Abril #2
—Así son los ingleses, en fin... —contestó la señora MacBain.
Se dirigió a la puerta principal y les dijo a las criadas—: Tendréis que ocuparos del equipaje en mi lugar.
Subiré en cuanto pueda. Encargaos de que los lacayos lo metan al instante, que no hagan descansos para fumar.
¡Los perros están sueltos y no quiero que pase otra vez lo del año pasado!
—añadió, recordando que había tardado semanas en eliminar el olor a orina del baúl preferido del señor conde.
La señora MacBain llegó la primera a la salita de día y cerró las puertas tras de sí, lo que amortiguó el ruido que llegaba de la armería.
Como era su costumbre, revisó la estancia de un vistazo, se alisó el vestido y esperó a lady Eva mientras miraba por la ventana.
Siempre había odiado aquella sala. La alfombra estaba confeccionada con el tartán familiar, cuyos colores le provocaban jaqueca.
Le había costado años convencer a lady Inverkillen de que se reuniesen en su salón privado para discutir los asuntos de la semana.
Tendría que emprender una campaña similar para persuadir a lady Eva, pero tenía el desagradable pálpito de que no iba a lograrlo.
Se dijo que debía encontrar otra habitación que le sirviera de gabinete a la joven. Quizá la sala Wedgewood.
Alice MacBain era muy consciente de su propia valía.
Solía pensar que, de haber nacido hombre, habría sido mayordomo.
Sin embargo, como mujer, había tenido que empezar como sirvienta.
En poco tiempo había conseguido llegar a ama de llaves y ya gobernaba Loch Down Abbey desde hacía casi quince años.
Fue el ama de llaves más joven que nadie recordase, lo cual se mencionaba siempre con cierta admiración.
Nada pasaba en la casa que escapase a su conocimiento y dirigía al servicio cual almirante de la Flota.
Apartándose de la ventana, miró el reloj de la chimenea.
Ya habían transcurrido diez minutos. Debía preparar el té e ir a buscar servilletas al armario de la ropa blanca.
Con la familia al completo de regreso, se utilizaban muchas más de lo habitual.
Quince minutos ya. ¿Dónde estaría? La tarde se anunciaba larga.
La señora MacBain abrió la puerta y observó la armería.
El ruido aún no había cesado. Se quitaban abrigos, se daban órdenes a las sirvientas.
Vio al comandante en la escalera de invitados.
Tendría que avisar a las sirvientas de que anduviesen con ojo.
Cuando lo invitaban, le gustaba rebuscar entre las cosas y siempre desaparecía algo.
Desde su visita del año anterior, aún no habían aparecido las hueveras Regencia de plata.
El comandante Cecil Ogilvy-Sinclair se moría por darse un baño.
Suspiró con tristeza pensando en la bañera de cobre de su hogar, el castillo de Stronach.
Allí, en cambio, en aquella morada ancestral, lo relegaban a la planta de invitados y debía conformarse con una bañerucha en la que apenas cabía.
«No importa —se dijo—, solo es por un tiempo».
Una vieja amargura lo invadió. En su humilde opinión, habría sido un lord mucho mejor que su hermano mayor, Hamish.
Mientras subía las escaleras, rememoró la infancia de ambos.
«Hamish creció correteando por el castillo descalzo y con la ropa hecha trizas, confraternizando con la servidumbre, en fin, todo un salvaje», pensó Cecil con desprecio.
Él, en cambio, ya era entonces un perfecto caballero, consagrado a su familia y a todo lo sofisticado que ofrece la vida.
Fue él quien aprendió sobre arte, libros y cultura, todo lo que importa.
Con doce años dominaba el piano. Tenía un conocimiento enciclopédico de los vinos franceses.
Y a los catorce recitaba de memoria casi todos los poemas de Byron.
A todas luces cumplía con lo que se esperaba de un lord mejor que su hermano, un zarrapastroso que no distinguía a Manet de Mozart.
Su padre había acabado por enviar a Cecil al Ejército y le pidió a un viejo compañero de regimiento que lo tomara bajo su protección.
Se había esforzado lo mínimo imprescindible para ascender a comandante, con la esperanza de reunir unos ingresos decentes entre el sueldo y la asignación mensual familiar.
Su padre era un gran avaro. Cuando, al cabo de poco, el dinero dejó de alcanzarle para costearse sus aficiones, se dedicó a su único otro talento: las cartas.
Y fue en el tapete donde fraguó su fortuna.
No ganando, pues era un pésimo jugador, sino por la persona contra quien perdió: en la sala de juegos de lord Elsmere le presentaron a la marquesa de Drysdale, hija única del difunto marqués de Bertach.
Ella era un poco mayor que él, algo entrada en carnes y más bien del montón, pero vestía con elegancia y era mucho más rica que el padre de Cecil.
El comandante perdió con ella mucho más dinero del que podía permitirse, pero lo compensó cortejándola de forma tan descarada que fue la comidilla de todo Londres.
Y, por supuesto, ella lo financió todo. Se casaron tres meses más tarde con toda suntuosidad en el castillo de Stronach, la morada escocesa de ella.
Vivían en su casa londinense en Regent’s Park durante la temporada y veraneaban en su finca francesa, en Burdeos.
Además, poseía casitas desperdigadas por todos los lugares de moda de Europa.
No obstante, Cecil regresaba cada primavera a Loch Down Abbey por el baile.
Justo antes de llegar a su habitación, oyó que lo llamaban por su nombre a su espalda. Al girarse, reparó en un lacayo sin aliento en lo alto de las escaleras.
—Disculpe, señor, la condesa viuda desea hablar con usted.
—¡Cómo! ¿Ahora? —farfulló Cecil, irritado.
Lo último que le apetecía era conversar con su madre.
Suspiró cansado, apoyando la mano en la balaustrada de roble.
Despacio, deshizo sus pasos y bajó la escalera, para gran alivio del lacayo, quien no deseaba informar a la condesa viuda de que su petición había sido denegada.
Al salir por la puerta principal, Cecil vio el coche de su madre que lo esperaba con la puerta abierta.
—Mamá —dijo con desgana—, ¿por qué insistes en usar el coche para ir de una casa a la otra? Si a pie se tarda dos minutos de puerta a puerta.
En efecto, Drummond House estaba cerquísima de Loch Down Abbey, justo enfrente, al otro lado de la rotonda de acceso.
En una ocasión, Angus había lanzado una pelota de tenis desde su casa y aterrizó en la puerta de la condesa viuda, a quien no le hizo ninguna gracia, pues le rompió un jarrón.
«La dignidad de lord le viene tan grande como a su padre», pensó Cecil. El mundo no era justo en absoluto.
—Una dama no vuelve a casa caminando, tan sencillo como eso, y mucho menos si ya está sentada en el coche. Gracias, Lockridge —se dirigió al chófer, en cuya mano se apoyó para apearse del coche mientras Cecil se bajaba por el otro lado.
La casa de la condesa viuda era una bella mansión cubierta de hiedra, construida a finales de la década de 1840 después de que un incendio asolara Loch Down Abbey.
En su día, recayeron sospechas sobre distintas personas, pero se acabó por culpar al servicio, a pesar de que el fuego prendió en el dormitorio del decimotercer conde.
No se discutió qué hacía por allí su antigua amante, a quien justo acababa de abandonar.
Dada la extensión de la familia por aquel entonces —eran una estirpe fértil—, los pisos primero y segundo de Drummond House se habían dedicado en su integridad a dormitorios para ellos, pero solo el señor conde tuvo su vestidor y salón propios.
Ello derivó en una buena trifulca familiar que se saldó con un valioso jarrón volando por la ventana del salón.
A raíz del incidente, se plantaron setos bajo todas las ventanas.
La planta baja constaba solo de cuatro estancias: salón, salita de día, comedor y biblioteca.
El espacio no abundaba, pero habían conseguido encajarlo todo.
Cuando los Inverkillen hubieron regresado a Loch Down Abbey, se entregó Drummond House a la condesa viuda, quien además pasó a alojar a los invitados de menor rango, lo cual nunca fue del agrado de lady Georgina.
Detestaba verse relegada a recibir a huéspedes de segunda fila, pero, por fortuna, no era habitual que los OlgivySinclair invitasen a nadie.
Una vez instalada con su hijo en el salón, la madre pidió que les sirvieran el té.
—Estoy derrengada por el viaje. ¿Por qué seguimos yendo? Es un trayecto demasiado largo para pasar solo una noche. Y son unos anfitriones terribles. Hablemos con claridad, ¿a quién se le ocurre no servir plato de quesos en la cena?
Cecil se encogió de hombros y encendió un cigarrillo, mientras jugueteaba con un cerillero de cristal que había en la repisa de la chimenea. Qué bonito. Se preguntó si además sería valioso.
—Y bien, ¿qué te dijo el abogado? —le preguntó a su hijo taladrándolo con la mirada. Tenía una inquietante manera de mirar fijamente a los ojos mientras hablaba.
Cecil hizo una mueca y respondió en tono tirando a abatido:
—Me temo que no hay manera. Está todo atado y bien atado, ¡y el calavera ese de Londres es el legítimo heredero!
Lady Georgina se quedó de piedra.
—¿Quieres decir que no se puede hacer nada al respecto? ¿Nada de nada? ¿No hay algún codicilo... o yo qué sé? En las novelas de Dickens pasan cosas así todo el tiempo. Debe de haber una manera...