurrió?

A Jarvis le pilló un poco por sorpresa la brusquedad de sus modales (era tremendamente práctica si se tenía en cuenta que acababa de perder a un hijo), así que se dirigió a Fergus.

—Esto... Hallamos sus aparejos de pesca junto a la presa.

Al parecer, se cayó a la corriente y se ahogó —respondió el inspector, y aguardó callado a ver cómo su reaccionaban.

Sin embargo, se limitaron a mirarlo, inexpresivos, de modo que se aclaró la voz y prosiguió—.

Quisiera hacerles unas preguntas, si me lo permiten.

Soy consciente de que no es el momento idóneo...

—¿Que no es el momento idóneo? —le espetó Bella levantándose con brusquedad—. ¿Y cuál sería el momento idóneo para interrogar a una familia doliente, inspector? —añadió antes de moverse al otro lado de la estancia.

Jarvis se sentía como un despojo, pero tenía que hacer su trabajo.

—Sé que ha supuesto una gran conmoción, pero quisiera comprender mejor qué hizo lord Inverkillen ayer. Solo por descartar dudas.

«¡Maldición! No debería haber dicho eso último», se lamentó el policía.

—¿Solo por descartar dudas? —preguntó lady Georgina con mirada de curiosidad—. ¿Dudas sobre qué, para ser exactos?

A Jarvis no le quedaba claro si estaba confundida o enfadada. Ojalá que fuese lo primero. Se miró los pies un instante, dubitativo sobre cómo expresarse.

—Ha sido un accidente, no hay duda —dijo lady Georgina mirando a su alrededor con aire incrédulo—. ¿No estará pensando que se trate de un...? ¿Cómo lo llaman...? ¿Un acto delictivo? ¡Vaya ocurrencia! Dígame, ¿quién iba a ser capaz de algo así?

Por lo que se decía en el pueblo, Jarvis estaba bastante seguro de que todos los presentes, sin excepción, habrían sido capaces de algo así. Pero no verbalizó la idea.

—Es el protocolo, señora condesa —contestó, esforzándose por tranquilizarla.

Lady Georgina siguió con los gestos de desaprobación; los demás los miraban perplejos.

—¿Qué desea saber, inspector? —inquirió lady Elspeth con aire totalmente neutro.

Una reacción de lo más extraña. «Mantener la compostura es una cosa —pensó el inspector—, pero esta recua..., todos tienen la sangre gélida». Si no le fallaba la memoria, lady Elspeth era mucho más joven que su hermano, de modo que quizá no estaban muy unidos.

Jarvis le echó un vistazo a su libreta, donde llevaba anotadas unas preguntas:

—¿Lo acompañó alguien a pescar?

Nada.

—¿A qué hora salió de casa?

Tampoco.

Empezaba a sentirse ofuscado con toda la familia cuando, por fin, Fergus habló:

—Lo dejé con Angus en la sala de los mapas a eso de las tres, me parece —respondió con rigidez—. Angus, mamá, ¿mencionó si tenía pensado ir a pescar?

Angus pareció irritado por la pregunta.

—¿Cómo? No. Por supuesto que no. ¿Acaso le cuenta papá sus planes a nadie? Ya sabes cómo es. O cómo era —puntualizó al tiempo que sacaba su pitillera de plata y se disponía a encender un cigarrillo. Tras varios intentos frustrados, Hugh se levantó y le dio fuego.

Lady Inverkillen contemplaba la lumbre, plácida y tranquila. Jarvis ni siquiera estaba seguro de si habría oído la conversación. Y además estaba... ¿tarareando? Acababan de hallar muerto a su esposo, en su propia finca; ¿cómo podía estar canturreando? «Vaya familia más extraña», pensó Jarvis.

—Mamá, ¿te dijo papá que iba a ir a pescar? —preguntó Fergus, en voz algo más alta que antes. Jarvis se preguntó si tendría problemas de audición.

Lady Inverkillen se giró y se quedó observando a Jarvis. O a un punto detrás de él, más bien; con la mirada perdida y nebulosa. Resultaba algo perturbador. Al cabo de unos instantes, volvió los ojos hacia su hijo.

—¿Cómo? No, estaba bañándome. Es de lo más reconfortante después de un viaje tan largo.

El romero y el enebro son particularmente vigorizantes.

Maxwell me sugirió añadir un toque de azahar para mi jaqueca.

Y llevaba razón, por supuesto. Como siempre.

Me pregunto qué recomendará para esto. Quizá lavanda.

Sí, lavanda parece lo adecuado. Con un poquito de melisa, que relaja, pero no es muy fuerte, un toque sutil.

Debo pedirle más a Hambeldon’s —dijo al tiempo que se levantaba y se dirigía a unas puertas dobles—.

Hudson, envíe un mozo a mis aposentos. Tal vez estemos a tiempo de que me la traigan hoy mismo —añadió antes de irse.

La atención de todos los presentes regresó a Jarvis, que se había quedado sin palabras.

—Debe perdonar a mi nuera, inspector —la disculpó lady Georgina—. El duelo nos afecta de un modo peculiar. Seguro que se debe a la confusión.

—Sí —repuso el policía con tono pausado. No había visto nunca a lady Inverkillen, como casi nadie del pueblo. Lady Georgina presidía todos los comités benéficos, de manera que a su nuera no le quedaba mucho de lo que ocuparse.

—¿Ha terminado, inspector? —preguntó Fergus, lo que forzó a Jarvis a centrarse de nuevo.

—¿Eh? Ah... No. ¿Pescó en solitario o lo acompañó alguien? ¿Solía salir a pescar por la tarde?

—Mi padre prefería pescar solo, inspector. Me parece que era su manera de huir de nosotros —añadió, mientras muchos miembros de la familia asentían con el ceño fruncido—. Pero pregúntele a Mackay, su ayuda de cámara; él le dirá a qué hora salió.

—Sí, eso haré, gracias —dijo. Se calló un momento, en el que varios de los presentes empezaron a moverse, quizá pensando que ya habían terminado, y prosiguió alzando la voz—. ¿Pescaba a menudo? ¿Tenía un lugar preferido como solemos tenerlo los pescadores?

Se oyó un suspiro colectivo. Nadie lo sabía.

Jarvis notaba el desprecio y la hostilidad que emanaba de los presentes, y ello le hacía sospechar.

¿Qué tenían que esconder? Cuanto más los interrogaba sobre los hábitos de Hamish, menos parecían saber.

A juzgar por sus declaraciones, habrían sabido más de haberse tratado de un extraño.

«A lo mejor simplemente son poco observadores —pensó el inspector—.

Pero no se puede convivir con alguien y saber tan poco de él, ¿verdad? ». Empezaba a dolerle la cabeza.