Abril #3
La esposa de Cecil, la marquesa, había fallecido de repente ese mismo invierno y, por más que fuera asquerosamente rica, había vivido a expensas de una asignación a cuenta de la fortuna familiar.
El núcleo de esta formaba parte de un fondo fiduciario, junto a las tierras y el resto del patrimonio.
Y, puesto que la marquesa y Cecil no habían tenido hijos, a la muerte de ella, la finca, el título y, lo que era más importante, el dinero habían pasado a manos de un pariente lejano de Londres.
Para Cecil, la lectura del testamento supuso un duro golpe.
—Es decir —prosiguió lady Georgina—, ¿no te ha dejado nada más que el castillo de Orkney y una escasa suma de dinero?
Es lo más mezquino que he oído jamás. Imagina si tu padre me hubiera dejado en una situación parecida...
—dijo chascando la lengua en signo de desaprobación, un gesto predilecto suyo—. Pobre Cecil, ¿qué va a ser de ti?
El comandante no lo sabía. Casi había consumido la magra cantidad de dinero y, si mal no recordaba, el castillo de Orkney era una ruina con poquísimas estancias habitables.
Su restauración había sido el proyecto favorito del padre de la marquesa, pero él había fallecido de gripe en 1919 antes de acabarlo.
En una ocasión, Cecil le sugirió a su esposa que acabasen la obra para utilizar el castillo como cottage de pesca, pero ella rechazó la idea: ¿qué ocurrencia era aquella de usarlo si solo había cinco dormitorios...
? De modo que no siguió la restauración.
Cecil se preguntaba cómo se suponía que iba a vivir allí, con tan poco dinero.
En los días que siguieron a la lectura del testamento, se había convencido a sí mismo de que debía de tratarse de alguna clase de broma o error.
Tenía que haberle legado algo más. Consultó a Andrew Lawlis, el abogado de la familia, quien hizo las verificaciones, pero lo único que recibió fue la correspondiente minuta.
—No obtendré nada más de esa mujer —confirmó Cecil—. Poseo una ruina en Orkney mientras que un extraño habita mis casas con pleno derecho.
—¿Lo conocemos? ¿A qué familia pertenece? Quizá podamos hablar con ellos —insistió lady Georgina, que nunca cejaba en el empeño si estaba en liza el honor de los suyos.
—Según Lawlis, es un sobrino en tercer grado o algo por el estilo. No sale en el directorio nobiliario Debrett’s . Me parece que es bibliotecario o algo relacionado con libros, no me acuerdo bien. Alabado sea Dios, tiene una profesión. ¿Qué te parece?
Lady Georgina sacudió la cabeza en señal de comprensión. Era de mal gusto que un pequeño burgués usurpara tus propiedades.
Cecil pasó el dedo por la repisa de mármol de la chimenea, sin quitarle ojo a su sello.
—¡Y ahora posee mi fortuna! ¡Me la gané, madre! Al menos, debería quedarme la casa de Francia. Es minúscula, en realidad.
Lady Georgina la recordaba. La habían obligado a visitarlos un verano poco tiempo después de que Cecil y su esposa regresaran de la luna de miel.
Sí, era pequeñita para los estándares de la marquesa: catorce dormitorios nada más, con un comedor que apenas podía acoger a dieciocho comensales apretados y unos terrenos que se reducían a un abrupto acantilado con acceso a una playa.
Una playa privada, eso sí, de arena y repleta de algas...
—No, desde luego que no es la joya de la corona. ¿Y no podría echarte una mano Hamish? Al fin y al cabo, sois hermanos. En fin, nunca entenderé por qué tu padre te desheredó por completo.
Incómodo, Cecil miró a su madre. Lady Georgina miraba para otro lado ante los problemas con el juego de su hijo, pero no así la marquesa ni los lores Inverkillen, ni el anterior ni el actual, que siempre lo habían atado en corto.
Cecil acudió a Hamish en busca de ayuda poco tiempo después de la lectura del testamento de su esposa: inmuebles, dinero, lo que fuera.
Hamish se ofreció a costear los gastos legales, pero nada más.
Se habían enemistado durante meses, pero el comandante había vuelto para hacer las paces en un último intento de recibir ayuda, así como para asegurarse de que Hamish pagase la minuta final de Lawlis.
Por el amor de Dios, ¡lo que cobraba ese hombre!
Cecil vivía a expensas de la generosidad de sus amigos, viajando por sus casas, pero en ausencia de su mujer resultaba un invitado incómodo.
Y, cuando corrió la voz de que se había quedado sin casa ni patrimonio de ningún tipo, dejaron de abrirle la puerta.
Esa era la razón por la que había vuelto al hogar, a Loch Down Abbey. Apartó esos horrendos pensamientos.
—Por eso he venido —respondió.
—Me lo figuraba. ¿Y qué te ha dicho?
—Que ya le ha pagado a Lawlis y que eso será todo por su parte. «Ni un penique más» fueron sus palabras. ¡¿Cómo puede ser tan cruel?! —se quejó Cecil dejándose caer con violencia en el sofá, lo que asustó al perro—. Al menos, sigo en su testamento.
—Sí, pero eso ahora no te sirve de nada, ¿no?
—No —contestó el hijo con aire sombrío y la mirada fija en Loch Down Abbey, al otro lado de la rotonda ajardinada—. Ahora no me sirve de nada en absoluto.
En la casa grande, Fergus entraba en la sala de los mapas tras su padre y su hermano.
—Cierra la puerta.
«Esto no augura nada bueno», pensó Fergus.
Los tres llevaban meses enfrascados en discusiones sobre el futuro de la finca.
La destilería familiar generaba cuantiosas pérdidas.
Angus, el heredero del condado y poco ducho en negocios, era quien la supervisaba, pero lo que más le inquietaba a Fergus era la pésima calidad del whisky.
Él deseaba introducir cambios, como contratar a otro destilador, pero su padre y su hermano se negaban de plano y cada vez era menos optimista.
Al parecer, solo había una cosa que el conde detestase más que los cambios: que le dijeran qué había que cambiar, y más aún si la orden provenía de sus propios hijos.
Lord Inverkillen abrió un libro sobre el escritorio y pasó algunas páginas.
—Hemos hecho un largo viaje y estoy cansado, pero tenemos que hablar de la destilería.
Fergus se había esforzado en elaborar una estrategia para que el negocio y la finca fueran rentables de nuevo. Se la había entregado a ambos unos días antes del baile, con la esperanza de que al menos su padre sí la leyera. Respiró hondo y rezó una breve plegaria en silencio.
—¿Leísteis mi propuesta? —preguntó tratando de no sonar impaciente.
Angus se dejó caer con todo su peso en una butaca y se dispuso a encender un cigarrillo. Negó con la cabeza e hizo una mueca. «Producto nacional... Tendré que asaltar el alijo de Philippe», se dijo. Era lo bueno de tener un tío francés: siempre llevaba varias maletas de Gauloises.
—No, Fergus, tengo mejores cosas a las que dedicarme.
—¿Como cuáles? —repuso el hermano menor—. ¿Esconderte en el pabellón de tenis con Hugh?
El honorable Hugh Dunbar-Hamilton era el hijo segundo de un vecino, amigo cercano de la familia, y el marido de Bella, la hermana de ambos.
Hugh y Angus eran amigos del alma desde el internado.
Cuando los padres de Hugh anunciaron que iba a prometerse con una chica de Yorkshire —una heredera de una ganadería ovina o algo así—, los amigos pergeñaron un plan para que se casase con Bella.
Aunque el joven nunca la había frecuentado mucho, fue de lo más feliz cuando ella aceptó la propuesta.
Había leído a las hermanas Brontë y no le apetecía lo más mínimo pasar sus días en aquellos ventosos brezales.
—¡Pero si tu propuesta tiene setenta y cinco páginas, Fergus! ¿Quién dispone de tanto tiempo? —dijo Angus mientras se retiraba una brizna de tabaco de los labios que lanzó al aire. ¿Por qué sabrían tan mal los cigarrillos ingleses?
—¿Y se puede saber a qué te dedicas todo el día que te impide contribuir a salvarnos de la ruina? —preguntó Fergus. Angus nunca iba a la destilería si podía evitarlo. MacTavish, el destilador, se ocupaba de todo con una autonomía alarmante.
—Ya basta —dijo Hamish en voz baja, con lo que Fergus y Angus dejaron de pelear de inmediato. El conde era hombre de pocas palabras, pero, cuando quería, sabía utilizarlas como instrumentos de lo más punzantes.
Hamish suspiró. Lo cierto era que sabía que la marcha de Plaid Whisky aquel trimestre no era tan boyante como habrían deseado.
De hecho, la empresa no había sido boyante en ningún trimestre, y sabía que eran las ventas de salmón —es decir, la parte del negocio de la que se encargaba Fergus— lo que mantenía a la familia a flote.
Hamish detestaba la idea de vender su salmón, pero accedió a ello por lo costoso que fue reparar los tejados.
Sea como fuere, lo que proponía su hijo en esa ocasión era inaceptable.
Fergus pretendía, entre otras cosas, convertir Drummond House en un hotel y que los huéspedes pagasen por cazar o pescar en la finca.
Solo huéspedes distinguidos, por supuesto, gente dispuesta a desembolsar una buena suma por una jornada de esparcimiento en la finca seguida de una cena y una cata de whisky.
Los Inverkillen ya estaban acostumbrados a celebrar cacerías los fines de semana, aunque llevaban un tiempo sin hacerlo.
Las circunstancias del momento, no obstante, conducían a ello, pero como actividad comercial.
La alternativa era la ruina. A Hamish le repelía la idea.
A decir verdad, si había que trabajar para ganarse la vida, ¿qué sentido tenía ser aristócrata?