Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Abril
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Loch Down Abbey (Señora MacBain 1)

Loch Down Abbey (Señora MacBain 1)

Por Beth Cowan-Erskine

© inepub.com

Abril

El trayecto de regreso a casa era largo.

Volvían de un baile aburrido como una ostra y el whisky que habían tomado la víspera no aliviaba la penuria del viaje matinal.

Lady Annabella Dunbar-Hamilton, hija de los condes de Inverkillen, se preguntaba, y no por primera vez, por qué se molestaban en asistir.

En efecto, el baile de primavera de los McIntyre era una tradición familiar, pero ella y sus hermanos ya estaban casados.

O prácticamente casados, ya que el menor por fin se había comprometido y la boda se celebraría en apenas cinco semanas.

La razón por la que se habían visto obligados a llevar a los niños era otro misterio.

Resultaba difícil divertirse con los pequeños armando jaleo.

Por lo general, Nanny los controlaba con mano de hierro, pero, después de descubrirlos robando salchichas y escondidos bajo la mesa del bufet, sospechaba que la niñera debía de haberse abandonado al whisky, que corría a raudales.

No tenía pruebas de ello, desde luego, y tampoco le importaba; tenían claro que el servicio le daba a la bebida cuando no los vigilaban de cerca.

¿Les debía hablar del tema? Necesitaba un baño antes de tomar el té.

Ya lo decidiría entonces. «¿Cuándo llegaremos a casa? », se preguntó. Viajar era agotador.

Por fin llegaron y Bella, pues así la llamaban, alzó la mirada impasible hacia la casa que había habitado toda su vida.

La mansión se erigía a orillas del lago Down y era el hogar del clan Ogilvy-Sinclair desde hacía seis siglos.

El servicio los aguardaba en formación para recibirlos ante la entrada principal.

Bella pasó ligera y les habló a las sirvientas, sin dirigirse a ninguna en particular:

—Nanny no se encuentra bien. Haced el favor de llevar a los niños a sus habitaciones y, después, encargaos de mis baúles.

A continuación, reparó en el ama de llaves y le dijo:

—Ah, señora MacBain, creo que hay que arreglar el dobladillo de mi vestido. Estábamos bailando el Strip the Willow y aquello se desmadró un poco, ya conoce usted a lord Neasden. Oí claramente desgarrarse la tela. Espero que no sea gran cosa, porque acababa de llegarme de Edimburgo.

Las sirvientas hicieron una reverencia y esperaron a que el resto de la familia cruzase el imponente arco que daba acceso a la casa antes de osar moverse.

Los señores nunca miraban al servicio a la cara.

No convenía tratarlos con excesiva confianza.

A los que los servían en persona, los que los ayudaban a vestirse y tareas por el estilo, los llamaban por su nombre, pero los demás eran meras piezas intercambiables.

Como en el ajedrez. ¿Margha, Valda..., o era Vaga?

Bella no se acordaba nunca, pero era la hija de un conde y no le hacía falta ninguna.

Bella entró a la armería, el corazón de la casa.

Construida a principios del siglo xvi, era una estancia alargada de doble altura en cuyas paredes colgaba un impresionante arsenal de antiguas armas y armaduras familiares.

Subió al primer piso por la escalera imperial de roble, cuyo tramo derecho conducía al ala de la familia, y el izquierdo, a la de los invitados.

Recorrió una pasarela de madera labrada, que lucía con orgullo el blasón de los Inverkillen, flanqueado por espadas y hachas de sus enemigos vencidos.

Numerosos museos codiciaban la colección, pero aún más admirado era el techo de la sala.

Loch Down Abbey era una de las pocas moradas escocesas cubiertas por una bóveda de cañón decorada con escenas de caza.

Corría el rumor de que eran obra nada menos que de Holbein, quien las pintó cuando Enrique VIII anunció que deseaba alojarse allí durante una temporada de caza.

El rey no llegó a viajar a Escocia, por supuesto, dada la enemistad entre ambas naciones, pero el séptimo conde de Inverkillen era un idiota y por poco se arruina preparando la casa para una real visita que nunca tuvo lugar.

Por fortuna, el octavo desposó al cabo de poco tiempo a una princesa danesa de segunda fila, paternidad incierta y dote más que generosa.

Fue la séptima condesa quien concertó la unión.

En la familia, las heroínas solían ser las mujeres, aunque los retratos que colgaban en los muros eran los de los varones.

Lo cierto era que Bella nunca se había fijado en esos cuadros.

Había crecido entre ellos y solo eran manchas que jalonaban el trayecto de una estancia a otra.

Las obras de arte, los tapices y los objetos acumulados a lo largo de los siglos...

, ¿qué tenían de particular? Todo el mundo vivía así, ¿o no?

Al menos, todo el mundo que ella conocía.

Al llegar al arco de acceso al pasillo, Bella se giró y vio a una sirvienta y dos lacayos que acarreaban a los niños a la parte trasera de la casa.

Las taladrantes voces de los pequeños resonaban en la armería, lo que empeoró su dolor de cabeza.

Era increíble el ruido que generaban. Estaba ansiosa por meterse en la bañera.

Mientras recorría el oscuro pasillo revestido de madera que llevaba a sus habitaciones, Bella respondió con un asentimiento a la ligera reverencia que le dedicó Maxwell, la doncella de su madre.

Nunca acompañaba a la familia al baile, algo que ni Bella ni la propia Maxwell comprendían, aunque a esta no le importaba: le gustaba disfrutar de una noche libre y levantarse un poco más tarde a la mañana siguiente.

Esperó a que pasase lady Bella y caminó aprisa hacia las escaleras del servicio.

Tenía intención de bajar por las principales, pero ya no podía hacerlo porque los Inverkillen entraban en la armería.

Cruzó la puerta tapizada de verde y bajó tranquila a la planta baja.

Al surgir de la escalera por una puerta secreta, se detuvo un momento hasta que lord Inverkillen y sus hijos pasaran. El conde no le pareció muy contento.

—Angus, Fergus, venid conmigo.

Más que a petición, sonaba a algo a medio camino entre orden y ladrido.

Lord Inverkillen se dirigió con largas zancadas a la sala de los mapas, sin comprobar si sus hijos lo habían oído.

Los hermanos intercambiaron una mirada de vacilación y lo siguieron, mientras Angus daba un profundo suspiro.

Antes de cruzar aprisa la armería, Maxwell se preguntó al vuelo qué habría pasado en el baile.

Salió por la puerta principal y ocupó su lugar junto a la señora MacBain.

Juntas, vieron cómo ayudaban a salir de un coche a lady Eva, la prometida de Fergus.

A juicio de Maxwell, no era necesaria tanta ceremonia; los lacayos estaban fascinados por la muchacha y esta se aprovechaba en cuanto tenía ocasión.

La joven había llegado de Londres hacía pocos días y llevaba la mayor parte de su estancia importunando al servicio.

Se las habían visto a menudo con invitados complicados, incluso con miembros de la familia difíciles, pero lady Eva parecía creer que sería ella la próxima condesa una vez que se casase y dispensaba órdenes a diestro y siniestro.

Las doncellas y sirvientas estaban exhaustas.

Maxwell pensó en el servicio que Eva habría dejado en Londres y en lo tranquilos que vivirían en ausencia de su señora.

En sus labios se dibujó una sonrisa furtiva.

Eva estaba segura de que nunca se cansaría de la emoción que le producía ser recibida por todo el personal de la casa, pero se preguntaba si hacía bien al casarse con Fergus.

Por desgracia, este era el benjamín de los dos hijos varones de lord Inverkillen, es decir, que no era el heredero, como el padre de Eva se encargó de remarcar cuando Fergus pidió su mano.

Y, aunque para su hija solo habría deseado lo mejor, lord Zander-Bitterling era ante todo un hombre práctico.

Sus empresas suministraban pescado y marisco a la casa real y otros clientes londinenses de alto copete, de modo que, cuando se enteró, cenando en casa de los White, de que era Fergus quien dirigía el negocio familiar de pesca de salmón, lord Bitterling cambió de parecer, pues intuyó que podría disfrutar de un sustancioso descuento en la compra del prestigioso producto.

Con el propósito de supervisar la organización de la boda, Eva había sido enviada de inmediato a Loch Down Abbey, donde se instaló en unas estancias del segundo piso que se le antojaron bastante estrechas.

Lo más granado de Londres acudiría a Escocia para el enlace.

Saldría en todos los periódicos, y quizá incluso conseguiría que en la revista Tatler , de manera que no iba a dejarlo todo al albur de un personal de servicio de provincias, que en su mayor parte ni siquiera había salido del pueblo.

Al cabo de unos días allí, se daba cuenta de que había hecho bien en anticiparse.

¿Tartán en una boda? ¡Por el amor de Dios!

De acuerdo, estaban en Escocia y era la tradición, pero el tartán era un horror incluso en forma de traje de gala. No, por suerte se había anticipado.

—Señora MacBain, ¿podemos reunirnos en la salita de día para repasar la lista provisional de invitados?

Me preocupa que no esté cerrada el jueves, como ha de ser, de modo que dispongamos del tiempo necesario para mandar imprimir las invitaciones.

Voy un momento a quitarme el sombrero y refrescarme —dijo mientras se alejaba sin esperar respuesta.

La señora MacBain se quedó inmóvil, estupefacta. Enseguida recuperó la compostura, asintió y respondió:

—Por supuesto, señora.

Se dio la vuelta, observó los treinta o cuarenta baúles y maletas que sacaban de los coches y a Grantham y Belgravia, los perros de la familia, que ladraban y brincaban en medio del barullo. «Como si no tuviese nada mejor que hacer», pensó.

Maxwell le dedicó a la señora MacBain una mirada de complicidad y le dijo en voz baja:

—Lleva cuatro días y ya se cree la dueña y señora.