Abril #5
Bella odiaba a aquellos seres pegajosos, infecciosos y absurdos.
Le daban rabia por los destrozos que le habían hecho en el cuerpo.
Aunque conservaba su figura, los cumplidos siempre iban matizados por expresiones como «a pesar de haber dado a luz tres veces» o «para su edad».
En otras palabras, las pullas y el veneno habían reemplazado a la envidia y admiración de antaño.
Cómo añoraba inspirar envidia y admiración.
Aunque nunca se la hubiera podido describir como hermosa, desde luego no era desagradable a la vista.
Solo Bella había heredado el cabello rubio claro y los ojos de un azul intenso de sus ancestros daneses, que fueron la envidia de todas las chicas del condado.
Pero es que además su padre era rico, de modo que, desde su presentación en sociedad, le llovieron las invitaciones a bailes, cenas y batidas.
Nunca asistía a nada, pero en todo caso le agradaba recibir las propuestas.
Ahora bien, muchos chicos no regresaron de la guerra y, cuando cumplió veintiún años, sus padres deseaban casarla a toda costa.
No estaban dispuestos a quedarse con una hija para vestir santos.
Y así fue como se aprobó el matrimonio de Bella y Hugh.
En poco tiempo procrearon tres vástagos, y luego Hugh optó por trasladarse a su propio dormitorio.
Bella se dedicaba a sus cosas, aunque nadie sabía muy bien de qué se trataba.
Hugh empezó a consagrar sus horas a la escritura y se pasaba el día en el pabellón de tenis, que empleaba como estudio.
Nanny cuidaba de los niños y así habían transcurrido varios años de felicidad.
Sin embargo, sin Nanny, alguien debería hacerse cargo de la prole.
Y, con la visita de los primos franceses, sería una labor pesada.
Todos se giraron hacia Iris.
—¡Oh! Será un placer ocuparme de ellos —balbució la joven, ruborizada al notar cómo la escrutaban todos—. Aunque no sé si me defiendo bien en francés —añadió mirando a Elspeth—, así que quizá...
—Pues asunto resuelto —la cortó lady Georgina—. Llamaré para encargar un anuncio enseguida. Con un poco de suerte, saldrá en la edición matinal de los periódicos. Ahora he de volver a casa, tengo que escribir unas cartas. ¡Tantas invitaciones que rechazar...!
Una vez acabado el té, Elspeth se encontraba en el guardarropa, donde buscaba un bastón para su paseo vespertino.
Justo cuando tomaba uno de sus predilectos, oyó un grito en el patio del servicio.
Al asomarse a la puerta para enterarse de qué pasaba, vislumbró a Hamish, pertrechado con sus aparejos de pesca y luciendo un aire furioso.
Al cabo de un momento, apareció Fergus, quien seguía a su padre.
Era el hijo quien más gritaba —el padre rara vez alzaba la voz—, pero entonces Hamish se volvió hacia Fergus, se le acercó en dos pasos y profirió un grito como Elspeth no le había oído jamás.
Puesto que no deseaba entrometerse, Elspeth cerró la puerta con discreción y se dirigió a la cocina.
«Supongo que esta noche tendré que utilizar la puerta del servicio», pensó.
Al salir, echó un vistazo al otro lado del patio y vio que Fergus aún le gritaba a su padre.
«¿De qué demonios se tratará?», se preguntó, pero al punto se quitó ese interrogante de la cabeza: tenía otras cosas en las que pensar.
Al cabo de unos minutos, Elspeth abandonó la casa en dirección al bosque.
Con tranquilidad, se dirigió a la cabaña, un cottage escondido al que solía ir de pequeña.
Estaba oculta en el frondoso bosque, más allá de la zona de pesca, justo a los pies de una peña en la linde de la propiedad.
No habría sabido decir quién la construyó, pues no constaba en ningún plano de la finca, pero era un lugar seco y cómodo y, lo que era más importante, dificilísimo de encontrar.
Dudaba que nadie más conociese su existencia.
Ese había sido su caso, desde luego, hasta que Ross se la desvelase hacía ya muchos años.
Ross MacBain era el amor de su vida. Era el guardabosques de la finca, como lo habían sido antes su padre y su abuelo, y se había criado junto a su hermano, con quien había aprendido a cazar y robar whisky de la destilería.
Elspeth fue una hija tardía y Hamish, que tenía once años al nacer ella, se volvió loco con su hermanita.
Cuando la pequeña cumplió cinco años, empezó a seguir a los dos muchachos, mucho mayores, en sus salidas para aprender a otear y disparar.
En poco tiempo, se le daban a las mil maravillas todas las artes en las que la instruían, pero sobre todo la pesca.
Siempre sabía dónde echar el anzuelo y cuando iba con ellos nunca volvían con las manos vacías.
No fue hasta que Elspeth regresó de su año en París cuando las cosas cambiaron para Ross.
Ya no era una niña que se escapaba de la vigilancia de Nanny.
Con sus elegantes vestidos y un francés impecable, Ross ya no podía verla como la niñita consentida a la que enseñó a acechar ciervos.
Era una mujer, una mujer de quien se había enamorado.
Cuando nació el romance, fueron lo bastante astutos como para mantenerlo en secreto.
Por más que hubiesen crecido juntos, Ross no era aristócrata y los Inverkillen jamás habrían aceptado que se casasen.
Elspeth había conseguido eludir el matrimonio hasta los veintisiete años, lo cual era toda una hazaña.
Eso sí, al final sus padres se cansaron de esperar y una noche, durante la cena, anunciaron su compromiso con Philippe, marqués de Clairvaux, que vivía en la Champaña.
Destrozados, Ross y Elspeth huyeron a la cabaña e intercambiaron sendos votos.
Ross prometió no casarse, y no lo hizo; Elspeth prometió no amar a ningún otro, y obró en consecuencia.
Se casó al cabo de tres días y se marchó a Francia.
Desde entonces, se había propuesto regresar a Loch Down Abbey todos los años por el baile de primavera, exagerando la importancia de este a ojos de su esposo.
Philippe profesaba un profundo respeto a la tradición, pero detestaba visitar Escocia y solía pasarse el viaje fumando cigarrillos y quejándose: «El clima es atroz.
La comida es un espanto y nunca hay café; ¡solo té!
Y no me hagas hablar del queso. No, el único placer es el vino que llevo yo».
Algunos años, Elspeth se había presentado con su marido. Otros, sola, y en la gloria. No era ninguna casualidad que los cumpleaños de todos sus hijos cayesen en enero y febrero.
Por fin empezaba a escampar cuando Elspeth resbaló en unas hojas mojadas.
Mientras blasfemaba por lo bajini, se agarró por instinto a un árbol y tardó un momento en recuperar el equilibrio.
¿Qué demonios habría ocurrido? Nunca había visto a Fergus tan alterado.
Siguió caminando y llegó a la cabaña de piedra al cabo de pocos minutos.
Al entrar, la recibió una cálida lumbre. En una mesita entre las butacas, dos vasos de whisky.
—Espero que no sea Plaid —dijo mientras se quitaba las botas, aunque sabía a la perfección, por el color claro y ambarino de la bebida, que era el whisky de Ross y no el de su familia.
El guardabosques llevaba elaborando el suyo propio desde hacía años, pues había pasado gran parte de su infancia con MacTavish en la destilería.
Fue este quien lo animó a que estudiase Ciencias en la universidad, con la esperanza de que el joven se convirtiese en maestro destilador. Ross producía un whisky excelente.
—¿Intentas provocarme? —le preguntó inclinándose hacia ella.
—Puede ser —contestó Elspeth antes de quitarse la chaqueta.
Ross se levantó y cruzó la habitación de tres zancadas, la tomó en sus brazos y la tiró a la cama doble, el único mueble de la estancia aparte de la mesita y las butacas. Elspeth se rio y lo ayudó a quitarse la camisa.
En Loch Down Abbey, el gong que anunciaba la hora de vestirse para la cena sonaba a diario a las cinco y media con rigurosa puntualidad.
Los niños siempre habían suplicado que les permitiesen tocarlo y, en sus treinta años al servicio de la familia, Hudson, el mayordomo, solo lo había consentido en una ocasión, como recompensa.
Darle a un chiquillo un mazo y un gong no podía salir bien de ninguna manera y lo lamentó ipso facto .
Hasta que desarmó al diablillo, este atacó con saña el artefacto del siglo xvii, que sufrió serios desperfectos.
Desde entonces, emitía un sonido algo desafinado.
Hudson había guardado el mazo en un armario bajo llave en su despacho, nadie aparte de él lo había tocado desde aquel episodio y ese día no iba a ser la excepción.