Abril #8
—Desperdigados por la casa, como siempre. Unos cuantos se bañaron nada más volver del baile. Otros se echaron la siesta. A almorzar y a tomar el té no acudieron muchos, pero no es raro que así sea. Estaban cansados del viaje de regreso.
—¿Qué viaje de regreso? ¿Del baile de los Macintyre?
La señora MacBain asintió.
El inspector se la quedó mirando.
—Pero ¿no lo celebran en su finca? —le preguntó, a lo que el ama de llaves respondió con un nuevo asentimiento mientras daba sorbos al té, en previsión de la siguiente pregunta—. Está como a diez kilómetros. ¿Cómo iban a estar cansados? Si es un trayecto de media hora en coche.
La señora MacBain, prudente como siempre, se encogió de hombros. No hacía falta que le dijera a nadie, y menos aún a Roddy Jarvis, la opinión que le merecían sus jefes.
—Vale —repuso él, frunciendo el ceño—. Entonces, todos estaban cansados, algunos se bañaron y casi nadie se tomó el té. ¿Y luego?
El ama de llaves se quedó pensando unos instantes antes de responder.
—Fue cuando descubrimos que Nanny Mackenzie había muerto.
A Jarvis casi se le cae la taza.
—¡¿Cómo?! Eso no lo sabía. ¿Qué pasó? —preguntó el inspector, patidifuso. En un pueblecito escocés había pocos secretos... y no comprendía cómo ese se le había escapado.
La señora MacBain dejó su taza en la mesa con su suspiro.
—Bueno, acaba de suceder. Seguro que se corre la voz a lo largo de hoy —repuso, consciente de que Jarvis se preciaba de saber todo lo que ocurría en el pueblo.
No era cierto, por supuesto, pero se jactaba de ello igualmente—.
Al parecer, el doctor es de la opinión de que le había llegado la hora. Tenía setenta y ocho años.
—Sí, supongo que sí —susurró Jarvis, que apenas recordaba a la difunta.
—La verdad es que a mí no me convence —prosiguió el ama de llaves—. Era una mujer sana; estaba fuerte y llevaba una vida activa. ¡Aparentaba cincuenta y tantos años! De ahí a morir de vieja al día siguiente... A mí no me cuadra.
Jarvis asintió, pensativo. ¿Sería una falta de educación si pedía otra galleta?
—Eso sin contar con que otro de los lacayos está enfermo —prosiguió la señora MacBain, hablando casi para sí misma— y él no tiene setenta y ocho años ni por asomo.
Se le encogió un poco el estómago.
—¿Crees que se trata de la enfermedad de los periódicos? —preguntó con voz angustiada.
—No lo sé, pero no me tranquiliza que hayan caído dos miembros del servicio en un solo día y que ninguno mostrase síntomas previos.
Antes de que Jarvis pudiese asimilar lo que oía, un agente irrumpió en la salita, sudoroso y echando el bofe.
—¡Señor! —le dijo jadeando—. Acabamos de hallar los aparejos de pesca del señor conde. Estaban en la ribera, justo detrás de la destilería.
Jarvis cogió el sombrero y se levantó.
—¿En el río? Condúzcame allí. Centren las pesquisas en el tramo de aguas que hay debajo de ese lugar. Gracias por el té, Alice —añadió antes de salir con el agente.
La señora MacBain le dio unos sorbos al té, pensativa.
¿El río de atrás de la destilería? Debía de referirse a la presa.
En lo más profundo del cerebro le surgió una idea.
La presa. Se quedó sentada unos instantes, absorta en sus pensamientos.
Solo salió de su ensimismamiento cuando las criadas pasaron corriendo por la puerta con las bandejas del desayuno.
Se puso en pie y se espabiló. La casa no funcionaba sola; tenía que ponerse a trabajar.
Hudson había dispuesto que sirviesen el té en la biblioteca en lugar de hacerlo en la salita de día, pues juzgó preferible que la familia esperase las noticias en una estancia donde disfrutaran de más espacio y comodidad. Todos estaban tensos y los ánimos se habían caldeado durante el desayuno.
Llegó lady Georgina, quien se dirigió desconcertada al mayordomo.
—¿Qué hacemos aquí, Hudson?
Este se limitó a asentir señalando el interior de la estancia, en la cual, según observó la condesa viuda, Bella y Angus discutían acerca de qué mezcla de té era la más adecuada para la ocasión, mientras que Cecil miraba a Hugh, quien, con una sonrisa petulante, leía un periódico arrugado medio hecho jirones.
Girándose hacia el mayordomo, la condesa viuda también hizo un gesto de asentimiento, con desgana, y no abrió la boca.
Lady Inverkillen estaba sentada ante el escritorio, contemplando el exterior por la ventana, pero no lucía su habitual aire ausente, sino uno de gran concentración. Atisbaba algo o a alguien que se encontraba en el césped. Debían de ser los niños.
—Hudson, pídale a Nanny que haga pasar a los niños a sus habitaciones. No son horas para que estén fuera.
Sorprendido, Hudson echó un vistazo por la ventana, preocupado por que los niños anduviesen a su aire, y mandó a los lacayos a buscarlos.
—Nanny ha muerto, mamá —dijo Bella mientras se acercaba a la ventana—. ¿Te acuerdas? Es Iris quien se ocupa de los niños por el momento.
Lady Georgina se acercó a la ventana.
—Y no muy bien, por lo que parece —espetó al observar a un chiquillo desnudo que se adentraba en los setos del final de la terraza.
Volvió a mirar a la sala. Lady Inverkillen había regresado al sofá y murmuraba algo con los ojos fijos en la lumbre.
Elspeth jugueteaba con la falda. «Les hace falta distraerse», pensó lady Georgina.
Apoyándose con elegancia en el sofá, miró a Elspeth y le preguntó:
—¿Qué te pareció el vestido nuevo de lady Carrue? En mis tiempos, una mujer de su edad no se habría atrevido a lucir ese escote.
Elspeth alzó la mirada, distraída.
—¿Lady Carrue? ¿La de amarillo? No me pareció tan excesivo.
Constance puso los ojos en blanco.
—Desde luego, ha pasado demasiado tiempo en Francia.
Elspeth hizo como que no había oído aquello.
—Y el color le iba que ni pintado.
Bella se zafó de la discusión con su hermano y se sentó con delicadeza junto a su tía.
—A mí me pareció demasiada exhibición para tan poco resultado. Tendría que haber llevado un collar mucho mayor para distraer la atención del escote —intervino mientras lady Georgina asentía.
—Pues a mí me encantó la tiara pequeñita que llevaba —dijo Constance—. Es muy delicada, aunque sí es verdad que habría resaltado más si fuese morena —añadió tocándose el cabello oscuro en un acto reflejo.
—Me han dicho que encargaron una réplica y que la original la vendieron.
—¡Bella! —la reprendió lady Georgina, escandalizada y entusiasmada a la vez—. ¿Dónde has oído eso?
Siguieron analizando el baile unos minutos sin gran entusiasmo, pero la charla se apagó cuando el reloj dio las once. Esperaban desde las nueve y la inquietud era patente. Hudson entró con una bandeja de té y pastas.
Después de masticar en silencio unos minutos, lady Georgina no aguantó más y jugó su mejor baza para animar la conversación: lo difícil que era encontrar candidatos adecuados para el servicio.
Media jornada después de que hubieran hecho correr la voz en el pueblo de que necesitaban una doncella, aún no se había postulado nadie.
No lo entendía. Lady Eva se ofreció de nuevo para publicar un anuncio en The Lady .
—No creo que sea necesario llegar a esos extremos —repuso lady Georgina con desdén—.
Espero la ayuda de Maxwell como agua de mayo, Victoria.
Gracias por compartirla conmigo. Esta mañana ha sido un verdadero desastre.
Una criada puede echar una mano para una urgencia, pero no es lo mismo que una doncella formada en el trabajo.
Lady Inverkillen le dedicó un amago de sonrisa a su suegra y se volvió hacia la lumbre mientras le daba sorbitos al té.
En la otra punta de la biblioteca, Angus y Fergus departían sin gran entusiasmo sobre la fiesta del pueblo, que se celebraba en junio, así como sobre la conveniencia de que se siguiese permitiendo a los hombres jugar al rugby.
Siempre acababan con injurias y calumnias, y ningún miembro del equipo ganador del año anterior reconocía tener consigo el trofeo.
Había pertenecido al decimosexto conde y en teoría debía permanecer expuesto en el pub, pero la celebración se había desmadrado y nadie lo había visto desde aquella noche.
Hugh aún leía el periódico, armando ruido a propósito al pasar las páginas.
A Cecil le molestaba. Se cambió de butaca y cogió un ejemplar de la revista Country Life del año en que habían presentado en sociedad a Elspeth.
Pasó a la página de las debutantes en busca de su retrato.
«Desde luego que movieron cielo y tierra para casarla bien», pensó.
Al observar al marido, Philippe, que jugaba al ajedrez en el mirador, Cecil no podía evitar preguntarse lo grande que sería su castillo.
En el fondo de la estancia, se abrió una puerta secreta y apareció un lacayo. Cruzó la sala y le susurró algo a Hudson, que palideció.
—¡No puede ser! —exclamó sin aliento. Todo el mundo se puso en alerta, la mirada clavada en el mayordomo.
—Hudson, ¿qué sucede? —inquirió lady Georgina desde el otro lado de la biblioteca.
—Han hallado a lord Inverkillen, señora condesa. Me temo que ha muerto.
Jarvis, que respiraba con dificultad, se reunió por fin con el médico.
Cuando el agente hizo sonar el silbato, todos los participantes en la búsqueda se apresuraron hacia el lugar de los hechos.
Jarvis seguía en la presa y se había visto obligado a correr aguas abajo a través del bosque, sin percatarse de lo lejos que se encontraba su subordinado.
Estaba a punto de darse por vencido y dejar de correr cuando, de repente, vio la vieja capilla tras un recodo del río, así como un grupo de hombres que miraban al suelo.
—Muerte por ahogamiento, diría yo —aventuró el doctor—. Tiene una brecha en la nuca que podrían haber causado las piedras del río.
Jarvis puso los brazos en jarras y se inclinó sobre el cuerpo, con la esperanza de aparentar concentración y no agotamiento por la carrera.
—O sea, ¿un accidente? —preguntó, casi sin aliento. Cielo santo, sí que estaba en mala forma.