Abril #7
Iris se quedó rondando el festejador, como solía hacer, asistiendo a la conversación más que participando en ella, tratando de pasar desapercibida.
El vestido, uno de los que Bella le había dado, le quedaba un poco grande.
Ninguno le iba bien, pero la tradición prescribía llevar vestido en la cena, así que necesitaba uno.
Pero no nuevo, eso sería un derroche. «Las institutrices no necesitan vestidos de noche», había dicho Bella.
Distraída, Iris se recolocó la manga. Estaba dándole vueltas a algo sobre el fondo de la pintura que colgaba sobre la chimenea cuando Hugh, el marido de Bella, se acercó a hablarle.
El hecho de que Hugh fuese escritor causaba gran consternación en la familia, a pesar de los sustanciosos ingresos que le granjeaban sus libros sobre...
Bueno, Iris no tenía muy claro de qué trataban, pues no había leído ninguno.
Ni ella ni ningún Inverkillen, aunque se daba por supuesto que Angus sí lo había hecho.
Sin embargo, Iris era una gran lectora y cuando se enteró, de pequeña, de que Hugh era un autor famoso, había husmeado en la biblioteca en busca de alguna obra suya.
Como en la de Loch Down Abbey no encontró ejemplares, se dirigió a la pública del pueblo, pero, al hacer la petición, el bibliotecario se mostró ofendido.
Los empleados la miraron muy raro durante meses, cuchicheaban y la señalaban (¡la señalaban!) siempre que aparecía, así que la joven dejó de frecuentar la biblioteca.
Una tarde, se armó de valor y le pidió a Hugh un ejemplar.
—¡Oh, no! De ningún modo, querida —respondió él con aire espantado—.
No son temas que pudieran interesar a una chica de tu edad.
No y no. De todos modos, tampoco tengo ningún ejemplar en estos momentos —añadió antes de cruzar la sala para ir a hablar con su cuñado Angus.
Ambos se la quedaron mirando un rato como si les inspirara miedo.
Desde entonces, la había evitado a conciencia durante años hasta una ocasión en que la encontró leyendo Muerte en Venecia —que ella había confundido con Pasaje a la India — y a partir de ahí no la había dejado en paz.
—¿Qué estás leyendo, querida? —le preguntó sin esperar respuesta antes de ponerse a parlotear sobre cualquier nueva novela que él estuviese leyendo: «Sencillamente revolucionario, un verdadero genio.
Es asombroso». Siempre eran obras asombrosas.
Iris siguió observando la pintura, debatiéndose sobre tener la osadía de pedirle a Hudson una taza de té.
Hacía un poco de frío junto a la ventana.
Lady Constance contemplaba el fuego. Como esposa de Angus y futura condesa, gozaba del privilegio de sentarse junto al hogar.
Era la hija menor de un prominente banquero edimburgués y, al cabo de poco tiempo desde que la presentaran en sociedad, su padre anunció su compromiso con el hijo mayor de lord Inverkillen.
En calidad de condesa de Inverkillen, tendría mayor rango que todas sus hermanas.
Eso sí, la emoción de casarse con el hijo de un conde se desvaneció tan pronto como descubrió que la casa solar de su esposo se encontraba en Loch Down, en el corazón de las Highlands, y que toda su futura familia política viviría con ellos.
Pero se había dicho a sí misma: «¡Fuerza y coraje!
Si hay que pasar por ello para ser condesa, miremos la parte positiva». Hacía cinco años de aquello.
En ese período, había aprendido a lidiar con la soledad de aquellos lares.
Y, aunque odiaba a la familia, seguía centrada en que algún día sería la condesa.
Cuando ella estuviese al mando, las cosas cambiarían.
El único problema eran los hijos, pues ella no tenía.
Si no cumplía con sus deberes conyugales, serían los de Bella quienes heredasen, posibilidad a la que esta aludía a menudo con regocijo.
Y encima acababa de entrar en escena Eva, quien, además de ser joven, amenazaba con ser muy fértil, por lo que Constance vivía siempre al borde del pánico.
Miró a su marido, que acababa de ir a rescatar a Hugh de su conversación con Iris.
Angus y ella dormían en camas separadas desde hacía años (como hacía la gente bien) y, para ser franca consigo misma, lo prefería así.
Él roncaba. Ahora bien, teniendo en cuenta el caso de Catalina de Aragón, decidió que eso tendría que cambiar.
Quizá un nuevo peinado sería de ayuda. Eva iba tan elegante con su nuevo corte, ¡qué rabia!
Sí, decidió que debían volver a empezar.
Llamaría a la peluquera por la mañana a ver si le daba cita.
Los minutos se convirtieron en horas. Trataron de distraerse, pero, al ser aristócratas, no estaban acostumbrados a esperar.
Philippe jugó dos partidas enteras de ajedrez con su hijo.
Fergus admiraba al muchacho; se le empezaba a dar muy bien.
Angus y Hugh fumaban y hablaban en voz baja en el mirador.
Cecil se sentó en una butaca tan contento a leer la correspondencia del decimoquinto conde.
Las señoras se esforzaban en recordar todos los detalles del baile.
Como les resultaba aburrido, Elspeth y Constance no tardaron en darse una vuelta por la estancia, como heroínas de novela de la Regencia, e ir a mirar por las ventanas.
Lady Georgina mantenía viva una constante conversación insustancial y procuraba que participasen en ella lady Inverkillen y Eva, quienes, por lo que parecía, desearían encontrarse en cualquier otro lugar.
El reloj de pie dio por fin las once y se tomó la decisión de interrumpir la búsqueda por esa noche.
—Está demasiado oscuro —dijo Fergus—. Creo que deberíamos proseguir al amanecer —añadió, propuesta que los Inverkillen aceptaron antes de retirarse en silencio.
—Pero ¿y si aparece justo cuando todos nos hayamos acostado? —preguntó Iris mientras se dispersaban—. La puerta estará cerrada. ¿Cómo entrará?
—Llevas toda la razón —dijo Fergus—. Montaré guardia en la puerta principal. Hudson me dará la llave.
Eva puso los ojos en blanco y Constance intervino.
—¿Eso no debería hacerlo Angus? Él es el mayor, vaya.
—¡Me niego! —terció Angus, horrorizado—. Que se encargue Hudson.
Esta vez fue Hudson el horrorizado.
—Sabe perfectamente que la puerta principal está cerrada —dijo Elspeth—. Seguro que entra por una de las laterales.
Se pusieron a debatir sobre puertas: por dónde era más probable que entrara el señor conde, si despertaría a un criado, qué puertas había que vigilar esa noche y quién debía hacerlo.
Nadie quería dormir en una silla al raso, excepto Fergus, al parecer, pero solo podía encargarse de una puerta, así que, a no ser que otros lo ayudasen, podría perderse el regreso de lord Inverkillen.
A Iris no le habría importado, siempre que tuviese su manta y una bolsa de agua caliente, pero, cada vez que trataba de ofrecerse voluntaria, alguien la hacía callar a gritos.
Nunca podía meter baza cuando la familia peleaba.
No fue hasta que Constance se quejó de que Fergus se llevaba todos los honores (significara eso lo que significase) cuando lady Georgina puso orden.
—¡Basta! —bramó. Mientras se imponía el silencio en la estancia, se levantó e hizo prevalecer su dignidad—.
Hudson y los hombres del servicio montarán guardia en las puertas por las que sea más probable que el señor conde entre.
Estoy segura de que volverá a lo largo de la noche.
Si no lo ha hecho al amanecer, llamaremos a la policía y organizaremos una búsqueda más extensa. Que traigan el coche. Estoy agotada.
El mayordomo suspiró. La noche se presentaba larga.
El inspector Jarvis no era un hombre muy ocupado y eso le gustaba.
Dirigía las fuerzas policiales de Loch Down, que integraban dos agentes y una secretaria.
Lidiaban sobre todo con problemillas carentes de importancia: niños que robaban gominolas, perros perdidos, los típicos borrachos que se enzarzaban en peleas de pub y asuntos por el estilo.
Era una localidad pequeña y la policía se consideraba una cuestión más de imagen que otra cosa.
En los inicios de su carrera, lo habían destinado a Inverness, donde pasó varios años suplicando que le permitieran volver a Loch Down.
Había cobrado conciencia de que la gran ciudad no era su sitio.
Transcurrido poco tiempo desde su regreso, apreciaba sobre todo el ritmo tranquilo del pueblo, pues le permitía pasar más tiempo en el pub .
Sin embargo, la señora MacBain lo llamó esa mañana (tempranísimo, a su juicio) para denunciar la desaparición de lord Inverkillen.
Se vistió deprisa, reunió a sus dos hombres y se presentó de inmediato en la sala del servicio.
Había aprendido que convenía hablar primero con la servidumbre, ya que era fuente de la información esencial que ese tipo de familias se negaban a facilitar.
Además, necesitaba una taza de té antes de interrogar a los señores.
Llegó a la explanada, formó escuadras de búsqueda y mandó a sus hombres a partes distintas de la finca. A continuación, entró en la sala del servicio, donde lo esperaba la señora MacBain. Lo acompañó a su sala y le sirvió un té mientras aguardaban a que llegasen noticias del rastreo.
—¿Cuándo abandonó la casa? —preguntó Jarvis mientras mordía una galleta de jengibre.
—No lo sé, Roddy —le contestó el ama de llaves, que lo conocía desde que eran pequeños—. Volvieron del baile ayer a última hora de la mañana y fue entonces cuando lo vi por última vez. Por lo que sé, estuvo en la sala de los mapas discutiendo a gritos con sus hijos a propósito de la destilería.
Jarvis asintió pensativo. Todo el mundo sabía que el negocio estaba al borde de la quiebra. Normal, con un whisky de tan mala calidad...
—¿Dónde estaban los demás?