Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Abril #4
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Abril #4

Sin embargo, Hamish era consciente de lo caro que era mantener la finca.

Su propio padre se las había visto y deseado con esa labor.

El coste de la mano de obra se había disparado tras la guerra, incluso allá, en las Highlands.

Cada vez era más difícil encontrar trabajadores que aceptasen el jornal que ofrecían.

Hamish y lady Georgina sabían a la perfección lo que costaba mantener el tren de vida de Loch Down Abbey.

Había que hacer algo, de acuerdo, pero ¿cómo iban a permitir la entrada de extraños en la finca y encima esperar que un señor conde los entretuviese?

No, gracias. Había otros medios de financiación más ortodoxos.

Y ese era el tema al que le daban vueltas desde hacía meses: modernización o tradición. Ahora bien, ese día Hamish estaba decidido a zanjar el tema de una vez por todas.

—Supongo que aún piensas que lo correcto es reemplazar a MacTavish, ¿verdad? —inquirió Hamish sin volverse a mirar a sus hijos.

—¡Pero si es nuestro maestro destilador desde hace casi cincuenta años! —gritó Angus, que llevaba meses discutiendo el asunto con Fergus. No es que le importase; sencillamente no quería darle la razón a su hermano. Este solía llevarla y eso ponía de los nervios a Angus.

—No es maestro destilador, Angus —repuso este chascando la lengua—. Es un vejestorio que sabe hacer whisky, como todo el mundo aquí en las Highlands, por el amor de Dios. Fíjate que hay gente que sabe hacerlo incluso de buena calidad.

—¿Se puede saber qué insinúas? —espetó Angus. Se había sentado en el sofá y acariciaba a los perros, que echaban la siesta acurrucados. Era su lugar favorito para dormir.

—Es un whisky horroroso, y lo sabéis —dijo Fergus alzando la voz. Su padre y su hermano lo taladraron con la mirada—. ¿Acaso lo bebéis?

Hamish se quedó pensando en las palabras de su hijo.

Llevaba razón. El decantador que tenía en la mano contenía otro whisky.

En cuestión de bebidas, nunca había antepuesto la lealtad familiar al disfrute de las que prefería, pero le molestaba que Fergus lo sacara a relucir, cosa que solía hacer de un tiempo a esa parte.

—¿Y qué quieres que haga? —le preguntó Hamish en voz baja—.

¿Abrirle las puertas de la finca al primer simio que esté dispuesto a pagar?

—añadió, mientras Fergus se preparaba para el enfado creciente que notaba en la voz de su padre—.

Cielo santo, podría venir cualquiera. ¿Te imaginas a tu abuela compartiendo mesa con...

, yo qué sé..., con unos italianos? O, Dios nos libre, ¡¿con norteamericanos? !

—No —contestó Fergus negando con la cabeza—, no funciona así la cosa. La abuela no entra en los planes. Si hubieras leído...

—¡Lo he leído!

Pero no lo había hecho, o no por completo. Había parado al leer que Fergus proponía que lady Georgina se instalara de nuevo en Loch Down Abbey. Hamish no deseaba volver a compartir techo con ella en absoluto. Quería a su madre, pero todo tenía sus límites.

—Bueno, en cualquier caso ya da igual. No depende de nosotros.

—¿Cómo? —preguntó Fergus, quien de repente sintió como si perdiese el equilibrio sin saber muy bien por qué. Miró a Angus, que parecía igual de confundido.

—Hemos vendido la destilería —respondió Hamish antes de girarse y guardar silencio.

A Angus le faltaba el aire. ¿Se esperaría que se hiciese cargo del negocio del salmón si ya no había que gestionar la destilería? La carga de trabajo debía de ser mucho más elevada. Se giró hacia su hermano: seguro que estaba detrás de todo aquello.

Sin embargo, Fergus parecía igual de perplejo.

—¿Cómo? ¿A quién? ¡¿Cuándo ha sido?! —tronó.

A Angus le gustó el ambiente de confusión y le dio una larga calada al cigarrillo. «Sí, con todo esto está aún más claro que debo encontrar el alijo de Philippe», pensó.

Hamish, sin darse la vuelta, encogió levemente los hombros.

—Se encargó Lawlis —reveló a sus hijos; luego, le dio un sorbo al whisky y se acercó a la ventana a contemplar el paisaje.

Fergus no alcanzaba a entenderlo. Sabía que Lawlis instigaba desde hacía meses a su padre para vender la destilería, pero no había sido consciente de que su padre se planteara esa opción en serio. Sin la destilería, su propuesta ya no tenía ningún sentido.

Al observar a su padre, de espaldas, comprendió que seguir con el interrogatorio no serviría de nada.

Cuando Hamish daba un tema por zanjado, no había nada más que hablar.

Fergus se puso en pie y miró un instante a su hermano, quien se limitó a encogerse de hombros.

Se dirigió deprisa a la puerta e intentó no cerrarla con violencia.

Estaba tan cabreado que no reparó en Iris.

Topó con ella, le pidió excusas con brusquedad y continuó.

«¿Qué hace esta chica en medio del pasillo? », pensó.

La «chica» se frotó el hombro mientras recogía el libro que se le había caído al suelo. «¿Por qué me empuja todo el mundo? Ni que fuera invisible...», se dijo. Se alisó la falda y siguió examinando las pinturas.

Iris Wynford había sido acogida por la familia, e invisible era precisamente el trato que le dispensaban.

Lady Georgina la había llevado a vivir a Loch Down Abbey hacía doce años.

Nada sabía por qué —a la condesa viuda no le gustaba que le hiciesen preguntas— y casi todos la habían aceptado, aunque no con calidez.

Si bien se sentaba a la mesa con ellos, dormía en la planta de invitados, de modo que quedaba claro que no la consideraban parte del clan.

A ella no le importaba, pues así tenía el piso a su entera disposición.

Y eso era preferible al orfanato. En la casa, al menos, podía pasarse el día acurrucada estudiando arte e historia en la sala de lectura.

Allí era donde había encontrado El inventario , el volumen que se le acababa de caer.

El bisabuelo de Hamish había sido el último coleccionista de la estirpe y había encargado catalogar todas las obras de arte de la casa.

El libro incluía un esbozo de cada pieza, así como un texto con su historia, el artista y, en ocasiones, algo de información sobre las circunstancias en que había llegado a manos de los Inverkillen.

A Iris le fascinaba y procuraba estudiar una obra a la semana.

Por eso se encontraba en medio del pasillo cuando Fergus la había empujado.

Hacía meses que buscaba aquella pintura en particular, un retrato de la décima condesa de Inverkillen, realizado en el siglo xvii.

Era la única condesa a quien habían retratado, pero nadie recordaba con qué propósito.

Iris alumbraba el cuadro con una linterna y lo comparaba con la imagen del libro.

Al parecer, no se restauraba ninguna pieza desde hacía décadas, por lo que a menudo necesitaba iluminarlas para contemplarlas en buenas condiciones.

Esa, sin embargo, no se parecía en absoluto al boceto del catálogo.

Cuando Fergus la había empujado, estaba enfrascada en los motivos del vestido de lady Morag.

El tartán no coincidía. «El de lady Morag es casi de buen gusto», pensó, cosa que jamás habría podido decirse del de los Inverkillen.

¿Había cambiado el clan de tartán en algún punto de la historia?

¿Lo habrían repintado? Era de lo más curioso.

Cuando el reloj de pie dio las cuatro, Iris acudió rauda a la biblioteca para tomar el té.

Al acceder a la estancia, notó algo peculiar: todo el mundo guardaba silencio.

Los Ogilvy-Sinclair rara vez callaban. Se acercó sin abrir la boca a la bandeja del té, se sirvió y se sentó en una silla al otro lado de la sala, preguntándose qué habría pasado.

—Ya te dije que Nanny no iba borracha —le espetó Angus a su hermana con aire extrañamente radiante.

—No es el momento, Angus —le reprendió Elspeth a su sobrino.

Lady Georgina irrumpió en la sala.

—Me acabo de enterar —dijo la matriarca casi sin aliento mientras se dejaba caer en una butaca. Rechazó una taza de té y clavó la mirada en su nuera—. ¿Es cierto, Victoria? ¿Nanny ha muerto?

Iris se quedó patidifusa. Normal que reinase aquel silencio.

—Me temo que sí —contestó lady Inverkillen en voz tan baja que todos tuvieron que inclinarse para oírla—. El doctor se encuentra con ella ahora.

—Pero ¿cómo diantres ha sido? —preguntó la condesa viuda—. Yo solo pensaba que se había pasado con el whisky en el baile. ¿Tiene todo esto algo que ver con los rumores de enfermedad que corren por el pueblo?

—Los rumores son solo eso: rumores —dijo una voz desconocida desde la puerta que los hizo sobresaltarse a todos.

Era el doctor—. Mujeres aburridas que no tienen nada mejor con lo que ocupar la mente —añadió jugueteando con su maletín.

No toleraba que las habladurías del pueblo contradijesen su opinión—.

Sí que ha habido alguna dolencia, pero nada indica que se trate de un hecho fuera de lo corriente.

Y Nanny era mayor. Le ha llegado su hora, no hay más misterio.

—No era ninguna anciana —saltó Bella—. ¿O sí? —añadió. Asaltada de repente por la duda, miró a los demás. Angus se encogió de hombros y se volvió para encender un cigarrillo. Lo cierto era que nadie sabía la edad de Nanny.

—Rondaba los setenta y ocho —repuso el médico—. Creo que se la podía calificar de anciana. Regresaré mañana a explorar a Archie, pero llámenme si se produce cualquier novedad.

Todos lo miraron confusos.

—¿Archie?

—El lacayo —respondió el doctor sin que en el rostro de nadie surgiera un atisbo de expresión—. Tiene un poco de tos y unas décimas de fiebre. Nada grave, a mi juicio. Bien, hasta mañana —se despidió, y echó a andar a buen paso antes de que se les ocurriese preguntarle algo.

—No tenía ni idea de que Nanny fuese tan mayor —murmuró Elspeth, que fue a sentarse en el sofá.

—¿Y ahora quién va a cuidar a los niños hasta que encontremos otra niñera? —preguntó Bella con brusquedad—. ¡Yo desde luego no los voy a vigilar! Tengo cosas que hacer.