Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Abril #6
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Abril #6

En la casa condal, la cena era sagrada y respetaban los viejos usos.

Acostumbraban a reunirse en la biblioteca a tomar el aperitivo; cualquier hora entre las siete y las ocho se consideraba aceptable, pero había que llegar antes de que Hudson acudiese a llamarlos a la mesa.

Para gran consternación de lady Eva, no se servían cócteles modernos, solo jerez para las damas y whisky con soda para los caballeros.

A las ocho en punto, Hudson entraba a la biblioteca y acompañaba a la familia al comedor a través de la armería.

De primero siempre se servía consomé, luego pescado y, a continuación, carne —de caza, por supuesto, si no era época de veda—, sorbete, queso y, por último, fruta y otros postres.

Nunca variaba. Aún se vestían de gala para la cena y, al acabar, las mujeres pasaban al salón —al azul en verano y al rojo en invierno— a jugar a las cartas y a cotillear, y los hombres a la biblioteca o a la sala del billar para beber whisky y fumar.

En ocasiones se juntaban todos para echar una partida de whist antes de irse a dormir.

Lady Inverkillen se retiraba a las once sin excepción.

Hudson cerraba la puerta principal y hacía lo propio a medianoche.

Quienquiera que permaneciese despierto después de esa hora se quedaba solo.

Así, como de costumbre, los Inverkillen se encontraban en la biblioteca después de cenar, tomando una copa y charlando. Lady Georgina se quejaba de su doncella.

—Me ha pedido permiso para visitar a sus padres.

¡Habrase visto! Y con la maleta preparada en el pasillo mientras me lo decía.

Que la alarmaba su estado de salud, me dijo.

Ni que fuera un asunto de vida o muerte.

Y, si así fuese, ¿se preocupa lo más mínimo de mí?

En absoluto. A casa de sus padres enfermos se ha dicho.

En un rincón, Hudson tosió sin hacer mucho ruido.

—¿Cómo se las arregla una sin doncella, si se puede saber? ¿Eh? —prosiguió repasando con la mirada los rostros de las presentes, que asentían con la sola excepción de Bella. Esta rara vez sentía empatía por nadie que tuviera doncella, pues carecía de ella.

—Quizá podría prestarle a Maxwell hasta que regrese, mamá —dijo lady Inverkillen—.

Puede ir a ocuparse de usted una vez que haya preparado mi baño, si no le resulta muy temprano, ¿qué le parece?

—prosiguió la condesa, que era famosa por madrugar y dedicar toda la mañana al cultivo de anémonas en el invernadero.

Después de almorzar, se instalaba en la sala de música (era una talentosa pianista) hasta la hora del té.

—Te lo agradezco de veras, querida. Dime, ¿se le da bien peinar?

¿Conoce los estilos más tradicionales? No quisiera que me hiciese uno de esos nuevos, demasiado modernos y vulgares —dijo la condesa viuda mirando sin querer a Eva, quien reparó en el gesto—.

Y bien, querida, ¿cómo van los preparativos?

¡Me encantan las bodas estivales! Las flores aportan tanto color...

Antes de que lady Eva pudiese tomar aliento para contestar, Bella terció en la conversación. Ya había oído más que suficiente sobre la organización de la boda y la decepción de la novia porque nada cumplía con sus expectativas londinenses.

—Abuela, ¿cuánto tiempo se ausentará la doncella?

—No tengo la menor idea. Deberé buscar sustituta. Si se pensaba que podría regresar cuando le plazca, la lleva clara. ¡Ay, cómo detesto tener que buscar nuevos criados!

—Puedo encargar que pongan un anuncio en The Lady si le parece bien.

Conozco bien al director —se ofreció Eva.

Siempre andaba mencionando a sus conocidos de Londres: fulano de tal, mengano de cual, todos celebérrimos.

La familia no lo soportaba, pero a ella le daba igual.

Estaba bien relacionada y deberían mostrarse agradecidos por ello.

La única gente de importancia que ellos conocían eran escoceses, de modo que, en el mundo real, su relevancia era escasa.

Lady Georgina se mostró estupefacta.

—Siempre hemos reclutado a nuestro servicio en las Highlands —dijo negando con la cabeza y prosiguió hablando como si Eva no existiese.

Cuando el reloj de pie dio las ocho, se levantaron para cenar.

El rango y la precedencia determinaban el puesto en la mesa para que todos supiesen el lugar que ocupaban en la familia.

Hamish y Victoria se sentaban uno frente a otro en el centro y no en los extremos de la mesa.

Era una disposición modernísima que permitía a la condesa estar cerca de la chimenea.

A nadie se le escapaba el hecho de que los invitados de menos relumbrón quedaban relegados al frío.

Una vez en el comedor, cada cual ocupó su puesto en la mesa. Solo entonces, con todos reunidos, se percataron de que Hamish no se encontraba allí.

—Hudson, ¿dónde está lord Inverkillen? —preguntó lady Georgina. Durante unos instantes, el mayordomo le devolvió la mirada, incómodo. Era evidente que tampoco él había reparado en la ausencia—. Haga el favor de mandar a alguien a sus habitaciones —dijo con tono brusco por el hambre.

Se envió a un lacayo al vestidor del conde y todos permanecieron en pie junto a su silla, sin saber qué hacer.

Nadie quería sentarse, pues serían un número impar de comensales.

Era una de las cosas en las que la familia reparaba de inmediato: los números impares en la cena.

Les horrorizaba y removían cielo y tierra para impedir que ocurriese.

En el desayuno, en cambio, les parecía perfecto. Nadie sabía explicar por qué.

Siguieron en pie; unos hablando, otros esperando impacientes.

Cecil cogió el menú para ver qué les iban a servir: langosta con mayonesa, venado asado y suflé de naranja.

«Qué falta de imaginación», pensó. Ni siquiera en la más corriente de las veladas en el castillo de Stronach se habrían servido platos tan vulgares.

Pasó un rato antes de que volviese el lacayo. Cuando lo hizo, le susurró algo a Hudson y se dirigió a la pared. El mayordomo asintió, se aclaró la voz y anunció a los presentes que el señor conde no había regresado desde que salió a pescar.

Todos prorrumpieron en exclamaciones de incredulidad.

—¿Cómo que no ha regresado? ¡Si Hamish nunca llega tarde! —gritó lady Georgina.

—¿Por qué su ayuda de cámara no ha dicho nada? Tiene que haberse dado cuenta de que papá no había regresado —soltó Angus, irritado.

Cecil sacudió la cabeza despacio.

—Ya no quedan criados fieles hoy en día, hijo —le dijo a su sobrino mientras señalaba una copa de vino y miraba al lacayo con el propósito de que se la llenase.

Lady Inverkillen, que parecía algo confundida, se dirigió a la ventana, como si esperase verlo fuera. Iris se preguntó qué tarareaba.

Fergus, en cambio, se fue decidido a las puertas.

—Es rarísimo. Tenemos que salir a buscarlo. Hudson, traiga linternas.

—El personal ya está rastreando los terrenos, señor. La señora MacBain los organizó hace unos minutos.

—Ah, de acuerdo... Bien —repuso Fergus mientras se sentaba despacio, sin recordar la manía de los números impares.

Angus y Bella intercambiaron una sonrisa, saboreando la humillación de su hermano. Eva estaba mortificada. «¿Por qué tiene que empeñarse en intentar hacer cosas si no se le da bien? Hacer cosas es asunto del servicio», pensó con irritación.

—¿Deberíamos llamar a la policía? ¿A qué hora salió? ¿Por qué su ayuda de cámara no reparó en su ausencia? —balbució Fergus.

Hudson le aseguró que todo estaba bajo control, pero no sabía gran cosa sobre los movimientos del señor conde durante la tarde.

—¿Preferirían esperar en el salón hasta que se localice a lord Inverkillen, señora condesa?

Puesto que lady Inverkillen no respondía, lo hizo Elspeth:

—Sí, creo que lo haremos así. Gracias, Hudson —contestó y, al llegar a la puerta, se giró y se fijó en que nadie la seguía—. Estaremos más cómodos en el salón. Vamos.

La siguieron como gatitos confundidos.

Como acababan de encender la lumbre, reinaba un frío glacial.

Aunque en todo el edificio reinaba siempre un frío glacial.

Incluso con el fuego encendido, las mayores salas tardaban tanto en caldearse durante los meses de invierno que las señoras cenaban con sus pieles.

La calefacción central se encendía solo para los huéspedes.

Ningún escocés que se preciara necesitaba calentarse.

«Sí, los habrá que estarán más cómodos, pero no yo», pensó Eva con amargura.

Estaba helada. Durante toda su estancia en Loch Down había pasado un frío atroz.

No comprendía cómo las mujeres podían aguantarlo.

Los hombres lo soportaban muy bien con su ropa de lana, pero las señoras llevaban vestidos de seda con los hombros desnudos. Hasta las perlas estaban frías.

Durante su primera velada en Loch Down Abbey, había aprendido que la cercanía al fuego era un asunto de rango e importancia, al igual que el puesto en la mesa donde se cenaba.

Ella ni siquiera rozaba el estatus necesario para ocupar un asiento cercano a la chimenea, desde luego, pero, al parecer, sí aceptaban que se quedase de pie junto a esta, y eso fue lo que se apresuró a hacer.

Se dijo que por la mañana le escribiría a su madre.

Si quería sobrevivir, necesitaría ropa más abrigada y, a juzgar por los vestidos de las damas presentes, más le valía que se la enviaran de Londres mientras fuese posible.